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Saulo de Tarso

Autor: Agustín Fabra
Curso:
9,75/10 (4 opiniones) |1366 alumnos|Fecha publicación: 29/06/2010
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Capítulo 11:

 Los escritos de Pablo

No debemos olvidar que las Cartas que Pablo nos dejó son escritos para una determinada ocasión y propósito; no son tratados de teología, sino respuestas a situaciones concretas. Son exposiciones que Pablo destina a lectores concretos y, en último término, a todos los fieles de Cristo. Por ello no hemos de buscar en ellas una formulación sistemática y completa del pensamiento del Apóstol, sino buscar siempre la palabra viva contenida en ellas en forma de puntos particulares. A pesar de ello no dejan de ser esas Cartas extraordinariamente valiosas, tanto más que su riqueza y variedad nos permiten encontrar lo esencial del mensaje paulino. En ellas se descubre una misma doctrina fundamental centrada en torno a Cristo, muerto y resucitado, pero adaptada, desarrollada y enriquecida a lo largo de aquella vida entregada a todos.

Algunos intérpretes de sus escritos han atribuido a Pablo un eclecticismo o intención de querer conciliar las doctrinas, que a tenor de las circunstancias le habría hecho adoptar puntos de vista divergentes y aún contradictorios, sin concederles valor absoluto puesto que sólo le interesaba ganar los corazones para Cristo. Otros han contrapuesto a ese punto de vista un fijismo según el cual el pensamiento de Pablo, estructurado desde un principio por la experiencia de su conversión, no habría experimentado después ninguna evolución. La verdad está entre ambos extremos: el mensaje de Pablo, evolucionado en una línea homogénea, se ha desarrollado realmente bajo el influjo del Espíritu Santo, que dirigía su apostolado.

Podemos distinguir las etapas de esta evolución recorriendo sus diversas cartas en orden cronológico, mejor aún que en base a Canon del Nuevo Testamento, donde están ordenadas por su extensión decreciente.

Tesalonicenses: Las primeras cartas están dirigidas a los Tesalonicenses, evangelizados por Pablo entre el otoño del 49 hasta la primavera del 50 en el curso de su segundo viaje (Hechos 17:1-10). Obligado por los ataques de los judíos a salir para Berea, desde donde llegó a Atenas y Corinto, de esta última ciudad con seguridad escribió la primera Carta. Silas y Timoteo están con él y las buenas noticias traídas por este último después de una segunda visita a Tesalónica, sirven de ocasión a Pablo para desahogar su corazón (1 y 3). Siguen algunas exhortaciones prácticas, entre las que se incluye una respuesta respecto de la suerte de los difuntos y de la Parusía de Cristo (4:13 y 5:11).

La segunda Carta a los Tesalonicenses, escrita algunos meses más tarde también en Corinto, contiene además de exhortaciones prácticas, nuevas instrucciones sobre la fecha de la Parusía y los signos que la han de preceder (2Tesalonicenses 2:1-12). La Segunda carta presenta sorprendentes semejanzas literarias con la Primera, hasta el punto de que se consideraba esta Segunda carta como la obra de un falsario que se habría inspirado en Pablo imitando su estilo. Pero resulta difícil comprender el motivo de tal falsificación, y es mucho más sencillo pensar que el mismo Pablo, queriendo corregir algunos aspectos de su enseñanza escatológica mal comprendidos (1Tesalonicenses 5:2-9), haya escrito esta segunda carta repitiendo las fórmulas de la primera. Ambos escritos no se contradicen, sino que se complementan. Y su autenticidad queda asimismo bien testificada por la antigua tradición de la Iglesia.

