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Capítulo 9:

 Experiencia mística. Prácticas iniciáticas

2. Prácticas iniciáticas para la propiciación de la experiencia mística mediante el debilitamiento del ego

Las diversas tradiciones disponen de unas determinadas prácticas iniciáticas para favorecer la experiencia místico-revelatoria. Hay algo común a todas ellas: lograr el debilitamiento del estado ordinario de conciencia, ya sea a través del cuerpo o de la mente, lo cual posibilita la apertura a otros ámbitos de la realidad.

La primera práctica para lograr el trascendimiento del ego es la meditación u oración, que silencia la actividad mental habitual e introduce al practicante en las regiones del espíritu. Las vías de la meditación y de la oración que se proponen en las diversas tradiciones religiosas son de una riqueza indecible. Unas ponen su énfasis en la dimensión corporal, otras en la afectiva y otras en la mental, aunque se trata sólo de acentos, ya que toda práctica oracional integra necesariamente los tres ámbitos de las personas.

La dimensión corporal se hace presente de diversos modos: desde la postura estática de la meditación hasta el movimiento rítmico de la danza, la cual en muchos pueblos se prolonga durante horas hasta que el practicante cae en trance. Ello no es propio sólo de las religiones aborígenes, sino que también está presente en otras tradiciones: el sama entre los sufíes, la danza en la tradición hasídica hebrea, etcétera.

Muchas de las prácticas meditativas están acompañadas de períodos de soledad y ayuno, así como de noches de vigilia, o de largas marchas hacia lugares sagrados. Al provocar el agotamiento corporal se favorece el debilitamiento del ego, lo cual posibilita estados de conciencia más profundos. Los hallamos en los ritos iniciáticos de todas las tradiciones, así como en las teofanías bíblicas: «Moisés estuvo con Yahvéh cuarenta días y cuarenta noches, sin comer pan ni beber agua. Y escribió en las tablas las palabras de la Alianza, las diez palabras» (Éx 34,28); también Elías entra en diálogo con Dios después de una marcha agotadora por el desierto (1 Re 19,4-18). El inicio de la vida pública de Jesús está marcado por cuarenta días de aislamiento y ayuno en el desierto, donde se le revelaron —o se le dio a comprender— las estrategias del maligno.26 También Muhammad practicó largos períodos de ayuno, no sólo cuando se retiraba al comienzo en las cuevas de Hira, sino también durante los veinte años posteriores, en medio de su agitada vida pública. El mes de Ramadán es una reminiscencia de ello. No es casual que la noche de su experiencia fundante, la Noche del Destino, se sitúe hacia el final del mes de Ramadán.

La enfermedad es otro de los vehículos que hacen propicia la apertura a la experiencia mística, porque la pasividad a la que conduce abre a una actitud de receptividad. Lo hemos visto entre los chamanes: suelen ser personas frágiles que se valen de su vulnerabilidad física o mental para desarmar su ego. En el medioevo cristiano destaca la figura de Juliana de Norwich (1342-1420), ermitaña inglesa que tuvo su experiencia visionaria durante en una enfermedad. El resto de su vida consistió en reflexionar y comprender lo que se le dio a ver en una sola noche. Sus escritos contienen una extraordinaria profusión de imágenes, acompañadas de un hondo contenido teológico que fue madurado a lo largo de treinta años.27 Teresa de Ávila explica en su autobiografía cómo la enfermedad la acercó a Dios, ya que era lo único que lograba interrumpir la vida de disipación que llevaba.28 Del mismo modo, las experiencias místicas de Jacob de Böhme estuvieron precedidas por períodos de oscuridad y depresión.29 Más recientemente, en tierras indias, las experiencias de los dos grandes maestros, Rama Krishna (1836-1886) y Ramana Maharshi (1879-1950), surgieron de situaciones límites. El primero, estando al cuidado de un pequeño templo cerca de Calcuta, cayó en una depresión a causa de sus dudas sobre la existencia de Dios hasta que sacó todas sus fuerzas para invocar a Kali, la Madre Divina. De allí brotó la visión de un mar de divinidad que lo acompañó el resto de su vida.30 Ramana Maharshi se encontró a punto de morir a los 16 años. Su yo interno despertó y a partir de ese momento trascendió la percepción ordinaria de la mente y de los sentidos y entró en un estado de no-dualidad. Desde esta cualidad de conciencia percibía que el Ser absoluto es realizado continuamente, sin interrupción. Sólo hay que ser en el Ser. Toda revelación posible comienza y acaba aquí, así como toda experiencia: «¡La verdad absoluta es tan simple! Es meramente reposar en el estado prístino. Esto es todo lo que se requiere decir», repetía una y otra vez en sus diálogos.31

La interrupción del estado ordinario de conciencia también se logra por medio de la automutilación o la autohumillación. Entre las prácticas iniciáticas de los indios americanos, por ejemplo, se incorporan algunas pruebas físicas, como la tienda de sudación, en la que el cuerpo es sometido a altas temperaturas en absoluta oscuridad durante horas y, en el extremo contrario, a largas exposiciones al sol padeciendo sed. También estaba muy extendida, como señal de determinación a buscar una visión, la práctica de cortarse la falange de un dedo.32

En nuestra cultura, las situaciones de crisis personales, como un fracaso profesional, una ruptura amorosa, un accidente, la muerte de alguien cercano, etcétera, se pueden convertir en momentos propicios para que se den aperturas a nuevas dimensiones, en la medida en que hacen caer los resortes del personaje social que absorbe nuestra atención y nuestras energías. Hay que mencionar también el uso de sustancias alucinógenas (el soma védico, el zoroástrico, el kykeón de los griegos, la ayahuasca o el peyote entre los indoamericanos, etcétera), del que hablaremos con un poco más de detenimiento en el capítulo siguiente.

Existen otras múltiples prácticas iniciáticas, algunas de las cuales tienen un carácter secreto para evitar su profanación. Las técnicas cabalísticas para propiciar la experiencia mística, la práctica del dikhr entre los sufíes, la oración del corazón de los monjes cristianos orientales, las múltiples técnicas del yoga hindú, las técnicas taoístas del control de la respiración, las múltiples prácticas buddhistas de atención y concentración, etcétera, todas ellas son vehículos que las diversas tradiciones han ido descubriendo para provocar una ruptura de nivel en la conciencia y dar con lo Absoluto.

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26. Cf. Mt 4,1-11; Mc 1,12-13; Lc 4,1-13.
27. Juliana de Norwich, Libro de visiones y revelaciones, Trotta, Madrid 2002.
28. Vida, cap. 6, Monte Carmelo, Burgos 1982.
29. Cf. Las confesiones, cap. II, Abraxas, Barcelona 2001, pp. 29-33.
30. Cf. Romain Rolland, The life of Ramakrishna [1929], Advaita Ashrama, Calcuta 1974 y El Evangelio de Sri Ramakrishna, Visión Libros, Barcelona 1981.
31. Ramana Maharshi, Sé lo que eres, Sri Ramanasramam, Tiruvanamalai 1994, p. 31.
32. Cf. R. M. Torrance, op. cit., p. 299.

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