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Religión. El éxodo

Autor: HECTOR MARTINEZ
Curso:
3/10 (2 opiniones) |693 alumnos|Fecha publicaciýn: 01/09/2009
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Capýtulo 6:

 Sufrimiento de la humanidad: ¿Es material, espiritual o ambos?

Esta respuesta tiene una enorme importancia para la pedagogía de la Iglesia aunque no sea nada nuevo lo que aquí se diga. Pero dentro de las enseñanzas más que teóricas sino protagónicas en la aplicación empírica de la salvación, la Iglesia tiene una deuda a pesar de las buenas intenciones de iluminación práctica que nos hereda Roma con sus planteamientos y críticas fuertes sobre los signos de los tiempos. Y aquí aparece el signo de la "justicia" que tanto ha dado que hablar en los fundamentos políticos. Y otro concepto tan utilizado y "manoseado" en esos fundamentos políticos y desarrollistas de la Naciones Unidas es el de la "Pobreza" en tanto categoría estocástica y de clasificación general de países para efectos formales y de políticas.

Pues bien: el tema de los pobres aparece desde las primeras señales de los signos de los tiempos apareada con el tema de la justicia y ambos se muestran indisolubles en boca de los profetas y en el anuncio primario de Dios. Y esa indisolubilidad entre pobres y la calidad de justicia que se les imparte, no sólo desde el punto de vista del código penal sino también en la esencia fundamental de marginamiento por esa condición de "ser desposeído" representa la máxima exigencia de Dios que nos conmina a equilibrar lo que de torcido tiene la medida institucionalizada de la justicia. (Ex. 23,6; Is. 1,24)

Por ese mismo camino Dios nos muestra en el Levítico el planteamiento del "Año del Jubileo" o el cumplimiento del ciclo de la propiedad privada. Dios nos plantea un límite de los tiempos en que la propiedad se convierta no en cosa que deba repartirse por igual a todos porque esos tiempos no han llegado todavía a pesar de ser planteadas por los socialistas utópicos. El símbolo del Levítico nos confiere la advertencia de justicia social en el que la propiedad privada no es una propiedad eterna en la que hay que asumir un determinismo triunfalista de verdad eterna, porque sino se convierte la propiedad en un signo de opresión. De ahí los acontecimientos de las revoluciones y el derramamiento inútil de sangre inocente a través de los tiempos. El anacronismo de detentar la propiedad, los medios de producción y la riqueza para ser usufructuada por una minoría en el poder, deben acabar antes que la crisis alcance su punto más álgido en las estructuras de cualquier sociedad. Obviamente esto no se hace de la noche a la mañana de manera persuasiva sino obrando con la inteligencia humana en lo político y en lo axiológico.

La justicia no significa conformarse con las reglas; eso está bien; el justo es el que está ordenado de acuerdo al plan de Dios dentro de su corazón y el mandato de la Palabra revelada. Esperamos que a mayor cantidad de fieles a la orden y a la querencia de Dios en la misión de salvación, la sociedad pueda ordenarse de acuerdo a las expectativas para instaurar lo que más se parezca al Reino (5). Aquí la iglesia juega un papel de primer orden en la proyección en el mundo, en la realidad histórica. Aquí es donde por vez primera debe juntarse la verdad revelada con la realidad del mundo a partir de un conocimiento de la misma: el problema aunque parezca de origen filosófico (porque lo es) exige una definición teológica tan simple como aplicar al problema ontológico, al plan de Dios.

A pesar de la verdad revelada, la institucionalización va perdiendo su pulso frente al mundo. Los poderes terrenales y los relativismos implantados a través de la historia chocan frontalmente contra las enseñanzas eclesiales, no porque la iglesia deberá mostrarnos el camino político, pues el ámbito es cuestión de los hombres, sino porque en los efectos del bien y el mal que generan las ideologías y los cánones políticos, se van dejando por fuera ingentes masas de personas que comienzan a perder sus esperanzas en los términos políticos. La esperanza es "una luz en el oscuro país de la muerte" y esa esperanza generacional no llegará por inercia sino que exigirá un tremendo esfuerzo consolidado entre la iglesia y los hombres. (Is. 9,1)

