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Religión. El éxodo

Autor: HECTOR MARTINEZ
Curso:
3/10 (2 opiniones) |693 alumnos|Fecha publicaciýn: 01/09/2009
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Capýtulo 4:

 Denuncia del mal y el protagonista de la liberación

De igual manera, Dios se hace presente en la vida social y se vuelve un imperativo usar algunos medios para el ejercicio práctico de la liberación de determinada sociedad. Si se requiere de una liberación, - entendida como el rompimiento de un estado de cosas en que la humanidad se enfrenta a lo largo de su historia frente a situaciones que impiden el acercamiento a la paz, a la justicia, al reconocimiento de los derechos vitales y a la vida misma en su amplia expresión - es porque necesariamente se manifiestan condiciones que reclaman una vía fáctica para deshacer la estabilidad férrea de una negación del ser humano y que pareciera muchas veces no tener fin.

Y este rompimiento no solamente tiene características de materialidad en lo que los marxistas denominaban las relaciones sociales de producción en general, o de un modo de social de producción particular en la historia. Se refiere también desde el mismo requisito de la factorización de la desviación espiritual o el no reconocimiento de esa condición humana tan necesaria para establecer el Reino de Dios. Sin los preceptos espirituales, la unidad de una sociedad o la cohesión de la misma, predispone al individuo a tomar diferentes caminos que resultan ser vías alternativas y accesibles para ejercer el mal (3) . Y este mal debemos advertir, no se trata solamente desde el punto de vista estructural como lo pueden proponer algunos teólogos de la Liberación, sino también desde la perspectiva espiritual - axiológica que promueve la opresión en las esferas del poder político y económico. En otras palabras, el estado de la espiritualidad social refleja en los individuos su comportamiento material y viceversa.

En Egipto, la autoridad (Auxano) y el poder con sus símbolos tan atractivos, el esplendor del imperio, en general, no se diferencian en mucho a los signos de nuestros tiempos. Dios quiere un mensajero que no estará solo, sino que se hará acompañar de aquellos que registran los dones para otros. Dios hace de la selectividad su reserva al derecho de la asignación de los roles salvadores. Primero simboliza: el profeta le es externo a la idiosincrasia del oprimido, no surge necesariamente de la muchedumbre, sino del anverso promedio, pues es necesario que no piense como ese promedio aunque viva inmerso en su realidad histórica (selectividad del líder probo).

 Las instrucciones de Dios a pesar del misticismo envuelto (la conversión del agua en sangre, las siete plagas, etc.) están íntimamente ligadas a los símbolos del pecado o del mal: ahí están la serpiente y la sangre dadora de vida. El mal guiará lo que precisamente decora la sociedad y la sangre simbolizará la explosión de la crisis. Quizás estos argumentos iconográficos carezcan de importancia histórica sino más bien teológica para los efectos de Dios en la renovación del mundo presente y futuro, pero no hay suceso sin una causa original - visto desde la concepción cartesiana de eficiencia y formalidad - y sin una simbología que la ilustre.

¿Y qué relación guardan estas señales históricas del pasado con el fin de nuestra realidad histórica? La presencia de Dios en la historia no puede estar circundada a la mera religiosidad de la cronología ni a la mera aceptación tácita de la descripción literaria. Nos urge aceptar que la fecundidad de la verdad eterna de Dios y plasmada en su Iglesia, es poseedora de un manto liberador tan grande como los sucesos en Egipto, en el Monte Horeb y los acontecimientos en el Sinaí. Es claro que se trata de una Nueva Alianza entre Dios y los hombres y que reclama para sí ese pacto liberador tan trascendente en pleno siglo XXI.

La interlocución de la advertencia contra el sistema que promueve el mal, parece ser una constante de negociación colectiva de la misma forma en que se nos advierte hoy y se nos conmina a no ser más esclavos que los esclavos israelitas en la tierra del faraón (Ex. 3;17). La mies que se goza en el esplendor de la riqueza material nos invita, como en aquellos días a esclavizarnos apasionadamente al juego del sistema mismo o al modelo imperante y a dejarnos llevar por el acomodamiento y la pasividad dentro de la vivencia de los males de la sociedad, perdiendo no solamente la perspectiva de la solidaridad y la justicia, sino también siendo parte de la complicidad con esos signos de apariencia inocente.

