La mejor manera de intervenir el problema de los trastornos alimentarios radica en la prevención. A esta conclusión han llegado investigadores de distintas latitudes: Morel y Aguilar, Van Oosveldt y Lafourcade, de Argentina; Gómez y Fernández, de España; Shislak, Crago, MCKnight y Estes, y Phelps, Jhonston y Augusyniak, de USA; Rodríguez, de Venezuela.
Tales esfuerzos de prevención deben incluir a todos los actores, en todos los ámbitos: el hogar y la familia, las instituciones educativas y de salud, la sociedad, en general. Los hallazgos de la investigación y las actividades terapéuticas llevadas a cabo por los psicólogos anteriormente citados, permiten esbozar algunas ideas para llevar a cabo la prevención:
Enseñar -desde el hogar y la escuela- a comer de una manera racional, adaptada al consumo energético real. Dejar de obsesionar a los niños con la comida, la cual debe dejar de ser el centro de la vida familiar y social. Detectar precozmente el problema y realizar un buen diagnóstico del mismo. Implantar programas educativos en concordancia con los lineamientos de la educación para la salud. Implantar programas de sensibilización sobre estos trastornos dirigidos a la familia y al personal docente. Identificar factores de riesgo que deben ser modificados, haciendo énfasis en la insatisfacción con la imagen corporal como elemento disparador. Asistir a los jóvenes en el reconocimiento de los atributos físicos y la apariencia, con el objeto de aumentar sus niveles de eficacia personal, disminuir la aceptación de códigos socioculturales foráneos y facilitar la reflexión acerca de las utopías respecto al cuerpo. Realizar programas para modificar las creencias y pensamientos que distorsionan la percepción del cuerpo y de la comida. Involucrar a los padres y representantes en la reflexión y crítica constructiva acerca de las metas que transmiten a los hijos, de las actitudes para mejorar su autoestima, del respeto por los gustos y formas de ser de los jóvenes. Informar sobre las características de la comida sana y variada, del peligro de hacer dietas sin control médico, y de la importancia del ejercicio moderado. Inducir la reflexión acerca de los modelos imperantes sostenidos por el imaginario grupal y social, para modificarlos y hacerlos cónsonos con la realidad.
En síntesis, las intervenciones que se realicen deben apuntar a la promoción de la salud, activando los recursos comunitarios y personales, y compartiendo un espacio de intercambio con todos aquellas personas vinculadas, directa o indirectamente, con una problemática de tal naturaleza.
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