La creación del reloj de ruedas marca un hito de mucha importancia en la Historia de la Humanidad, porque por primera vez el Hombre se acercó a la Naturaleza y a la Fuerza de Gravedad que le es propia, con la idea de poner entre paréntesis precisamente a esa fuerza, lo que terminó por producir, de esta forma, unos ritmos nuevos que la naturaleza desconocía.
En efecto, en los relojes de ruedas ocurre algo muy distinto a lo que ocurre en los relojes elementales, pues en éstos el proceso a través del cual se mide el transcurso del Tiempo es continuo y natural; y se evidencia mediante el desplazamiento del peso y del volumen de la materia. La arena se desliza o el agua gotea, como obedeciendo a la Fuerza de Gravedad inscrita en la naturaleza.
En cambio, en el mecanismo del reloj de ruedas, la Fuerza de Gravedad es puesta entre paréntesis, es abolida o es suspendida durante cierto Tiempo.
La aguja de un reloj de ruedas no avanza de un modo continuo sino que lo hace a saltos, como si el Tiempo estuviera cuantizado. En cambio, en los relojes elementales lo que se observa, para medir el Tiempo, fluye- por así decirlo-, de una manera continua.
El Tiempo dado por el reloj de ruedas está partido en pedazos, a modo de cuantos elementales de Tiempo, creados por el Hombre, por lo que en este invento lo que realmente creó fue un Tiempo nuevo.
En el reloj de ruedas el Tiempo se desnaturaliza.
El reloj de ruedas no es un reloj telúrico ni es un reloj cósmico: es una tercera cosa creada por el Hombre. No da el Tiempo de las estrellas ni el Tiempo de la Tierra.
Lo que el reloj de ruedas da es el Tiempo Abstracto; que es un Tiempo espiritual, mental y fruto del reflexionar y del pensar.
El significado y las consecuencias que ha tenido para la Humanidad la imposición de un ritmo de vida artificial y puramente convencional, característico y propio de este Tiempo no-natural, cuyas horas son uniformes e intercambiables, es tan grande y de tanta importancia que algunos han llegado a pensar, y con justificada razón, que el Modernismo comenzó cuando se inventó el reloj de ruedas.
El Tiempo que inventamos, y que es el que producen los relojes artificiales, le ha procurado al Hombre un enorme poder sobre la Naturaleza. Todo ello, sin embargo, al precio de imponerse así mismo un ritmo extraño a nuestra propia constitución natural y contrario a la consecución de la felicidad propiamente humana.
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