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Primera Guerra Mundial. Revolución Rusa

Autor: Abraham Omonte Rivero
Curso:
8,50/10 (2 opiniones) |129 alumnos|Fecha publicaciýn: 03/06/2011
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Capýtulo 4:

 Primera Guerra Mundial. Antecedentes (3/4)

Empero, convendría distinguir entre la religiosidad urbana y la campesina, pues mientras la primera se caracterizaba por ser una religiosidad letrada, y que por tanto podía ser adoctrinada en términos de semejantes, la segunda estaba imbuida por un recelo del campesino hacia los sacerdotes ortodoxos. Orlando Figes señala al respecto: ―Al ser analfabeto, el campesino corriente conocía muy poco de los evangelios. El Padrenuestro y los Diez Mandamientos le resultaban desconocidos. Pero comprendía vagamente los conceptos de cielo e infierno, y sin duda esperaba que la observación a lo largo de su vida de los rituales de la Iglesia de alguna manera salvaría su alma. Concebía a Dios como un ser humano real, no como un espíritu abstracto […] El icono era el centro de la fe del campesino. Seguía las historias de la Biblia a partir de los iconos que había en su iglesia y creía que éstos tenían poderes mágicos. El rincón en la cabaña del campesino donde colocaba el icono de la familia era, como la estufa, un lugar santo. Proporcionaba albergue a las almas de sus antepasados fallecidos y protegía la casa de los malos espíritus […] Sin embargo, como Belinsky señaló a Gogol, el campesino también encontró otro uso para este objeto sagrado. Dice del icono: ‗sirve para rezar y también se pueden tapar con él cazuelas‘.‖7

El tema de la religiosidad es amplio y complejo. Lejos de la oposición condenación/salvación que se constituyen en el eje central de los discursos religiosos occidentales, presentes en gran parte de Europa y América, está el hecho de ser una constante en la vida cotidiana de las personas, pero no sólo a un nivel espiritual, sino también mundano. Así, la parte final de la cita de Figes alerta sobre la forma en que se veía un objeto considerado sagrado dentro de la sociedad rusa. El icono era simplemente la imagen de Jesús, María o cualquier santo del cristianismo. Efectuando un símil con las sociedades latinoamericanas (andinas o no), se observan situaciones difíciles de explicar aunque fáciles de describir. Así, se tienen los casos de curanderos y hechiceros (la diferenciación de las categorías no son de interés para este estudio) que entre otros artículos propios de su actividad tienen biblias. Es decir, al lado de las ranas disecadas, hojas resecas de diversas plantas, huevos podridos y otros artilugios, se encuentra uno de los símbolos más importantes de la religiosidad cristiana. Cristianismo-paganismo coexisten en muchos rincones del mundo, y los actos de los seres humanos respecto a los símbolos de ambas formas de ver el mundo se hace difícil de entender, salvo que exista la predisposición a aceptar que un individuo puede valorar dos objetos símbolo de visiones opuestas, situación que podría ser considerada incluso herética, para sustentar sus creencias, para hacerlas concretas en un mundo concreto. Asimismo, el hecho de que un campesino ruso utilice un icono como tapa de la cacerola dice mucho sobre el deseo de hacer de su religiosidad algo útil para su existencia cotidiana.

La religión es una institución concreta, formada por hombres, mujeres, edificaciones y relaciones entre sacerdotes y fieles, pero su base es abstracta, inmaterial. Para conectar unos y otros, son necesarios los símbolos, que no son otra cosa que objetos materiales que reflejan el mundo de las ideas, como las personas consideran o imaginan que deben ser los seres que habitan el mundo inmaterial. El valor que se le asigna a cada símbolo dentro de una cultura puede diferir diametralmente de una cultura a otra. Así, tenemos en varias culturas andinas la presencia del ―Tiu‖ (mal llamado ―tío‖), imagen similar al Satanás del imaginario colectivo cristiano, que para el hombre de los Andes representa protección, un espíritu que habita las profundidades y el que, de llevar un buen diálogo, una buena confraternización y relación, está dispuesto a ayudar. Por ello, no resulta extraño encontrar en los socavones mineros la imagen cornuda con ofrendas de coca y alcohol. Son los mismos mineros que los días domingos van a misa, rinden culto a las diferentes imágenes católicas, como una forma de extensión de la Colonia y las tradiciones heredadas de la presencia española, un tributo que no se termina por la simple razón de que al andino no le interesa terminarla, ya que pudo adaptarse sin sucumbir a estas tradiciones que no eran suyas, para luego hacerlas suyas, darles un nuevo sentido de acuerdo a sus valores. Un caso sobre el que vengo especulando desde años atrás es el de la imagen de la virgen María morena, muy diferente en su configuración a la rubia de ojos azules, delgada y muy pulcra que nos presenta la tradición católica europea, y que todavía se halla en los templos heredados de la Colonia. Examinando cuidadosamente las pinturas en las que los artistas locales y nativos plasman su versión de ―la madre de Dios‖, se puede apreciar la forma cónica que tienen varias de estas imágenes, cual cerros elevados y el color tierra de las facciones físicas de la mujer que se constituye en el tema – objeto central del cuadro. También en este mismo sentido, según las fuentes consultadas sobre la revolución rusa, la cruz también es un símbolo dentro de la iglesia ortodoxa oriental, pero que muchas veces el campesino simplemente no entiende.

Ese fue el contexto general en el que germina la revolución rusa, pero fue la guerra ruso-japonesa la que encendió la primera chispa de la rebelión contra el zarismo ruso en el siglo XX, acelerando la politización de los sectores más importantes de la población rusa. León Trotsky señala sobre el particular: ―Los acontecimientos de 1905 fueron el prólogo de las dos revoluciones de 1917: la de Febrero y la de Octubre. El prólogo contenía ya todos los elementos del drama, aunque éstos no se desarrollasen hasta el fin. La guerra ruso-japonesa hizo tambalearse al zarismo. La burguesía liberal se valió del movimiento de las masas para infundir un poco de miedo desde la oposición a la monarquía. Pero los obreros se emanciparon de la burguesía, organizándose aparte de ella y frente a ella en los soviets, creados entonces por vez primera. Los campesinos se levantaron, al grito de «¡tierra!», en toda la gigantesca extensión del país. Los elementos revolucionarios del ejército sentíanse atraídos, tanto como los campesinos, por los soviets, que, en el momento álgido de la revolución, disputaron abiertamente el poder a la monarquía‖.8

7 FIGES, Orlando: Op. Cit, Pág. 102-103.
8 TROTSKY, León: Op. Cit., Pág. 19. 9 Ídem

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