Las dificultades libertarias a partir de la pedagogía de la iglesia misma nos recuerda el arduo camino que recorrieron Moisés y Aaron en su negociación para liberar al pueblo israelita, no sólo con el poder sino también con la muchedumbre liberada cuya fe en la libertad decrece en la medida que avanza en la historia y comienzan a experimentar las dificultades normales. La promesa de una salida de una situación aceptada como inevitable y quizás como irremediable o necesaria, exige una cuota de sacrificio que nos obliga a cambiar toda la vida misma de la travesía del individuo en comunidad. No hay lugar para casos excepcionales: las tentaciones y los peligros, así como la promesa del lugar final vale para toda la colectividad. Lo que parece ser "normal y bueno" se vuelve una inconsistencia existencial que parece no tener fin cuando se manifiesta en sus contradicciones sociales y filosóficas y por ende, cuando se estrella contra los argumentos de la salvación.

La elección del que anuncia y denuncia empero, es una dura lucha y una ingente prueba no sólo de fe sino también de consistencia personal para llevar a cabo una misión casi imposible pero devastadora en su conjunto; porque el que se erige en selectividad anunciadora y denunciadora traspasa el límite permitido por el sistema imperante; llamémosle subversión si queremos, porque le toca trastocar precisamente la "solidez inconsistente" del poder y de la idiosincrasia popular.

También es cierto que el anunciante debe contar no solamente con la información que le confiere la realidad reñida con los argumentos de Dios, sino también modelar lo opuesto al del promedio de las costumbres y tradiciones culturales así como a las leyes establecidas cuando éstas se convierten en frágiles reglas que oprimen en lugar de justificar los derechos inalienables de los individuos (Is. 49, 5-6). Tampoco puede acomodarse porque su convicción nace precisamente de la dialéctica interactiva entre la afirmación de la realidad y la negación de la misma. La promesa de Dios es clara: la liberación de la esclavitud a partir del anuncio de Moisés; y el mismo proyecto le es encomendado a Jesús; el mismo que les dice a sus discípulos en la comida de Samaria: "Mi alimento es hacer la voluntad de aquél que me ha enviado y llevar a cabo su obra" (Jn. 4.32) y esa obra tiene un nombre sino ¿ A qué su enunciado?

Pero hay algo más importante desde el punto de vista de la partida liberadora y es el conocimiento pleno de la misión de Dios y su proyecto sobre la humanidad. Dios le anuncia a Moisés: "Yo Soy me ha enviado a ustedes" (Ex. 3,14) y esta anunciación oficial es vital no soslayarla para la virtud del entendimiento de la misión. La justicia tiene un precio muy caro de pagar. Cuando Dios dice Yo Soy, nos está diciendo que El es todo lo que existe y que no hay límites a su verdad eterna ya que no es encontrada en ningún argumento político ni filosófico. El ser de Dios, que encierra toda la existencia del mundo se encuentra en la unidad dadora de vida y por lo tanto, ese regalo en gratuidad, aunque se encuentre con su antítesis (el mal), nos invita a convivir con ese defecto bilateral otorgándonos la libertad de elección para ser posible ese proyecto divino y terrenal. Pero ¿cuál es esa verdad eterna? La que se encuentra en el fundamento básico de amor al prójimo, conocimiento que cambia nuestro proceder y nuestra conducta individual y social y que al mismo tiempo nos indica que ese amor representa un sacrificio que debemos recorrer a la manera de Moisés en el desierto junto a su pueblo. La sencillez de este ejemplo tan universalmente trabado en la libre elección entre el bien y el mal, se encuentra en el epicentro de toda la discusión del mundo y que ha llevado a la humanidad a dividirse entre dos opciones en la que la antítesis parece ganar la partida, muy al contrario de la misión liberadora que nos propone Dios.

 

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