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La religión de Dios (Segunda parte)

Autor: Jesús González García
Curso:
10/10 (1 opinión) |521 alumnos|Fecha publicación: 25/07/2008
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Capítulo 15:

 ¿Quién esta escribiendo el Futuro? (Parte 1)

PREAMBULO

El 28 de mayo de 1992, la Cámara de Diputados de Brasil se reunía en sesión especial para conmemorar el centenario de la muerte de Bahá'u'lláh, cuya influencia se perfila hoy día como un rasgo cada vez más familiar del panorama social e intelectual del mundo. Su mensaje de unidad había tocado una fibra sensible de los legisladores brasileños. En el curso de la sesión, oradores representativos de la totalidad de los partidos de la Cámara rindieron homenaje a un conjunto de escrituras que uno de los diputados describió como "la obra religiosa más colosal jamás escrita por la pluma de un solo Hombre", y a una concepción del futuro de nuestro planeta que, "traspasando fronteras materiales", en palabras de otro diputado, "se abría a la humanidad entera, prescindiendo de diferencias de nacionalidad, raza, límites o credo"'. El homenaje resultaba tanto más asombroso cuanto que, en su tierra natal, la obra de Bahá'u'lláh sigue siendo objeto de agrias condenas por parte de los clérigos musulmanes que gobiernan Irán. Sus predecesores habían sido responsables del destierro y encarcelamiento de Bahá'u'lláh a mediados del siglo diecinueve, e igualmente de la masacre de miles de personas que compartieron sus ideales en pro de la transformación de la sociedad y de la vida humana. Incluso mientras se desarrollaba la sesión de Brasilia, la negativa a rechazar creencias que han merecido elogios de la mayor parte del mundo se cobraba en los 300.000 bahá'ís que viven en Irán su tributo de persecuciones, privaciones y, en demasiados casos, encarcelamientos y muertes.

Una oposición semejante caracterizó las actitudes de varios regímenes totalitarios del pasado siglo. Cabe preguntarse, pues, ¿cuál es la esencia del conjunto de pensamientos que ha suscitado reacciones tan marcadamente divergentes?

I.- El mensaje principal que ofrece Bahá'u'lláh expone la naturaleza fundamentalmente espiritual de la realidad, así como de las leyes que gobiernan su operación. No sólo ve a la persona como ser espiritual o "alma racional", sino que también insiste en que la empresa entera que denominamos "civilización" es en sí misma un proceso espiritual, proceso en el que la conciencia y el corazón del hombre han creado medios cada vez más complejos y eficaces de expresar sus inherentes capacidades morales e intelectuales. Al rechazar los dogmas reinantes del materialismo, Bahá'u'lláh propugna una interpretación opuesta de los procesos históricos. La humanidad, punta de lanza de la conciencia evolutiva, atraviesa etapas análogas a los períodos de infancia, niñez y adolescencia, propios de la vida individual. La travesía nos ha traído hasta el umbral de la tan esperada mayoría de edad de una raza humana unificada. Las guerras, la explotación y los prejuicios que han jalonado las etapas inmaduras del proceso no deberían ser causa de desesperación, sino un estímulo para asumir las responsabilidades de la madurez colectiva.

Dirigiéndose a los líderes políticos y religiosos de su propio tiempo, Bahá'u'lláh manifestó que estaban despertándose en los pueblos de la tierra nuevas capacidades cuyo poder incalculable desbordaba la imaginación de su tiempo, capacidades que pronto habrían de transformar la vida material del planeta. Era esencial -decía- convertir tales avances materiales en cauces para el desarrollo moral y social. Si los conflictos nacionalistas y sectarios impedían que esto ocurriese, entonces el progreso material produciría, además de beneficios, también males inimaginables. Algunos de los avisos de Bahá'u'lláh despiertan ecos sombríos en la actualidad: "Cosas extrañas y asombrosas existen en la tierra", prevenía; "estas cosas son capaces de cambiar la totalidad de la atmósfera de la tierra y su contaminación podría resultar letal".

