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Capítulo 6:

 El Tratado de Roma y el inicio y desarrollo de la CCE 1957-1992

El objetivo básico del Tratado de Roma era la creación de un ente supranacional con personalidad propia, la CEE, con la misión fundamental de formar un mercado común, manifestación visible de una verdadera unión económica. Para cubrir este objetivo, la Comunidad había de proceder a una larga serie de actuaciones concretas: supresión de toda clase de barreras intracomunitarias, y establecimiento de un arancel exterior para la formación de un mercado común a lo largo de un período transitorio de doce años (1958-1970); adopción de políticas comerciales comunitarias frente a terceros países; políticas comunes en los sectores de la agricultura y los transportes; prevención de los desequilibrios de las balanzas de pagos; creación de un Fondo Social para mejorar las posibilidades de empleo de los trabajadores y elevar su nivel de vida y la constitución de un Banco Europeo de Inversiones, para facilitar la expansión de la Comunidad.

      Los objetivos generales de la CEE eran:

 Promover un desarrollo armonioso de las actividades económicas en el conjunto de la Comunidad.

 Una expansión continua y equilibrada.

 Una estabilidad creciente.

 Una elevación acelerada del nivel de vida.

 Relaciones más estrechas entre los Estados que la integran.

      Los medios generales conducentes a esos fines eran:

 El establecimiento de un mercado común.

 La progresiva aproximación de las políticas económicas.

      La noción de mercado común se fundaba sobre cuatro libertades fundamentales para el mercado:

 Libre circulación de mercancías en un régimen de competencia libre y leal.

 Libre circulación de trabajadores y de servicios.

 Libertad de establecimiento.

 Libre circulación de capitales.

La CEE no es sólo una Unión Aduanera. Ésta consiste en la libre circulación de mercancías y su protección frente a los mercados exteriores a la Unión mediante una arancel exterior común (AEC). Por el contrario, la zona de libre cambio, como la Asociación Europea de Libre Comercio, AELC/EFTA, se limita a la libre circulación de mercancías entre sus socios sin protección exterior común.

La CEE, además de una unión aduanera, es un mercado común: abarca todos los factores de la producción e inserta en el mercado común las políticas comunes, así como prevé una acción común para superar dificultades de la balanza de pagos y una política económica común.

La Comunidad Europea de Energía Atómica (EURATOM o CEEA) nace y se encuentra estrechamente vinculado a la vida de la CEE. Se crea también por el Tratado de Roma de 25 de marzo de 1957 y entra en vigor el 1 de enero de 1958. Tiene como misión el establecimiento de las condiciones necesarias para la formación y el crecimiento rápido de las industrias nucleares. Para ello desarrollará y difundirá los conocimientos en materia nuclear; facilitará las inversiones; establecerá normas de seguridad para la protección sanitaria de la población; y garantizará los controles apropiados de seguridad.

Se previeron asimismo los mecanismos para pasar de una a otra etapa del período transitorio, mediante una serie de calendarios específicos para la formación de la Unión Aduanera y para la supresión de los contingentes.

Con estas medidas, los redactores del Tratado de Roma quisieron permitir a las distintas economías nacionales la adaptación al Mercado Común con el mínimo de costes sociales, reduciendo los sacrificios que pudieran sufrir los diversos agentes en el proceso de adaptación.

Siendo el Tratado de Roma un “Tratado-marco” a desarrollar por medio de una “legislación europea”, la Comunidad constituía un proceso, más que un producto. Hallstein (presidente de la Comisión de la CEE entre 1957 y 1967), reflexionando sobre este punto, establecía un símil bien expresivo:“ La CEE es una especie de pacífico proyectil dirigido con tres fases: la primera fase es la unión aduanera; la segunda, la unión económica, y la tercera, la unión política”.

Pasemos ahora a analizar los mecanismos concretos que hicieron posible la progresiva construcción del Mercado Común Europeo.

A) LA UNIÓN ADUANERA.

En realidad, sólo se puede hablar de mercado común cuando las mercancías producidas en un cierto conjunto de países circulan con plena libertad a través de sus fronteras. La libre circulación implica, una movilidad de bienes casi perfecta, por la inexistencia de barreras de carácter internacional. La unión aduanera se realiza mediante la supresión de las barreras arancelarias intracomunitarias y por medio del establecimiento de un Arancel Aduanero Común a todos los Estados miembros.

Para el desarme arancelario, los negociadores del Tratado de Roma fijaron un período mínimo de doce años, dividido en tres etapas de cuatro años cada una (1958-1970).

En la primera etapa se rebajaría un 30% de los derechos de aduana, otro 30% en la segunda y el resto en la tercera. Dentro de cada una de las dos primeras etapas, las rebajas arancelarias habrían de hacerse fraccionándolas en tres partes del 10% cada una.

