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Capýtulo 13:

 Psicología aplicada a la orientación profesional. España: aportes teóricos del Siglo XX

Otras aportaciones teóricas

Cabe mencionar algunas otras contribuciones al tema de la orientación profesional, que muestran el valor sobresaliente que esta actividad tuvo para los profesionales del periodo que analizamos. Me refiero a los estudios de Miñana, Gil Fagoaga, Tomás y Sampere y el ya mencionado de Manrique. Los comentaremos brevemente.

El primero de ellos, de Emilio Miñana y Villagrasa (1872-1937), se titula De la orientación y selección profesionales. Es su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, donde fue recibido en 1924; le contestó reglamentariamente Adolfo Bonilla. Miñana era jurista y políglota, profesor en la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid, y autor de trabajos sobre temas de Derecho mercantil; tradujo obras importantes –entre ellas, la de la Crítica de la razón práctica de Kant, en colaboración con Manuel G. Morente– y fue académico.

Este discurso es una obra muy singular. En él reunió una excelente documentación y dio una razonable doctrina que analizó con finura; pero no deja de llamar la atención el hecho de que en lo sucesivo no volviera a publicar nada sobre estos temas (Carpintero, 2001). Miñana recoge la tesis de Claparède de que en el ámbito de la empresa hay dos cuestiones psicológicas netamente distinguidas: las relativas a la producción y las que atañen a la comercialización. Y se va a ocupar en concreto de lo relativo al «factor humano», que ya la obra de Taylor y la organización científica del trabajo habían traído a primer plano de la reflexión.

Para él, la situación social tras la I Guerra Mundial había mostrado la necesidad de organizar el trabajo de modo humano, y de emplear para ello las técnicas psicológicas que se han mostrado bien eficaces. Distingue ahí dos tareas: la de orientación (dadas las aptitudes de un sujeto, recomendarle el puesto más conveniente), y la de selección (elección del más apto para un puesto dado), aunque siempre teniendo a la vista la circunstancia social.

Su información acerca de la situación de este campo es muy amplia, y se extiende a las principales naciones occidentales; parece haber dispuesto en muchos casos de materiales de primera mano, que habría recogido directamente de muchos de sus protagonistas: Lipmann, Piorkowski, Ruiz Castellá, etcétera.

En relación con el consejo psicológico orientador, concluye que no puede implicar necesidad ni forzosidad, sino que ha de ser información y guía para el trabajador. Además, debe incluir no sólo el estudio de aptitudes, sino datos sobre el futuro próximo de cada oficio en el marco social.

Miñana es sumamente crítico con la práctica española. Cree que la política parece alterar los procesos de selección, y que el parentesco y la amistad se sobreponen a las habilidades y aptitudes a la hora de elegir un candidato. Entre nosotros, dice, llegado el caso, podría ocurrir que encontrásemos «naturalísimo encargar a un sordo funciones telefónicas o taquigráficas o encomendar la jefatura de una sección de dactilógrafos a un analfabeto» (íd., 116). La razón, a su juicio, reside en el tribalismo nacional, que hace que los intereses de grupo o de partido estén por encima de los valores de competencia y de capacidad. Por eso dice, con una expresión que parece muy propia del 98, que «en España [...] se eliminan los aptos y se elevan los ineptos durante siglos». Sólo le cabe un consuelo, y es que la vitalidad del país parece que se ha sobrepuesto a tan tremendo método de «selección del revés», de modo que después de siglos todavía se mantiene (íd., 122-123). Esa crítica, sin duda, ponía el dedo en una llaga bien notoria de la vida social de nuestro país. En él, los lazos de proximidad personal han tenido muchas veces pesos decisorios para la selección en empleos y colaboraciones.

Por esas mismas fechas rondaba en el ambiente la preocupación por dar forma a la formación profesional e industrial. Un profesor de Escuela Normal, Rodolfo Tomás y Samper (1889-1977), interesado por los temas de orientación y selección desde sus días de estudiante en la Escuela superior del Magisterio, reunió en un pequeño volumen, La orientación profesional y la enseñanza profesional (1924), mucha información histórica y temática acerca del proceso orientador, aptitudes y profesiones, y breves notas sobre test, defendiendo la formación profesional, como camino para dar cauce a las inquietudes existentes sobre la mejor vía para llevar a los jóvenes hacia la vida laboral.

