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Capítulo 17:

 Trabajo de los menores

Pero todo afán productivo, revierte la necesidad de alcanzar los máximos beneficios con el mínimo de inversión. Tal es así que este discurrir de obtención de menores costes, se decidió que en el proceso productivo participara como mano de obra la “niñez”, y naturalmente por cuestión de tamaño cobraría mucho menos sueldo que un adulto.

Sin la introducción de las spinning machines ningún esfuerzo de los patronos o de los trabajadores habría podido satisfacer la demanda comercial.

Estas máquinas fueron usadas en el campo, aunque en un primer tiempo a escala reducida, se creía que doce husos constituían ya una gran instalación. De otro lado, la incómoda posición en que había que colocarse para hilar con dichos instrumentos era inadecuada para los adultos, que veían con asombro cómo niños de 9 a 12 años las manejaban con destreza. De ese modo la abundancia llegó a las familias que hasta entonces habían estado agobiadas por el excesivo número de hijos, mientras que los tejedores pobres se liberaban de la servidumbre en la que habían vivido a causa de la insolencia de los hiladores.

En estas industrias algodoneras y en fábricas similares hay muchas y obvias desgracias que contrarrestan el crecimiento demográfico que se deriva de la mayor facilidad de trabajo. En esas fábricas se emplean niños de tiernas edades: muchos de ellos, que estaban acogidos en las workhouses de Londres y de Westminster, son trasladados en masa, para hacer el aprendizaje, a industrias situadas a centenares de millas de distancia; en ellas prestan sus servicios ignorados, indefensos y olvidados por aquellas personas a las que la naturaleza o las leyes habían confiado su custodia. Por lo general éstos niños están obligados a trabajar durante muchas horas al cabo del día y en unos ambientes conde se respiraba mal, incluso durante la noche realizan esta jornadas tan largas.

Los informes parlamentarios sobre las condiciones de trabajo impresionaron al público. Sin embargo, hubo quienes argumentaron que no había nada malo en el hecho de que los niños trabajaran en fábricas o minas, y que era cuestión de sus padres decidir si los enviaban o no a trabajar. Para los dueños de las fábricas, el trabajo de los niños era absolutamente imprescindible

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 “La experiencia ha mostrado ya todo lo que puede producir el trabajo de los niños y la ventaja que se puede hallar en emplearlos tempranamente en las labores de que son capaces. El desarrollo de las escuelas de Industria debe dar también resultados materiales importantes. Si alguien se tomase la molestia de calcular el valor total de lo que ganan desde ahora los niños educados según este método, se sorprendería al considerar la carga de que exonera al país su trabajo, que basta para subvenir a su mantenimiento, y los ingresos que sus esfuerzos laboriosos y los hábitos en los que son formados viene añadir a la riqueza nacional."

Discurso de William Pitt en la discusión de Hill Whitbread sobre la asistencia pública. 12 de febrero de 1796.

“En Dukinfield esta elaboración del algodón, al tiempo que da trabajo a gente de todas las edades, de otro ha debilitado a muchas personas, o ha retrasado su crecimiento, provocando un alarmante aumento de la mortalidad. Las causas de ello en gran parte deben atribuirse a la nefasta costumbre, justamente desaprobada por el doctor Percival y por otros médicos, de obligar a los niños a trabajar día y noche en las industrias: en ellas las escuadras de muchachos se tumban a dormir en los mismos lechos de los que se ha levantado otra escuadra, impidiendo que las habitaciones sean aireadas".

John Alkln. A description Of the country from thirty to forly miles round Manchester. Londres. 1795.

Para conocer la situación del trabajo infantil en las minas en la Inglaterra de la Revolución Industrial existe un documento excepcional.

Se trata de la obra de Frederic Engels, La situación de la clase obrera en Inglaterra, del año 1845:

"En las minas de carbón y de hierro, que son explotadas casi del mismo modo, trabajan chicos de cuatro, cinco y siete años. Pero la mayor parte tienen más de ocho años. Se los utiliza para transportar el material en pedazos, del lugar donde es cortado a la calle, donde están los caballos, o bien al pozo principal, y también para abrir las puertas que separan los diversos compartimientos de la mina, para dejar libre paso a los obreros y al material y volver a cerrarlas. Para la vigilancia de estas puertas se emplean generalmente muchachos, los que de este modo, solos en la oscuridad, deben permanecer diariamente 12 horas, en un pasaje estrecho y húmedo, sin tener tanto trabajo como sería necesario, para evitarles la monotonía de no hacer nada, que idiotiza y embrutece..."
Hemos consultado el texto en un libro muy interesante sobre la historia de la infancia, y que
recomiendo.

