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Presencia vasca en Chile

Autor: Hugo Ricardo Aedo Vivar
Curso:
10/10 (1 opinión) |198 alumnos|Fecha publicación: 28/06/2010
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Capítulo 4:

 Llegada de familias en el período de constitución del Virreinato

Al comienzo de la formación del pueblo chileno, o sea, a la llegada de los europeos, Chile era el hogar de no menos de una docena de etnias, a lo largo de sus 4.200 kms. de largo y por ello de distintas características y culturas primitivas, provenientes de miles de años atrás.

El centro del territorio era habitado por tribus emparentadas, que compartían elementos básicos culturales; eran los pikunches, los mapuches o “araucanos”, los pehuenches y los huilliches. En total, la población aborigen del país, contando todas las etnias era de cerca de un millón de almas, según algunas fuentes históricas más autorizadas. Con Almagro llegaron en 1540, 154 españoles, 10 negros y 300 indios del Perú, que se asentarían definitivamente. Las fuentes más autorizadas afirman que a finales del siglo, la población indígena bajó a quinientas mil; algunos historiadores, como Sergio Villalobos, estimaron que en esa época sólo sobrevivían 160.000. El mismo historiador afirma que en el 1600 habría unos 7.500 europeos y criollos (hijos de padre y madre extranjeros), dentro de cuyas familias hay 2.150 hombres núbiles y activos existentes. El gobernador Rivera sin embargo, en 1613 estimaba en menos de 2.500 el total de los blancos en Chile, de los cuales los casados no eran más de 1.000.

La historiadora Mariana Silva Hübner, en sus estudios contabilizó 814 mujeres, en los primeros 25 años del asentamiento, de las cuales al menos 365 eran blancas puras, oriundas de la metrópoli. Esto contradice la creencia general de que habrían venido pocas mujeres de Europa en esos años. El Rey obligó a los capitanes y sus huestes a casarse o a traer a sus cónyuges abandonadas en España, incentivando la emigración femenina, para estimular el arraigo en América. Se dio el caso de la mujer de Don Pedro de Valdivia –el más grande capitán godo- doña Marina de Gaete, que arribó a Chile después de la muerte de su consorte, junto a la cual venían otras esposas o viudas de los primeros conquistadores y pobladores.

El mestizaje fue mayoritariamente ilegítimo –con bastantes excepciones- pero se tendió a seguir la notoria división en estamentos que regía a la sociedad castellana.

Para develar este discutido antecedente, recordemos algunos hechos históricos: Martín García Oñez de Loyola, gobernador de Chile entre 1593 y 1596 , sobrino de San Ignacio de Loyola, casó con la “ñusta” Beatriz Coya, integrante de la familia real de los Incas; García Díaz de Castro, conquistador venido con el capitán Diego de Almagro (1536) y después con Pedro de Valdivia (1540), casó en Perú con Bárbola Coya, también de la estirpe real incaica.

De esta famosa unión queda larguísima descendencia chilena, a través de la familia Prado, que comprende a no menos de quince presidentes de la República, según se comprobó en estudio de fines del siglo XX.; Francisco Martínez de Vergara, socio de Valdivia en la empresa de Chile, quien llegó tres años después a encontrarse con el socio, adquirió solares y tierras en Santiago, además de una “encomienda”; viajó solo (su mujer llegó recién 13 años después) y al tener amplia libertad tuvo hijos, tanto en una española como en una india, uno de los cuales –un mestizo- se hizo rico muy joven y casó con Teresa de Ahumada y Córdova, legítima sobrina nieta de Santa Teresa de Ávila. La descendencia de los Vergara Ahumada, agotada por varón,

se alió con importantes familias santiaguinas y dura hasta hoy (en el 2007) por línea femenina: las llamadas “líneas de ombligo” –es decir, la ascendencia de madre en madre- de muchos chilenos van a parar en indias o mestizas.

Lo interesante del caso fue que la sociedad conquistadora, se abrió hacia los hijos naturales y/o mestizos, realidad que demostró que hubo patrones de conducta españoles fuertemente reforzados por sentimientos de amor a la descendencia, sobre todo durante el primer siglo del asentamiento, sello de la presencia de familias asentadas en la colonia.

