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La religión de Dios (Segunda parte)

Autor: Jesús González García
Curso:
10/10 (1 opinión) |521 alumnos|Fecha publicación: 25/07/2008
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Capítulo 10:

 La necesidad de un educador divino (Parte 3)

Siguiendo con las virtudes de la humanidad, tenemos en segundo lugar el amor a Dios, cuya luz brilla en la lámpara de los corazones de quienes conocen a Dios. Sus brillantes rayos iluminan el horizonte y otorgan al hombre la vida del Reino. En verdad, el fruto de la existencia humana, es el amor a Dios, por cuanto ese amor es el espíritu de vida y la gracia eterna. Si el amor a Dios no existiera, el mundo contingente se hallaría en tinieblas; si el amor a Dios no existiera, los corazones de los hombres estarían muertos y privados de las sensaciones propias del existir; si el amor a Dios no existiera, la luz de la unidad no iluminaría a la humanidad; si el amor a Dios no existiera, el Este y el Oeste no se abrazarían entre sí como dos amantes; si el amor a Dios no existiera, la división y la desunión no se transformarían en fraternidad; si el amor a Dios no existiera, la indiferencia no desembocaría en el cariño; si el amor a Dios no existiera, el extraño no se convertiría en amigo. El amor en el mundo humano ha brillado por el amor a Dios y ha aparecido por la bondad y la gracia divinas.

Es evidente que la realidad de la humanidad es diversa, que las opiniones varían y que los sentimientos difieren; como evidente es que tal diferencia de opiniones, pensamientos, inteligencia y sentires entre las razas humanas surgen de una necesidad esencial. Las diferencias de las criaturas en los planos del ser constituyen uno de los requisitos de la existencia (la cual se despliega en una infinidad de formas). Por tanto, precisamos de un poder universal que domine los sentimientos, las opiniones y los pensamientos de todos, un poder gracias al cual estas divisiones no trasciendan, un poder que dé amparo a todos los hombres bajo el pabellón de la unidad. Es claro y evidente que el mayor poder del reino humano es el amor a Dios. El amor a Dios reúne a la diversidad de los pueblos bajo la sombra de la tienda del afecto. Confiere a familias y naciones, otrora antagonistas y hostiles, el amor y la unidad más grandes. Observa como después de Cristo, mediante el poder del amor a Dios, cuántas naciones, razas, familias y tribus se cobijaron a la sombra de la Palabra de Dios. Las divisiones y diferencias de un millar de años se desvanecieron del todo. Las nociones de raza y patria desaparecieron por completo. La unión de almas y seres se consumó, y todos se convirtieron en cristianos verdaderos y espirituales.

La tercera virtud de la humanidad es la benevolencia, que sirve de fundamento a las buenas obras. Algunos filósofos consideran que la intención es superior a la acción, ya que la benevolencia, siendo luz absoluta, se halla purificada y santificada de las impurezas del egoísmo, de la enemistad, y del engaño. Ahora bien, entra dentro de lo posible que un hombre realice una obra que en apariencia sea justa, pero que en realidad esté motivada por la codicia. Por ejemplo, un carnicero cría una oveja y la protege. Semejante conducta por parte del carnicero se rige por fines de lucro, el resultado de cuyos esmeros es el sacrificio de la pobre oveja. ¡Cuántas buenas obras obedecen a la codicia! Mas la benevolencia está santificada de tales impurezas. Brevemente, si al conocimiento de Dios se suma el amor a Dios, la atracción, el éxtasis y la buena voluntad, la obra justa resulta entonces cabal y perfecta. De lo contrario, de no estar asentada en el conocimiento de Dios así como en el amor a Dios y en una intención sincera, aun la obra buena y loable se torna imperfecta. Por ejemplo, el ser humano debe reunir todas las perfecciones para que pueda decirse perfecto. La vista es sumamente apreciada y estimada, mas debe contar con la asistencia del oído; el oído es muy apreciado, mas debe contar con el poder de la palabra; el poder de la palabra es muy grato, mas debe contar con el poder de la razón, y así sucesivamente. Lo mismo ocurre con los otros poderes, órganos y miembros del hombre. Cuando se da una conjunción de todos esos poderes, sentidos, órganos y miembros, el hombre es perfecto. En el mundo actual nos encontramos con personas deseosas del bien público, personas entregadas, según su capacidad, a proteger a los oprimidos, socorrer a los pobres y apoyar con entusiasmo la paz y el bienestar universales. Son personas que, si bien son perfectas en este sentido, resultan imperfectas si están desprovistas del conocimiento y del amor de Dios.

