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Salud. Carne de Cerdo

Autor: Karel Rodríguez
Curso:
10/10 (7 opiniones) |2097 alumnos|Fecha publicaciýn: 06/03/2009
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Capýtulo 2:

 Efectos de la carne de cerdo

Empecemos con un gran experimento involuntario del cual dieron testimonio fidedigno numerosos colegas que tomaron parte en la dura prueba. Durante la segunda guerra mundial en la famosa campaña del norte de Africa bajo el mando del Mariscal Rommel, se enfermaron muchos soldados alemanes de "úlceras tropicales". Estas eran fétidas ulceraciones de las piernas que realmente los inutilizaban para la lucha. La permanencia en lazaretos era larga y finalmente debían ser trasladados a zonas de clima más benigno.

Después de agotar todas las medidas terapéuticas ortodoxas se pensó que quizás la alimentación de la tropa tenía algo que ver con este penoso asunto. Los nativos no las presentaban y comparativamente lo único que no consumían era cerdo. Se procedió a eliminar de la dieta dicho alimento y las lesiones desaparecieron prácticamente desde ese mismo instante. Ya desde antes de la guerra conocía yo que la carne porcina tenía una acción empantanante del mesénquima y que desencadenaba efectos tóxicos, pero no sabía cómo expresarlo.

Supuse en aquel entonces que este penoso hecho sólo era válido para las preparaciones frescas tales como el plato variado de fritanga, costilla, chuleta, bola de pierna, lomo etc., pero no sabía que el jamón, la mortadela, la manteca, el tocino y los productos ahumados también ejercían un efecto deletereo para la salud. Cometí esta equivocación debido a que el consumo de productos frescos del puerco suele desencadenar afecciones de tipo agudo tales como apendicitis, sinusitis, colecistitis y cólicos biliares, catarros intestinales, gastroenteritis con cuadros clínicos similares al tifo y al paratifo; también eczemas agudos, forúnculos, abscesos de glándulas sudoríparas y otros muchos más. Sin embargo, al observar por muy largo tiempo a los degustadores de salsichas de todo tipo, incluso salami, que también tienen componentes porcinos, no pude observar las citadas dolencias. De allí mi error. Luego vino otro experimento involuntario a aclararme las cosas. Los años de hambre después de la guerra, obligaron a toda la población alemana a cambiar sus costumbres dietéticas.

La reforma monetaria de 1948 encontró a nuestra gente bajo el régimen del más estricto ayuno de carne porcina. El pueblo alemán vivió prácticamente sano durante los últimos años de la guerra hasta mediados de 1950; nadie podía comer hasta saciarse. La carne de cerdo era tabú. Carnes de otro tipo eran de estricto racionamiento, así como la grasa y el azúcar, en tanto que cereales, pan y pastas podían obtenerse para llenar un poco más el plato que gracias a las papas, remolachas, zanahorias y verduras frescas por lo menos apagaba el hambre aguda de la mayoría. Los casos de apendicitis eran una verdadera rareza. Vi un par de colecistopatías severas en ciertos pacientes que "a escondidas" degollaban uno que otro marranito.

El reumatismo, los problemas discales de la columna y enfermedades similares, el infarto del miocardio así como arterioesclerosis e hipertensión arterial eran lujos prácticamente desconocidos. Por otra parte a los soldados jóvenes de las fuerzas de ocupación se les agolpaba en hospitales con arterioesclerosis y demás linduras ya citadas. Las amigas y amigos alemanes de las fuerzas armadas empezaron a "comer mejor" y a engrosar la lista de los enfermos. Poco después de la reforma económica de 1948 empezó nuestra moneda a mejorar. Por ella nos vendían carne de cerdo, jamón, así como tocino y manteca, es decir, aquellos grandes ausentes durante los últimos siete años "de las vacas flacas". El cuadro cambió fundamentalmente. Me llamaban sin pausa a atender apendicitis, colecistits, purulencias agudas de la piel como son piodermatosis, impétigo, furunculosis y abscesos de glándulas sudoríparas. Si les daba remedios químicos en combinación con ungüentos y sulfonamidas aparecían pronto tiñas crónicas de hongos y la más incríble gama de efectos secundarios. Desesperante fue en los años subsiguientes la forma como aumentaron las enfermedades cancerosas.

Numerosos pacientes entre los 60 y 70 años, quienes hasta el momento gozaban de relativo bienestar me buscaban por gastropatías cuya causa pudo comprobarse luego como carcinomas del esófago, del estómago o del intestino. El curso de estos casos fue tan instructivo y biológicamente significativo por su causa fundamental que empecé a obtener datos comprobatorios para mi tesis de que el origen de todas las enfermedades tienen un condicionamiento tóxico. Mi primer trabajo sobre Homotoxinas apareció en 1952 en el semanario médico de Munich. (Münchenr Medizinische Wochenschrift). Con el correr de los años y con el aumento de mi experiencia supimos que muchas otras enfermedades tales como artritis y artrosis también le agradecían buena parte de su existencia a la carne de cerdo.

La leucorrea de las mujeres, las fístulas crónicas a partir de otitis y cirugía de mastoides, así como fracturas producidas por balazos durante la guerra, eran en parte sostenidos en su purulencia por el consumo de la carne porcina. El grupo de estos enfermos que después de años de sufrimientos, se curó definitivamente al utilizar convenientes medidas dietéticas biológicas, así como una medicación y terapia homotoxicológicas fue tan grande que cualquier colega que nos hable de coincidencias lo hace simplemente porque nada sabe del rigor con que se puede observar y actuar en tiempos de guerra. Temeroso de equivocarme, confrontaba mis observaciones con las de otros colegas pues sería una pena caer en la monomamía de culpar únicamente al pobre cerdo. Fue así como me resolví a alimentar animales en forma estrictamente experimental. Compré toda una población de ratones blancos y empecé. El resultado lo publiqué en 1955 en mi libro "Homotoxinas y Homotoxicosis, bases para una Síntesis de la Medicina". Editora AURELIA VERLAG, Baden Baden. Los ratones alimentados con carne de cerdo presentaron una tendencia hacia el canibalismo. Después de algunos meses, particularmente después de un año, la incidencia de cáncer en diversas partes del cuerpo aumentó considerablemente, la presencia de dermatopatías se hizo también muy frecuente. Los ratones alimentados normalmente también enfermaron, pero la aparición de cáncer y de enfermedades mortales era mucho menor y el canibalismo igual a cero.

Con otros informes acerca de los efectos tóxicos de la carne porcina en animales pude redondear mejor la visión de conjunto. Perros Boxer, por ejemplo, si se les dá carne de cerdo enferman de eczepruriginosis y viven mucho menos en promedio, pues las enfermedades internas y la sarna que los invade suelen ser malignas y precoces. Lo mismo se afirma de animales de circo, especialmente de leones y de tigres, a los cuales si se los alimenta con cerdo se vuelven perezozos y obesos, presentan epistaxis e hipertensión. El propietario de un criadero de truchas las vió morir en cuestión de días por haberlas alimentado con fino picadillo de carne de puerco.

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