En esta primera etapa de su apostolado el pensamiento de Pablo aparece enteramente centrado en la resurrección de Cristo y en su venida gloriosa, que traerá la salvación a los que hayan creído en El, aún cuando hubieran ya muerto (1Tesalonicenses 5:1-18). Describe esa venida gloriosa según las tradiciones de la apocalíptica judía y del cristianismo primitivo. Conforme a las enseñanzas de Jesús, ora con insistencia ante la inminencia imprevisible de esa venida, que exige vigilancia permanente, hasta el punto de producir la impresión de que él y los demás lo verán en vida, aunque ya sabe que previamente habrá algunos signos. Estos ya no son tan claros en la actualidad como lo fueron entonces. En cuanto al obstáculo “que ahora le retiene” (2Tesalonicenses 2:6), Pablo se refiere a la Parusía, aún cuando se desconoce cuál era el motivo, pero parece ser que los destinatarios de la carta captaba la alusión al retraso, aunque ahora para nosotros represente un enigma.

Corintios: Mientras escribía 1 y 2Tesalonicenses Pablo evangelizó Corinto durante más de 18 meses; desde la primavera del 50 hasta finales de verano del 51. Según su costumbre de actuar en los grandes centros, quería implantar la fe de Cristo en aquel famoso puerto densamente poblado, y desde el cual podría difundirse por todo Acaya. De hecho logró fundar ahí, sobre todo en las capas modestas de la población, una floreciente comunidad. Pero esa comunidad era un foco de cultura griega, donde chocaban corrientes muy diversas de pensamiento y de religión. El contacto de la tierna fe cristiana con aquella capital del paganismo, tenía que plantear para los neófitos muchos problemas delicados, que Pablo trata de resolver en las dos cartas que escribe a los corintios.

A pesar de algunos puntos dudosos, la génesis de estas dos cartas es bastante clara. Durante una estancia suya en Éfeso de algo más de dos años, algunos problemas planteados por una delegación de los corintios más otras informaciones recibidas por medio de Apolo, impulsaron a Pablo a escribir una nueva Carta (la 1Corintios) , alrededor de la Pascua del 54. Poco después debió producirse en Corinto algún tipo de crisis, en la que probablemente debió de intervenir Timoteo, y que le obligó a hacer una visita rápida y enojosa, en el curso de la cual prometió volver pronto. Pero de hecho no volvió y sustituyó la visita por una carta severa, escrita con muchas lágrimas (2Corintios 2:3-9), que produjo un efecto saludable. Este buen resultado lo supo Pablo por Tito en Macedonia, después de haber salido de Éfeso a consecuencia de crisis muy graves ocurridas, cuya naturaleza desconocemos. Entonces Pablo escribió las dos partes de 2Corintios, en la primavera y el verano del 55. Luego iba a pasar por Corinto para ir de allí a Jerusalén, donde fue encarcelado.

Algunos opinan que 2Corintios sería una recopilación de varias cartas (hasta cinco)remitidas por Pablo a Corinto en circunstancias diversas. Hay también quien asevera que los capítulos 10 al 13 no pueden ser continuación del 1 al 9 porque es psicológicamente imposible que Pablo pase tan bruscamente de celebrar la reconciliación expuesta en los capítulos 1 al 9, a la amonestación severa y las justificaciones irónicas de los capítulos 10 al 13. Se supone que los capítulos 10 al 13 podrían deberse al deterioro de la situación en Corinto después del envío de los primeros capítulos.

Si estas cartas ofrecen noticias de gran interés sobre el alma de Pablo y sobre sus relaciones con sus convertidos, no es menor su importancia doctrinal. Encontramos en ellas, principalmente en 1Corintios, informaciones y decisiones sobre muchos problemas cruciales del cristianismo primitivo, tanto en su vida interior como en sus relaciones con el mundo pagano. Lo que hubiera podido quedar en un simple caso de conciencia o en unas instrucciones litúrgicas, da pie al genio de Pablo para exponer puntos de vista profundos sobre la verdadera libertad de la vida cristiana, la santificación del cuerpo, la primacía de la caridad y la unión con Cristo.

