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Capítulo 4:

 Inconsciente. Normas de funcionamiento (Psicoanálisis)

1.4. Inconsciente: normas de funcionamiento

Al punto de vista tópico, antes mencionado, le añadiremos ahora el dinámico o funcional. Es decir, imaginaremos el inconsciente como un sistema que posee unas determinadas reglas de juego y que se relaciona de un modo especial con las otras partes de la mente o la personalidad.

Al principio de su obra Freud puso el inconsciente en relación con otros dos sistemas mentales: el preconsciente y el consciente. Entendía por preconsciente aquel sistema que abarca contenidos psíquicos que no se encuentran habitualmente en el campo de la consciencia pero que pueden pasar fácilmente a ella. Un ejemplo de algo preconsciente lo vemos cuando nos esforzamos por recordar un número de teléfono y al final somos capaces de obtenerlo de nuestro almacén de memoria. El paso de lo inconsciente a lo consciente, obviamente, no es tan sencillo. Entre ambos sistemas, decía Freud, opera la censura. La censura vendría a ser una defensa, una operación para que no llegue un exceso de tensión al consciente. De ahí que lo inconsciente se nos haga presente de un modo deformado, tal como explicamos anteriormente, a través, entre otras vías, de los sueños. Freud consideraba que la misión del psicoanálisis era hacer consciente lo inconsciente.

Pero más importante que todo esto es reseñar que el inconsciente funciona según lo que Freud dio en bautizar como principio del placer. Un principio que, de algún modo, se contrapone al principio de realidad. Nos explicamos.

De acuerdo con Freud, el inconsciente y su contenido funcionan, es decir, interactúan, con el resto de las estructuras mentales de la personalidad y con la realidad, en función de dos principios que son complementarios. El principio del placer y el principio de realidad. Lo que equivale a decir que lo hacen según el proceso primario y el proceso secundario. No podemos entrar ahora en el discurrir teórico a través del cual Freud llegó, en diferentes momentos de su obra, a formular estos principios. Digamos tan sólo que fue el estudio de los trastornos psicológicos y los sueños, primero, y de la psicología infantil, más adelante, lo que le permitió proponer esta especie de leyes del funcionamiento mental.

El proceso primario, que caracteriza al sistema inconsciente, funciona según un sistema muy primitivo, en el que no se distingue muy bien la percepción del pensamiento y, además, en este último, el sentido se desliza de una idea a otra sin apenas cortapisas.

Mediante este proceso, una misma idea puede representar muchas cosas de la realidad –a esto se le llama condensación–, o bien una idea o una imagen poco relevantes pueden tener para el sujeto un valor afectivo enorme, o viceversa –a esto se le llama desplazamiento–. Aquí imperan más las emociones y las impresiones sensoriales que otra cosa. Un sujeto que se siente convencido de que es muy poderoso porque conduce un coche potente ilustraría esta forma de discurrir mental.

El proceso secundario funciona, al contrario, mediante los mecanismos de la razón. Aquí operan el razonamiento, la atención, el juicio y la acción controlada. Lo importante no son las sensaciones o las impresiones sensoriales, sino las palabras que a ellas puedan asociarse y la discriminación consciente que se aplica a lo experimentado.

El principio del placer es aquel por el cual el sujeto, o, mejor dicho, sus impulsos básicos, buscaría descarga y satisfacción inmediata sin parar mientes en los obstáculos para ello. Es una forma de obrar muy infantil, ya que deriva fundamentalmente de esta etapa de la vida, en la que las necesidades son muy imperiosas y se tratan de satisfacer a toda costa. La idea de espera o demora no existe: lo quiero y lo quiero ya es su lema. Si funcionáramos únicamente regidos por este principio, seríamos egoístas e individualistas al máximo, no tendríamos en cuenta las necesidades de los demás, ni los impedimentos éticos, legales o de cualquier otra índole. El principio del placer opera mediante el proceso primario. Por ejemplo, el individuo del coche antes citado obtendría una gran satisfacción al adelantar a otros conductores con vehículos más corrientes, incluso infringiendo las normas de circulación. He aquí el placer y lo primario, en tanto que se trata de una vivencia proveniente de una acción con gran carga sensorial y ejecutada sin plantearse nada más allá de la misma acción, sensación y satisfacción. Hoy día diríamos «sin poder pensar».6

Poco a poco la maduración neurológica, el contacto con el entorno, la educación y la adquisición del lenguaje van configurando el principio de realidad, complementario del anterior. Se trata de un proceder ajustado a la realidad externa, al juicio, a las consideraciones que el entorno nos impone de cara a nuestros deseos. Es un principio que permite adaptarnos al mundo en el que vivimos y relacionarnos con los demás, y con nosotros mismos, de un modo eficaz y efectivo. Cuando surge una necesidad y es adecuadamente tramitada por el principio de realidad, podemos esperar, trabajar para conseguir satisfacerla, disfrutarla sin perjudicar a nadie, etcétera. En estas acciones manda el proceso secundario. Siguiendo con el ejemplo anterior, aquí veríamos a una persona que puede disfrutar de conducir un buen coche sin que ello implique confundir el poderío del vehículo con el propio –proceso secundario–, ni mostrar una conducta impulsiva o irreflexiva con respecto a los demás y las regulaciones del tráfico–principio de realidad.

Como decíamos antes, el inconsciente y sus contenidos funcionan a partir del proceso primario y del principio del placer. Dicho de una manera más llana: dentro de todos nosotros coexisten diversas formas de obrar; unas, adultas y adaptadas, y otras, infantiles e impetuosas. Ambas, insistimos, están en el interior de cada uno de nosotros, en tanto en cuanto todos hemos sido niños y hemos pasado muchos trechos de nuestra vida, aunque nos sean imposibles de recordar, funcionando a partir del principio del placer. Y eso, como ya hemos dejado apuntado, deja huella.

Hasta aquí las cuestiones más troncales vinculadas con el inconsciente. Recuerda, no obstante, que cuando hablábamos de su contenido hemos dejado algunas nociones por desarrollar. No las he olvidado. Un olvido aquí sería imperdonable, ya sabes, quizá tuviera algún sentido..., pero no es el caso.

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6Que a este principio se le llame del placer no significa que de su acción siempre se derive un placer –en el sentido de bienestar o gusto– para el individuo. A veces, de su acción resulta un sufrimiento enorme, por ejemplo, cuando un paciente se autolesiona. Más adelante insistiremos en este aspecto.

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