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Presencia vasca en Chile

Autor: Hugo Ricardo Aedo Vivar
Curso:
10/10 (1 opiniýn) |198 alumnos|Fecha publicaciýn: 28/06/2010
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Capýtulo 2:

 Primeros contactos de navegantes con soldados vascos

La presencia ibérica en Chile está inserta y reflejada en su nacionalidad, desde los orígenes mismos de esta Patria Americana.  Y de igual manera, la presencia de Eukal Herria o de las Vascongadas, como se acostumbraba decir en España.

Por eso, con mucha propiedad, aquí podemos decir que “somos en buena medida materia y espíritu que provinieron de la península Ibérica, de donde recibimos nombre, valores, costumbres, hábitos, tradición y señorío.

Aunque algunos escritos y antecedentes históricos parciales, señalan el año 1536 como el del Descubrimiento de Chile y del comienzo de su Conquista por España, en homenaje a la verdad histórica fue el  27 de Octubre de 1520 cuando la expedición española cumbre  de todas las expediciones jamás emprendidas, tomó por primera vez contacto con mares, territorios y cielos del país posteriormente llamado Chile.

La Armada que realizó tal hazaña la comandaba el hidalgo lusitano,  Capitán General don Fernao de Magelhaes, más adelante Hernando de Magallanes, que con cinco naves y 250 hombres acometía la empresa mas grande de la historia náutica mundial.

Inmediatamente de nombrado Magallanes Caballero de Santiago por el rey español   y emperador Carlos V, autorizada la expedición y solucionado el financiamiento de la magna empresa, él mismo se cuida del alistamiento de una tripulación entendida en los azares del mar. Es la más dura experiencia que ha de vivir Magallanes: ¡no hay manera de reunir los doscientos cincuenta  hombres indispensable !. Debe tomar lo que pudo hallar.

Stefan Zweig en su libro, “Magellan:Der Man und Seine Tat. (Magallanes: Primera Vuelta al Mundo, Viena 1938.- ISBN 956-226-0275), comenta así lo acontecido: “Así, pues, no es precisamente una guardia de honor, lo más granado de la juventud, el grupo de aventureros y harapientos que al fin se logra reunir. Abigarrada cuadrilla de toda raza y nación: españoles y negros, vascos y portugueses, alemanes, ingleses, chipriotas e italianos, todos ellos auténticos desesperados que venderían el alma al diablo; y se embarcarían por fin, de buena o mala gana, hacia Oriente u Occidente, con tal de cobrar algún dinero”.

El navío mayor entre la familia de carabelas que lleva Don Hernando es la San Antonio de ciento veinte toneladas, comandada por Juan de Cartagena; con diez toneladas menos, la Trinidad será la capitana, que elige para sí; siguen la Concepción de 90 toneladas, al mando de Gaspar Quezada, la Victoria, que al final hará honor a su nombre, capitaneada por  Luis de Mendoza, descendiente de familia originaria de Llodio, Biskaia, con cinco toneladas menos y la Santiago, de setenta y cinco toneladas, al mando de Joao Serrao.

Mil y una peripecias debió vivir Magallanes a lo largo de la prolongada singladura por las costas americanas. Una noche de traición, fue asesinado el maestre del San Antonio Juan de Elorriaga de origen navarro, fiel a su Comandante, y esa misma noche, quienes se rebelaron al Capitán General, nombran a cargo de la nave a Juan Sebastián Elcano, natural de Getaria, experimentado navegante mercante.

La confabulación contra Magallanes pretendía impedir que se realizara su idea de cumplir con el viaje;  Elcano es elegido para lograr este propósito, mas las circunstancias finales le exigirán “realizar cabalmente la idea que inspiró la expedición”.

Varios meses después, el 21 de Octubre de 1520, un cabo con blancos escollos y una playa quebrada saltan a la vista de Magallanes y sus hombres: es un cabo al que llaman Cabo de las Vírgenes, por la conmemoración del día y es en ese instante cuando por primera vez se toma contacto visual con territorio hoy chileno, dieciséis años antes que lo hiciera a lomo de mula Don Diego de Almagro. Es la primera vez además, que algunos vascos toman contacto con esta tierra y mar .