La defensa de su apostolado le inspira páginas espléndidas sobre la grandeza del ministerio apostólico y el ideal de la unión entre las iglesias. La perspectiva escatológica está siempre presente y ocupa toda la exposición sobre la resurrección de la carne. Pero en lugar de las descripciones apocalípticas de las dos cartas a los tesalonicenses, las sustituye una discusión más racional que justifica esa esperanza en una vida mejor, difícil para la mentalidad griega. Esta adaptación del Evangelio al mundo nuevo en el que va penetrando, se manifiesta sobre todo en la contraposición de la locura de la Cruz a la sabiduría helénica.

A los corintios, que se hallan divididos contraponiendo a sus diversos maestros y sus respectivos talentos humanos, Pablo les recuerda que sólo hay un Maestro: Cristo, un solo mensaje: la salvación por la cruz, y que esa es la verdadera Sabiduría (1Corintios 1-10 y 4:13). Así, forzado por las circunstancias y sin renegar de las perspectivas escatológicas, se ve obligado a insistir más y más en la vida cristiana, como unión con Cristo en el verdadero conocimiento de la fe.

Gálatas: Las cartas a los Gálatas y a los Romanos abordan el mismo problema; la primera, como reacción inmediata provocada por una situación concreta; la segunda como expresión más serena y más completa que pone en orden las ideas suscitadas por la polémica. Este estrecho parentesco entre las dos Cartas es una de las mayores razones que desaconsejan fechar la composición de Gálatas en los primeros años de Pablo, incluso antes de la asamblea de Jerusalén. Cuando él menciona a los Gálatas se refiere a los habitantes de Galacia y también a los licaonios y a los pisidios evangelizados en el primer viaje misionero, ya que hay que recordar que Licaonia y Pisidia estuvieron políticamente vinculadas a Galacia desde el 25 a.C. Esta carta pudo haber sido escrita en Éfeso e incluso en Macedonia entre el 54 y el 55.

Romanos: Esta Carta es algo posterior. Pablo se halla en Corinto (invierno 55-56) y a punto de partir para Jerusalén, de donde espera ir a Roma y de ahí a España (Romanos 15:22-32). Pablo no ha fundado la iglesia de Roma, respecto a la cual se halla medianamente informado quizás por Aquila. Las pocas alusiones contenidas en su carta únicamente dejan entrever una comunidad en la que los convertidos del judaísmo y de la gentilidad están expuestos a despreciarse mutuamente. Por eso cree conveniente enviar con su protectora Febe, de la Iglesia de Cencreas (Romanos 16:1), una carta en la que expone su solución de ese problema para los judeo-cristianos, tal como lo acaba de madurar bajo los impactos de la crisis gálata. Para ello retoma las ideas de Gálatas, pero de una forma más ordenada y matizada. Si Gálatas representa un grito salido del corazón lleno de vehementes advertencias, Romanos por su parte ofrece una exposición ininterrumpida, con algunas grandes secciones que se entrelazan armoniosamente por medio de temas que se anuncian anticipadamente para ser luego desarrollados.

Nadie ha discutido la autenticidad de la carta a los Romanos, aunque la cuestión es si los capítulos 15 y 16 son una añadidura posterior. El 16, con sus numerosos saludos, parecía haber sido primitivamente una nota destinada a la Iglesia de Éfeso, ya que Pablo nunca enviaba saludos a personas de comunidades en las que él no había trabajado. La lista de nombres del capítulo 16 indica que el escrito iba dirigido a una iglesia que Pablo no había fundado, lo cual excluye que el destinatario sea la iglesia de Éfeso. Las características de su estilo literario constituyen motivo suficiente para rechazar su autenticidad.

