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La religión de Dios (Segunda parte)

Autor: Jesús González García
Curso:
10/10 (1 opinión) |521 alumnos|Fecha publicación: 25/07/2008
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Capítulo 16:

 ¿Quién está escribiendo el futuro? (Parte 2)

III) Apreciar la transformación llevada a cabo durante el período histórico que ahora concluye no significa negar la oscuridad acompañante que marca, con agudo contraste, semejantes logros: el exterminio deliberado de millones de seres humanos desamparados, la invención y uso de nuevas armas de destrucción capaces de aniquilar poblaciones enteras, el surgimiento de ideologías que sofocaron la vida espiritual e intelectual de naciones enteras, el daño causado al entorno físico del planeta a una escala masiva que acaso requiera siglos restañar, y el mal incalculablemente mayor causado a generaciones de niños a los que se ha llevado a creer que la violencia, la indecencia y el egoísmo son triunfos de la libertad personal. Éstas son tan sólo las lacras más obvias de un catálogo de males, sin parangón en la historia, y cuyas lecciones legara nuestra era para educación de las escarmentadas generaciones que nos sigan.

Sin embargo, la oscuridad no es un fenómeno dotado de existencia propia, y mucho menos de autonomía; no extingue la luz ni la aminora, sino que subraya esas zonas donde la luz no alcanza a iluminar debidamente. Así será juzgada sin duda la civilización del siglo veinte por los historiadores de una época más madura y desapasionada. La ferocidad de la naturaleza animal, que campeó desbocada durante esos años críticos y que, a veces, pareció amenazar la supervivencia misma de la sociedad, no consiguió impedir el desarrollo constante de las potencialidades creativas que poseía y posee la conciencia humana. Al contrario. Conforme el siglo avanzaba, era cada vez mayor el número de personas que cobraba conciencia de cuán huecas eran las lealtades y cuán sin fundamento los temores que las atenazaban pocos años atrás. "Incomparable es este Día", insiste Bahá'u'lláh, "pues es como el ojo para las épocas y siglos pasados, y como una luz para la oscuridad de los tiempos". Desde esta perspectiva, la cuestión no es la de la oscuridad que frenó y oscureció el progreso logrado en los cien años extraordinarios que ahora terminan, sino, antes bien, la de cuánto sufrimiento y ruina habrá todavía de experimentar nuestra raza hasta que aceptemos de corazón la naturaleza espiritual que hace de nosotros un solo pueblo, y cobremos fuerzas para planear nuestro futuro a la luz de las lecciones aprendidas con tanto dolor.

IV) La idea de la futura civilización que se perfila en los escritos de Bahá'u'lláh cuestiona buena parte de lo que hoy se impone en nuestro mundo como normativo e inalterable. Los grandes avances realizados durante el siglo de la luz han abierto la puerta a una nueva clase de mundo. Si la evolución social e intelectual se da en respuesta efectiva a una inteligencia moral inherente a la existencia, gran parte de la teoría que orienta los enfoques contemporáneos sobre la toma de decisiones se encuentra fatalmente viciada. Si la conciencia humana posee una naturaleza esencialmente espiritual -según ha sido siempre la intuición de la gran mayoría de las personas comunes-, sus necesidades de desarrollo no pueden entenderse ni servirse mediante una interpretación de la realidad que insiste dogmáticamente en sentido opuesto.

Ningún aspecto de la civilización contemporánea queda más frontalmente cuestionado por la concepción de futuro que expresa Bahá'u'lláh que el culto reinante al individualismo, hoy extendido a la mayor parte del mundo. Sustentada culturalmente, a la par por las ideologías políticas, por el elitismo académico y por la sociedad de consumo, la "búsqueda de la felicidad" ha originado un sentido agresivo y casi ilimitado de derecho personal. Las consecuencias morales han sido corrosivas por igual para el individuo y para la sociedad, y arrolladoras si se mide en enfermedades, drogadicción y otros azotes demasiado presentes al final de siglo. La tarea de liberar a la humanidad de un error tan fundamental y extendido requerirá que se pongan en cuestión algunos de los supuestos más arraigados que sobre el bien y el mal acogió el siglo veinte.

