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Primera Guerra Mundial. Revolución Rusa

Autor: Abraham Omonte Rivero
Curso:
8,50/10 (2 opiniones) |129 alumnos|Fecha publicaciýn: 03/06/2011
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Capýtulo 3:

 Primera Guerra Mundial. Antecedentes (2/4)

Este período debe ser entendido como uno de reformas o intentos de reforma. En el caso referido, el zar buscaba devolver el equilibrio a las finanzas de su propia clase social, los grandes aunque improductivos terratenientes, la élite gobernante rusa, de ninguna forma el propósito fue liberar a los siervos de su condición por una suerte de conciencia cristiana ni nada parecido. El haber llegado a situaciones de insostenibilidad para una clase social completa sólo puede ser atribuido al desinterés con que vivía esa misma clase social. Figes afirma sobre el particular: ―La antigua economía servil rusa nunca había tenido como finalidad, en términos generales, la de conseguir beneficios. Los nobles obtenían prestigio (y en ocasiones, un puesto elevado) por el número de siervos que poseían […] y por la ostentación de sus mansiones señoriales más que por el éxito de sus explotaciones. La mayoría de las posesiones señoriales eran labradas por siervos que disponían de los mismos instrumentos y métodos primitivos que utilizaban en sus propios huertos domésticos. Muchos de los caballeros gastaban los reducidos ingresos de sus posesiones en los costosos lujos importados de Europa en lugar de invertirlos en sus posesiones agrarias. Pocos parece que llegaran a comprender que los ingresos no eran lo mismo que los beneficios‖.4 Buscando una similitud en el contexto latinoamericano, hallamos en el ensayo del boliviano Alcides Arguedas la siguiente referencia a un anuncio pagado en un periódico local: ―Alquilo pongo con taquia pueblo enfermo‖, aclarándose que la taquia era la bosta utilizada como fertilizante natural. En esta analogía se observa una afinidad de pensamiento entre los terratenientes rusos y los latinoamericanos, que consideraban parte de su feudo a los campesinos que laboraban las tierras de los denominados ―señores‖. La misma palabra ―señor‖ tenía una connotación mucho más fuerte que la otorgada en los tiempos actuales, e implicaba reconocer en otro la capacidad de decidir sobre la propia vida y de la familia.

Figes identifica esta etapa como el verdadero germen de la revolución rusa, al señalar: ―Resultaba lógico que el régimen zarista buscara basar su poder en las provincias con nobleza terrateniente, su aliado más cercano. Pero fue una estrategia peligrosa y el peligro fue creciendo a medida que pasaba el tiempo. La nobleza terrateniente se encontraba sometida a una fuerte decadencia económica durante los años de la depresión agrícola a finales del siglo XIX, y se estaba volviendo hacia los zemstvos para defender sus intereses locales agrarios contra la burocracia centralizadora e industrializante de San Petersburgo. En los años anteriores a 1905, esta resistencia se expresó fundamentalmente en términos liberales: era vista como la defensa de la ‗sociedad provincial‘, un término que ahora se utilizaba por primera vez y que conscientemente se ampliaba para incluir los intereses del campesinado. Este movimiento liberal de los zemstvos culminó en la petición política de mayor autonomía para el gobierno local, de un parlamento nacional y de una constitución. Aquí estuvo el inicio de la revolución: no en los movimientos socialistas o de los trabajadores sino (como en Francia en la penúltima década del siglo XVIII) en las aspiraciones del más antiguo aliado del régimen, la nobleza provincial‖.5

El período referido dio inicio a un masivo éxodo de los campesinos pobres a las principales ciudades, a la sazón San Petersburgo y Moscú. Este hecho se constituyó en una reforma importante, pero la sociedad demandaba más.

No deben confundirse los datos: el que Moscú poseyera un sector industrial no significa que la industrialización hubiera llegado con fuerza a Rusia. Eran pocas las fábricas existentes en el inmenso territorio ruso, e incluso en los años de la Gran Guerra (Primera Guerra Mundial), pues, según señala León Trotsky, ―en vísperas de la guerra, cuando la Rusia zarista había alcanzado el punto culminante de su bienestar, la parte alícuota de riqueza nacional que correspondía a cada habitante era ocho o diez veces inferior a la de los Estados Unidos, lo cual no tiene nada de sorprendente si se tiene en cuenta que las cuatro quintas partes de la población obrera de Rusia se concentraban en la agricultura, mientras que en los Estados Unidos, por cada persona ocupada en las labores agrícolas había 2,5 obreros industriales. Añádase a esto que en vísperas de la guerra Rusia tenía 0,4 kilómetros de líneas férreas por cada 100 kilómetros cuadrados, mientras que en Alemania la proporción era de 1,7 y de 7 en Austria-Hungría, y por el estilo, todos los demás coeficientes comparativos que pudiéramos mencionar‖.6

Esta comparación es necesaria para entender la situación general de Rusia. A esas cifras, se debe añadir las características psicológicas de la población, que veían en su soberano una especie de ―Enviado de Dios‖, sino una forma suya, e incluso él no dejaba de considerarse a sí mismo su único representante en la tierra. La mentalidad colectiva, por tanto, estaba más cerca de la cosmogonía egipcia que la correspondiente a una sociedad moderna. La religiosidad es otro eje de discusión sobre el que se podría tematizar, debido a la curiosa comunión entre la casa del Zar y la Iglesia Ortodoxa. La división entre el catolicismo romano y la ortodoxia griega, iniciado el segundo milenio (las perspectivas varían entre el 1054 y el 1204), significó el primer gran cisma del cristianismo, y las posiciones, con el transcurso de los siglos, se hicieron irreconciliables. Las diferencias entre una y otra iglesia son de compleja explicación, pero se puede señalar básicamente que tienen en común la tradición de adoración a Jesús y las imágenes heredadas de culturas paganas, a la vez de los Evangelios. También tienen en común su estrecho vínculo con los gobernantes, que no siempre fue una relación armónica, sino plagada de altas y bajas.

4 Ídem.
5 FIGES, Orlando, Op. Cit., pág. 82.
6 TROTSKY, León: Historia de la revolución rusa, Editorial veintisieteletras, Primera edición por la editorial: 2007, Madrid, España, Trad. Andreu Nin, año 2007, Págs. 17-18.

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