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Psicología de las emociones

Autor: Natalia Muñoz Hernández
Curso:
9/10 (8 opiniones) |9010 alumnos|Fecha publicación: 08/07/2008

Capítulo 6:

 El desarrollo emocional

El reconocimiento de las emociones

El desarrollo emocional sigue paralelo al desarrollo cognitivo y moral. El aprendizaje emocional tiene lugar en los primeros meses de la vida del niño, ya que éste es capaz de expresar y discriminar con solo tres meses las emociones de alegría, ira, miedo, sorpresa, desagrado y tristeza.

Ekman y Friesen, autores de la obra Expresiones prototípicas de las emociones universales (1982), describieron un sistema de códigos para permitir a los observadores registrar y codificar cualquier cambio visible de la musculatura facial de los bebés. Se trataba de un catálogo que contiene 58 características o movimientos diferentes, algunos de los cuales están asociados a una emoción concreta. (Podemos observar una muestra de este catálogo en el apartado de Características conductuales,expuesto anteriormente).  

Estos sistemas sobre el desarrollo de la expresión emocional han desvelado dos incógnitas que desarrollaré a continuación.  

- Los bebés producen expresiones faciales diferentes que se pueden discriminar ente sí.   

- Es probable que exista un vínculo directo entre determinados estados emocionales y ciertas expresiones faciales.  

Respecto a la primera afirmación, Carroll Izard, autor de la obra Measuring emotions in infants and children (1982), llevó a cabo un estudio en los años 80. Realizó grabaciones de bebés que tenían entre uno y nueve meses en diversas situaciones: mientras jugaban con su madre, mientras se les ponía una inyección, cuando se les acercaba un extraño, etc. y preparó una colección de diapositivas que mostraba ejemplos representativos de varias emociones: alegría, tristeza, sorpresa, interés, miedo, etc. Después pidió a unos jueces que estudiaran las grabaciones e identificaran la emoción que se desprendía de cada una de ellas. El porcentaje de respuestas correctas fue bueno, entre el 81 por ciento de aciertos en el caso de la alegría y un mínimo del 37 por ciento en el caso del asco. Este estudio demostró que los niños pueden producir expresiones faciales discretas e identificables. 

En otros experimentos se expone a los bebés a una situación que puede provocar una emoción determinada y posteriormente se estudia con detenimiento su expresión facial. Estas pruebas han demostrado que lejos de ser movimientos aleatorios, las expresiones faciales de los bebés están asociadas, de un modo psicológicamente significativo, a los sucesos inmediatamente precedentes.      

Los resultados de estos experimentos eran alentadores, pero no lo suficientemente concluyentes. Aparecía como crítica la cuestión de si los bebés estarían mostrando sólo expresiones faciales globalmente positivas y negativas, y no las expresiones faciales discretas postuladas por Ekman y anteriormente por el mismo Darwin. En estudios posteriores se ha diferenciado entre dos emociones negativas clave: el enfado y la angustia. El enfado, causado por una frustración, se provocaba en niños de siete meses dejándoles chupar un mordedor durante unos segundos y retirándoselo posteriormente. Los niños juntaban las cejas y aparecía una línea vertical en medio, los párpados se tensaban y la boca se comprimía o adoptaba una configuración cuadrada. La expresión de ansiedad de los bebés se estudió mientras se les administraba una dolorosa inyección a niños de entre dos y ocho meses. Según la obra Los niños y las emociones, de Paul L. Harris, la reacción de ansiedad descrita por Izard coincide con la descrita por el mismísimo Darwin, según la cual los ojos están cerrados con firmeza, tanto que la piel de alrededor está arrugada y la frente se contrae frunciéndose. La boca está muy abierta con los labios retraídos de un modo peculiar, lo cual los hace adoptar una forma más o menos cuadrada, dejando entrever las encías y los dientes.    

Respecto al segundo punto, la universalidad de las expresiones faciales no determina en sí misma su innatismo, ya que es posible que los niños de cualquier parte del mundo aprendan a reproducir lo que constituye un código universal de expresión de emociones discretas. Pero, el hecho de que los bebés en sus primeros meses de vida produzcan expresiones emocionales adecuadas y perfectamente diferenciadas sugiere la posibilidad de que exista un vínculo directo, no aprendido, entre los estados emocionales y las expresiones faciales.   

La obra de Paul L. Harris señala que, tal y como expuso Darwin en su investigación, los bebés no solo produce expresiones faciales de forma innata, sino que el reconocimiento y la reacción a éstas también es innato.  

Darwin, científico británico creador de la teoría de la Evolución de las especies y autor del artículo "The expression of the emotions in man and animals" en 1872, describió que cuando su hijo de seis meses vió a su niñera fingiendo que lloraba, su cara adoptó instantáneamente una expresión melancólica, con las comisuras de la boca muy deprimidas. 

