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Religión. Transmitir la palabra de Dios

Autor: Agustín Fabra
Curso:
9,33/10 (5 opiniones) |308 alumnos|Fecha publicación: 31/01/2011
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Capítulo 3:

 Proclamación

La historia

El Lector o Proclamador de la Palabra no sólo tiene un oficio en la Iglesia; no es un simple predicador o lector y nada más, como quizas muchos ven o entienden. El hecho de Proclamar la Palabra de Dios es una dignidad, una misión divina, y esa dignidad no la puede ejercer cualquier persona que simplemente lea bien, si antes no ha penetrado en el contenido de esa Palabra y si no vive el mensaje de la Palabra.

La Historia de la Iglesia registra en sus páginas del pasado que el hecho de ser un lector, un proclamador de la Palabra de Dios, no era una labor de cualquier persona ni de quien quisiera hacerlo: el Lector era una de las Ordenes Menores que habían en los Seminarios.

La primera Orden era el Ostiario, que era quien tenía las llaves de la Iglesia. La segunda Orden era el Lector, a quien le daban el Libro. La tercera Orden era el Exorcista, que era el encargado de imponer las manos y de expulsar demonios. Y una cuarta Orden Menor era el acólito, quien ayudaba en la Misa.

En aquella época el Obispo consagraba al Lector al Espíritu Santo con estas palabras:

"Sé un fiel transmisor de la palabra de Dios, a fin de compartir la recompensa con la que desde el comienzo de los tiempos han obtenido los que han administrado Su Palabra".

Todo eso nos deja ver que para la Iglesia ser un Proclamador de la Palabra ha sido siempre una labor muy importante. Por eso el Lector o Proclamador no es un personaje secundario.

En 1971 el Papa Pablo VI cerró las Ordenes Menores y creó los ministerios del lectorado y acolitado. Estos ministros ya no eran ordenados, sino encargados, de manera que los párrocos debían conseguir a personas con talentos especiales encomendándoles el puesto.

Concilio Vaticano II (1962-1965) fue el que abrió las puertas a los laicos para servir en la Iglesia, y de forma concreta en la Proclamación de la Palabra. Instrucción General para El Misal Romano (IGMR) propone lo siguiente: "En ausencia del lector instituido para proclamar las lecturas de la Sagrada Escritura, destínense otros laicos que sean de verdad aptos para cumplir este ministerio y que estén realmente preparados, para que al escuchar las lecturas divinas, los fieles conciban en su corazón el suave y vivo afecto por la Sagrada Escritura". (IGRM, 101)

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