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Capýtulo 8:

 Energía de la personalidad (psicoanálisis). Amor y odio (2/2)

Así que, en un célebre, complejo y controvertido artículo titulado Más allá del principio del placer (1920), Freud formuló el concepto de Thanatos,11 la pulsión que describe nuestra agresividad. No tanto a la agresividad saludable, aquella que sirve, por ejemplo, para defendernos, sino a la de tipo más destructivo e irracional. Un impulso que puede, según cómo, buscar la aniquilación física, psicológica o moral de los otros, o, incluso, de uno mismo. Es el empuje del que surgen las tendencias a dominar, esclavizar, invadir, dañar y demás perlas de la conducta humana. Se lo suele conocer como instinto de muerte. En una palabra también: odio.

Este concepto es uno de los más discutidos y discutibles de toda la teoría psicoanalítica. En primer lugar, porque, al igual que Eros, parte de una visión un tanto física –en tanto que energética– del psiquismo. Y, en segundo lugar, porque la idea de la existencia de un instinto de muerte es indemostrable en sí misma.

Se justifica en un argumento circular: destruimos a partir de su acción y existe porque destruimos. Tampoco es que la idea sea muy útil para la clínica de los trastornos psicológicos. A resultas de todas estas dificultades epistemológicas hay psicoanalistas que lo rechazan de plano y otros que no.

En todo caso, una cosa parece clara: a lo largo de la historia de la humanidad se han ido repitiendo diversas constantes (Attali, 2006), y, sin duda, una de ellas es la imperecedera dinámica organizada en torno a la construcción y a la destrucción. Como especie hemos sido capaces de los más espectaculares avances tanto en la medicina como en la fabricación de armas; tanto en el desarrollo cultural como en la devastación ambiental; tanto en la solidaridad con los necesitados como en la humillación de los más débiles. Creamos la ONU, pero antes construimos Auschwitz. Somos, simultáneamente, campeones de la paz y del progreso, pero también príncipes de la guerra y la barbarie.

Y se da, o se puede dar, cómo no, el equivalente de todo lo descrito a nivel individual. La persona más centrada del mundo puede, en un momento determinado, mostrarse agresivo, cruel o desconsiderado. Y, en casos extremos, hay quienes parecen vivir en una espiral constante de demolición propia o ajena. Asesinos, maltratadores, violadores, mafiosos, toxicómanos, pederastas, dictadores, torturadores, sádicos, masoquistas, entre muchos otros.

¿Cómo negar, ante tanta evidencia, la existencia de un factor destructivo y otro constructivo en el ser humano? Lo cierto es que nos resulta indiferente si todo ello se debe o no a un instinto, a un impulso, a un Eros o a un Thanatos. Lo que más nos importa, y que nos queda como legado freudiano, es el saber de la presencia de ambas tendencias en el interior de cada cual. Lo que nos interesa es poder ver qué predomina en cada uno de nosotros. Y, si es el caso, ver cómo podemos ayudar a aquellos en los que parece regir una querencia a la mala vida y a la desgracia, personas en las que el odio, a menudo, se impone al amor y no al revés, como suele ser, por fortuna, lo habitual.

Hoy día los psicoanalistas ven la destructividad no tanto como un producto de un instinto, sino como resultado de las frustraciones en las relaciones con los otros (Sáinz, 1999). Aunque siempre habrá quien sostenga, incluidos algunos psicoanalistas, que todo esto de la agresividad y la pulsión de muerte es una cuestión de orden genético. Esto puede ser verdad, pero no es toda la verdad. Los etólogos hace años que nos muestran cómo muchos factores innatos pueden ser modelados por el entorno (Alonso, 1991). Así, por ejemplo, si crías de ratón provenientes de cepas calificadas de muy agresivas son cuidadas por mamás ratonas de cepas no agresivas, estas crías disminuyen su agresividad de modo muy notable, y viceversa. Pero no hace falta recurrir a la ciencia para darse cuenta de que lo genético aquí no pesa mucho. Con un poco de sentido común nos bastará para entender que entre los habitantes de Suiza y los de Somalia no hay variación genética alguna que explique el diferente gradiente de agresividad que se da en el interior de ambos países. No hace falta ser sociólogo para entender que las condiciones de vida de unos y otros tienen mucho que ver con el nivel de hostilidad que se exhibe en Berna y en Mogadiscio.

Hay muchas investigaciones que demuestran la enorme ascendencia del entorno, de la crianza, de las condiciones socioeconómicas y demás variables ambientales en la estructuración de la personalidad. Estudios que relatan que lo familiar y lo social influyen muchísimo en el modo en el que cada uno de nosotros reparte sus bríos entre las dos pulsiones mencionadas. O dicho de otro modo: en si en la vida de cada cual prevalece el amor o el odio.

La idea de la mayoría de los psicoanalistas, para ir terminando este apartado, es, muy resumidamente, la siguiente: si en nuestra vida, sobre todo de pequeños, hemos recibido suficiente amor, lo que predominará en nuestro interior será el impulso amoroso. Si nuestro amor, por incipiente que sea, ha sido bien recibido y validado por los padres; si se nos ha hecho sentir que nuestro amor servía para amar, entonces podremos saber que tenemos cosas buenas para dar. Seremos bastante capaces de querernos y de querer. Si, por el contrario, hemos tenido la desgracia de tener que cargar con un exceso de frustración, abandono, maltrato, desidia o indiferencia, es muy probable que, a su vez, acabemos más dominados por el odio que por el amor. Nos resultará difícil querer, confiar y aceptar el cariño que de los otros, a posteriori, pueda llegarnos. Como dice un gran psicoanalista de por aquí, «el narcisismo y el altruismo crecen y se instalan según sea la experiencia habida con los demás» (Armengol, 1999).

Vengo a decirte, aunque ya habrás reparado en ello, que el aliento vital, la energía motriz, la fuerza de las pulsiones, ponle el nombre que más te guste, proviene en parte del hecho de estar vivo, pero que es muy sensible al trato que recibimos. Tan sensible que, cuando somos pequeños, no sobreviviríamos sin apoyo externo; ni, probablemente, tampoco cuando somos mayores. El gusto por la vida lo vamos adquiriendo a medida que nos ayudan a vivir, a medida que somos queridos. Los niños no queridos, ya lo sabrás, suelen estar enfermos más a menudo que los niños bien amados (Ferenczi, 1929). Aunque siempre habrá notables excepciones, porque no estamos hablando de una ciencia exacta, el amor suele generar amor y bienestar, y el odio genera odio y sufrimiento. Así de simple, así de complejo.

Conclusión: el alimento de la mente, su fuente de energía, son las relaciones interpersonales. Ésta es la concepción psicoanalítica que sostenemos en la actualidad. De la cantidad, pero sobre todo de la calidad de estas relaciones dependerá gran parte de nuestra esencia personal, de nuestra manera de ser y estar en el mundo, en definitiva, gran parte de nuestra personalidad.

Es por ello que, en el capítulo próximo, hemos de hablar de la importancia de la vida infantil y de cómo contempla el desarrollo del psiquismo infantil la teoría psicoanalítica.

Antes, y para no perder la costumbre, te prepararé un breve resumen del capítulo y te recomendaré alguna lectura, ¡por si acaso tu Eros lector esta ávido de más satisfacciones!

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11Aunque en realidad él no usó este nombre nunca; la comunidad psicoanalítica, sin embargo, lo adoptó como sinónimo de pulsión de muerte.

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