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Capítulo 31:

 Textos literarios. Análisis de textos dramáticos (3/3)

PROFESOR. – Creo que mi actitud ha sido perfectamente correcta.

SANTILLANA. –Pero perfectamente inhumana. ¿No comprende que esa frialdad de hombre superior es un insulto a la angustia de los demás?

Pero su aparente estoicismo también tiene una raíz: en su madurez recibió el amor de una alumna para rechazarlo; es más, para, vengativamente, al no poder recogerlo, matar en ella toda capacidad de amar.

 “Cuando ella fuera una mujer en plenitud, yo sería ya un pobre viejo, un aspirante a marido engañado. Lo que hace la desesperación. ¡Destruir en ella de raíz, toda capacidad de amar! Ya que no podía ser mía, por lo menos dejarla inútil para los demás. Es otra manera de querer.”

Al final, ya en la realidad de la trama, será rebajado anecdóticamente por el capitán al puesto penúltimo, que, según palabras del profesor, es un puesto de mediocre. Es éste el personaje quizá más interesante de la pieza, junto con Santillana; contra él Casona toma decididamente partido: el rechazo del dramaturgo por el intelectualismo a la hora de vivir es tajante; el profesor es un ser mediocre, incapaz de comprender el vitalismo, un juez de todos que no se juzga a sí mismo, que en el juicio de los demás busca ocultar su frasco vital. La amargura que constantemente aparece en su boca no es odio a los demás, sino fruto del odio a sí mismo, a su fracaso. Su oponente ideológico, el periodista Santillana, es el exaltador de la vida, el dador incluso de vida; apostilla durante toda la obra los comentarios de los demás, encarnado el sentido común, la inteligencia apoyada en lo vivido; y así, encontraría en Julia, la muchacha solitaria que lleva en el pecho una carta anunciando su suicidio, el blanco para ejercer ese afán de vida, parece un personaje sacado de “Prohibido suicidarse en primavera”; o de “Nuestra Natacha”, donde Lalo, el estudiante bullanguero, aboga por el contacto directo con la vida”: Yo lo que quiero es beberme hasta el último trago de mi juventud. Estudiar no basta, hay que vivir... Pero la vida es más ancha.”

La proximidad de la muerte acelera en todos estos personajes el pulso vital, los exaspera hasta sacar a superficie la desnudez de sus existencias, los trapos sucios que ya, en el último momento, a nadie importan, y el mostrarlos sirve de alivio en una especie de contrición confesional. Unos se hundirán en este juego o en esa desesperación; Harrison, el vendedor de armas, por ejemplo; otros se salvarán, como Nina y el barón, como Julia: aquellos personajes, precisamente, en los que todavía alienta un sentido de lo colectivo, o de lo puro, o del mundo de los sentimientos -aunque sean ridículos para el profesor-, al que Casona castiga con la indiferencia. Por un momento, a la escena sube un representante de los viajeros de la cala, aquellos que no tienen dinero para pagarse un camarote y que, hacinados como borregos, viajan: los emigrantes que Harrison pretende usar como carne de cañón para hacerse con el barco. Pero ajenos a la noticia de su próximo hundimiento, los emigrantes de la cola son, para Casona, los seres que representan la pureza de pensamiento y de sentimiento, a la vida que nace, el futuro que se abre: ellos son la humanidad, como lo era el mundo rural de “La dama del alba” o el pueblo de pescadores de “La barca sin pescador”; la humanidad en contacto con lo inmediato de la naturaleza, sin las mediaciones que van depositando en el hombre las manchas, los vicios, la muerte en que ha desembocado la sociedad con sus clases, sus comportamientos estancos, sus aristocracias y sus diferencias.

En este juego psicológico, de un realismo ácido y brutal, Casona ha ido insertando todas sus mejores argucias teatrales, más efectivas. Porque, en las últimas escenas, se repite el inicio de la pieza: toda la acción teatral no ha sido más que un sueño de Santillana, el periodista; un sueño premonitorio que le permite adivinar a sus compañeros de la cena de Navidad que va a celebrarse cuando se baja el telón. La acción, esta vez real, sin la amenaza de la guerra soñada, continúa; o mejor, la obra vuelve a empezar, porque la sociedad culpable siempre dará seres culpables con sus defectos y sus crispaciones. Con cada frase, con cada gesto, Casona hace crecer la crispación personal y general de los siete condenados a muerte; si, por un lado, hay quien, como Harrison, busca una salida individual, por otro la “muerte en común” desespera más todavía entre sí a los personajes, que se excita con la acidez de sus razonamientos y aumentan el tono de la tensión escénica.

Pero Casona no ha conseguido que esos simbolismos cobren vida, que se conviertan en mitos; resultan ejemplos individuales de defectos o de errores humano; casos, más que arquetipos. Lo cual no impide al dramaturgo hacer un razonamiento frío de la condición humana en lo que tiene de peor y en lo que tiene de mejor; por el lado de lo peor, Harrison, encarnación del mal, morirá, en el sueño, por un disparo cuando estaba dispuesto a comprar un sitio en el bote de salvamento; y, por el lado de lo mejor, un niño nace en la cola, entre los emigrantes.

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