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Capítulo 7:

 Cualidad en la redacción. Claridad en el contenido (2/2)

Aprecie el siguiente ejemplo (tomado del libro de Marietta Whittlesey, El estrés) donde un tema es planteado desde diferentes estrategias de construcción textual y se define con claridad sus códigos de significación:

¿Qué es el estrés?

 ·  «En ocasiones siento que no puedo seguir. No puedo hacer frente a mi vida ni un minuto más».

·   «Me siento cansado todo el tiempo, incluso después de haber dormido bien toda la noche».

·   «Últimamente tengo un dolor de cabeza que aparece a medio día y no hay nada que pueda hacerlo desaparecer».

·   «Me siento deprimido y agotado, y no sé de qué».

·   «No puedo concentrarme».

·   (…)

 ¿Le suena familiar? Sentimientos y síntomas como éstos son comunes en muchos de nosotros. Si son parte de su vida, es probable que sufra los efectos del estrés.

Vivimos en un mundo estresante, y aunque cierta cantidad de estrés nos mantiene firmes, más estrés del que podemos controlar tiene un efecto opuesto. Un exceso de estrés puede hacernos sentir muy mal, y si se prolonga mucho puede incluso enfermar, a menos que aprendamos algunos hechos simples sobre la forma de identificar y combatir los acontecimientos, personas o cosas que nos lo causan. Este libro le ayudará a comprender qué es el estrés, cómo puede hacerle enfermar, y qué hacer con él antes de que perjudique su salud.

Simplemente estar enfermo

Oímos tanto la palabra estrés, que la mayor parte de nosotros creemos saber lo que es. El concepto de estrés fue introducido en medicina por el Dr. Hans Seyle, un médico austriaco que trabajó en Canadá. A mediados de los años 20, Selye se interesó por las semejanzas entre varias enfermedades y alteraciones muy diferentes entre sí.

Ejemplos (voces) que sirven de preámbulo al concepto.

Observó que todo paciente, ya fuera accidentado, padeciera cáncer o sufriera una enfermedad infecciosa como la hepatitis, compartía ciertas características subyacentes comunes al resto de los enfermos. Estos signos comunes incluían pérdida de peso, apatía, falta de apetito y una carencia general de resistencia. Selye denominó a estos síntomas el síndrome de «simplemente estar enfermo».

Cuando Selye exploró este síndrome con mayor detalle, observó que podían producirlo también otros estados, aparte de las enfermedades. Muchos acontecimientos vitales, buenos y malos, e incluso pensamientos y emociones, podían causar el sentimiento de estar enfermo. Cuando experimentamos algún cambio, ya sea físico o emocional, bueno o malo, nuestro cuerpo sufre determinadas modificaciones predecibles. En ocasiones, no somos conscientes de tales variaciones. Si éstas persisten, algún eslabón débil de nuestro cuerpo puede romperse, y enfermarnos. Por esta razón, casarse o adquirir una casa nueva puede ser tan estresante como divorciarse o continuar en un mal trabajo. Todos los acontecimientos y sentimientos buenos y malos mencionados tienen una cosa en común: le fuerzan a uno a habituarse a algo nuevo, a adaptarse. Todos nos adaptamos constantemente a cosas nuevas, cosas que pueden o no gustarnos. Esa adaptación no es lesiva, sino que forma parte de la tarea de vivir.

Resumen

El estrés es la respuesta del organismo a cualquier demanda. Esto significa que tanto los acontecimientos agradables como los desagradables pueden ser estresantes. Piense en hacer un viaje de vacaciones, por ejemplo. Salir de viaje es maravilloso. Sin embargo, los preparativos de última hora pueden resultar agobiantes y producir estrés. Esta respuesta es normal hasta que queda fuera de control. Controlar el estrés significa, por tanto, adaptarse y cambiar cuando las circunstancias así lo exigen.

Enfrentarse o huir

«Nunca olvidaré la sensación que tuve, justo después del accidente, cuando me di cuenta de que mis dos hijos seguían en el asiento trasero, con toda la carrocería retorcida. Había cristales rotos por todas partes. El otro coche estaba ya en llamas, y me aterrorizaba pensar que con el mío podía ocurrir lo mismo. Podía oír los sollozos del pequeño Brian, como si estuviera gravemente herido, pero del bebé sólo provenía un silencio de mal agüero. Aún hoy ignoro cómo lo hice (sólo mido un metro y medio y peso menos de 45 kg.), pero conseguí abrir la puerta abollada y sacarlos del coche. Todo duró menos de un minuto. Estaba como poseída de una fuerza sobrehumana, capaz de levantar todo el coche si hubiera sido necesario para salvar la vida de mis hijos».