A tal punto llegó la mezcla inicial con los indios, que de los setenta y siete compañeros de Valdivia que dejaron descendencia, se logró individualizar doscientos veintiséis mestizos. Sólo se supo de un matrimonio con india en tal grupo y de siete bodas con mestizas, de manera que sin lugar a dudas la gran mayoría de los hijos nació de uniones ilegítimas, si bien no siempre adulterinas. Nunca, como lo establecen todos los estudios hechos, estos descendientes y los posteriores, constituyeron un grupo diferenciado. Por el contrario, unos se integraron en el grupo español y otros permanecieron en el núcleo indígena. Esto sí, contribuyó al traspaso de muchos elementos culturales entre aborígenes y conquistadores, a través de los mestizos-blancos y de los mestizos-indios y de ninguna manera surgió una cultura propia del mestizo. La primitiva pero  fuerte cultura mapuche, dentro de la que se encontraba el pueblo araucano (el más fiero de todo el Continente Americano) permanece hasta el siglo XXI, sobre todo por la notable visión social y libertaria de esta etnia, que le permite ocupar un merecido espacio en la vida de Chile.

Así explicado el fenómeno de la integración étnica en Chile y en América, los sueños de “pureza de sangre” de genealogistas y ensayistas de otra época, no pasaron de ser ingenuas suposiciones y tontas posturas, carentes de base científica, pues América fue desde el principio un “continente mezclado”. Algunos acuñaron la falsa afirmación de que las tres naciones del “Cono Sur” de América son totalmente blancas, lo que no es más que un  eufemismo.

En ningún caso, jamás España y la Corona se identificaron con estas peregrinas ideas, estructuradas en quizá qué mentalidades oscurantistas de otrora, pues desde allí precisamente se preconizó la política de acoger al nativo en el seno de la catolicidad y la civilización, fomentando la convivencia y no lo que en el siglo XX estimularon los sajones con el “apartheid”, sobre todo en Africa. En cualquier caso, la mezcla europeo-india en América aportó mucho a la cultura. Ahí están el “Inca” Garcilaso de la Vega, Huaman Poma de Ayala, cronistas y escritores célebres, Zapaka Inca, pintor célebre y muchísimos otros.

En Chile en los tiempos modernos, notables poetas, profesores, literatos, músicos insignes, científicos reconocieron o han aceptado ser de progenitura mestiza, como es el caso de la Premio Nobel, Gabriela Mistral, nacida con el nombre de Lucila Godoy Alcayaga que, según presumen algunos biógrafos, además era de ancestro vasco.               

En países con discriminación racial, con antagonismos étnicos que dividen, hay odio; nada progresa.  No fue así en Chile, con todo lo injusta y dura que fue la conquista. El proceso del mestizaje en cambio, continuó a lo largo de los siglos, según afirman los estudios de muchos investigadores e historiadores chilenos, entre ellos De Ramón, Villalobos y Mellafe. Lo mismo

dicen genealogistas como Carlos Celis y Régulo Valenzuela. Los pocos datos de censos de población hechos en distintas épocas, avalan esta afirmación.

Los mestizos fueron siendo absorbidos, en particular en el siglo XVIII, lo que coincidió con un importante cambio de mentalidad y de política de asentamiento, que permitió el aumento de emigrantes desde Aragón y Navarra. Estos vascos y en menor grado los demás recién llegados, formaron un nivel social como funcionarios y comerciantes, sin duda más orientado a la vida urbana y social, que a las tendencias agrarias o guerreras de antes. Eso los hizo una capa social nueva, más culta y con mística renovadora de la realidad del virreinato. Por eso se explica que la Independencia haya sido obra de hijos y nietos de recién llegados y no de descendientes de las primeras familias, con las excepciones debidas.

He aquí la confirmación de lo dicho; todos los independentistas que se nombran, tenían la condición mencionada: Bernardo O`Higgins, Ramón Freire, José M. Prieto, Manuel Bulnes, Fco. A. Pinto, José M. Infante, Juan Martínez de Rozas, Fco. De la Lastra, Agustín de Eyzaguirre, Fdo. Márquez de la Plata, Juan Mackenna, José Rondizzoni, Oscar Viel, quedando muchos otros por agregar a esta parcial nómina.

