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Vida y muerte. Perspectiva cristiana

Autor: Agustín Fabra
Curso:
10/10 (1 opinión) |565 alumnos|Fecha publicación: 30/07/2010
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Capítulo 6:

 La separación

El cara a cara con la muerte comienza cuando nos hacemos conscientes y podemos constatar que ella está presente en cualquier vida, por temprana que ésta sea. La vida lleva ya la muerte como una fruta que madura y por ello debe acostumbrarse a su presencia.

El cuerpo es para cada uno de nosotros la manera de habitar el mundo, de estar presente en él y de comunicarse. Aunque el cuerpo juegue un papel para el cual no hay sustituto, su ausencia no es necesariamente una ruptura total con el entorno que le envuelve. Si en el transcurso de nuestra vida hemos estado siempre apegados a la presencia corporal de una persona amada, nuestro morir, nuestra separación física, será para nosotros un terrible naufragio. La presencia corporal nos será arrancada y sentiremos la fuerza de la ausencia.

A la inversa, nuestra separación física irremediablemente producirá un terrible efecto a la persona que nos ama cuando nosotros partamos de este mundo, a menos que en el transcurso de nuestra vida nos hayamos habituado y hayamos habituado a la otra persona a que esa separación es inevitable. Como en todos los acontecimientos de la vida, el morir debe ser una aceptación interior.

La muerte no es el final que podríamos esperar si de nosotros dependiera la elección; siempre será algo que nos tomará por sorpresa. Por tardía que la muerte sea, siempre será prematura para cada uno de nosotros, y ahí está su carácter angustioso. Es como un salto al vacío o como un cáncer que se desarrolla en nosotros, a pesar de no desearlo. Pocas personas mueren en el momento preciso; en el momento en que ellas mismas desean morir.

Para cualquier humano la aceptación consciente de la muerte debe estar asociada a un objetivo, a una realización, a un fin o propósito. Este es el punto de vista humano. Pero debemos pensar que en cualquier edad, la muerte puede ser una victoria de la vida, una continuidad de nuestra vida. Depende sólo de nosotros mismos que la muerte sea el fin de la muerte, porque a veces el pensar en nuestra propia muerte nos lleva a vivir la vida como si ya hubiéramos muerto: a ser muertos en vida.

En la medida en que hayamos aprendido a aceptar cada una de las muertes parciales en nuestra vida diaria, nos será más fácil vivir nuestro definitivo morir como si fuera otra etapa de crecimiento de nuestra vida. Será nuestra muerte.

La imagen que nos hacemos de nuestra propia muerte es una imagen que a la mayoría de personas no nos gusta mirar de frente porque no la aceptamos. Tendemos a sufrirla, pero nunca a acogerla o aceptarla.

Morir es un hecho que acontece. La muerte se nos impone; ella dispone de nosotros. Combatirla tiene sus límites; podemos demorarla en ocasiones, pero jamás cancelarla. Por eso llega un día en que es preciso encararla; mirarla de frente.

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