Por ello es lícito preguntarnos: ¿La muerte es la última justicia? Esa es la desesperanza de nuestros tiempos y Dios nos remite a Job porque mucho de la salvación y la concreción del Reino pasa por las conductas de la misma feligresía en grado sumo y que debe ser preocupación constante de la iglesia dentro de una pedagogía más combativa que se acerque lo más próximo a las decisiones de los hombres. (Job 31,16 y 20, 10-24). Los sistemas políticos deberán acercar más sus agendas a la Buena Nueva porque es más grande la posibilidad de la fraternidad y solidaridad que el contenido técnico de las ideologías concebidas para uso exclusivos de solamente una porción de los hombres. Y no estamos hablando de la Democracia Cristiana en tanto partido político, aunque ella puede formar parte de la tutela transformadora, pero no es exclusividad suya.

Por ello no es de extrañar que el planteamiento socialista se acerque engañosamente a esa posibilidad única que confiere la justicia y la moral de cara a la injusticia de los hombres. El tiempo que se ha cumplido comienza con esa "parusía" primera y se destaca hoy más que nunca en los signos de los tiempos abriendo las posibilidades a las instancias políticas, siempre y cuando no usurpen el mandato supremo que Dios nos está otorgando en la historia contemporánea.

Dios hace al hombre a imagen y semejanza y confía en él para hacer realidad su Reino de justicia. Y esa realidad no se circunscribe a las obligaciones que como iglesia promueve la espiritualidad dentro de la pedagogía, no. El Reino se conquista y no nos corresponde decidir si el uso de la fuerza sea un mal necesario, porque ningún mal lo es si tiene que tomar en cuenta la desaparición física de las personas y el sufrimiento de otros.

La promoción del Reino busca la conversión comunitaria mundial en grado máximo posible. Para ello hay que atravesar diferentes fases y lo primordial es acercar al Pueblo a la Buena Nueva que no es tan nueva, sino por su "eternitud". Entonces el sufrimiento paralelo nos despierta y nos crea consciencia de que algo no anda bien en la realidad del mundo y que no concuerda con los propósitos de Dios. Entonces la única salida debe ser por obligación buscar lo contrario al mal de la humanidad; y esa búsqueda no debe ser una propuesta inocente ni una salida escrita sin sentido de revolución. Debe ser una proyección de la iglesia y una conversión al Reino de una manera radical e irrevocable. Y si esa renovación debe pasar por una reestructuración institucional eclesial, debemos promover entre toda la sociedad mundial, esa intención de sanidad y remoción sin alterar lo que de bueno tradicionalmente hablando tiene la iglesia. Y cuando me refiero a la Iglesia como tal, me refiero a la Iglesia Católica históricamente heredada por el mandato de Jesús a sus discípulos. Pero esto no es exclusividad suya. El Protestantismo tiene su cuota en los signos transformadores de la sociedad, una vez haya revolucionado su doctrina espiritualista y se convierta en un quehacer del mundo par el mundo.

La transformación del mundo y por tanto de la cristiandad en la búsqueda de la salvación, entendida como la vivencia de la humanidad en tiempos y lugares mejores a las condiciones actuales no viene por añadidura pasiva pero tampoco vendrá desde la perspectiva de las ideologías. ¿Tratamos de decir que confiemos en el decantamiento de los signos de los tiempos y que el fin llegará de una manera profética al estilo de la resignación hinduista? no, el reino no es un lugar ni un tiempo fechado. El Reino está aquí con nosotros desde hace mucho tiempo, pero se nos imposibilita su percepción porque implica trastocar estructuras sólidas y milenarias de poder e implica la renovación del individuo, aunque en esta batalla, la iglesia lleve las de perder por los mismo signos del mundo. Jesús ya lo sabía.

La transmisión de la Palabra de padres a hijos ayudados por la institución eclesial, debe ser una manutención sólida en estos días de crisis social para la posibilidad de instaurar la "Ciudad de Dios". La Buena Nueva a través de la pedagogía de la iglesia, debe ser el fundamento y la guía de la sociedad independiente del sistema en que se viva y que quiera llamarse a sí mismo como alternativa de la humanidad. La Buena Nueva y la transmisión de una sociedad más justa a partir de sus estructuras sociales, deberá ser el basamento de la "Anunciación Siguiente" y la edificación de la solidaridad. (Dt. 4,6). Esto nos lleva al problema de la dualidad entre espiritualidad como salvación y materialización de la Palabra en la historia, requisito de salvación en el mundo.

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