Otro grupo étnico que aportó en la gestación de nuestra nacionalidad, fue el negro. Siempre hubo africanos en Chile, desde el primer día de la llegada de los conquistadores, como lo registra la historia. Tampoco los historiadores convienen en cifras: Villalobos estima que hacia el 1600 había en Chile alrededor de 3.000 negros y mulatos (gestación de blanco y negro), mientras Mellafe los eleva a 19.000. De Ramón saca datos parroquiales en Santiago y asegura que, del total de los habitantes, las ¾ partes eran españoles y la ¼ parte estaba formada en partes iguales, por mestizos, negros, mulatos y sambos. No obstante este dato histórico parcial, la cantidad real de negros siempre fue de entre el 3 y el 10% de la población total, algo más de lo que siempre se estimó. Pese a la mezcla de negros con indias, mestizas o blancas, se fueron desapareciendo progresivamente el color y las facciones negroides.

Sin duda que muchos chilenos tienen negros entre sus antepasados, casos que se dan aún entre los grupos más destacados de nuestra sociedad. Por su pasado de esclavitud, hasta las proximidades del fin del siglo XX, por lo general se pretendía ocultar esta ascendencia, que ya en el siglo XXI ha llegado a ser sólo un malo y vergonzante recuerdo. No por nada el estado Chileno fue uno de los primeros en América y el mundo en abolir la oprobiosa condición de esclavitud (Libertad de vientre, 1811 – Igualdad ante la Ley, 1823).

Desde el Descubrimiento hasta aproximadamente los 3/5 del siglo XX, extranjeros de nacionalidades no hispánicas, (franceses, alemanes italianos, suizos, rusos, árabes, yugoeslavos, judíos, chinos, etc.), pasaron a engrosar la población del país, quienes durante la primera o segunda generación tendían a casarse con paisanas suyas pero en adelante, la homogeneidad criolla moderna ha impuesto sus fueros, haciendo que cada vez más, las nuevas razas se incorporen al torrente original.       

De todas maneras, Chile es una sociedad humana heterogénea de diversos orígenes.

No fue obstáculo empero, para que todas estas familias formadas, sientan, actúen y hablen como chilenos desde hace mucho tiempo y en sus bases se encuentren las fundadas por los pioneros chilenos. Ha contribuido también a este hecho, el que esta Nación ha estado vuelta hacia Europa en los últimos dos siglos, promoviendo la inmigración y el asentamiento, acogiendo y asimilando gustos, modas, políticas, tecnología, sobre todo en consonancia con lo francés.

Chile pasó de tener un millón de habitantes en 1540, a quince millones en el 2000 (cuatro siglos y 2/3) que comparado con otros países americanos, es un crecimiento magro. Están los casos, a la misma fecha: de Estados Unidos de Norteamérica, que con 256 millones subió 20 veces su población en los últimos 200 años; Argentina, que a mediados del siglo XVIII, contaba con una población parecida a la nuestra, hoy tiene treinta y dos millones y medio; Brasil, que hoy tiene 162 millones, contaba en 1540 con poco más de 3 millones; y Colombia, que pasó de un millón en 1520 a 34 millones en el presente siglo. La explicación de esta progresión demográfica en los cuatro casos de estos otros países americanos, es la masiva y persistente inmigración europea a ellos, fenómeno explicable por varias razones.

Nuestro crecimiento más lento puede tener varias explicaciones o la existencia de factores aún no determinados; sobre todo faltan datos por el débil desarrollo de los estudios demográficos en este país. A pesar de ello, algunos expertos señalan entre otros: la disminución violenta de la población indígena en los primeros sesenta años; las enormes distancias que nos separan de los centros de emigración europea y asiática; la pobreza relativa, que puede haber sido factor de excesivo control de la natalidad en los últimos ¾ de siglo. Por otra parte cuando las fortunas se hacen con rapidez, sus beneficiarios se dan el lujo de volver a sus lugares de origen o provocan en los poderosos la radicación o residencia en otros sitios, para el goce de las riquezas.  

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