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Semiología de la conducta agresiva. Psicología y agresividad

Autor: Centre Londres 94
Curso:
10/10 (1 opiniýn) |2498 alumnos|Fecha publicaciýn: 31/03/2010

Capýtulo 11:

 Agresividad. Teorías de evaluación (1/3)

Evaluación de la agresividad

Los comportamientos agresivos son tan variados que sería extremadamente difícil evaluarlos sin recorrer a una conceptualización de la agresión. Una definición del comportamiento agresivo permite definir las características necesarias y suficientes. Se han propuesto numerosas definiciones con un espectro más o menos restrictivo. La de Robert Baron es la más utilizada en la literatura contemporánea: “un acto agresivo es cualquier forma de comportamiento producido con la finalidad de infingir un daño a otro ser viviente motivado por la evitación de un tratamiento concreto”. El daño inflingido puede ser tanto físico como psicológico; el acto agresivo se define, sobre todo, por una intención de perjudicar (descartando así los daños accidentales e incluyendo, por contra, los intentos fallidos de agresión), y supone el carácter impuesto de este acto sin el consentimiento del otro. Sin embargo, esta última característica excluye en principio todo el espectro de agresiones y conductas tales como automutilaciones o conductas suicidas; estas conductas se consideran clásicamente como una “vuelta” de la agresividad hacia uno mismo pero la cuestión de si pertenecen a las conductas agresivas no se considera actualmente.

Teorías de evaluación

Más allá de una definición de acto agresivo, algunos autores han elaborado tipologías o caracteres de tales actos. Arnold Buss propone clasificarlos según tres dimensiones dicotómicas (física versus verbal, activa versus pasiva y directa versus indirecta) de cuya combinación resultan ocho categorías que permiten clasificar la casi totalidad de los actos agresivos. La categoría “física-activa-directa” comprende así cualquier acto de violencia física sobre otro, mientras que una acción consistente en calumniar a un sujeto en su ausencia entraría dentro de la categoría “verbal-pasiva-indirecta. La agresividad pasiva queda patente por actos, también diversos, de rechazo a responder una demanda (verbal-pasiva-directa), omisión de testimonio en un individuo injustamente criticado (verbal-pasiva-indirecta) o bloquear la puerta de un tren para impedir que un pasajero pueda subir (física-pasiva-directa) y le quite su asiento. Esta clasificación tiene la ventaja de tener en cuenta aquellos comportamientos agresivos más cotidianos, pero es muy descriptiva. Otra clasificación más funcional distingue las agresiones hostiles, dirigidas a perjudicar a otros como insultar a un conductor, de las agresiones instrumentales que sirven para otras finalidades como atracar a un peatón para robarle el dinero. Sin embargo, estas dos categorías pueden ser consideradas como instrumentales ya que las dos están orientadas a una finalidad específica. Zillman propone separar las conductas agresivas según sean destinadas a poner fin a una situación aversiva (annoyancemotivated aggression) o a obtener una gratificación (incentive-motivated aggression).

Por último, una última aproximación se inspira en trabajos efectuados en animales y presenta una clasificación “fisiológica” de los actos agresivos. Kenneth Moyer se cita corrientemente por su clasificación que diferencia 7 tipos de agresión según su estimulo evocador y sus bases neurofisiológicas. Así, se distinguen las agresiones depredadoras, inducidas por el miedo, irritables, territoriales, maternales e instrumentales. Esta clasificación fue reducida en dos categorías por Reis, que contrapone las agresiones depredadoras a las seis categorías de Moyer reagrupadas bajo el término de agresión “afectiva”, reagrupando a las primeras los comportamientos sin hiperactividad del sistema simpático mientras que las segundas, afectivas, se caracterizan por una actividad simpática muy elevada, vocalizaciones y comportamientos expresivos afectivos. Esta dicotomía está validada por múltiples trabajos que refieren el efecto diferencial de lesiones neurológicas experimentales, de alteraciones de diferentes modalidades sensoriales, o incluso de modificaciones farmacológicas de concentraciones cerebrales de neuromediadores, y particularmente de la serotonina. En una población clínica de niños y adolescentes se ha propuesto una transposición de esta dicotomía. En este estudio, 16 comportamientos definidos a priori como “depredadores” o “afectivos” (por ejemplo “procurar protegerse cuando está agresivo” por la primera categoría y “es totalmente incontrolable cuando está agresivo” por la segunda) fueron evaluados por enfermeras. El análisis estadístico de estos datos demuestra que los observadores fueron homogéneos en su juicio y que identificaron bien dos grupos opuestos de comportamientos agresivos.

Este progreso en la conceptualización de la agresión debería guiar la evaluación de conductas agresivas necesaria para establecer la validez del concepto de agresividad o, simplemente, para apreciar la eficacia de un tratamiento biológico o psicológico enfocado a reducir la frecuencia o la severidad de los actos agresivos. Los recursos practicables difieren según que el sujeto sea evaluado en su entorno o en una institución. La observación directa en medio natural requiere el establecimiento previo de una tabla de códigos de comportamiento como punto de referencia y un entrenamiento en la valoración. A fin de reducir el tiempo de observación, se puede proceder a un muestreo temporal y observar al sujeto en intervalos de tiempo predefinidos. Un procedimiento menos arduo consiste en pedir al sujeto que se autobserve, que identifique y registre sus propios comportamientos agresivos. Método muy utilizado por los terapeutas conductuales, el autoregistro ofrece la ventaja de una observación diaria y casi continua.

Su precisión es buena si los comportamientos observados se definen claramente y se anotan sin retraso. Existen dudas en cuanto a la validez de una autoevaluación de comportamientos frecuentemente juzgados como socialmente inaceptable, ya que muchos estudios muestran en este caso importantes discusiones de apreciación. La opinión de autores como Beck es que los sujetos tienen tendencia a minimizar la frecuencia de sus actos agresivos. De todos modos, suele ser posible comprobar este punto contrastando la información referida por el paciente con la que aportan sus allegados. Estas autoevaluaciones, indispensables en la evaluación ambulatoria de las conductas agresivas, son difíciles, por no decir imposibles, en el joven y en el adulto cuando existen problemas de juicio (por ejemplo en el caso de demencia). Los actos agresivos de niños se evalúan a través de sus padres o de sus educadores, ya sea de modo análogo a un autoregistro, o a través de inventarios de comportamiento como el Child Behavior Checklist, traducido en francés por Eric Fombonne et al., un inventario general cuyo uno de sus nueve factores evalúa el comportamiento agresivo.

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