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Vida del Apóstol Pablo

Autor: Leonel Angelillo Dos Santos
Curso:
7/10 (1 opinión) |3157 alumnos|Fecha publicación: 10/11/2009
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Capítulo 11:

 Pablo en Jerusalén. encarcelamiento en Cesarea

No tardó en hacerse realidad la predicción de Agabo.

Los hermanos de Jerusalén le dieron una buena acogido a Pablo y a sus colaboradores que, al día siguiente de su llegada, fueron a visitar a Jacobo, el hermano del Señor; se encontraron también con todos los ancianos de la iglesia. Ellos glorificaron a Dios, que se había servido de tal manera del ministerio de Pablo, pero recordaron al apóstol que numerosos cristianos procedentes del judaísmo habían oído decir que él no observaba la Ley de Moisés.

Los ancianos le propusieron que diera en el mismo Templo una prueba espectacular de su fidelidad a las costumbres judías, encargándose de cumplir las prescripciones de pagos de gastos implicados en la liberación del voto de cuatro nazareos.

 Pablo consintió en ello, para no tener conflicto con los judíos. Pablo hizo esta concesión como forma de mostrar su buena voluntad con sus compatriotas. Pero esta acción no tuvo un buen fin.

Unos judíos de Asia, al ver a Pablo en el templo, lo acusaron falsamente de haber introducido gentiles dentro, y amotinaron al populacho, afirmando que el ex fariseo había estado enseñando a los judíos de la diáspora a menospreciar el templo y a transgredir la ley.

Pablo hubiera sido seguramente muerto si el tribuno de la compañía de la guarnición romana, Claudio Lisias, no hubiera intervenido con presteza con sus soldados. El apóstol, atado con dos cadenas, fue llevado a la torre de Antonia.

 Pidió entonces, antes de ser introducido en ella, permiso para dirigirse a la multitud. Sorprendido al constatar que Pablo hablaba en griego y que no era “un tal egipcio sedicioso” de ese tiempo, sino un judío de Tarso, el tribuno le permitió que se dirigiera al pueblo; el apóstol hizo su discurso en arameo, haciendo reminiscencia de su juventud, y refiriendo su conversión y vocación. La multitud que lo escuchaba empezó a gritar: “¡A la muerte! ¡A la muerte!”

En cuanto Pablo hizo mención de la oferta de salvación a los gentiles. Lisias le hizo entrar entonces en la torre de Antonia para someterlo a interrogatorio. Al saber que se trataba de un ciudadano romano, el tribuno desistió de hacerlo azotar, y ordeno a los principales sacerdotes que convocaran al sanedrín al día siguiente para hacer comparecer ante ellos al preso.

Al empezar el juicio Pablo tiene u incidente con el Sumo sacerdote que le hace abofetear. Pablo reacciona pero pide, a continuación, disculpas.

Al notar que una parte era de los saduceos ( que no cree en la resurrección) y otra de los fariseos, recordó su calidad de fariseo, diciendo que la causa por la cual estaba siendo sometido a juicio era a causa de su doctrina en cuanto a la resurrección de los muertos. De inmediato se dividieron los bandos Temiendo que el preso pudiera peder la vida entre las dos facciones, el tribuno ordenó a los soldados que devolvieran a Pablo a la torre Antonia.

El Señor se apareció a Pablo a la noche y le dijo: “Ten ánimo, Pablo pues como has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma”(Hechos 23:11). Unos cuarenta judíos hicieron gestiones para que Pablo compareciera de nuevo ante el sanedrín. Se comprometieron a darle muerte, pero un sobrino de Pablo informó a su tío y este le envió para que se le informase al tribuno. Lisias envió entonces a Pablo con una fuerte escolta a Cesarea, residencia de Félix, el procurador, a quien el tribuno envió una carta.

Enterándose de que el acusado era un judío de Cilicia, el gobernador no lo quiso interrogar antes de la llegada de los acusadores, y lo hizo guardar en el pretorio que había sido antes el palacio de Herodes.

Cuando los representantes del sanedrín comparecieron ente Félix, acusaron a Pablo de sedición, de profanación del Tempo, y se quejaron de que Lisias les había arrebatado a su prisionero.

Pablo refutó estas acusaciones.

Conociendo la nueva doctrina, que era la verdadera causa del litigio, y dándose cuenta de que el acusado era inocente, Félix aplazó la vista de la causa con el pretexto de obtener de Lisias unos informes suplementarios. Pablo quedo preso, pero podía recibir visitas de sus amigos.

El procurador y Drusila, su esposa judía, quedaron impresionados por lo que Pablo afirmaba sobre la fe en Cristo. Sus solemnes palabras parecen haber hecho temblar a Feliz, que prometió volverlo a llamar.

El gobernador esperaba también que Pablo compraría su libertad, a lo que el apóstol no accedió.

Cuando Poncio Festo sucedió a Félix, hacía dos años que Pablo estaba encarcelado. Los judíos esperaban que el nuevo procurador se plegaria a sus deseos, pero este rehusó hacer subir a pablo a Jerusalén.

Pablo compareció de nuevo ante ellos, y proclamó su inocencia.

Deseoso de complacer a los judíos, Festo propuso a Pablo ser juzgado e Jerusalén. Dándose cuenta de que los judíos aprovecharían para darle muerte si subía a Jerusalén, el apóstol, basándose en su condición de ciudadano romano apeló al César.

El procurador, al quedar con ello fuera de la causa, tenía que enviar al preso a Roma.

En medio de estos acontecimientos, Agripa II biznieto de Herodes el Grande, llegó a Cesarea con su hermana Berenice, probablemente para felicitar a Festo por su nombramiento de procurador.

 Estando él poco versado en las controversias entre los judíos, y teniendo que enviar al emperador un detallado informe de la causa, Festo habla a Agripa acerca de Pablo, que quiso oírle.

Al día siguiente, el procurado hizo comparecer a Pablo ante el rey.

 El conocimiento que tenía Agripa de los asuntos judíos sería  de ayuda a Festo para redactar su informe al emperador.

Las características de la defensa de Pablo ante Agripa fueron el tacto, la elocuencia y el valor.

Dando un relato de su vida, el preso mostró que él había buscado obedecer al Dios de Israel, y que su apostolado cristiano era un cumplimiento de las antiguas profecías.

Cuando Festo interrumpiendo a Pablo, le dijo que estaba loco, el apóstol apeló a Agripa. El rey se encasillo en su papel de observador de lo que estimaba como un nuevo fanatismo, y respondió irónicamente “Por poco me persuades a ser cristiano”(Hechos  26:28).

Sin embargo, dijo que Pablo era inocente, y que hubiera podido ser puesto en libertad si no hubiera apelado a cesar.

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