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Psicopatología de la adolescencia

Autor: Centre Londres 94
Curso:
10/10 (1 opinión) |1644 alumnos|Fecha publicación: 24/03/2010

Capítulo 6:

 Madre adolescente

4.1.4.2- LA MADRE ADOLESCENTE: De cada 10 embarazos de adolescentes: 5 terminan en un matrimonio forzado, 3 aborto voluntario (suponen el 11,4% del total de abortos voluntarios), 1 pasa a ser madre adolescente y soltera (el 25% de las madres solteras son adolescentes) y la restante termina en un matrimonio precoz.

Estudios de otros países evidencian que la mayoría de estos matrimonios se realizan en precario: los chicos suelen tener similares problemas psicosociales, los matrimonios se deciden por las familias bajo la presión del embarazo, la unión se suele elegir fuera de todo vínculo afectivo sólido (se supone que el joven padre debe "asumir sus responsabilidades" hacia la madre y el hijo/a para que éste no sea "ilegítimo") por lo que muchos de estos matrimonios no tendrían lugar sin el embarazo y la mayoría de estos matrimonios suelen terminar en un fracaso (p.e. malos tratos, violencia, separación/abandono/divorcio), de hecho en USA uno de cada dos de estos matrimonios termina en divorcio y la media calculada para Europa se sitúa en dos tercios de estos matrimonios los que acaban divorciándose.

Por otro lado hay que considerar el indudable hándicap social del abandono de los estudios, con lo que se dificulta la continuidad educativa, se obstaculiza la posibilidad de superar la marginación. De hecho un estudio desarrollado en Gran Bretaña pone de manifiesto que en igualdad de situación social los padres adolescentes que se ven obligados a casarse cursan estudios más cortos y su salario medio es más bajo, si se les compara con matrimonios jóvenes de similar edad pero cuya pareja se ha constituido sin que medie un embarazo por lo que sus relaciones afectivas están más firmemente consolidadas. Esta desventaja social se mantiene a medio y largo plazo, por lo que la capacidad de tolerancia de la situación se resiente y constituye un factor suplementario de disolución de la joven pareja.

Por fin hay que situar el riesgo evidente de una multiparidad precoz (ejemplo muy evidente lo tenemos en España con las parejas gitanas) acrecienta los riesgos para la madre adolescente como persona y como sujeto social.

No obstante si el matrimonio no llega a plantearse, la relación con el padre de la criatura suele romperse totalmente y cortar todo tipo de contacto, hecho nada difícil dada la labilidad del vínculo afectivo. Así aparece un padre fantasmático y desconocido tanto para el estado civil como para la pura biología. En ocasiones la negación es tan evidente en la joven madre que existe una oposición activa a comunicar al hijo/a cualquier dato acerca del embarazo y de la paternidad. En la clínica se nos dice de forma continua: "¿Para qué le voy a decir nada del padre?", "Ni lo conoce ni lo va a conocer, por mi parte", "Mejor que no sepa nada de él". De esta suerte aparece ese fantasma materno que ocupa el silencio en torno a aquél desafortunado hecho y que ya no quiere ni nombrarse.

4.1.4.3- LA INTERACCION PRECOZ MADRE-HIJO/A Y EL PRONOSTICO EVOLUTIVO PARA EL NIÑO/A: En muchas ocasiones la joven madre ni puede ni desea la crianza de ese hijo/a. No es extraño que realice una cesión del hijo/a a su propia madre. La maternidad adolescente es una de las causas prevalentes a la hora de analizar las cesiones familiares de los hijos/as .

En estas situaciones de cesión los contenidos psicológicos son de especial relevancia: por un lado la abuela materna sale victoriosa de la pugna con su hija: frente al enfrentamiento por la independencia declarada unilateralmente por la hija adolescente con su propio embarazo, la madre la presenta ante la sociedad simplemente como una hermana mayor.

De esta suerte la adolescente solo cumple el papel de agente reproductor, las gratificaciones derivadas de la maternidad le son vedadas y donde quiso rivalizar con la madre (en la fecundidad) tejió su propia trampa. Por otro lado esta entrega del hijo/a a su propia madre nos remite a contenidos de las reminiscencias edípicas mal elaboradas por parte de la joven madre adolescente que afloran con toda su crudeza en la reactivación que ocurre en la adolescencia. Por otro lado el hijo/a se encuentra en una situación vincular y relacional, cuanto menos, compleja: se pelea con su supuesta hermana (cuando en realidad es su madre) y llama mamá a su abuela materna.

Si la joven madre se decide por la crianza de su hijo/a aparecen una dificultades que varían en las formas de presentación, desde el abandono a un tipo de relación sobreprotector e invasivo que resulta asfixiante para el niño/a. Por otro lado tanto el entorno como, al final, la propia madre terminan por demostrar la ambivalencia hacia la capacidad de desarrollar la maternidad de forma adecuada. Por un lado se la exige que "redima" su situación siendo una buena madre en la entrega y abnegación hacia el hijo/a, pero no se la facilitan los medios (educativos, sociales, laborales) para llevarlo a cabo con unas relativas garantías de éxito. Por todo ello el vínculo afectivo se establece de forma muy difícil.