Aunque en el momento de ser firmado el Tratado de Roma el Arancel Aduanero Común estaba aún sin confeccionar, sin embargo, las bases del método y el procedimiento para construirlo, así como sus principales excepciones, quedaron plenamente fijadas en el texto del Tratado.

La excelente situación económica que en Europa siguió a la política francesa de saneamiento financiero, a la declaración de convertibilidad y a la entrada en vigor del Tratado de Roma (enero de 1958), pronto hizo pensar en todo el ámbito de la Comunidad que los plazos previstos (hasta 1970) eran demasiado pesimistas y que, en consecuencia, se podría ir, sin mayores problemas, a una aceleración. En este contexto, en mayo de 1960, el Consejo de Ministros de la CEE adoptó dos decisiones importantes. La primera, suprimir el 31 de diciembre de 1961 todas las restricciones cuantitativas intracomunitarias para los productos industriales. La segunda, conectar la cuestión de los contingentes de productos agrícolas con la redacción de los oportunos reglamentos.

Así pues, la decisión de acelerar el proceso de unión aduanera entre los países de la CEE, en el mes de mayo de 1960, supuso la casi plena resolución de los problemas de los contingentes industriales dentro de la Comunidad Económica Europea.

B)  LA FORMACIÓN DEL MERCADO COMÚN AGRÍCOLA.

En el momento de negociar el Tratado de Roma, los productos industriales en los países de la CEE no contaban con una protección que la derivada de los derechos aduaneros y los contingentes. Por el contrario, para los productos agrícolas, además de los derechos y los contingentes, existían otras muchas restricciones y fundamentalmente el comercio de Estado, los calendarios fronterizos, los sistemas de precios mínimos, o simplemente el requisito de previa licencia de importación.

La enorme complejidad de los mecanismos de la política de cada uno de “los Seis”, sus implicaciones de orden interior y la celeridad impresa a las negociaciones de las que nació la CEE, impidieron que las normas particulares sobre el Mercado Común agrícola quedaran desarrolladas en detalle en el Tratado de Roma. Sólo hubo tiempo para formular unos fines de carácter programático: acrecentar la productividad, hacer posible un mayor nivel de vida para la población rural, estabilizar los mercados y asegurar precios razonables para los consumidores.

El procedimiento para desarrollar la política común también quedó fijada en el Tratado de Roma, conforme al cual se celebró la Conferencia de Stressa en 1958, de la que surgió el llamado “Primer Plan Mansholt”, verdadera base de toda la posterior política agrícola comunitaria.

La puesta en vigor de las disposiciones antes citadas había de ir seguida de la efectiva consolidación de la política común, merced a la adopción de una serie de acuerdo. Los más importantes son:

o  Libre circulación de productos agrícolas entre los países de la CEE.

o  Institución de una preferencia comunitaria en frontera a favor de los agricultores comunitarios, lo cual les garantiza el pago efectivo de unos “precios europeos” superiores a los existentes en el mercado internacional.

o  Establecimiento de organismos que garantizan la compra, a los precios de intervención, de la producción comunitaria que se les ofrezca.

o  Los excedentes producidos en la CEE tienen garantizada su exportación a base de primas o subvenciones que cubren las diferencias de precios entre los mercados comunitario y mundial.

El proteccionismo de la política agraria de la CEE ha generado importantes excedentes. Son las célebres “montañas” de cereales, productos lácteos y carne, y los “mares” de leche y vino, que sólo encuentran salida hacia los mercados extracomunitarios,con importantes gastos por parte de la Sección FEOGA.

Los problemas de los excedentes agrícolas comunitarios promovieron en 1968 el proyecto de un “Segundo Plan Mansholt” de ajustes estructurales: reducción de la superficie cultivada, contratación del censo de vacas lecheras, ampliación de explotaciones, favorecimiento de la jubilación de los agricultores de mayor edad, etc.

A finales de 1980, la Comisión de las comunidades Europeas hizo público un extenso memorándum con sus reflexiones sobre los resultados de la política agrícola común (PAC), incluyendo una valoración de la misma y algunas previsiones de cara al futuro. Asimismo expresó la necesidad de una regulación física y económica del sistema productivo, para impedir que los precios de garantía conduzcan a cifras ilimitadas en cuanto al sostenimiento y a las primas a la exportación. También la Comisión dejó claro que los esfuerzos son todavía insuficientes en lo relativo a las dimensiones de las explotaciones agrícolas, que deben agrandarse todavía más para obtener mayores economías de escala. Pero, al propio tiempo, puso de relieve que los gastos netos del FEOGA no representaron, en 1979, más que el 0,47% del PIB global de las Comunidades, y que no significaron sino el 2,8% del total de los gastos con alimentación de las familias de toda la Comunidad.

