Las ideas se ponen en práctica
De pronto Castro se gira hacia la derecha y da un nuevo golpe teatral. El 13 de marzo de 1962, en un mitin en la escalinata de la Universidad de La Habana, Castro saltó airadamente de su lugar cuando un joven comunista relevó el testamento político de José Antonio Echeverría, mártir del Directorio Estudiantil Revolucionario. El texto, que era bien conocido, había sido depurado de sus referencias religiosas. Castro protestó violentamente contra la "falsificación", aunque en sus escuelas de instrucción revolucionaria y en los periódicos de las ORI se reescribía la historia de un modo más audaz (6). Aquel escándalo podía interpretarse como una señal de que Castro se aprestaba a frenar el avance de estalinistas dentro de la Revolución.
Efectivamente, el 26 de marzo Fidel se dirigió inesperadamente a la nación en un discurso televisado y denunció vehementemente a Aníbal Escalante, líder del Partido Socialista Popular (estalinista), quien hasta ese momento era Secretario de Organización de las ORI. Escalante fue acusado de todos los vicios propios de Castro: sectarismo, autoritarismo, hipercontrol y oportunismo político.
El discurso causó un efecto revivificante dentro y fuera de Cuba. La campaña contra el sectarismo fue interpretada como un signo de salud y fuerza dentro de la Revolución. Mientras Escalante se retiraba discretamente a Moscú, las lenguas se desataron para hablar con franqueza de los errores cometidos durante el período del "miniestalinismo". El trotskismo internacional cayó en la trampa. Aquella campaña contra un pequeño sector del estalinismo nacional le hizo creer a la izquierda antisoviética que Castro en enfrentaría las tendencias burocratizadoras de su régimen. El hecho fue estudiado con mayor serenidad por K. S. Karol, un periodista que conoció profundamente el sistema soviético y que siguió muy de cerca a la Revolución cubana en su primera década. Karol analizó las expectativas desatadas por el destronamiento de Escalante, las consideró demasiado jubilosas y escribió:
"Una lectura un poco atenta del discurso de Fidel Castro permitía constatar que atacaba directamente al antiguo secretario de la organización y no las mismas bases del sistema autoritario y vertical. Se hubiera dicho que en ese asunto, se trataba de nuevo del problema de algunos hombres particularmente nocivos y no de toda una concepción del gobierno, de toda una tradición común a los países del bloque soviético...
...Fidel Castro no quería, o no podía simplemente poner en entredicho la responsabilidad colectiva del grupo dirigente y por tanto la suya propia que había tolerado todas esas anomalias y permitido la cristalización de una cierta forma de poder y de gestión en la saciedad. Su elección estaba limitada, en primer lugar, por su alianza con la URSS, que no habría tolerado una puesta de entredicho global de toda la concepción del socialismo autoritario vertical...". *
En su libro Los Guerrilleros del Poder, Karol ofrece numerosos ejemplos de casos "autorepresivos" dentro de la Revolución cubana: la condena de Hubert Matos, de Lunes de Revolución, la lucha contra el "sectarismo", la expulsión autoinculpación forzada del poeta Heberto Padilla, quien a pesar de "con la Revolución todo", resultó demasiado crítico para ella. En todos ellos se operó de manera arbitraria e ilegal, en forma muy semejante a los "célebres" procesos de Moscú. Pero la recepción a estos testimonios no fue muy favorable que digamos entre los trotskistas de Francia, país donde residía Karol. Uno de los teóricos de la Cuarta Internacional, Livio Maitán, consideró que las conclusiones de Karol sobre el hecho de que Cuba había adoptado la concepción estalinista era simplemente aberrante, aunque aceptaba la presencia de algunos elementos alarmantes dentro del nuevo "estado obrero". Para Maitán el régimen cubano, como parte de la Revolución Mundial, merecía el apoyo de la Cuarta Internacional(7). Lamentablemente Maitán no se ubicaba en el hecho de que Fidel, más que dar la alarma contra las deformaciones estalinistas que amenazaban su revolución, era precisamente el mentor de las mismas, a las que se opone solo si éstas amenazan su poder personal. Castro podría ser considerado dentro de una perspectiva consecuentemente trotskista, como el principal obstáculo para la participación de las "masas" en la gestión económica y política del país. Lamentablemente, los teóricos de esta versión del marxismo-leninismo se han preocupado más por destacar las concepciones castro-guevaristas acerca de la lucha armada, el estímulo "moral" versus material, el aniquilamiento de las relaciones mercantiles dentro del sector estatal y la exportación de la revolución, que de analizar la represión de los dirigentes cubanos contra cualquier tipo de oposición obrera, especialmente la de inspiración trotskista.
La condescendencia con Castro de numerosos trotskistas
internacionales llegó al extremo de perdonarle el hecho de que en
enero de 1966, Fidel usara la plataforma del Congreso de la
Tricontinental en La Habana para atacar a diferentes grupos del
trotskismo latinoamericano. La convivencia con el estalinismo
tropical llega a límites impensables, como es el caso del Partido
Socialista Obrero de Estados Unidos, quien históricamente ha
mantenido relaciones cordiales con el régimen de Castro. La
generación más joven de este Partido ha transitado del trotskismo a
un castrismo (8) ortodoxo en el que no cree ni el propio Fidel. A
principios de los 90, cuando Castro se aleja de la URSS con motivo
de su rechazo al proceso democratizador desatado por Gorbachov se
podía encontrar en la Feria Internacional del Libro de La Habana un
puesto de venta con las obras publicadas por aquel partido, entre
ellas, numerosos discursos de Fidel y el Che, junto a clásicos de
Trotsky prohibidos durante años en las editoriales, librerías y
universidades cubanas. Allí estaba La Revolución traicionada, pero
ningún cubano podía comprarla, pues se vendía en dólares y su
tenencia estaba entonces penalizada para los ciudadanos de Cuba.
Aquellos jóvenes vendedores norteamericanos, acosados por jineteras
o jineteros (sexuales o intelectuales) no podían sospechar que
estaban ofreciendo su mercancía ideológica en el país en que yacía
enterrado y donde fue condecorado y premiado con un cómodo puesto
de asesor de Castro, tras su excarcelación en México, el hombre que
dio muerte a Leon Trotsky.
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