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Presencia vasca en Chile

Autor: Hugo Ricardo Aedo Vivar
Curso:
10/10 (1 opiniýn) |198 alumnos|Fecha publicaciýn: 28/06/2010
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Capýtulo 5:

 Acción educadora y cultural de inmigrantes vascos para el naciente pueblo chileno

Cuando el investigador se enfrenta con los desafíos mayores que le plantea la obra emprendida, caben algunas consideraciones claves, como es el caso en esta Investigación, de

establecer la naturaleza o condición efectiva de vasquismo de los sujetos y personajes a los que se hace referencia. Uno de ellos es el de los apellidos.

En el siglo XVIII el Racionalismo sistematizó y ordenó todas las manifestaciones de la cultura, desde las ciencias naturales hasta la gramática. Aparecen enormes “enciclopedias”, tratados  reglamentarios, explicando claramente sus métodos y objetivos; las Academias de las Lenguas efectuaban un trabajo similar.

La Revolución Francesa llevó la tendencia a su punto más alto: dicta constituciones y códigos, crea un sistema de moneda, pesos y medidas uniformes, al reformar todo el aparato administrativo del estado.

En España afectó esta tendencia renovadora y en la “apellidación” se instaló la tendencia a fijarse y a ordenarse, dejándose cada día más de lado el uso caprichoso de los apellidos, inmemorial costumbre arraigada en todas las regiones de los reinos peninsulares.

Así pues, los hijos de un matrimonio bien constituido podían llamarse con los apellidos del padre,       de la madre, de alguno de los abuelos o abuelas, incluso de algún antepasado más distante.

Se quiso establecer pautas a posteriori al respecto; en muchos casos, en España por ejemplo, en que el hijo mayor llevaba el nombre de pila del abuelo materno y los apellidos paterno y materno juntos; que los demás hijos se repartían nombres y apellidos; que a lo menos una hija se llamaba como su madre y otra como su abuela materna; etc.. Resultado: que al escudriñar los manuscritos, en particular los testamentos, se producían evidentes contrasentidos y más dudas.

En América, todo resultaba más complicado: Un caso era y es el de los hijos naturales, quienes unas veces llevan el apellido de la madre, otras el del padre, aún sin mediar reconocimiento legal alguno. En Chile, al retornarse a la Democracia en 1990, generalmente el hijo natural es registrado con el apellido del padre, a menos que éste reclame control de ADN, trámite legal muy poco recurrido hasta hoy. A partir de 1811 (un año después de la Declaración de Independencia), los indios de servicio y esclavos, al necesitar ser legalmente individualizados, dada su liberación legal, asumieron los apellidos de los encomenderos o estancieros para quienes laboraban o a quienes estaban sometidos.

Estaba además el problema de la grafía. Por no haber antes del siglo XVIII reglas gramaticales fijas, los apellidos se escribían como sonaban y así cambiaban de grafía a menudo. Por ejemplo, Irarrázabal fue escrito Irarrázaval o Yrarrásabal o Yrarrázaval. Hay gran cantidad de ejemplos de corte similar: Aedo, Haedo, Ahedo;  Briseño , Briceño;  Balmaceda, Valmaseda, Balmaseda;  Loayza, Loaisa, Loaiza;  Barahona, Baraona;  Celai, Zelaya, Celaya;  Goyechea, Goyeneche, Goyenechea;  Aguirre, Aguerre, Izaguirre, Eizaguirre, Eyzaguirre;  y así, miles de situaciones más…; o De la Fuente, Fuentes;  De Avila, Dávila;  De los Ríos, Ríos; o la castellanización de patronímicos, siendo uno de los más famosos el  del marino que comandó la mas importante expedición al Estrecho de Magallanes el año 1843, cuando la Armada Francesa pretendía implantar su soberanía allí, después de 60 años de abandono de la región por parte de España y del naciente Chile.

Este marino, de ascendencia Inglesa era Williams; sin embargo se le llamaba Guillermos  y así pasó a la historia, como el Capitán Guillermos, héroe de la hazaña de Toma de Posesión de todo el Estrecho de Magallanes, para Chile. También en los apellidos castizos hubo siempre cambios, por lo general para simplificarlos: los Pérez de Valenzuela pasaron a ser Valenzuela; Martínez de Vergara simplemente Vergara; Alvarez de Araya quedaba en Araya. Otros apellidos compuestos, aunque no de patronímicos, también se redujeron; son por ejemplo los casos de Canales de la Cerda, que quedaron en Canales o en Cerda; Silva Borges, en Silva; Bravo de Naveda o Bravo de Villalba, simplemente en Bravo. Notables han sido los casos de las importantes familias Roco Campofrío de Carvajal, que quedó en Carvajal, y Núñez de Pineda Bascuñán, que quedó en Bascuñán.

Podría continuarse viendo casos de modificación, reemplazo o cambio de apellido en

personas o familias, ya que las situaciones son muy variadas mas, hay que preguntarse, ¿qué fue lo que generó tanto cambio…? “La ausencia de reglas al respecto, culpa de escribanos, curas párrocos, funcionarios o de los mismos interesados que, según propias conveniencias, usaban o se ponían los apellidos, según las circunstancias. La identidad, la edad, la posición social y otras variables, eran juzgadas y manejadas por intereses muy particulares.

El trabajo para historiadores, demógrafos, sociólogos, antropólogos, etc., ha sido duro en América  y en Chile más aún. ¡Cuánto más difícil y hasta sobrehumana, es la tarea de obtener datos de familias y de personas que constituyen interés en estudios, análisis o Trabajos de Investigación como el presente!.