El médico Galeno, en su comentario al tratado de Platón sobre el arte de gobernar168 afirma que los principios fundamentales de la religión ejercen gran influencia sobre la civilización. Arguye que "la multitud no puede seguir el hilo argumental de las explicaciones filosóficas; y que por esta razón, necesita de símbolos que anuncien las recompensas y los castigos del otro mundo. La prueba de la verdad de esta afirmación -asegura- es que hoy vemos a unas gentes llamadas cristianas, que creen en las recompensas y los castigos. Y esta secta manifiesta obras hermosas, como las que realiza un verdadero filósofo. Vemos claramente que no sienten temor hacia la muerte, que no esperan ni desean nada de la multitud, salvo justicia y equidad, por lo que merecen ser considerados verdaderos filósofos".
Pues bien, repara en cuál no sería el grado de sinceridad, celo, espiritualidad, amistad, y las buenas obras de un creyente en Cristo como para que Galeno, el médico filósofo, que no era cristiano, rindiese tributo a su refinamiento moral y virtudes describiéndolo como auténtico filósofo. Esas virtudes y esa moral no se consiguieron sólo exhibiendo obras buenas. Si la virtud se redujera a una cuestión de hacer y recibir el bien ¿por qué no habríamos de alabar la lámpara encendida aquí presente, cuya iluminación resulta indudablemente beneficiosa? Gracias a su calor y a su luz el sol permite que todos los seres de la tierra se multipliquen, crezcan y se desarrollen. ¿Existe favor mayor que éste? Sin embargo, como ese bien no proviene de la benevolencia, amor y conocimiento de Dios, es imperfecto.

Cuando, por el contrario, una persona tiende un vaso de agua hacia otra persona, ésta se siente agradecida y así lo hace saber. Algún irreflexivo podría alegar: "Este sol que otorga luz al mundo, esta diáfana y suprema generosidad, debe ser adorado y alabado. ¿Por qué no habríamos de dar gracias al sol por su generosidad cuando quedamos agradecidos con quien realiza un simple acto de cortesía?" Más si somos honestos en nuestra indagación de la verdad, vemos que el acto insignificante de cortesía se debe a sentimientos conscientes y reales, y por ende dignos de alabanza. En contraste, la luz y el calor del sol no se deben a sentimientos ni a conciencia alguna, por lo que no son dignos de elogio o alabanza, ni son acreedores de nuestra gratitud y agradecimiento. De igual manera, cuando alguien realiza una obra buena, aunque ésta sea digna de elogio en cuanto tal, resulta imperfecta si no se funda en el amor y en el conocimiento de Dios. Ahondando más, si reflexionas con justicia, observarás que las buenas obras de quienes ignoran a Dios también se deben fundamentalmente a las enseñanzas divinas. Vale decir que los Profetas del pasado son responsables de que hoy se realicen esas mismas obras. Ellos fueron quienes explicaron la belleza de obrar el bien, quienes expusieron sus consecuencias gloriosas. Con la difusión sucesiva y repetida de enseñanzas tales, los hombres tornaron sus corazones hacia las virtudes. Sintiendo que eran hermosas y que eran motivo de alegría y felicidad, las siguieron.

Por consiguiente, tales actos también provienen de las enseñanzas de Dios. Pero para comprender este asunto no ha menester de controversia, ni de discusión, sino de justicia. Alabado sea Dios, pues tú has estado en Persia y has visto como los persas, gracias a las santificadas brisas de Bahá'u'lláh, son ahora benevolentes para con la humanidad. En tiempos pasados, atormentaban al extranjero con que se cruzasen; llenos de la enemistad, el odio y la malevolencia más acérrimos llegaban al extremo de arrojarle inmundicias. Quemaban los libros del Evangelio y la Torah, y si sus manos se contaminaban al tocarlos, se las lavaban. Actualmente, en sus reuniones y asambleas la gran mayoría de esos persas recitan y entonan dignamente el contenido de estos dos Libros, comentan e interpretan sus enseñanzas. Muestran hospitalidad hacia sus enemigos. Tratan a los lobos sanguinarios con delicadeza, como a las gacelas que moran en las planicies del amor de Dios. Tú has observado sus costumbres y hábitos, y has oído acerca de las costumbres de los persas de otros tiempos. Tamaña transformación de la moral, semejante mejoramiento de la conducta y de la palabra ¿son acaso posibles si no es mediante el amor a Dios? No, por Dios. Si con la ayuda de la ciencia y el conocimiento tratásemos de inculcar esa moral y esas costumbres, en verdad, se necesitaría un millar de años, y aun así no se difundirían entre el común de las gentes.

Hoy en día, gracias al amor a Dios, dicho anhelo ha sido alcanzado con la mayor facilidad. ¡Estad. prevenidos, OH poseedores de inteligencia!

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