II.- La principal tarea espiritual de todas las personas -afirma Bahá'u'lláh-, cualquiera que sea su nación, religión u origen étnico, consiste en sentar los cimientos de una sociedad global que refleje la unidad de la naturaleza humana. La unificación de los habitantes de la tierra no es una visión utópica ni tampoco cuestión de mera elección. Constituye la etapa siguiente e inevitable del proceso de evolución social, una etapa hacia la cual nos empuja toda la experiencia del pasado y del presente. Hasta que esta tarea no sea afrontada y alcance el debido reconocimiento, ninguno de los males que afligen a nuestro planeta encontrará solución, puesto que todos los problemas esenciales de esta época en la que hemos entrado son globales y universales, no particulares o regionales.

Los numerosos pasajes donde Bahá'u'lláh aborda la llegada de la humanidad a su madurez están empapados de referencias a la luz, usada como metáfora descriptiva del poder transformador de la unidad: "Tan poderosa es la luz de la unidad", afirma, "que puede iluminar la tierra entera". Tal aseveración sitúa la historia contemporánea en una perspectiva netamente distinta de la que predomina en este final del siglo veinte. Nos insta a que identifiquemos -dentro del sufrimiento y descalabro que atestiguamos en la actualidad- la operación de fuerzas que están emancipando la conciencia humana en preparación de una etapa nueva de su evolución. Nos emplaza a reexaminar cuanto ha sucedido en los últimos cien años y el efecto que estos cambios han tenido sobre el conjunto heterogéneo de pueblos, razas, naciones y comunidades que los han experimentado. Si, como Bahá'u'lláh afirma, "el bienestar de la humanidad, su paz y seguridad serán inalcanzables hasta que su unidad esté firmemente establecida", es comprensible por qué los bahá'ís tienen al siglo xx a pesar de todos sus desastres, por "el siglo de la luz". Pues estos cien años han presenciado una transformación tanto del modo en que los habitantes de la tierra han comenzado a planear su futuro colectivo, como de la manera en que se miran unos a otros. Ambos cambios se caracterizan por el proceso de unificación. Conmociones más allá del control de las instituciones de la época forzaron a los dirigentes mundiales a iniciar la puesta en marcha de nuevos sistemas de organización global que hubieran sido impensables a comienzos del presente siglo. Al mismo tiempo, tenía lugar una rápida erosión de hábitos y actitudes que han dividido a los pueblos durante un sinfín de siglos de conflictos y que tenían visos de perdurar durante las épocas venideras.

A mediados de este siglo, ambos acontecimientos dieron lugar a un hito cuyo significado histórico sólo las generaciones futuras podrán apreciar debidamente. Tras las secuelas estremecedoras de la II Guerra Mundial, numerosos dirigentes con gran visión de futuro hallaron que por fin era posible, mediante la organización de Naciones Unidas, comenzar a consolidar los cimientos del orden mundial. Soñado hacía tiempo por los pensadores progresistas, el nuevo sistema de convenciones internacionales y organismos vinculados disponía ahora de los poderes esenciales que le habían sido trágicamente negados a la difunta Sociedad de Naciones. Conforme avanzaba el siglo, y de forma paulatina, fue curtiéndose la musculatura inicial del sistema de mantenimiento de la paz internacional, hasta demostrar de forma persuasiva lo que puede lograrse. En el mundo se producía entonces una expansión constante de las instituciones democráticas de gobierno. Aunque los efectos prácticos resulten todavía decepcionantes, ello en modo alguno desdice el cambio histórico e irreversible de orientación que se ha verificado en la organización de los asuntos humanos. Y tal como sucediera con el orden mundial, otro tanto cabe decir de los derechos de los pueblos del mundo. La divulgación de las penalidades espantosas que afligieron a las víctimas de la perversidad humana durante la guerra dio lugar a una consternación mundial, que sólo puede calificarse de hondo sentimiento de vergüenza. De este trauma surgió una nueva categoría de compromiso moral, institucionalizado formalmente mediante las labores de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas y los organismos relacionados, hecho que hubiera sido inconcebible para los gobernantes decimonónicos a quienes Bahá'u'lláh se había dirigido sobre este particular. Reforzado con esta legitimidad, todo un conjunto creciente de organizaciones no gubernamentales se ha propuesto garantizar que la Declaración de Derechos Humanos afiance los criterios normativos internacionales y sea implantada de modo acorde.