El 26 de Abril de 1521, a seis meses y veintiséis días de descubrir el Estrecho que le llenará de gloria por siempre, en la islita de Mactán, en Filipinas, pierde la vida el más grande navegante de la Historia. Le sucede en el mando del único navío sobreviviente el piloto Juan Carvallo, destituido por los marineros y oficiales, por ejercer descaradamente la piratería y el abuso a las mujeres nativas. Se nombra un triunvirato para comandar el resto del viaje, del que sólo cumplió el postrer tramo el Victoria, comandado por el joven Adelantado vasco Sebastián de Elcano, navegando por el Océano Indico hacia el Atlántico, hasta recalar en España.

Desde el archipiélago malayo hasta Sevilla navegaron entre el 13 de Febrero  y el 6 de Septiembre de 1522. Con Elcano a la cabeza cumplieron lo que nadie alcanzó antes. Fueron los primeros hombres de todos los tiempos que dieron la vuelta al mundo.

Muchas cosas se dijeron en todos los tiempos, de los avatares y pellejerías vividos por todos los componentes de esta magna expedición; ¿quién tenía mas razón y quién más verdad?. La Historia no siempre es fiel. Y este es sólo un aspecto menor del gran tema que nos ocupa.

Seis años después del Descubrimiento del Estrecho de Todos los Santos, hoy Estrecho de Magallanes, los desiertos parajes australes chilenos vieron pasar a la armada capitaneada por el Comendador fray García Jofré de Loayza (unos historiadores le dan por primer nombre Juan y otros Francisco, escribiendo algunos Loaisa y otros Loayza), aparentemente de origen vasco, con dirección a las Islas Malucas -descubiertas por Magallanes- sin dejar datos ni información de su paso por el ya famoso Canal. En 1540 navegaron con rumbo a Magallanes marinos hispanos con carabelas armadas por el Obispo de Plasencia don Gutierre de Vargas Carvajal, que no dejó  más que las bases para la leyenda de “La ciudad encantada de la Patagonia” o de “Los Césares”. Catorce años después el capitán Francisco de Ulloa y sus hombres, exploraron casi toda la costa chilena, desde el extremo norte hasta la zona de golfos, los que hacían muy difícil la navegación para llegar hasta el Estrecho de Magallanes.

Tenía suma importancia acopiar datos del Paso austral, pues deberían surcarlo las flotas que apoyarían la conquista y “poblamiento de los nuevos reinos que surgían a lo largo de la costa del Mar del Sur”, fundamento al que el Rey y Emperador Carlos V, atribuía vital utilidad para conocer tierras y aguas del Meridión.

 Por estas poderosas razones de estado, el meritorio capitán Juan Fernández Ladrillero y el no menos renombrado piloto Francisco Cortés de Ojea llevaron a cabo dos notables exploraciones en los años 1557 y 1558. El resultado fue un amplio conocimiento de la geografía marítima del Estrecho y del laberinto de los canales patagónicos y sobre todo el inicio jurisdiccional de España y Chile sobre la regiones patagónicas y fueguinas, hasta hoy determinantes en la soberanía que ejerce Chile la sobre mares y tierras, hasta el mismo Territorio Antártico.

El riesgoso trayecto marítimo que debían afrontar los navíos para viajar al Mar Filipino, pasando por el Estrecho de Magallanes significó que por cuatro lustros España se desentendiera del dominio del Austro Americano. La ocasión fue propicia para que el corsario y pirata inglés Drake comenzara a hacer del Paso patagónico su trayecto habitual para asolar, él y todos los enemigos de España, las colonias americanas del Pacífico. Una real disposición hispana hizo viajar hasta Magallanes, a un hábil y capacitado piloto gallego -Pedro Sarmiento de Gamboa- quien llevó a cabo exploraciones y levantamientos náuticos de tanto valer para el reino, que por siglos fueron reputadas como autorizadas y valiosas. Los maestros cartógrafos y los cosmógrafos españoles recogieron  y vertieron en sus mapas y portulanos, todos esos antecedentes. Tal obra marina no fue sólo patrimonio de España; todas las naciones que a posteriori navegaron los mares del austro, el Estrecho y los cientos de canales fueguinos (de la Tierra del Fuego), la emplearon.