Fe Bajo y José Luis Betrán, Breve Historia de la infancia, Madrid, Temas de Hoy, 1998, págs. 191-192

“Nos preguntamos si el modo en que estos niños son empleados durante sus primeros años de vida no va en detrimento de la sociedad. Por lo general, al término de su periodo de aprendizaje ya no resisten el trabajo y no son capaces de iniciar otra actividad.

Las mujeres no saben coser o tejer y desconocen cualquier otra ocupación doméstica indispensable para ejercer como laboriosas y parsimoniosas mujeres y madres. Esta es una gran desgracia para ellos y para la comunidad, como lo prueba tristemente la comparación entre las familias de los trabajadores agrícolas y las de los obreros de las industrias en general”.

John Alkln. A description Of the country from thirty to forly miles round Manchester. Londres. 1795.

 

niños 

Los hijos de los burgueses disfrutaban de una vida familiar en la que destacaba el afecto y la rigidez de principios. Los padres se preocupaban de que sus hijos recibieran no solo una educación humanística y científica, sino también social. De ahí que la educación se extendiera también a los periodos de ocio, que se dedicaban al teatro, a la música, al arte y al deporte, sobre todo a la caza.

Bien alimentados, siempre iban vestidos como la etiqueta requería para cada una de las ocasiones. Vivian en barrios residenciales, bien aireados y confortables.

En cambio, los niños pobres, carecían de un afecto familiar, ya por que la familia tenía que ir a trabajar, y si tenían la desgracia de que sus padres morían los llevaban al hospicio, donde se les cuidaba y mantenían mínimamente. Al crecer, esta pobreza dio lugar a la solidaridad entre ellos y a la formación de grupos del hampa.

La falta de lo necesario para cubrir las necesidades básicas, suponía que estuvieran mal alimentados, por la poca comida y por la mala calidad de ésta. Iban vestidos con ropa escasa, rota y sucia. Vivian en barrios contaminados, donde las habitaciones familiares resultaban excesivamente pequeñas. Esta miseria explicaba la elevada tasa de mortalidad en las clases menos favorecidas.

El trabajo realizado por niños y adolescentes, no era algo nuevo, pero si la dureza de ese trabajo. Cuando el patrono contrataba al padre, éste procuraba incorporar a la mujer y a los hijos. Los patronos no ponían impedimento alguno puesto que los niños cobraban la cuarta parte que los adultos.

El cualquier tipo de trabajo realizaban una jornada tan larga como la de los adultos, desarrollando todo tipo  de trabajo. En ocasiones, debido a su tamaño realizaban tareas especiales, como la conducción de jaulas de extracción por galerías estrechas de la minas o atar de nuevo los hilos rotos detrás de los telares, en posturas que no podían adoptar los adultos,

Las mujeres y los muchachos que deben acarrear carbón a través de galerías bajas se arrastran sobre las manos y los pies con una cota y una cadena que en muchos casos, pasa entre las piernas y esta unida al cofín, mientras otro, con la cabeza y con las manos empuja hacia atrás. La opresión de la cabeza produce irritación local, hinchazones dolorosas y abscesos. En muchos casos las galerías están mojadas, de manera que los obreros deben arrastrarse a través del agua sucia y salobre, alta en varias pulgadas, acarreándoles esto la irritación de piel.

La situación de la clase obrera en Inglaterra F. Engels

A estos respectos antes mencionados solo me queda realizar un comentario en boca de Patrick Suskind:

“La madre de Grenoille, que aun era una mujer joven, de un veinticinco años, muy bonita y que todavía conservaba casi todos los dientes y algo de cabello en la cabeza y aparte de la gota y la sífilis y una tisis incipiente, no padecía ninguna enfermedad grave, que aún esperaba vivir mucho tiempo, quizá cinco o diez años más” 

Patrick Suskind, el perfume, 1985

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