¿Cuáles son algunos de estos supuestos no examinados? El más obvio es la convicción de que la unidad es un ideal distante, casi inalcanzable, que habrá de afrontarse sólo después de que se haya resuelto, no se sabe bien cómo, una miríada de conflictos políticos, necesidades materiales e injusticias. Empero, el caso -afirma Bahá'u'lláh- es el inverso. La enfermedad primaria que aflige a la sociedad y que genera los males que la mutilan -asegura- es la desunión de una raza humana que se distingue por su capacidad de colaboración y cuyo progreso, hasta la fecha, ha dependido de la medida en que en diferentes etapas y diversas sociedades se ha plasmado una acción unificada. Aferrarse a la noción de que el conflicto constituye un rasgo intrínseco de la naturaleza humana, en vez de un complejo de hábitos y actitudes adquiridos, equivale a imponer al nuevo siglo un error que, más que ningún otro factor aislado, ha condicionado trágicamente el pasado de la humanidad. "Considerad el mundo", aconsejaba Bahá'u'lláh a los dirigentes electivos, "como al cuerpo humano que, aunque al ser creado es completo y perfecto, por varias causas ha sido afligido por graves desórdenes y enfermedades".

Íntimamente relacionado con la cuestión de la unidad, hay un segundo reto moral que el siglo que ahora se agota ha planteado con una urgencia cada vez mayor. A los ojos de Dios, reitera Bahá'u'lláh, la justicia es la "más amada de todas las cosas". Faculta a la persona para que vea la realidad a través de sus propios ojos, en vez de por los de su vecino, y dota a la toma colectiva de decisiones de la única clase de autoridad que puede garantizar la unidad de pensamiento y acción. Por muy gratificante que sea el sistema de orden internacional que surgió de las experiencias desgarradoras del siglo veinte, la perduración de su influencia dependerá de que se acepte el principio moral implícito en él. Si el conjunto de la humanidad es uno e indivisible, entonces la autoridad que ejercen las instituciones de gobierno representa, en esencia, un fideicomiso. Cada persona individual llega al mundo bajo la responsabilidad del conjunto, y es este rasgo de la existencia humana lo que constituye el cimiento real de los derechos sociales, económicos y culturales que la Carta de Naciones Unidas y los documentos relacionados articulan. La justicia y la unidad ejercen un efecto recíproco. "El propósito de la justicia", escribió Bahá'u'lláh, "es el de la aparición de la unidad entre los hombres. El océano de la sabiduría divina se eleva dentro de esta exaltada palabra, en tanto que los libros del mundo no pueden contener su significado interior".

Conforme la sociedad se compromete -por más que de forma vacilante y temerosa- con estos y otros principios morales relacionados, el papel más significativo que se ofrece al individuo es el del servicio. Una de las paradojas de la vida humana consiste en que el desarrollo de la personalidad tiene lugar primariamente a través del compromiso en empresas más amplias en las que el yo -aunque sea temporalmente- se olvida. En una época que ofrece a las gentes de toda condición la oportunidad de participar efectivamente en la configuración del propio orden social, el ideal del servicio a los demás asume un significado enteramente nuevo. Exaltar metas tales como las ganancias y la reafirmación del yo como el propósito de la vida, es promover principalmente el lado animal de la naturaleza humana. Y tampoco pueden los mensajes simplistas de salvación personal dar respuesta a los anhelos de generaciones que han podido comprobar, con honda certidumbre, que la verdadera realización compete tanto a este mundo como al venidero. "Preocupaos fervientemente por las necesidades de la época en que vivís", aconsejaba Bahá'u'lláh "y centrad vuestras deliberaciones en sus exigencias y requisitos".

Tal perspectiva conlleva profundas repercusiones para la conducción de los asuntos humanos. Es obvio, por ejemplo, que, cualesquiera que sean las aportaciones del pasado, cuanto más perdure el estado-nación como influencia dominante en la determinación de la suerte de la humanidad, tanto más se relegará la consecución de la paz mundial, y tanto mayor será el sufrimiento infligido sobre la población de la tierra. En la vida económica de la humanidad, no importa cuán grande sea la bonanza producida por la globalización, es evidente que este proceso también acarrea concentraciones sin parangón de poder autocrático que habrán de someterse al control democrático internacional, si no se quiere que generen pobreza y desesperación para millones de seres humanos. De igual modo, los cambios históricos en la tecnología de la información y comunicación, que comportan medios tan potentes para el avance y promoción del desarrollo social y del refuerzo de la conciencia global en común, pueden, con igual fuerza, desviar y embrutecer impulsos que son vitales para el servicio de este mismo proceso.