Se han desarrollado estudios de los tipos y características de los vínculos entre las jóvenes madres y sus hijos/as (LEVINE & cols. y BAYO en España), por medio de grabaciones en video de niños/as de 8 meses de edad hijos/as de madres adolescentes. Se rodaron tanto a madres adolescentes como a madres adultas, en sesiones de entrevistas cara a cara individualizada y en sesiones de trabajo grupal con fines de enseñanza: las madres no adolescentes demostraron un afecto más positivo hacia sus hijos/as, hablaron más y pusieron de manifiesto la realización de tareas (estimulación, paseos, mecimientos) con ellos/as más a menudo. Las relaciones individuales se relacionaron más con el nivel de desarrollo del yo, mientras que la actitud de apoyo en las sesiones cara a cara y la edad de las madres se asociaba en los grupos de enseñanza. Estos datos han querido relacionar, por parte de algunos autores, la edad materna con el nivel de desarrollo cognitivo de los hijos/as.

Pero, tanto LEVINE & cols. como BAYO, lo que señalan es que estas características tienen que ver con la capacidad para establecer un vínculo adecuado entre la joven madre y el bebé. La inmadurez de la adolescencia y la dificultad para la vinculación afectiva dificulta una relación espontánea con el bebé y la interacción se ve alterada: brusquedad en los movimientos y en las actitudes de la madre adolescente (por otro lado es una característica propia de las relaciones que establecen los/las adolescentes, pero en este caso el partenaire no integra del todo estas actitudes); dificultad en la interpretación y lectura de los actos del bebé (p.e. incomprensión hacia el llanto o la satisfacción de las necesidades del bebé); ante estas dificultades no es extraño que aparezcan disfunciones en la expresión de los cuidados y de la relación con el bebé (p.e. malos tratos, negligencia, abandono); alternancias bruscas de gritos o brusquedades con mimos, cariños y caricias, en ocasiones sin solución de continuidad. En definitiva se trataría de la expresión contradictoria de pasar de jugar con muñecas que no responden y son solo depositarias de las emociones y ansiedades de la niña/adolescente, a tener un muñeco real y que responde activamente a los requerimientos y depositaciones de la joven adolescente.

A largo plazo se sabe que estos niños/as acuden con más frecuencia a los servicios de ayuda infantil. DESCHAMP ha señalado que los hijos/as de jóvenes madres adolescentes presentan más a menudo trastornos del desarrollo social y afectivo, pero no parece que estos trastornos tengan un carácter específico para los hijos/as de madres adolescentes.

En nuestra opinión este tipo de trastornos se encuadrarían en lo que la CIE-10 denomina: "Trastornos del vínculo", cuya expresión más frecuente detectada en nuestra práctica serían: trastornos del sueño (dificultades para conciliar el sueño, necesidad de estar con un adulto/a), trastornos alimenticios (caprichos alimenticios, anorexias precoces más o menos severas, facilidad para los vómitos), baja tolerancia a la frustración (espasmos del sollozo, facilidad para las rabietas, necesidad de tener el liderazgo), dificultad para integrar los límites (conductas de oposición, dificultades de simbolización, dificultades para aceptar las reglas), facilidad para presentar procesos de somatización y dificultades para jugar, entre otras y que se presentan asociados varios de estos trastornos o de forma aislada. Por fin hay que significar que la ausencia de padre no tiene porqué llevar pareja una ausencia de figura paterna ni que ello induzca trastornos emocionales más frecuentes o característicos que para los niños/as que nacen en situaciones familiares francamente alteradas y disfuncionales por otras razones.

4.II - LA FIJACION POR LA CONNOTACION EXTERNA En la Fig. 1 hemos expuesto el círculo vicioso de las relaciones en la adolescencia, cuando la agresión desde los otros es máxima, la posibilidad para que acontezca una fuerte obtención de la identidad por una oposición máxima, podría terminar con un excesivo peso de la fijación de la conducta por la connotación externa. En estas condiciones el adolescente pasa a ser sociópata o psicópata o drogadicto o marginado o delincuente. Este "ser" le ubica en la esencia del sujeto, por lo tanto termina siendo rígido y encorsetante; por contra, la perspectiva evolutiva y del desarrollo nos permite redimensionar un "estar" mucho más flexible y con más posibilidades de movilización.

En la adolescencia se constata una relación, un tanto contradictoria, entre el valor de la norma y el poder de la transgresión, en ocasiones esta seducción por transgredir la norma establecida se contrapone al peso de la Ley simbólica, de esta suerte podríamos señalar que cuando la Ley simbólica fracasa es sustituida por la ley real, la ley de los tribunales (Tabla V).