En adelante continuaron explorando otros capitanes al servicio de España, en estas latitudes y es así como las recorren y aumentan la información los capitanes Juan Oliva y Sarmiento de Gamboa, éste por segunda vez en 1580 y Juan Martínez en 1587. El virrey del Perú de aquel entonces, envió en 1603 una flotilla comandada por el almirante Gabriel del Castillo con la misión de hacer levantamientos de toda la costa meridional de Chile. Presa de los fortísimos temporales que suelen darse con frecuencia en la región occidental magallánica y que a tan maltraer solían dejar a los antiguos veleros, la flotilla debió derivar su curso hacia el sur, llegando una de las naves hasta los 64 grados de latitud, descubriendo la originalmente llamada Terra Australis Incognita, hoy Antártida.

En 1618 los navíos de los hermanos Nodal, Bartolomé y Gonzalo, surcando las aguas orientales de Tierra del Fuego, salieron por entre los cabos Pilar y Victoria, circunnavegando así la Isla de mayor superficie en América del Sur, hoy territorio chileno en más de sus tres cuartas partes y argentino en el extremo oriental.

Cincuenta y seis años después las comisiones de Jerónimo Diez de Medina y Bartolomé Díaz Gallardo recorrieron el Estrecho para verificar posible presencia intrusa de piratas y enemigos de las Corona, misión que repitieron al año siguiente los capitanes Antonio de Vea y Pascual de Iriarte, éste, de origen guipuzcoano. En 1690 se imprimió y editó un derrotero marítimo y una descripción geográfica de la región austral magallánica en Madrid, producto de los recorridos hechos por las costas exteriores fueguinas en 1678 y1690, por el atrevido marino Francisco Seixas de Lobera.

Casi un siglo después, en 1780 el piloto Cosme Ugarte, de origen navarro y el teniente de navío Manuel Pando, vizcaíno del valle de Carranza, en sendos navíos recorrieron: uno, los canales del noroeste y el otro el litoral oriental de la región, con relevantes actividades náuticas, principalmente hidrográficas, que habrían de constituir uno de los aportes más significativos para el mejor conocimiento de la geografía marítima magallánica, en especial aquella correspondiente a la mitad occidental del gran canal interoceánico.

Además, entre 1785 y 1789 fue muy favorable todo el trabajo científico hispano realizado por dos expediciones comandadas por el calificado marino y geógrafo Antonio de Córdova Lazo de la Vega, uno de cuyos ayudantes científicos era el vasco Cosme de Churruca. El fruto de todo este esfuerzo se plasmó en mapas y trabajos cartográficos notables por su seriedad y referidos al área reconocida, en particular al sector occidental de Magallanes. Fue una obra de gran valía, utilísima a la navegación en el Estrecho y canales interiores durante todo el siglo XIX y principios del siglo XX, sirviendo como base para toda la obra posterior.                  

Mientras se realizaba aún el trabajo del equipo de Córdova, el Ministerio de Marina de España, decidió realizar lo que sería su última actividad como reino en esta colonia, antes de la Independencia. La encabezó el almirante Alejandro Malaspina, al mando de las corbetas Atrevida y Descubierta. Dentro de los años 1789 y 1790 los marinos españoles reconocieron todo el litoral fueguino, cuyos frutos culminaron la fecunda actividad hispánica para el mejor conocimiento geográfico del extremo meridional de América.

Es de justicia dejar constancia que, en todos los registros de la enorme actividad náutica desplegada en los tiempos de los Descubrimientos y la Conquista en tierras Americanas por parte de España, en la numerosa literatura escrita al respecto y en los textos de historia, se menciona con respeto y admiración, la participación de muchos individuos de origen vasco en cuanto trabajo, tarea u obra les cupo en mares y tierras extraños. En todos los viajes a América se registraron nombres de marinos vascos y en muchos de ellos había oficiales, expertos y científicos de esa nacionalidad –teniendo en cuenta la capacidad que los vascos exhibieron en todo tiempo para la vida en el mar- que dieron como los que más, todo cuanto se esperaba de ellos en el cumplimiento de las misiones a las que estaban ligados, con el espíritu y el ánimo de ser fieles a los propósitos que les animaron en cada partida.

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