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Religión. El éxodo

Autor: HECTOR MARTINEZ
Curso:
3/10 (2 opiniones) |693 alumnos|Fecha publicaciýn: 01/09/2009
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Capýtulo 8:

 Juicio destructivo y acercamiento al reino (2/2)

Con el panorama resumidísimo, la situación de América Latina contrasta grandemente con la propuesta de la salvación vista como tierra ubérrima de justicia, de paz y de solidaridad. Diríamos que las circunstancias no avalan la querencia de Dios ni los preceptos cristianos: la antítesis de esa promesa encarna precisamente una condición de extrema gravedad que no pueden resolver los relativismos demoliberales ni socialistas y que la iglesia - protestante o católica - deberán retomar a partir de ahora. (Ex. 21-22)

Un corazón nuevo para una nación implica una constante preocupación en su rediseño, no porque la misma sea un laboratorio donde se prueben los experimentos. Tal como se concibió la partida de Egipto, la semblanza para la consolidación de una nueva sociedad implica una ¨solicitud social" (utilizando el concepto de S.S. Juan Pablo II) orientada al auténtico desarrollo del hombre en la promoción de su ámbito. Hay un signo vital en el diagnóstico de la sociedad: la preocupación latente de la iglesia nos conduce a concluir que los símbolos de los tiempos marcan a las nuevas generaciones en la inmensidad de la angustia de esos pobres que sufren y que no encuentran en la democracia ni en las fuerzas del mercado su signo promisorio. Pero tampoco la iglesia en cualquiera de sus denominaciones ha proyectado - bajo la concepción doctrinal de no intervención en las cosas terrenas pues su campo es meramente espiritual - un afán constante en la remoción del mal porque tiene sus limitantes conceptuales en el problema latinoamericano. Quien no haya abierto los ojos en estas tierras y crecido en ella, no puede entender nuestro problema. Por ello ha cedido gran parte de esa asunción crítica a la tesis de la Teología de la Liberación cuya concepción aunque bastante arraigada en la cultura de la pobreza y el sufrimiento, todavía no pudo penetrar en los cimientos culturales ni entendió los planteamientos extrapolados de sus defensores como Jon Sobrino, Pedro Casaldáliga o Leonardo Boff. No encontramos en estas estrellas respetadas, el aterrizaje empírico que vulnere los cimientos de una sociedad enclavada en la desigualdad social. Primero porque la mayoría de los teólogos de la liberación nadan en un mar de conceptos académicos poco o nada entendibles para el profano; y segundo porque los planteamientos se acercan demasiado a la teoría marxista, tanto así que no es extraño encontrar sacerdotes sobre todo jesuitas que coquetean ardientemente con la revolución armada. Muchos de ellos han encontrado en tierras latinoamericanas el fermento que necesitan para apoyar sus tesis por la riqueza profunda en símbolos evangélicos y la misma pobreza como tema central de su anhelo de cambio social, pero entre su "epistemología teológica" y la praxis transformadora existe un profundo abismo espiritual.

Pues bien, independientemente de donde se le quiera ver, la realidad de Latinoamérica exige una nueva visión que retome lo mejor de los relativismos en un sincretismo que lleve a nuevos derroteros políticos, pero la verdad única y absoluta - a pesar de la crítica que pueda desencadenar un pensamiento mecanicista y si se quiere providencial - es que las sociedades con una acentuada pobreza material, pero con una riqueza de afiliación eclesial tienen una gran oportunidad de generar sus propios cambios sociales con la ayuda de la pedagogía eclesiástica, del razonamiento propio que la motive y una nueva teología de profunda raíz cultural que no caiga en la desmesura académica ni en los planteamientos fuera de un orden racional ni empírico. Ese proceso no será repentino como lo quieren ver los teólogos de la liberación, sino cuando las condiciones de una iglesia unificada con una pedagogía que promueva dichos cambios sean una realidad. Y esa pedagogía tenga un respaldo filosófico serio y concatenado a la teología latinoamericana, futuro directo de la iglesia unificada basada en la verdad del continente sin importar los procedimientos ritualísticos. Esa promoción de la pedagogía latinoamericana deberá contar con mucha paciencia para inculcar en los individuos, que las condiciones de pobreza y atraso exigen nuevas generaciones de líderes espirituales que tengan en sus manos la verdad heredada para la salvación. Y esto no tiene mucho de utopía ni mesianismo inocente: surgirá una nueva alianza que nos determine el punto de partida con Dios en una nueva Israel (entiéndase Latinoamérica y los países donde el atraso es evidente) designada para la historia, no como propiedad privada de la selectividad de Dios, sino como un punto de verificación del Nuevo Pacto con Él (Jer. 31, 31-34).

Desde luego, eso nos lleva a un enfrentamiento teórico y práctico con las leyes y el contenido de las mismas dentro de un contexto degenerado del planteamiento demoliberal y de corrupción latente en el continente. Este enfrentamiento tendrá que surgir de una nueva forma de visión legal y legítima fuera del ámbito de esos planteamientos promovidos por el liberalismo y su asentamiento de la democracia. Porque el nuevo hombre y la nueva mujer tendrán que ser ciudadanos conocedores de su historia y de su cultura que implica el conocimiento de sus derechos y de su deber para con Dios. Y habrá que tener mucho cuidado con un sincretismo vulgar que nos limite nuestra concepción del mundo y que incluya las aberraciones que tanto mal le están causando al mundo como la promoción de la homosexualidad y la institución de ésta. Tampoco se trata de legitimar la generación de la riqueza a costa de la destrucción del entorno ecológico o la generación de la riqueza como una virtud colectiva produciéndose más bien una torpeza que fortalezca al estado benefactor que promociona el corporativismo o el paternalismo empobrecedor.

Los políticos tienen una ingente empresa por delante una vez que hayan profesado su fe decisiva dentro de una nueva concepción del mundo que promociona los principios cristianos aún dentro de los contenidos de la ley; que las instituciones están rediseñadas con valores emancipadores que no reconocen afiliación alguna o denominación determinada sino que pasan por los valores universales del respeto y de la solidaridad. Centrarse en el Nuevo Hombre y en la Nueva Mujer aún dentro de los principios políticos, significará que ninguna ideología podrá suplantar a la Verdad Eterna de Dios.

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