Mientras las cartas a los Corintios contraponían el “Cristo Sabiduría de Dios” a la vana sabiduría del mundo, las cartas a los Gálatas y a los Romanos contraponen el “Cristo Justicia de Dios” a la justicia que los hombres pretendían conseguir por sus propios esfuerzos. En Corintios el peligro provenía del espíritu griego, con su orgullosa confianza en la razón, pero en Gálatas y Romanos proviene del espíritu judío, con su orgullosa confianza en la Ley. Algunos judaizantes vinieron a decir a los fieles de Galacia que no podían salvarse si no practicaban la circuncisión, poniéndose así bajo el yugo de la Ley judía. Pablo se opone con todas sus fuerzas a ese retroceso, que haría inútil la obra de Cristo. Pablo considera que la Ley de Moisés, buena y santa en sí misma, hizo que el hombre conociera la voluntad de Dios, pero sin comunicarle la fuerza interior para cumplirla; por lo mismo solamente consiguió hacerle consciente de su pecado y de la necesidad que tiene de la ayuda de Dios, que acaba de ser concedida en Cristo Jesús.

El hombre, unido por la fe y animado de su Espíritu, recibe ya gratuitamente la verdadera justicia y puede vivir según la voluntad divina. Es cierto que su fe ha de florecer en obras buenas, pero ya no son las obras de la Ley, sino obras realizables por todos los que creen, aún cuando hayan venido del paganismo. Así pues, las directrices mosaicas han caducado ya y los judíos que siguen aferrados a la Ley, se colocan fuera de la salvación. En adelante, los fieles de Cristo, sean de origen judío o gentil, deben estar totalmente unidos en la caridad y en la ayuda mutua. Esas son las perspectivas que, esbozadas en Gálatas, se amplían en Romanos: estamos salvados en la esperanza, ya que Cristo vive en el que cree en El.

La carta a los Romanos representa una de las más bellas síntesis de la doctrina paulina, aunque no contiene toda su doctrina, para lo cual debemos tomar en cuenta las demás Cartas a modo de complemento.

Filipenses: Filipos, importante ciudad de Macedonia y colonia romana, había sido evangelizada por Pablo con ocasión de su segundo viaje (otoño 49 al verano del 50). Volvió a pasar por ahí en dos ocasiones en el transcurso de tercer viaje (invierno 54-55 y en la Pascua del 56). Los fieles que ganó ahí para Cristo dieron muestras de un tierno afecto por Pablo enviándole socorros a Tesalónica y luego a Corinto. Y cuando Pablo les escribe lo hace precisamente para agradecerles esas ayudas que acababa de recibir por medio de su delegado Epafrodito, y les da muestras de una confianza muy particular.

Pablo está preso en el momento en que les escribe, pero sorprenden las frecuentes y fáciles relaciones que los Filipenses tienen con Pablo y con Epafrodito, que estaba junto a él por entonces.

Este escrito es poco doctrinal; es más bien una efusión del corazón, un intercambio de noticias y, más aún, un llamamiento a la unidad por la humildad que proporciona el admirable pasaje sobre la humillación de Cristo (Filipenses 2:6-11), lo cual nos ofrece un testimonio de gran valor sobre la fe primitiva.

No se duda de la autenticidad de Filipenses, pero su unidad ha sido puesta en entredicho ya que podría ser el resultado de la agrupación de tres cartas. La distribución más probable es la siguiente: Carta A: 4:10-20 / Carta B: 1:1 y 3:1 y 4:2-9 y 4:21-23 / Carta C: 3:2 y 4:1.

La carta A, anterior a las otras dos, habría sido enviada al recibir la ayuda traída por Epafrodito. La Carta C es la última; es una dura polémica contra los misioneros judeo-cristianos, de los que no hay ninguna huella en la carta B. La B es una serena invitación a la unidad y a la perseverancia, y a dar testimonio decidido de la verdad.

Efesios y Colosenses: Las Cartas a los Efesios y a los Colosenses forman un grupo muy homogéneo: idéntica misión de Tíquico en Colosenses 4:7 y en Efesios 6:21, y sorprendentes semejanzas de estilo y de doctrina entre ambas cartas. Pablo se halla todavía preso y esta vez todos los indicios apuntan a Roma como lugar de su cautiverio. Por lo demás, el progreso de la doctrina y el cambio de estilo exigen cierta distancia entre Efesios Y Colosenses y las epístolas mayores (Colosenses, Gálatas y Romanos).

