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Capítulo 6:

 La dieta. Actividad normativa

La dieta como actividad normativa

La psicóloga canadiense Janet Polivy dice, refiriéndose a la actividad de dietar, que como es un patrón tan común en nuestra cultura, que a todos nos afecta directa o indirectamente, que lo ‘normal’ es estar a dieta y lo opuesto es lo anormal.

Por supuesto, mucho hemos escrito acerca de la dieta restrictiva e insensata como otra de las disorexias, especialmente cuando de ellas se originan algunas de las patologías que aquí estudiamos, incluyendo, a menudo, el sobrepeso, la anorexia, la bulimia y la obesidad.

La ubicuidad de las leyes dietéticas que rigen muchas religiones y la asociación de las mismas con la exaltación espiritual, como aparece en las vidas de tantas santas de la Iglesia Católica, hacen que esta actividad tenga un considerable abolengo.

Pero la gordura como epidemia no siempre ha existido y se debate aún si las Venus de Willendorf del paleolítico no eran más que la expresión de una excepción, que la de un testimonio de admiración anatómica/estética.

El primer libro de dieta: un best seller

La primera publicación dedicada a la dieta se hizo en Londres a mediados del siglo XIX por un director de funeraria, llamado William Banting. Fue un éxito monumental en cuyo espíritu han capitalizado tantos seguidores que venden falsas promesas y defraudan al incauto.

La profesión de dietista es nueva, y como tantas que son limítrofes con otras profesiones allegadas, su verdadero alcance se desconoce.

Cuando uno se siente enfermo lo que usualmente se hace es acudir al médico. Cuando uno está gordo, se acude al gimnasio, al dietista o a ambos. Antes se iba al endocrinólogo, porque se creía, de modo erróneo, que las gorduras eran expresión de trastornos tiroideos.

Pero, no es tan simple, ni los resultados obtenidos de esas visitas son tan gratos, como se debiera esperar.

La dieta maligna o la enfermedad de dietar

Si una mujer joven, creyéndose gorda, decide restringir su consumo de comida, con o sin la ayuda de un profesional y el resultado es que:

·         Engorda y no puede perder el peso que aumentara

·         Restringe más y se vuelve anoréxica

·         Se empacha y vomita, comenzando un ciclo de comportamientos bulímicos

·         Desarrolla problemas de índole de deficiencia vitamínica con parálisis de algunos músculos, trastornos neurológicos severos con ataxia y temblores, o trastornos psiquiátricos de tipo paranoico

·         La piel se le arruina con tachas afeadoras

Si lo arriba descrito, y muchas otras complicaciones posibles, emergen, entonces podemos hablar de la dieta maligna, ya que en casos extremos las dietas pueden acarrear consecuencias aciagas.

Un caso ilustrará lo que tratamos de exponer

Una paciente de 21 años sufría de anorexia restrictiva, para lo que la familia la condujo a la consulta de una dietista en una ciudad norteamericana. La misma dietista que había recomendado un régimen para reducir que la paciente siguiera por seis años manteniendo su peso a un nivel que no permitiera las menstruaciones normales.

La razón por mi consulta fue que la paciente se creía que padeciera de una parálisis del pie de origen histérico.

El diagnóstico fue el de una parálisis del músculo peroneo con un declive del pie que, carente de estímulo nervioso, no podía levantar. La causa una avitaminosis B.

La misma paciente, siguiendo dietas similares tuvo problemas con el embarazo y un atentado suicida cuando los trastornos severos de la personalidad de que sufriera se achacaran a una falta severa de vitamina B12.

Problemas análogos se diagnostican cuando muchas pacientes se guían a sí mismas por lo que leen en las revistas que siempre se encuentran en el salón de belleza o cuando, sin conocimiento alguno, deciden adoptar un estilo de comer vegetariano.

La dieta, a menudo se pone en manos de los entrenadores de gimnasio, cuyos consejos, a veces son que las anoréxicas continúen perdiendo de peso, que la ‘asistencia’ provista por laxantes y eméticos son deseables para perder de peso y que los esteroides anabólicos son recomendables.

La dieta es maligna o perniciosa, cuando se aparta de su objetivo de proveer regimenes adecuados como para el tratamiento de ciertas enfermedades establecidas, la diabetes o la intolerancia del gluten, convirtiéndose en vez, en la enfermedad misma que pretende remediar.

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