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Saulo de Tarso

Autor: Agustín Fabra
Curso:
9,75/10 (4 opiniones) |1366 alumnos|Fecha publicación: 29/06/2010
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Capítulo 5:

 Pablo. Su personalidad

Físicamente Pablo no era impresionante ni atrayente; sus adversarios le echaban en cara que «su presencia era poca cosa y su palabra despreciable» (2 Corintios 10:10); él mismo alude también a su exigua estatura corporal (2 Corintios 10:12-14). Su salud era débil; Pablo sufría una enfermedad que él mismo califica de aguijón de su carne y bofetón de Satán (2 Corintios 12:7-9); es un sufrimiento doloroso, humillante y crónico, como lo confirma el propio Pablo (Gálatas 4:13-15).

Pablo poseía temperamento de jefe, voluntad de hierro, constancia inquebrantable, sentido para la iniciativa, extraordinaria capacidad de trabajo y resistencia, y un carácter conquistador; su carácter era, además, apasionado, impetuoso y dominador, que se entregaba de modo total al amor o al odio. Mas, junto a su férrea voluntad, Pablo tenía también un alma de fina sensibilidad y condescendencia, y un corazón lleno de ternura que se pegaba a los hombres y despertaba fuerte simpatía, que sentía profundamente la necesidad y el dolor de los demás.

Como pensador Pablo fue esencialmente un espíritu intuitivo, que concebía la religión más por visión inmediata que por razonamiento discursivo. Sin embargo, fue también un poderoso dialéctico, y su capacidad natural se perfeccionó aún más por su formación rabínica.

La naturaleza y el arte le decían muy poco; era más bien un psicólogo introspectivo. Sus comparaciones e imágenes están tomadas generalmente de la vida ciudadana, de los soldados o del derecho.

Pablo fue un escritor de ingenio, que disponía de un vocabulario extenso y de un conocimiento sólido de la lengua griega. Su lengua es el griego corriente entre la clase culta de su tiempo, salpicado con numerosas expresiones tomadas de la versión griega de los LXX, que era la más común entre los judíos de la diáspora. Su estilo es cuidado, sus frases se hallan muchas veces sobrecargadas de incisos y hay ocasiones cuando se presiente más el estilo oral que el cultivo de la escritura.

Era un hombre que creaba interés en torno a sí, que atraía a los demás y emanaba amistad. La lista de veintisiete nombres en Romanos 16:1-16 nos descubre una pequeña parte del círculo de sus amigos íntimos. Escribe una carta a un amigo rico para salvar la vida y recomendar a un esclavo al cual ha hecho su hermano en Cristo en la prisión. Es agradecido con los pequeños favores, y se interesa por la iglesia en Jerusalén cuando los malos tiempos ponían a los pobres en dificultad.

El fuego de su sensible corazón queda bien patente en sus sentimientos para con sus fieles. Lleno de confiado abandono para con los de Filipos, sufre un acceso de indignación cuando los de Galacia se disponen a traicionar su fe, y experimenta una dolorosa contrariedad ante la inconstancia vanidosa de los de Corinto. Sabe manejar la ironía para fustigar a los inconstantes e incluso los reproches severos; pero es por su bien. Y no tarda en suavizar sus reprensiones con acentos de conmovedora ternura.

Su predicación es, ante todo, el kerigma apostólico; la proclamación de Cristo crucificado y resucitado conforme a las Escrituras. Su mensaje no es cosa suya; es el mensaje de la fe común, sólo que con una aplicación especial a la conversión de los gentiles. Pablo se siente solidario con las tradiciones apostólicas; las cita cuando se le presenta la ocasión porque les debe mucho. No conoció a Cristo en vida, pero conoce sus enseñanzas y también recibió su visita personal.

Si bien Pablo resiste al mismo Pedro cuando se entera de que este último consideraba como verdaderos cristianos a los judíos convertidos que seguían practicando la Ley judía y tendía a formar dos comunidades separadas entre sí, sabe mostrarse también conciliador cuando es necesario y pone su mayor esmero en la colecta a favor de los pobres de Jerusalén y la considera como la prenda mejor de la unión entre los cristianos gentiles y los que aún siguen la Ley.

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