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Religión. Ecumenismo

Autor: Agustín Fabra
Curso:
10/10 (1 opiniýn) |215 alumnos|Fecha publicaciýn: 10/02/2011
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Capýtulo 4:

 Ecumenismo.Unidad de la iglesia de Cristo

La unidad de la Iglesia de Cristo como institución divina fue previamente dada por el propio Jesús, y este concepto unitario no debe perderse. Sin embargo debemos ser conscientes de que la plenitud de la unidad de la iglesia no ha llegado a realizarse y que la unidad de los cristianos ha estado amenazada desde los comienzos del cristianismo.

Si el ecumenismo es bíblico debe existir una base sólida desde donde partir en la búsqueda de la unidad. Desde el siglo XVI se adoptó el principio de que la Biblia es la única regla y norma de fe y de conducta. En la reflexión teológica se han realizado aportes desde perspectivas eclesiológicas y pastorales que, por su propia apologética, pueden catalogarse como polémicas algunas de ellas.

Por una parte existen opiniones que atribuyen a la Biblia cosas que ella no dice respecto al ecumenismo, pero con ello quieren dar valor a opiniones personales, forzando con ello a la Biblia para establecer doctrinas que carecen de seriedad y profundidad interpretativa. Por otro lado están aquellos que han marginado la Biblia y hablan del ecumenismo partiendo desde un punto de vista social humanista, filantrópico y hasta político.

Ambos extremos presentan sus conceptos de ecumenismo totalmente alejados de la realidad bíblica. Es vital que todas las iglesias cristianas tengan un concepto definido y específico de lo que es el ecumenismo y de su importancia en el cristianismo. Por ello es imprescindible un estudio bíblico, históricamente adecuado, para poder lograr una efectiva comprensión del movimiento ecuménico.

La separación de las iglesias cristianas es una herida profunda infringida a la Iglesia de Cristo. Jesús enseñó la importancia de la unidad y la doctrina para poder conservar una sola Iglesia. No obstante, el ser humano ha cambiado la doctrina y ello ha afectado a la unidad, tal y como ya nos había advertido Timoteo: “El Espíritu dice claramente que en los últimos tiempos algunos apostarán de la fe entregándose a espíritus engañadores y a doctrinas diabólicas” (1 Timoteo 4:1). El resultado ha sido la apostasía de la iglesia, la multiplicación de las denominaciones y el esparcimiento de la división.

Si nos ceñimos al texto bíblico observaremos dos conceptos que, a simple vista, podemos considerar como opuestos entre sí, si no conflictivos: la obligatoriedad de la unidad, y la sinceridad propia y personal. Ambas opciones tienen su base bíblica. Por un lado la Palabra de Dios demanda la unidad entre los cristianos. El evangelista Juan nos habla de la oración de Jesús acerca de la unidad: “No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Juan 17:20-21). También Pablo exhortó a los primeros cristianos diciéndoles: “Os exhorto, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a que seáis unánimes en el hablar, y no haya entre vosotros divisiones; antes bien, estéis unidos en una misma mentalidad y un mismo juicio” (1 Corintios 1:10). Sin lugar a dudas en la Biblia confirmamos la importancia de la unidad que debe existir entre todos los cristianos.

Pero por otro lado existe otro valor bíblico que hace pensar a algunos que puede estar en conflicto con la aseveración anterior acerca de la unidad. La Biblia enseña también la importancia de la verdad y la vida recta. Cristo dijo: “Y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Juan 8:32). Y agregó en oración: “Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad” (Juan 17:17). La Palabra de Dios es la Biblia, tal como nos dice Timoteo: “Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para argüir, para corregir y para educar en la justicia; así el hombre de Dios se encuentra perfecto y preparado para toda obra buena” (1 Timoteo 3:16-17). Por lo tanto, la Biblia es la Verdad. Pablo le ordenó a Tito: “Mas tú enseña lo que es conforme a la sana doctrina” (Tito 2:1), lo cual implica que existe una doctrina sana y otra peligrosa. Si analizamos estas citas bíblicas podremos observar que a la vista de lo que nos dice cada doctrina, nuestro deber cristiano es analizar cada una de ellas y elegir la que, con toda la sinceridad de nuestro corazón y sin mezclar intereses personales ni colectivos, consideremos la que más se ajusta al mensaje divino. Esto nos da la posibilidad de elegir, y dado que existen personas que creen elegir de acuerdo al mandato de su corazón, y otras movidas por determinados intereses, de ahí surge la división entre doctrinas e iglesias, y con ello la unidad se rompe.

Pero Cristo enseñó la importancia de ambos factores, la unidad y la doctrina, a su Iglesia. No obstante los hombres han cambiado la doctrina, lo cual ya había sido predicho por Timoteo, tal como vimos anteriormente en Timoteo 4:1 cuando anunció que algunos apostarán de la fe. El resultado ha sido la apostasía de la iglesia, la diversidad de las denominaciones y la multiplicación de la división.

Entonces, ¿cuál debe ser nuestra decisión en la elección de una de las dos alternativas mencionadas, para lograr la unidad de la iglesia cristiana? ¿Cuál es el medio más efectivo bíblicamente hablando? La respuesta es simple y sencilla: seguir fielmente a Jesús y sus enseñanzas, y obedecerle en su mandato de que todos sean uno. Para ello debe existir un ecumenismo sincero y eficaz, libre de resentimientos, y buscar conjuntamente la Verdad divina, no la verdad terrenal basada en intereses partidarios. Cada iglesia deberá renunciar a algunas creencias propias y particulares para el bien de la unidad total, y para ello todas las iglesias deberán buscar con absoluta sinceridad aquella Verdad que las una, olvidándose de los aspectos que las dividen.

La restauración de la iglesia original es el camino lógico y eficaz para la unidad, procurando restaurar la enseñanza original de Jesús. Ninguna de las prácticas de la iglesia de Cristo causa división en la actualidad. No es la defensa de la verdad lo que causa división, sino la ofensa de las doctrinas añadidas por la persona humana con posterioridad al ministerio de Jesús.

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