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Semiología de la conducta agresiva. Psicología y agresividad

Autor: Centre Londres 94
Curso:
10/10 (1 opinión) |2498 alumnos|Fecha publicación: 31/03/2010

Capítulo 1:

 Conductas agresivas. Etiología de la agresividad

SEMIOLOGÍA DE LAS CONDUCTAS AGRESIVAS

El término agresividad apareció tardíamente en el desarrollo de la lengua. Durante 4siglos (del XV al XIX) la palabra “agresión” (del verbo agredir “atacar”) era la única en uso.

Señalaba claramente la situación en la que “un individuo ataca a otro individuo” y los papeles de cada uno, el atacante era el agresor y el otro el agredido.

La entrada en uso del término “agresividad”, que se define como “aquella intención agresiva dentro de un acto agresivo”, trajo consigo una gran ambigüedad psicológica.

¿Cómo definir una intención agresiva? En aquellas situaciones dónde la agresión de uno desencadenada por la agresión de otro, ¿quién es el agresor y quién es el agredido?

¿Existen comportamientos desprovistos de agresividad? ¿Cómo distinguirlos?

La agresión y la agresividad no se distinguen únicamente por la distancia que separa un acto de una intención. La agresividad observada en una conducta puede deberse a un estudio de su causa psicológica. Se examinarán los orígenes subjetivos que explican esta intención y su organización dinámica. Puesto que la agresividad conduce a una agresión, se podrán definir entonces el/los motivo/s psicológico/s del acto agresivo. Por el contrario, los elementos extraídos del examen de un agresión no permiten delimitar la causalidad psicológica.

Aspectos teóricos

Punto de vista etiológico

En el reino animal se denominan agresivas las conductas que tienen como finalidad la huida o la destrucción de otro animal considerado adversario.

La agresión de un animal por otro sólo tiene lugar si el otro se percibe como rival por la posesión de un objeto del que el agresor ha estado o podría estar desprovisto. Para que exista agresión de un animal por otro es necesario que el agresor sea amenazado y esta agresión puede ser solamente una acción destinada a derrotar al contrario.

Si nos limitamos a este punto de vista, las relaciones de agresividad en el mundo animal pueden tener tres formas: las conductas de depredación, que no son de antemano conductas agresivas, algunas conductas agresivas que no implican un combate, el combate con resultado mortal.

Las conductas de depredación rebelan una relación agonista que no agresiva. El lobo que ataca una oveja para alimentarse no hace más que saciar su instinto carnívoro, al igual que el león que asalta un búfalo. Por contra, hay conductas agresivas “secundarias” que se pueden observar en esta situación, cuando la conducta agonista sobrepasa su finalidad. Este es el caso del animal carnívoro que mata por encima de sus necesidades alimentarias, como el hurón que mata de una vez muchas gallinas sin comérselas, o del animal atacado con finalidad carnívora que sobrevive al ataque y después agrede a su adversario. En un extremo se puede observar las conductas depredatorias que no tienen un carácter agonístico: el gran oso hormiguero que captura las hormigas de las que se alimentaba, no tiene mayor actitud depredadora que la cabra cuando pasta por el prado.

Las conductas agresivas que no desencadenan un combate se observan sobre todo en individuos intraespecíficos, ya que un resultado fatal sería perjudicial para la supervivencia de la especie. Son de tres tipos: la ritualización, la intimidación y la inhibición. En el primer caso se observa una lucha cuerpo a cuerpo en la que los adversarios renuncian mutuamente a hacer uso de sus armas mortales. La intimidación consiste en simples manifestaciones agresivas de tipo vocal o gestual. La inhibición, por último, supone el caso de un animal que va a ser vencido en un combate y quiere escapar de la muerte: manifiesta su sumisión al contrario que entonces detiene su ataque y deja huir al vencido.

La agresividad que conduce a un combate mortal, sólo se observa entre animales de una misma especie, ya sea de una misma sociedad o localidad, si descartamos las conductas depredatorias. Se trata siempre de una relación de mutua rivalidad con el congénere. Sólo tiene lugar en condiciones muy precisas: rivalidad por la comida, rivalidad sexual, rivalidad por el dominio de un territorio.

En la inmensa mayoría de de los casos, estas conductas agresivas tienen una finalidad filogenética comprensible. Se trata de una selección sexual, que reserva a los machos más fuertes las funciones reproductoras, o bien de una dispersión de individuos, lo que permite la protección de los recursos naturales de su territorio, a una especie en concreto.

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