También tuvo lugar un proceso paralelo en la vida económica. Durante la primera mitad del siglo, como consecuencia de los estragos causados por la gran depresión, muchos gobiernos adoptaron medidas legislativas para la creación de programas de bienestar social y sistemas de control financiero, fondos de reserva y regulaciones de comercio destinados a proteger a la sociedad de la recurrencia de tal devastación. El período que siguió a la II Guerra Mundial trajo consigo el establecimiento de instituciones cuyo campo de operaciones es global: el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Acuerdo General sobre Comercio y Tarifas, y una red de organismos de desarrollo dedicados a racionalizar y promover la prosperidad material del planeta. Al cumplirse el siglo, sean cuales sean las intenciones y por más que la presente gama de instrumental sea burda, las masas de la humanidad han podido comprobar que el uso de la riqueza del planeta admite reorganizarse en lo fundamental, en respuesta a concepciones enteramente novedosas de lo que son las necesidades. El efecto de estos cambios se vio enormemente potenciado por la educación imparable de las masas. Aparte de la disposición de los gobiernos, nacionales y locales, de asignar recursos muy superiores a este campo y la capacidad de la sociedad de movilizar y formar ejércitos de maestros profesionalmente cualificados, dos avances del siglo veinte destacan por su particular influencia a nivel internacional. El primero fue la serie de planes de desarrollo centrados en las necesidades educativas, los cuales contaron con la financiación masiva de entidades como el Banco Mundial, organismos gubernamentales, grandes fundaciones y varias ramas del sistema de Naciones Unidas. El segundo fue la explosión de la tecnología de la información, que ha convertido a todos los habitantes de la tierra en beneficiarios potenciales del conjunto del saber del género humano.

Este proceso de reorganización estructural a escala planetaria ha contado con los ánimos y refuerzos que le facilitaba un profundo cambio de conciencia. De forma brusca, poblaciones enteras se encontraron forzadas a asumir, a cara descubierta, los costes de inveterados hábitos mentales generadores de conflictos, debiendo hacer frente a una censura mundial que condenaba lo que antes se reputaba como prácticas y actitudes aceptables. El resultado fue el de estimular un cambio revolucionario en la forma como las personas se veían unas a otras. Por ejemplo, a lo largo de la historia, la experiencia venía a demostrar -y la doctrina religiosa así parecía confirmarlo- que las mujeres eran esencialmente y por naturaleza inferiores a los hombres. Pero de la noche a la mañana -visto desde una perspectiva histórica-, esta percepción dominante se estaba batiendo en retirada en todas partes. Aunque muy largo y penoso sea el proceso de dar pleno sentido a la afirmación de Bahá'u'lláh de que el hombre y la mujer son en todos los sentidos iguales, es evidente que el apoyo intelectual y moral del punto de vista opuesto se desintegra.

Otra fijación en la autoconciencia de la humanidad a lo largo de los pasados milenios fue la celebración de las distinciones étnicas, las cuales cristalizaron en los siglos recientes en varias fantasías racistas. Con una celeridad pasmosa, si se atiende a la perspectiva histórica, el siglo veinte ha visto cómo la unidad de la raza humana se establecía como principio rector del orden internacional. Hoy día, los conflictos étnicos que continúan asolando numerosas partes del mundo ya no se ven como rasgos naturales de las relaciones entre pueblos diversos, sino como aberraciones arbitrarias que deben ser sometidas a un control internacional efectivo. Durante la prolongada infancia de la humanidad también se aceptaba, sin discusión, con la plena concurrencia de la religión organizada, que la pobreza constituía un rasgo permanente e inevitable del orden social. Sin embargo, ahora, tal mentalidad, cuya aceptación ha perfilado las prioridades de todos los sistemas económicos que el mundo haya conocido, es objeto del rechazo universal. Al menos en teoría, en todas partes se reconoce a los gobiernos como garantes esencialmente responsables de asegurar el bienestar de todos los miembros de la sociedad.

