Sentir vergüenza es una capacidad que hay que valorar y cultivar
cuidadosamente porque es un recurso para adquirir valores
personales.
Es una herramienta que se puede estropear al poco tiempo, cuando la
utilizamos sin autenticidad: puede resultar conmovedora y graciosa
inicialmente pero no se la puede tomar en serio ni confiar en ella,
cuando es una actitud superficial de vergüenza, que no tiene
correspondencia con actuaciones subsiguientes, que muestren más
bien reincidencia o falta de resolución sobre lo que nos ha
producido esa vergüenza social.
La vergüenza es una herramienta poderosa para la autonomía cuando
logramos que su autenticidad nos favorezca espontáneamente con su
lealtad, sin necesidad de cuidarnos de ella, porque tenemos
confianza en sus consejos y en su discreción, porque esta
vergüenza, que no es culpa, es una verdadera amiga. Y la serenidad
y firmeza que emana de asumir las recomendaciones de esta íntima
amiga nos da, espontáneamente, una imagen confiable.
Pero, ¿qué hacer si no se siente espontáneamente vergüenza
intrapersonal, o está demasiado confundida o disfrazada con otras
reacciones?
Pongamos atención a este recurso: toda persona tiene esta
vergüenza como una capacidad constitutiva de su especie, en la
medida en que tiene una conciencia (mística o no mística). En la
medida en que la vergüenza es una señal de alerta, desarrollos de
ella son: la perspicacia y la suspicacia, ambas positivas o
negativas según los efectos que causen trascendentalmente en uno
mismo y/o en los demás, y que a su vez son indicadores de
inteligencia.
Cuando no se trabaja por actualizar y accionar -poner en
acto- esa potencialidad constitutiva, ésta corre el riesgo de
desvirtuarse y dejar de ser una capacidad de la persona, útil para
su vida concreta. Por lo tanto: hay que cultivar la
vergüenza. ¿Cómo? El punto de partida es el deseo de hacerlo;
el deseo persistente, -que al comienzo se lo puede sentir como
artificial, vacuo, infructuoso y ridículo-, el deseo persistente e
intenso que impulse a una búsqueda activa, pues sólo ella puede
garantizar el aprendizaje, el riesgo y la experimentación que
construirán la respuesta a "¿cómo cultivar mi
vergüenza?".
A continuación le proponemos, a manera de insumos, algunas
actitudes y comportamientos alternativos que podrían prepararle
para dar su propia respuesta a tal pregunta:
- Adoptar una actitud consciente de atención receptiva, hacia las
cosas que consideramos positivas.
- Como ejercicio de positividad, intentar posicionarnos en el punto
de vista positivo que encontramos en otras personas.
- Ejercitarnos en describir hechos, poniendo la intención de
separar tales hechos, de lo que son nuestras emociones ante
ellos.
- Transformar esa descripción en un procedimiento, a manera de un
instructivo que queremos entregar a alguien, para que pueda
ejecutar con eficiencia algo que nosotros le pedimos que haga, como
lo haría alguien con un subalterno: buscando la mejor motivación e
instrucción posibles para que realice una tarea que no ha surgido
de su iniciativa.
- Predisponerse para ser flexibles, alegres y abiertos, buenos
subalternos, para solamente hacer, siguiendo las instrucciones,
diseñadas por nosotros mismos.
Se trata de jugar a desempeñar distintos roles para la consecución
de nuestros deseos. Poder adoptar distintos roles en una relación o
situación nos da flexibilidad intelectual y emocional porque nos
permite percibir más lo que pueden pensar y sentir otros.
- Desarrollar la capacidad de resistirnos ante la influencia
desvirtuante de otras personas, esto es, a diversas formas de
invitarnos a que nos despreocupemos de algo de lo que sí debemos
preocuparnos, o por el contrario, a que nos sintamos culpables,
asignándonos la resolución total de algo que sólo nos corresponde
resolver parcialmente, o que no nos corresponde en absoluto, esto
es, cuando se trata de una exigencia de que "paguemos"
con sufrimiento por nuestros defectos, no de una exhortación para
corregirlos.
- Desarrollar la predisposición a aprender inteligentemente de la
experiencia propia y de otras personas. Es productivo comenzar por
decirse cosas como "deseo aprender y comprender
inteligentemente esta experiencia".
- Tener la intención de comprender lo aprendido, persistentemente,
hasta convertir lo comprendido en procedimientos y valores propios
de nuestra persona.
- Predisponerse a convertir en acto hacia adentro y hacia fuera de
nuestra persona lo aprendido, en situaciones concretas,
intentándolo una y otra vez, hasta adquirir dominio.
- Tener la intención de trascender, de evolucionar, aceptando que
es altísima la posibilidad de que tengamos éxito en lo emprendamos,
porque la persistencia y los deseos sanos son fuertes y legítimos
por sí mismos.
- Actuar fundados en el supuesto de que los seres humanos tenemos
potencialidades para ser siempre mejores. Comprobamos la existencia
de esas potencialidades solamente cuando las ponemos a funcionar,
cultivándolas, con un trabajo que puede ser menor o mayor al de
otra persona, pero es el que nos corresponde hacer a cada uno para
realizar la tarea.
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