Cuando me presentaron en sociedad tenía 15 años, y ya sabía qué papel estaba condenada a representar: Guardar silencio y obedecer. Me dio la oportunidad perfecta para observar y escuchar. Escuchar no lo que me decía la gente, que naturalmente carecía de interés, sino precisamente aquéllo que querían ocultar. Practiqué la indiferencia, y aprendí a sonreír mientras bajo la mesa me clavaba un tenedor en el dorso de la mano. Me convertí en una virtuosa del engaño. No buscaba el placer, sino el conocimiento. Consulté a los más estrictos moralistas para guardar las apariencias, a filósofos para saber que pensar, y a novelistas para saber hasta dónde podía llegar. Y al final lo destilé todo en un principio asombrosamente simple: vencer o morir