En el intervalo ha surgido una crisis: Epafras, su representante apostólico, ha venido de Colosas, que no fue evangelizada por Pablo, trayéndole informes alarmantes. Nada más enterarse, Pablo responde con la Carta a los Colosenses que entrega a Tíquico. Pero la reacción suscitada en su espíritu por el nuevo peligro le hace ahondar más su pensamiento, y así como Romanos le había servido para poner en orden las ideas de Gálatas, también ahora escribe una segunda epístola, contemporánea de Colosenses, en la cual estructura su doctrina conforme al nuevo punto de vista que acaba de imponerle la polémica. Esta admirable síntesis es nuestra Carta a los Efesios. Pero en realidad Pablo no se dirige a los fieles de Éfeso, con quienes ha convivido tres años, sino más bien a los creyentes en general y más particularmente a las comunidades del valle del Lico, entre las cuales hace circular su carta.

Existen muchas dudas de que las cartas hayan sido escritas por Pablo ya que las ideas teológicas no son las mismas que aparecen en las Cartas anteriores, en especial cuando se refiere al Cuerpo de Cristo y a Cristo, Cabeza del Cuerpo y de la Iglesia universal. Los errores con que se enfrentan son posteriores a Pablo y pertenecen más bien al gnosticismo del siglo II (una mezcla de creencias cristianas con judaicas y orientales). Estas objeciones son serias y han sido formuladas por numerosos críticos, incluso algunos católicos. Ello hace suponer que Pablo se valió de algún discípulo para la redacción de estas cartas, de una forma más considerable que en otras.

Filemón: No hay ninguna duda acerca de la autenticidad de esta carta. Se la relaciona con Colosenses y con Efesios porque Pablo se encuentra aún preso y porque los nombres de sus compañeros aparecen también en Colosenses. Según esto, tanto esta carta a Filemón como  las de Colosenses y Efesios, fueron escritas estando Pablo preso en Éfeso (52-54).

Esta breve carta anuncia a un cristiano de Colosas, convertido por Pablo, el regreso de su esclavo fugitivo, Onésimo, ya convertido a Cristo por Pablo, y les advierte de que aún cuando mantengan sus mutuas relaciones sociales de antaño, el dueño y el esclavo cristianos deben vivir como hermanos al servicio del Señor.

Timoteo y Tito: Estas cartas, dirigidas a dos de los más fieles discípulos de Pablo, ofrecen directrices para la organización y el régimen de las comunidades cristianas que se les han confiado. Por esa razón se les llama pastorales desde el siglo XVIII. El estilo usado por Pablo en estas cartas ya no es apasionado ni entusiasta, sino frío y burocrático. El modo de abordar los problemas ha cambiado. Pablo se limita a condenar las falsas doctrinas en lugar de oponerse a ellas con argumentos persuasivos. Es posible que estas cartas hayan sido redactadas por un secretario, a quien Pablo dejó más libertad de redacción al estar él en avanzada edad. Es posible también que sean obra de un discípulo de Pablo, de fines del siglo I, con el objeto de resolver problemas de una Iglesia bastante diferente. El estudio detallado de cada una de esas tres Cartas demuestra una proximidad mayor entre 1Timoteo y Tito, que entre esas dos y 2Timoteo. Al tener como destinatario una persona, difiere de las cartas dirigidas a las Iglesias. A la vista de estas cartas podemos observar que se ha producido una clara evolución en las iglesias paulinas. De una Iglesia entusiasta, inflamada por el espíritu, se ha pasado a una comunidad organizada. El jefe carismático ha dejado su puesto a una dirección institucional. No conviene señalar para estas cartas una fecha demasiado tardía dentro del siglo I.

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