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Reflexión cristiana. La virgen María

Autor: Agustín Fabra
Curso:
10/10 (2 opiniones) |532 alumnos|Fecha publicación: 08/12/2010
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Capítulo 2:

 Virtud. La humildad (2/3)

Sin humildad no hay conocimiento de sí mismo y, por tanto, falta la sabiduría.

Es difícil conocerse ya que la soberbia, que siempre está presente dentro del hombre, ensombrece la conciencia, embellece los defectos propios, busca justificaciones a los fallos y a los pecados. No es infrecuente que, ante un hecho claramente malo, el orgullo se niegue a aceptar que aquella acción haya sido real, y se llega a pensar:

Para superar esta etapa debemos hacer un examen de conciencia honesto. Para ello primero pediremos luz al Espíritu Santo, y después miraremos ordenadamente los hechos vividos, los hábitos o costumbres que se han enraizado más en la propia vida: pereza o laboriosidad, sensualidad o sobriedad, envidia o generosidad, etc.

Aceptarse

Una vez se ha conseguido un conocimiento propio profundo viene el segundo escalón de la humildad: aceptar la propia realidad.

Resulta difícil porque la soberbia se rebela cuando la realidad es fea o defectuosa.

Aceptarse no es lo mismo que resignarse. Si se acepta con humildad un defecto, error, limitación, o pecado, se sabe contra qué luchar y se hace posible la victoria. Ya no se camina a ciegas sino que se conoce al enemigo. Pero si no se acepta la realidad, ocurre como en el caso del enfermo que no quiere reconocer su enfermedad: no podrá curarse. Pero si se sabe que hay cura, se puede cooperar con los médicos para mejorar.

Hay defectos que podemos superar y hay límites naturales que debemos saber aceptar.

Es distinto un pecado, de un error o una limitación y conviene distinguirlos. Un pecado es un acto libre contra la ley de Dios. Si es habitual se convierte en vicio, requiriendo su desarraigo, un tratamiento fuerte y constante.

Para borrar un pecado basta con el arrepiento y el propósito de enmienda unidos a la absolución sacramental si es un pecado mortal y con acto de contricción si es venial.

El vicio en cambio necesita mucha constancia en aplicar el remedio pues tiende a reproducir nuevos pecados.

Los errores son más fáciles de superar porque suelen ser involuntarios.

Una vez descubiertos se pone el remedio y las cosas vuelven al cauce de la verdad. Si el defecto es una limitación, no es pecado, como no lo es ser poco inteligente o poco dotado para el arte. Pero sin humildad no se aceptan las propias limitaciones.

El que no acepta las propias limitaciones se expone a hacer el ridículo, incluso hablando de lo que no sabe o alardeando de lo que no tiene.

Olvidarse de sí mismo

El orgullo y la soberbia llevan a que el pensamiento y la imaginación giren en torno al propio yo.

La mayoría de la gente vive pensando en sí mismo, dándole vuelta a sus problemas.

El pensar demasiado en uno mismo es compatible con saberse poca cosa, ya que el problema consiste en que se encuentra un cierto gusto incluso en la lamentación de los propios problemas. Parece imposible pero se puede dar un goce en estar tristes, pero es por pensar en sí mismo. 

El olvido de sí mismo no es igual que tener indiferencia ante los problemas. Se trata más bien de superar el pensar demasiado en uno mismo.

En la medida en que se consigue el olvido de sí, se consigue también la paz y alegría. Es lógico que sea así, pues la mayoría de las preocupaciones provienen de conceder demasiada importancia a los problemas, tanto cuando son reales como cuando son imaginarios.

El que consigue el olvido de sí mismo está en el polo opuesto del egoísta, que continuamente está pendiente de lo que le gusta o le disgusta.

Se puede decir que ha conseguido un grado aceptable de humildad. El olvido de sí conduce a un santo abandono que consiste en una despreocupación responsable: ya no se preocupa; se ocupa.

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