V) Lo que Bahá'u'lláh plantea es una nueva relación entre Dios y la humanidad que esté en armonía con la madurez incipiente de la raza. La Realidad última que ha creado y sostiene el universo permanecerá para siempre más allá del alcance de la mente humana. La relación consciente de la humanidad con ella, en la medida en que se ha establecido, ha sido el resultado de la influencia de los Fundadores de las grandes religiones: Moisés, Zoroastro, Buda, Jesús, Muhammad y figuras anteriores cuyos nombres, en su mayor parte, han caído en el olvido. Al responder a estos impulsos de lo divino, los pueblos de la tierra han desarrollado progresivamente capacidades espirituales, intelectuales y morales empeñadas en civilizar el carácter de la persona. Este proceso acumulativo y milenario ha llegado ahora a una de esas etapas características de las encrucijadas decisivas del proceso evolutivo, en las que surgen de repente posibilidades nunca antes alcanzadas: "Éste es el Día", afirma Bahá'u'lláh "en que los favores más excelentes de Dios se han derramado sobre los hombres, el día en que Su poderosísima gracia ha sido infundida en todas las cosas creadas". Vista a través de los ojos de Bahá'u'lláh, la historia de las tribus, pueblos y naciones ha llegado efectivamente a su conclusión.

Lo que presenciamos ahora es el comienzo de la historia de la humanidad, la historia de una raza humana consciente de su propia unicidad. Para esta hora decisiva en el curso de la civilización, sus escritos aportan una definición de la naturaleza y proceso de la civilización, así como un orden de prioridades. Su objetivo es el de invitarnos a retornar a una conciencia y responsabilidad espirituales. No hay nada en los escritos de Bahá'u'lláh que abone la ilusión de que los cambios previstos serán efectuados llanamente. Antes al contrario. Tal como los acontecimientos del siglo veinte han demostrado ya, las pautas de hábitos y actitudes arraigadas durante milenios no se abandonan de forma espontánea, ni en respuesta simplemente a la educación o actuación legislativa. Antes bien, en la vida del individuo o de la sociedad, los cambios profundos normalmente ocurren en respuesta a los sufrimientos intensos y a dificultades insostenibles que no dejan otra salida. Precisamente es el sufrimiento de prueba tan grande -avisa Bahá'u'lláh- lo que se necesita para fundir a los diversos pueblos de la tierra en un solo pueblo.

La concepción espiritual y materialista de la naturaleza de la realidad son irreconciliables entre sí y desembocan en direcciones opuestas. Al abrirse el nuevo siglo, el curso marcado por la segunda de estas dos visiones opuestas ha llevado a una humanidad desamparada a rebasar el punto límite en el que podía alimentarse una ilusión de racionalidad, ya no se diga de bienestar humano. Con cada día que pasa, se multiplican las muestras de que por doquier grandes masas de personas están llegando a esta misma conclusión. A pesar de la opinión muy extendida en sentido contrario, la raza humana no es una tabla rasa sobre la que árbitros privilegiados de los asuntos humanos puedan inscribir libremente sus propios deseos. Las fuentes del espíritu manan desde donde es su voluntad, según su voluntad. No van a seguir siendo indefinidamente sofocadas por los detritus de la sociedad contemporánea. Ya no hace falta visión profética para apreciar que los años iniciales del nuevo siglo presenciarán la liberación de energías y aspiraciones infinitamente más potentes que las rutinas, falsedades y adicciones que durante tanto tiempo han bloqueado su expresión.

Por muy grande que sea la agitación, el período al que se dirige la humanidad va a ofrecer a toda persona, a toda institución y a toda comunidad de la tierra oportunidades sin precedentes de participar en la configuración del futuro del planeta. "Pronto", es la promesa segura de Bahá'u'lláh, "el orden actual será enrollado, y otro nuevo desplegado en su lugar".

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