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Capýtulo 2:

 La psicología aplicada a empresas y organizaciones

La psicología aplicada a empresas y organizaciones

La ciencia de la mente por fuerza comenzó ciñéndose a aquellas con las que sin duda contaba: la del ser humano y, muy pronto, también la del animal. Los positivistas, comenzando por Augusto Comte (1798-1857), ya habían advertido el enorme condicionamiento que la sociedad impone a las mentes individuales. Incluso habían reconocido la naturaleza propia, irreducible, de la sociedad como una realidad que tenía sus leyes propias y exigía su ciencia específica, la Sociología. El orden y progreso de las sociedades estaba en gran medida determinado por la mentalidad colectiva que en ellas se hubiera impuesto. Y, según su criterio, muy pocas habían alcanzado a lograr la forma «positiva», científica; muchas padecían una confusión: pequeñas minorías de mente positiva convivían con otras aún instaladas en un nivel «teológico» o «metafísico» ya superados.

En 1877, Herbert Spencer (1820-1903) inició la publicación de sus Principios de Sociología, donde afirmaba con toda energía la condición de cosa, de entidad, que poseía una sociedad. Más aún, se concebía como un organismo, y como tal, su estructura se iba complicando, sus funciones se diferenciaban, y sus partes se interrelacionaban, dependiendo unas de otras como partes de un todo (Vela, 1947).

La Sociología pronto comprendió que las necesidades del individuo encuentran formas colectivas de resolución, y que estas se consolidan en hábitos y costumbres, y generan modos igualmente colectivos de comprensión y creencia. Los primeros psicólogos también advirtieron la importancia de los sentimientos y voluntades colectivas a la hora de condicionar las decisiones y las convicciones de las mentes individuales. Wundt, en su Psicología de los pueblos, no dudó en admitir que las mentes individuales pensaban y sentían según modos que venían condicionados por la realidad social del «pueblo» (Volk) en que aquellas se desarrollaban. Y dentro de esa idea de «pueblo» incluyó no sólo a las naciones, sino a los grupos, las estirpes, las clases y familias, realidades colectivas de varios niveles de volumen e importancia.

Junto a la convicción académica que veía en la sociedad un factor fundamental y determinante de las mentes individuales, como ya afirmara Comte, surgió otra política, que hacía depender la conciencia de las relaciones de trabajo y producción. La idea de Karl Marx (1818-1883) de que la conciencia del individuo es resultado de su clase social, y de su condición económica, era más que una teoría; era un instrumento de movilización social. Sólo una correcta posición con respecto a los bienes productivos posibilitaba una recta conciencia y un ajuste racional con el mundo. Y eso, para grandes masas humanas, era un ideal imposible de alcanzar sin la ayuda de la revolución.

La revolución industrial que se produjo desde mediados del siglo XIX alteró hondamente la estructura de las sociedades de Occidente. La población creció rápidamente, las desigualdades económicas siguieron un proceso análogo, y las tensiones entre grupos dentro de sociedades instaladas en el «nuevo régimen» de democracia y soberanía popular se incrementaron, al promover algunos de ellos la «lucha de clases» como camino hacia una sociedad más justa y racional. Se fueron estrechando las relaciones entre naciones, mientras que «la producción mundial industrial se multiplicó no menos que por seis entre 1860 y 1913, y el valor del comercio mundial se multiplicó por doce entre 1851 y 1913» (Stavrianos, 1991: 596). La ciencia, y sobre todo la técnica fundada en ella, transformó el mundo, aunque tal vez al precio de un cambio en las sociedades occidentales, con la aparición de «hombres-masa», cuya personalidad, un tanto ególatra, y sin conciencia de las responsabilidades que el progreso exige, ha marcado a juicio de Ortega y Gasset la mentalidad dominante en los movimientos antidemocráticos del siglo XX (Ortega, 1930).

En todo caso, la revolución industrial ha marcado la vida del siglo XX. Las sociedades occidentales han desarrollado técnicas cada vez más potentes, que han hecho del mundo una realidad artificial, superpuesta y con frecuencia ocultadora de la pura naturaleza en que antes había estado instalada la vida del ser humano.

El mundo tecnológico, frecuentemente deshumanizado, lleno de tensiones sociales, regido por valores económicos y admirador de la ciencia, vio en la nueva Psicología un instrumento capaz de influir y modular las tensiones y los conflictos surgidos con frecuencia en las relaciones entre individuos y grupos.

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