A continuación expondré dos estudios sobre la capacidad de los bebés para reconocer diferentes expresiones emocionales presentadas en la obra de Paul L. Harris. En el primer experimento (Caron y Miréis, 1982) se presentaron fotografías de cuatro mujeres diferentes que expresaban una misma emoción a niños de entre cuatro y siete meses. A medida que trascurría la sesión, los bebés prestaban menos atención a las fotografías, pero al presentar una imagen de una mujer con una nueva expresión (es decir alegría para los que habían visto la expresión de tristeza y viceversa) los bebés mayores respondían con un aumento de atención. El cambió de emoción, por tanto, renovaba el interés de los niños mayores.

El segundo estudio demuestra una nueva capacidad de los bebés. No sólo tratan diferentes versiones de la misma expresión facial como si pertenecieran a la misma categoría, sino que también se percatan de que una expresión determinada va asociada a un tono de voz concreto. Arlene Walker-Andrews en 1986 mostró dos películas de forma simultánea a bebés de siete meses. En una aparecía una cara con una expresión de enfado y en la otra un rostro alegre. Al mismo tiempo, los niños escuchaban una banda sonora con una voz de alegría o de enfado. Los bebés tendían a mirar la cara a la que correspondía la voz por asociación, miraban la cara alegre si la voz que oían era la de alegría y viceversa.

Asimismo, el hecho de que los bebés puedan agrupar las diferentes manifestaciones de una emoción determinada (aun cuando se apliquen modalidades y personas diferentes) no nos permite concluir que reconocen que una expresión concreta conlleva una emoción específica. Para estudiar el significado que los bebés atribuyen a una determinada expresión emocional es fundamental la comparación de las reacciones espontáneas de los bebés ante dos emociones diferentes, tal y como hizo el propio Darwin. Al responder los bebés de forma distinta a una expresión de enfado frente a otra de alegría, debemos concluir que deben interpretar a su manera el significado de esas emociones.  

Evolución de la emocionalidad

De la obra Infancia y aprendizaje (1989) se puede extraer este cuadro resumen de las expresiones faciales durante la infancia y como reconocerlas.

El desarrollo emocional

El desarrollo emocional

El desarrollo emocional

El fenómeno de la Referencia social.

Según la obra de Paul. L Harris, la función informativa que tiene la expresión emocional de un adulto para un niño recibe el nombre de Referencia Social. Un bebé se encuentra indefenso ante el entorno que le rodea y es incapaz de comprender por sí mismo si las cosas o personas que se encuentra a su paso pueden ejercer una influencia negativa o positiva sobre él. El primer mecanismo educativo de los padres o cuidadores es, sin duda, la comunicación a través de expresión emocional. Un ejemplo ayudará a clarificar esta cuestión: un padre y su bebé se encuentran con un extraño. 

El padre saluda al extraño de forma positiva, con una sonrisa y un tono de voz alegre. Informado por la actitud emocional de su padre, el bebé puede mostrar una disposición mayor de lo normal a aproximarse al extraño. Un estudio realizado por Mary Klinnert (1984) demostró que los bebés, hacia los doce meses, no sólo responden de un modo apropiado a una expresión emocional inserta en un diálogo social, sino que, además, se guían por la expresión emocional del adulto para dirigir sus conductas hacia los objetos y acontecimientos del medio.

Según John Bowlby (1973) la conducta del bebé está organizada en base a dos sistemas distintos: el sistema de apego, que garantiza el mantenimiento de contacto entre el niño y la madre o cuidadora, y el sistema exploratorio, que orienta la investigación de los objetos novedosos en el entorno inmediato. De acuerdo con estas dos necesidades del bebé, se debe concebir la expresión facial del adulto como una señal que activa o inhibe el sistema exploratorio. Esta interpretación nos permite explicar el comportamiento del bebé frente a un juguete nuevo. Animado por la expresión positiva de la madre, el niño explorará confiado el objeto, mientras que inhibido por la cara de temor o enfado de su cuidadora, vacilará o permanecerá inmóvil.    

Los estilos afectivos

Los estilos afectivos sintetizan un conjunto de rasgos emocionales que poseen cierta estabilidad como respuesta a una situación determinada. Estos rasgos se perfilan en la infancia y acompañan al sujeto a lo largo de su trayectoria vital. Según un estudio del año 2000, llevado a cabo por Mª J. Cantero, F. López y R. Melero, sobre la evaluación del apego en niños (Actas del IX Congreso INFAND 2000. Infancia y adolescencia. Universidad de Cádiz). Se pueden diferenciar cuatro estilos afectivos:  

- El apegado seguro. Su comportamiento afectivo se caracteriza por mostrar curiosidad por lo que le rodea y tener confianza en si mismo y en los demás. Es sociable, autónomo y posee un elevado nivel de autocontrol. Muestra una buena capacidad de adaptación a las diferentes situaciones y circunstancias.

- El apegado ambivalente Manifiesta inseguridad en su comportamiento, se queja habitualmente del comportamiento de los demás, es dependiente y posee una escasa habilidad de autocontrol. Tiene dificultades para explorar y afrontar las situaciones novedosas y posee un autoconcepto más negativo.

- El apegado alejado Rehuye las relaciones interpersonales, es exageradamente autosuficiente, frío y distante, se excede en el autocontrol.

- El apegado temeroso Necesita relacionarse con los demás, pero teme hacerlo y se aísla. Posee un bajo autoconcepto.

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