Encontramos luego una visión distinta, más desde la filosofía que desde la práctica, de la pluma del catedrático Lucio Gil Fagoaga, quien hizo del asunto el tema de su discurso académico de apertura de curso en la Universidad de Madrid en 1929.

Gil Fagoaga (1896-1989) era catedrático de Psicología Superior en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid. Lo fue, precisamente, de 1923 a 1966. En su trabajo presentó un amplio ensayo sobre La selección profesional de los estudiantes. Allí ofrece su personal clasificación sobre profesiones, además, revisó los métodos psicotécnicos empleados en exámenes de individuos y dio ideas sobre organización científica del trabajo, como marco para considerar los resultados obtenidos en la selección de candidatos.

Fagoaga se siente muy orgulloso de su clasificación de profesiones, porque estaría fundada en principios teóricos, y no en un puro empirismo. En efecto, la vino a basar en lo que consideraba tres grandes dimensiones de la vida psíquica, cada una con otras tres facultades: la dimensión «centrípeta» (relativa a percepciones, recuerdos y sentimientos, con los el mundo afecta al sujeto); la «centrífuga» o productiva (deseo, subconciencia, moralidad) y la dimensión «asociativa» (procesos de pensamiento, o sea, concepto, juicio y raciocinio) (Gil Fagoaga, 1929: 50). Con ello creía sistematizar una serie completa de posibilidades, «desde el hombre máquina hasta el grande hombre».

A su juicio, se habría de correlacionar los tipos de «conciencias» con los tipos de profesiones. Siguiendo con su procedimiento, distingue cuatro tipos de profesiones, que llama «mecánicas», «especializadas», «conexivas» e «integrales». Considera profesiones mecánicas aquellas donde predominan los factores anatómicos y fisiológicos más que los estrictamente psicológicos. En las profesiones especializadas, estaría en su base una sola de las nueve facultades psíquicas que forman el psiquismo humano. Las profesiones conexivas ya se apoyan en toda una dimensión, y así podrán ser cognoscitivas, pensativas o volitivas, dependiendo de que en cada una domine el trío de facultades correspondiente a cada una de las tres dimensiones. Dentro de las que llamó profesiones integrales, que activan todas las facultades, vendría a situarse la persona del humanista o grande hombre (íd., 52). De esta manera, creía establecer un sistema que venía a estar basado en las «principales capacidades psíquicas implicadas en cada profesión» (íd., 57).

En el conjunto de las llamadas «conexivas» colocó las profesiones liberales; en las cognoscitivas situó actividades como la de médico y la de historiador, entre otras; en las pensativas, al jurista, al matemático y al filósofo; y entre las volitivas, al político, al sacerdote y al militar, junto a algunas otras figuras. El estudio de los exámenes de aptitudes lo llevó a cabo revisando los test en uso más conocidos entonces, prestando atención especial a las ideas del ruso G. Rossolimo en su elaboración de los «perfiles individuales» para la representación del conjunto de características psíquicas del individuo.

En definitiva, su discurso afirmaba en el ámbito académico madrileño que la selección profesional «no sólo es posible científicamente, sino que dispone ya de una técnica segura»; que en ella se hace concordar «los psicogramas de los estudiantes y los psicogramas de las profesiones», y que tal proceder de selección estaba exigido por la complejidad de la sociedad (íd., 144).

Pero para Fagoaga, la selección y orientación no deberían desligarse de la educación. «La educación pretende hacer héroes; la selección los busca ya hechos. Aquella pretende forjar; esta, sólo descubrir.» La cuestión, pues, radica en el escalón previo, en la educación. Se trata de combinar utilidad social y utilidad personal. «El inepto naturalmente para un oficio, lo será a perpetuidad, y no por compasión hacia el inepto hemos de cerrar el camino al competente.» Por otro lado, dice, «el débil [...] no lo es en absoluto y, suficientemente seleccionado, podrá llenar algún oficio en primera fila. Y además, y sobre todo, el rendimiento social [...] extiende sus beneficios sobre todos» (íd., 182-3). De manera que se tratará de combinar la visión humanitaria con el aprovechamiento oportuno del capital humano de que un país puede disponer. Ciencia y sentimentalismo, en tal caso, no deberían mezclarse.

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