   C) LIBRE CIRCULACIÓN DE FACTORES.

Hasta aquí hemos analizado la unión aduanera, la supresión de restricciones cuantitativas y la política agrícola común, y hemos visto, en consecuencia, cómo se regula la libre circulación de mercancías, tanto industriales como agrícolas. Veamos ahora una breve referencia a la libre circulación de los factores de producción: trabajo y capital.

En el Tratado de Roma, estos dos factores adoptan las siguientes denominaciones técnicas: 1º.Trabajadores.2º. Derecho de establecimiento. 3º. Servicios. 4º. Capitales. De estas cuatro categorías, la primera (trabajadores) representa el trabajo manual o equiparado a él. La cuarta categoría (capitales) es capital puro; entendido como exclusivamente financiero, o sea, convertido en dinero efectivo. Tanto el ejercicio del derecho de libre  establecimiento de cualquier ciudadano europeo en otro país comunitario, como la prestación de servicios, pueden conceptuarse como trabajo manual, técnico o de investigación, o como combinación de trabajo y capital.

La libre circulación de personas, servicios y capitales dentro de la CEE y la coordinación de la política de transportes de “los Seis”, no han significado ningún problema verdaderamente grave a la Comunidad Económica Europea. En buena parte porque en estos cuatro aspectos (trabajadores, libre establecimiento de residencia, servicios y capitales), la política de los países de la CEE ya estaba altamente homogeneizada en el momento de la entrada en vigor del Tratado de Roma.

Todas estas medidas hicieron posible que Europa Occidental, que ocupaba solamente el 3% de la superficie emergida en el mundo, contase con el 9% de la población del globo, en 1960, apenas dos años después de iniciar su andadura la CEE. Además, lo que es sin duda más importante, fabricaba una cuarta parte de los productos industriales del mundo y, por tanto, constituía el máximo mercado universal. El desarrollo económico europeo de la posguerra había sido espectacular. Pocos economistas creían, al acabar la contienda, que Europa se recobrase tan rápidamente como así sería realmente.

Los economistas se muestran de acuerdo en reconocer que es imposible hallar un precedente histórico, llegado el momento de considerar el prolongado período de prosperidad de que disfrutó Europa durante los años cincuenta y sesenta. Como dice Angus Maddison: “ En la Europa continental los últimos años de la década de los cincuenta resultaron brillantes, con su crecimiento de producción, el consumo, la inversión y el empleo sobrepasando cualquier experiencia histórica, y con un ritmo de desarrollo virtualmente sin interrupciones ni recesión alguna”.

La tabla que ofrecemos a continuación indica el promedio anual de desarrollo del Producto Nacional Bruto de los países miembros de la CEE (excepto Luxemburgo), entre los años 1948 a 1963.

PAÍSPORCENTAJE DE AUMENTO
ALEMANIA7,6 %
ITALIA6%
HOLANDA4,7%
FRANCIA4,6%
BÉLGICA3,2%

La tasa de desarrollo en estos países, a finales de los cincuenta y principios de los sesenta, también fue espectacular. Italia, tras un comienzo lento, la tasa de desarrollo fue tomando impulso. En 1959 Italia estaba produciendo un 64 por ciento más que a principio de la década; entre 1959 y 1961 su tasa anual de crecimiento económico llegó al 7,5 por ciento.

La expansión en Francia y Holanda, se aproxima, más bien, al promedio europeo, entre el 45 por ciento y el 50 por ciento, para la década 1950-1960. En estas naciones, sin embargo, el desarrollo económico se aceleró a fines de los años cincuenta y durante los sesenta. La producción creció menos en Bélgica ya que al finalizar la década de los cincuenta había crecido un 26 por ciento, casi la mitad menos que los otros países comunitarios.

En la mayor parte de los países europeos 1964 fue un año excelente, con un aumento de la producción industrial global del 7 por ciento y, en algunos países, esta cifra se superó incluso, aunque como contrapartida, en Italia apenas se movió en ese año (0,3 por ciento), afectando su bajísima cifra al promedio continental.

El frenético desarrollo de la economía europea a lo largo de dos décadas posteriores al final de la II Guerra Mundial, tenía ciertos rasgos que las hacía únicas desde el punto de vista económico. Nunca en toda su historia, ni siquiera antes del primer conflicto mundial, había realizado la Europa industrial tan espectaculares avances.

Ante estas expectativas económicas tan envidiables una serie de países de la Europa Occidental piden su adhesión al Tratado de Roma, y se van incorporando, paulatinamente, desde principios de la década de los setente (Gran Bretaña) hasta principios del siglo XXI.

Veamos, en este cuadro cronológico, los países fundadores de la CEE y las primeras incorporaciones de nuevos países que se van a ir vinculando a este proyecto comunitario en distintas etapas posteriores.

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