4.2.1. Tanto la CIE-10 (F91.8) como la DSM-IV (312.8) coinciden en las características básicas del denominado trastorno disocial en la infancia: A. Precisa un patrón repetitivo y persistente de comportamiento en el que se violan los derechos básicos de otras personas o normas sociales importantes propias de la edad, manifestando tres o más criterios en los últimos 12 meses o, por lo menos, de un criterio durante los últimos 6 meses: * Agresión a personas o animales: fanfarronea o amenaza o intimida a otros con frecuencia; inicia peleas a menudo; en algún momento ha utilizado un arma que pudiera haber causado daño a personas (p.e. bate, navaja, pistola); se ha manifestado con crueldad hacia las personas y/o los animales; ha robado con enfrentamiento con la víctima(p.e. robo a mano armada, tirón de bolso); ha forzado sexualmente a alguien.

* Destrucción de propiedades: provocar incendios o destruir propiedades de otros.

* Robo o fraude: allanar el hogar o el coche de otra persona; mentir a menudo con el fin de obtener bienes o favores o bien evitar obligaciones; robar objetos de valor sin necesidad de enfrentarse a la víctima (p.e. falsificaciones).

* Graves violaciones de las normas: permanecer con frecuencia fuera del hogar paterno por la noche, a pesar de las prohibiciones paternas, iniciando la conducta con anterioridad a los 13 años de edad; escaparse de casa por la noche al menos dos veces sin regresar en varios días (si es en un hogar sustituto basta con solo una vez); hacer novillos en el colegio con frecuencia, iniciándolo con anterioridad a los 13 años.

B. El trastorno disocial provoca deterioro clínicamente significativo de la actividad social, académica o laboral.

Se debe especificar si es de inicio infantil o adolescente, dependiendo de si las alteraciones se inician con anterioridad a los 10 años de edad o es posterior, respectivamente. De igual forma debe especificarse el carácter leve, moderado o grave, según sea la entidad de los daños causados.

4.2.2. De igual forma la CIE-10 (F60.2) y la DSM-IV (301.7) coinciden en los criterios a la hora de señalar el diagnóstico de trastorno antisocial de la personalidad, caracterizado por los siguientes criterios: A. Patrón general de desprecio y violación de los derechos de los demás que se presenta desde la edad de 15 años, con la presencia de tres o más de los siguientes ítems: * Fracaso para adaptarse a las normas sociales, en lo que respecta al comportamiento legal (p.e. realizar actos para ser detenido).

* Deshonestidad, indicada con mentiras repetidas, utilización frecuente de alias, estafa para obtener beneficios personales o por puro placer.

* Impulsividad o incapacidad para planificar el futuro.

* Irritabilidad y agresividad, indicada por peleas o agresiones repetidas.

* Despreocupación por su propia seguridad, de forma imprudente o bien despreocupación por la seguridad de los demás.

* Persistente irresponsabilidad, p.e. incapacidad para mantener un trabajo con constancia o de hacerse cargo de obligaciones económicas.

* Falta de remordimientos, p.e. indiferencia o justificación por haber dañado, maltratado o robado a otros.

B. El sujeto tiene menos de 18 años de edad.

C. Posibilidad de existir un trastorno disocial de comienzo anterior a los 15 años de edad.

D. El comportamiento antisocial no aparece exclusivamente en el transcurso de una esquizofrenia o un episodio maniaco.

En ambos casos se constata un conflicto evidente con la ley real, una transgresión que obliga a una respuesta de tipo represivo, en la mayoría de los casos. Una posible concatenación dialéctica fue expresada por Pedreira y Sardinero (1.983), relacionando la conducta en la adolescencia con ciertas conductas de marginación y la intervención judicial, que se sintetiza en la Tabla V. Se podría esquematizar en una especie de aforismo, que debe ser leído con todas las precauciones de intentar generalizar: "Cuando no aparece la Ley simbólica (o se simbolizan parcialmente aspectos de la conducta), aparece la ley real para ordenar/reprimir la situación" 4.III. LA CRISIS DE LA CRISIS Cuando se habla o escribe de la adolescencia se aborda desde una etapa de crisis. En efecto, es así porque los cambios acontecen de forma simultánea unos y sucesiva otros, situando al sujeto en una delicada posición ante la que la capacidad de adaptación y los mecanismos de defensa o afrontamiento se encuentran sometidos a una prueba constante acerca de la adecuación de su funcionamiento. No es extraño, por lo tanto, que en personas o situaciones determinadas esta crisis haga crisis, es decir se manifieste de forma sintomática, más allá de la semiótica y se sitúe en el campo de la semiología clínica o, al menos, haciendo límite con la presencia de trastornos mentales.

En esta crisis sintomática de la crisis del periodo evolutivo, situamos cuatro grupos de posibilidades: los trastornos de ansiedad en la adolescencia, las formas depresivas en la adolescencia, lo relativo a la re-organización estructural (crisis de identidad) y el cuadro más importante desde la perspectiva psicopatológica, clínica, pronóstica y evolutiva: el primer brote psicótico.

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