¿Cómo puede explicarse esta proeza? Es una respuesta de supervivencia, que se origina en nuestros antepasados más remotos. De hecho, a compartimos con los animales. Se la conoce como respuesta de «enfrentamiento-huida». El gato que arquea su lomo y bufa ante la presencia de un perro, también ilustra con tal actitud una respuesta de enfrentamiento-huída. El cuerpo del gato experimenta las mismas reacciones internas que experimenta el suyo cuando algo le amenaza. Las reacciones del cuerpo del gato lo preparan para pelear contra el perro o para escapar. Una respuesta idéntica preparaba a los primeros seres humanos para enfrentarse a situaciones que pudieran poner en peligro sus vidas o para huir de ellas. Se trata de una respuesta involuntaria: habitualmente no podemos controlarla.

Un párrafo para el resumen.
Parafrasea la idea inicial y da más ejemplos.
Narración.
Expone y argumenta con ejemplos el concepto de “enfrentamiento-huída” (primera fase del estrés).
Describe.
Contextualiza y refiere generalidades.
Define concepto.
Afirmación de intención.

Con este ejemplo, queremos evidenciar unas estrategias de construcción textual –posibilidades de tratamiento de un tema–, y de cómo esto, en consecuencia, determina el grado de claridad en la exposición de las ideas.

Usted habrá apreciado que el autor, en el fragmento, sólo se centra en un propósito: definir el concepto de estrés. En ningún momento hace digresiones ajenas a este propósito; no aparta la atención del lector en ideas o conceptos que, aunque sean fundamentales para el tema general (el estrés), podrían afectar estructuralmente la unidad en la información, creando confusión y mayor dificultad de discernimiento de contenidos. Con excepción de unas cuantas líneas, el autor apenas hace un breve comentario introductorio en que contextualiza el tema y expone su intención general para el libro (dentro del cual está definir el estrés).

El propósito del texto necesita el suficiente espacio discursivo y de unas estrategias apropiadas, según el ámbito retórico fijado (público lector, afirmación de intención…), para que las antenas de la percepción lectora detecten con claridad la exposición de los contenidos. Por eso, el autor se ha preocupado por ejemplificar, contextualizar, describir, resumir, narrar, exponer y argumentar en torno a una acción cardinal: definir.

Una estrategia del autor para abordar el tema bien podría haber sido con el inicio de una detallada explicación del proceso fisiológico (la liberación de hormonas por las glándulas endocrinas, el aumento de tamaño de las suprarrenales y segregación de adrenalina, etc.); pero resultaría ‘estresante’ bombardear al lector desde el principio con una terminología especializada, más si el texto está dirigido a un público general.

Esta explicación se puede realizar después (como efectivamente lo hace el autor). Por ahora, es importante que el lector pueda codificar los elementos expositivos de menor complejidad, que se introduzca al tema con ángulos de tratamiento más amables y sencillos; esto es, contextualizar sobre el asunto, ser explícitos con la afirmación de intención (objetivo), parafrasear la idea (decirla en otras palabras), ser concretos (emplear ejemplos, narraciones), no alardear con tecnicismos, resumir, etc.

Estas acciones, junto con otras ya mencionadas y las que puedan surgir, según la creatividad del autor para presentar y organizar la información, conforman las estrategias de construcción textual. Estrategias que aparecen motivadas por las necesidades de desarrollo del tema; pero, también, en relación con el proceso de percepción y comprensión lectora.

Como escritores debemos pensar en las más adecuadas estrategias que colaboren en la percepción de quien se tomó la molestia de leernos. Pensar qué conocimientos o explicaciones exige nuestro lector para alcanzar una claridad plena sobre el tema. Tampoco debemos atomizar una idea en obsesivas explicaciones de toda índole; no hay que subestimar la inteligencia del lector, pues éste cumple la tarea de trabajar y re-construir el texto a partir de sus propias operaciones mentales.

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