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Próspera vida con Feng Shui

Autor: JOANA LLAVATA PONS
Curso: 5/5 5/5 (16 opiniones) |14872 alumnos|Fecha publicación: 30/06/2005
Capítulos del curso

Capítulo 8:

 Despejar tu entorno I

La energía que fluye dentro del espacio vital de algunas personas está obstruida, o circula tan lentamente que es necesario liberarla y acelerar su movimiento. En este caso, el primer paso consiste en crear un espacio «racionalizado», es decir, organizado de tal modo que sea más simple y eficiente.

Otra posibilidad es que la energía del espacio vital se mueva con de­masiada rapidez o se pierda, de modo que hay que tomar medidas para contenerla y disminuir la velocidad de su flujo.

También puede que algún sector del espacio falte o sea insuficien­te; por tanto, habrá que crearlo o agrandarlo.

Existen diversas «curas» de Feng Shui, destinadas a acelerar o dis­minuir la velocidad, evitar la dispersión, concentrar o contener el flujo.

En un espacio armonizado los objetos están ubicados de tal ma­nera que puedes moverte con naturalidad y cambiar rápidamente de di­rección.

Todas las cosas tienen su propia vibración, su propia señal energética de identificación. Para que la energía se mueva, es necesario tanto un espa­cio libre como la existencia de objetos en el camino.

A mayor cantidad de objetos, a mayor desorden y menor espacio disponible, más se ralentiza­rá la energía, hasta estancarse y finalmente quedar detenida.

¿Nunca co­locaste un objeto en un sitio y un par de semanas después descubriste que había un montón de cosas encima? Es otra variante del tema de que lo se­mejante atrae a lo semejante.

Cuantos más objetos poseemos, mayor es la energía que consumimos para conservarlos. Utilizamos energía para limpiarlos, para tener un techo donde estén cuidados y protegidos, y para asegurarlos contra posibles da­ños o pérdidas.

Si superan una cantidad razonable, nuestras posesiones crean retrasos, consumen nuestra energía o crean un desvío.

Un desvío que tiene la astucia suficiente para alejarnos de nuestro verdadero sende­ro, esto es, del objetivo de nuestra existencia. A partir de la creación de líneas nítidas y de poco o nada de desorden podemos movernos con rapi­dez, detenemos en un cruce y cambiar de dirección sin perder ni el rumbo ni el equilibrio.

Deshacernos de aquellos objetos que ya no nos alegran el corazón es como liberamos de una pesada carga que hemos transportado hasta ese momento, o como tirar lastre por la borda. Tenemos un espacio más amplio y podemos movernos con mayor facilidad.

Poner orden en nuestro espacio no es algo que solemos hacer con placer o frecuentemente. Nos resistimos a tener mayor libertad y mayor flujo.

En la vida, suele ser necesario un detonante para que nos demos cuenta de que poseemos demasiadas cosas a las que hay que quitarles el polvo, además de tenerlas aseguradas.

¿Cuál sería este detonante? Quizás una relación o un trabajo que terminan mal, o un objeto valioso que se rompe. O alguien, por ejemplo tú, que se enferma gravemente.

Son lla­madas al orden, para eliminar los restos del pasado que bloquean el flujo dentro de nuestro espacio y de nuestras vidas.

Desorden. La energía que está a la espera para moverse, está en realidad estancada.

Las cosas que guardas «para algún día» suelen ser las que in­vaden tu espacio. ¿Cómo sabrás que ese «algún día» se anuncia? ¿Sonará una trompeta, o escucharás un trueno?

La energía estancada debe liberar­se para que fluya nuevamente. Ordenar tu espacio también ordena tu mente. Puedes, literalmente, ver con mayor claridad. Tener mayor espa­cio libre implica tener mayores opciones para moverse y reflexionar so­bre otras maneras de hacer las cosas.

Muchas personas se aferran a los objetos materiales, y también a sus emociones, conteniéndolas. Este aferrarse a las cosas supone la existencia de una vibración particular que impide la circulación del flujo de energía.

Deshacerse de un «tesoro» guardado largo tiempo también implica des­hacerse de las emociones que despierta. Por regla general, se trata de la tristeza y del miedo. La mayoría vive preocupada por el miedo y la pérdi­da, lo que expresan con un «¿y si un día lo necesito y ya no lo tengo?».

Asociamos el objeto con la situación y la persona que nos lo dio. Si somos receptivos y fluimos acompañando a las emociones que esta per­sona despierta, podremos agradecerle el regalo, aceptar que ya no nos interesa guardarlo, quizá devolvérselo, o dárselo a un pariente o a otro amigo y desprendemos de él.

También podemos enviarlo a alguna orga­nización solidaria. Cuando nuestra energía emocional no fluye, dar cual­quiera de estos pasos suele constituir un desafío.

Si la persona que nos lo regaló no está ya a nuestro lado, puede que lo conservemos para recor­darla aun si el objeto en cuestión no nos interesa. El desorden va siempre acompañado de emociones estancadas.

Capítulo siguiente - Despejar tu entorno II
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