Especialmente significativa -debido a su íntima relación con las raíces de la motivación humana- fue la merma del poder ejercido por los prejuicios religiosos. Prefigurado ya en el "Parlamento de las Religiones", que tanto interés suscitó a finales del siglo diecinueve, el proceso de diálogo y colaboración interreligioso reforzó los efectos del secularismo, al socavar los muros otrora inconquistables de la autoridad clerical. A la vista de la transformación que han experimentado las concepciones religiosas de antaño, incluso el brote actual de reacción fundamentalista admite ser visto, retrospectivamente, como poco más que las acciones de una retaguardia desesperada frente a la disolución inevitable del control sectario. En palabras de Bahá'u'lláh, "no hay ninguna duda de que los pueblos del mundo, cualquiera que sea su raza o religión, derivan su inspiración de una sola Fuente celestial, y son los súbditos de un solo Dios".

Durante estos críticos decenios, también la conciencia humana ha experimentado cambios fundamentales en su modo de comprender el universo físico. La primera mitad del siglo vio cómo las nuevas teorías de la relatividad y de la mecánica cuántica -ambas íntimamente relacionadas con la naturaleza y operación de la luz- revolucionaban el campo de la física y alteraban el curso entero del desarrollo científico. Se hizo evidente que la física clásica sólo podía explicar los fenómenos dentro de un marco limitado. De repente, se abría una nueva puerta al estudio tanto de los corpúsculos más diminutos del universo como de sus grandes sistemas cosmológicos, un cambio cuyos efectos trascendieron los dominios de la física para sacudir los cimientos mismos de la cosmovisión que había dominado el pensamiento científico durante siglos. Era el definitivo adiós a las imágenes de un mundo mecánico accionado como un reloj, y a la supuesta separación entre el observador y lo observado, entre mente y materia. Con el telón de fondo que ofrecen los fecundos estudios así concebidos, la ciencia teórica ahora comienza a explorar la posibilidad de que la inteligencia y la voluntad sean inherentes a la naturaleza y operación del universo. A raíz de estos cambios conceptuales, la humanidad ha ingresado en una era en que la interacción entre las ciencias físicas -la física, la química y la biología, acompañadas de la incipiente ecología- ha abierto posibilidades asombrosas para el realce de la vida. Diáfanos e impresionantes son los beneficios cosechados en áreas de vital interés como la agricultura y la medicina, o los que se derivan del aprovechamiento de las nuevas fuentes de energía. Al mismo tiempo, el nuevo campo que abre la ciencia de los materiales comienza a proporcionar una plétora de recursos especializados desconocidos a principios de siglo: plásticos, fibras ópticas, fibras de carbono.

Los avances de la ciencia y tecnología tuvieron efectos recíprocos. Los granos de arena -el elemento material más humilde y de apariencia más insignificante-, metamorfoseados en láminas de sílice y en cristal óptico depurado, han posibilitado la creación de redes de comunicación mundial. Ello, junto con el desarrollo de sistemas de satélites cada vez más sofisticados, ha comenzado a facilitar el acceso de las personas de todo el mundo, sin distinción, al conocimiento acumulado por la raza humana entera. Es evidente que los decenios que tenemos por delante asistirán a la integración de las tecnologías de la informática, teléfono y televisión en un solo sistema unificado de comunicación e información, cuyos dispositivos estarán disponibles a gran escala y bajo precio. Resulta difícil exagerar el impacto psicológico y social que tendrá el reemplazo previsto de la caterva de sistemas monetarios existentes -para muchos, el último bastión del orgullo nacional- por una sola divisa mundial, la cual funcionará en su mayor parte mediante impulsos electrónicos. Ciertamente, el efecto unificador de la revolución del siglo veinte en ninguna parte resulta tan palmario como en las repercusiones de los cambios que han tenido lugar en la vida científica y tecnológica. Al nivel más elemental, la raza humana está dotada ahora de los medios requeridos para realizar las metas visionarias evocadas por una conciencia en constante maduración. Visto con mayor hondura, esta potenciación está ahora virtualmente al alcance de todos los habitantes de la tierra, sin distinción de raza, cultura o nación. "Una nueva vida", vio proféticamente Bahá'u'lláh, "se agita, en esta época, dentro de todos los pueblos de la tierra; y, no obstante, nadie ha descubierto su causa o percibido SU motivo". Hoy día, un siglo después de que estas palabras fueran escritas, las repercusiones de lo que ha acontecido desde entonces empiezan a ser evidentes para todas las conciencias reflexivas.

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