En la búsqueda de datos vinculados a la existencia humana en Chile, en el comienzode su vida como Colonia española y posteriormente como Nación libre y soberana, quien investiga se encuentra con datos sorprendentes, que por el uso que se les pudiera dar más adelante, vale la pena consignarlos.

                 Un dato notable, es que las dos expediciones terrestres más importantes llevadas a cabo por las huestes hispanas -la comandada por Diego de Almagro y la por Pedro de Valdivia- las constituían hombres muy jóvenes de edades entre los 21 y 30 años más del 50% de ellos, siendo excepciones los de edad madura y casi nadie de edad avanzada. Se conocen estudios hechos en Chile y en España y, a pesar de la vaguedad de las cifras en cuanto a promedios de vida entre los siglos XVI y XX, se puede concluir que las edades que alcanzaban mujeres y hombres han sido muy similares, en cada siglo.

La penosa travesía de la “expedición Almagro” entre Perú y Chile, por tierra y a pie, duró casi dos años, perdiendo tan sólo 40 hombres de un total de 531, habiendo resultado muertos casi todos en batalla con los indios y no por enfermedades. He aquí la segunda parte de este dato sorprendente: Hoy el ser humano posee una mejor calidad de vida, ayudado por operaciones quirúrgicas, tratamientos, prótesis, todo lo cual ayuda a vivir mejor ; asimismo la mortalidad infantil y de la parturienta han disminuido enormemente.

Pero, por otro lado es un hecho que tanta vacuna y medicación han bajado las defensas y la inmunidad natural en el hombre, lo que explica el gran auge de las enfermedades inmunológicas en nuestros días. Quizás este alcance tiene poca importancia en lo directo de este trabajo, mas sí es relevante al pretender calcular los promedios de vida de mujeres y hombres en los siglos primeros de los descubrimientos y conquista; son muy similares a los actuales

No cabe duda que se vivía peor entonces y las guerras, las enfermedades (como la viruela, la lepra y otras hoy casi erradicadas del planeta), la falta de higiene y la alimentación inadecuada, eran causa de envejecimiento físico. Pero, es admirable la resistencia física de hombres que desafiaban a diario la muerte, atravesando continentes más a pie que en cabalgaduras, combatiendo, trabajando y cuidando de sus familias; agotados, mal alimentados, viviendo al día y cubiertos de cicatrices.

En resumen, la resistencia física del conquistador, superior a la del aborigen –por

algunas razones aún no suficientemente investigadas ni aclaradas- significó que esos adultos tuvieron vidas largas y muy sufridas.Si echamos un vistazo a las edades de personajes en

América y en Chile de aquel entonces, el Padre Las Casas ostenta un record de edad con 92 fructíferos y carismáticos años vividos; el Inca Garcilazo de la Vega 77, Francisco  Pizarro fue asesinado a los 66 y Diego de Almagro ostentaba 60 al ser ajusticiado; etc.. En Chile, de los 13 gobernadores del siglo XVI, cuatro pasaron los 60 años. Los obispos que vinieron a esta colonia también fueron longevos: el primero que tuvo, Don Rodrigo González Marmolejo alcanzó a los 75 años; el obispo San Miguel, a los 69; varios superiores de congregaciones religiosas superaron los 70.

Vale la pena decir que el promedio de vida fue en aquella época muy parecido al actual y que la conquista fue cosa de actores de todas las edades, aunque alrededor de la mitad de ellos hayan sido de edad promedio de 26 años. Para comparar datos observemos la realidad en las huestes de Pedro de Valdivia: Eran 154 individuos, entre los que estaban Valdivia, Inés de Suárez (su brava y aguerrida conviviente) y su sirviente el negro JuanValiente; 4 soldados murieron a poco del arribo, de los que se ignora todo, aún sus nombres; entre ellos se hallaba Pedro León, quien vivió más de 100 años; otros seis conquistadores superaron los 80, en tanto que 19 más vivieron por sobre los 70 años, en los que se incluía a tres fundadores de familias aún existentes, a saber Aguirre, Cisternas y Cuevas, a Inés Suárez y a un  alemán apellidado Blumen, cuyo apellido fue cambiado  con el tiempo a Flores y otros; en fin, 23 camaradas de Valdivia vivieron entre 60 y 70 años, incluyendo a los otros dos fundadores de familia actual, Jufré y Riberos. Todo esto indica que 49, -o sea 1/3 del total- superaron los 60 años. Tal promedio de vida establecido entonces, fue muy cercano al promedio mundial actual de vida para los varones, siendo hoy también casi igual al de Chile. Al final de la guerra, salvaron vivos 79 hombres de la expedición Valdivia, con  los cuales se calcula la vida promedio al sumar  

las edades y dividirlas por el número de individuos. Eso arroja un resultado de 61,4 años de promedio de vida, que debió sin duda ser mayor, ya que al reunir esos datos, de varios de ellos se sabe que estaban vivos, lo que asegura que pueden haber vivido más años.

Los conquistadores, colonos y fundadores de la República de Chile formaron familia, cada una de ellas con resultados dispares y con suerte variada. Algunas mantuvieron su prestigio por siglos; otras protegieron muy bien sus fortunas; otras tuvieron integrantes en altas responsabilidades públicas; las hubo y las hay que reunieron en sí todas las características que las hicieron ser siempre destacadas. La familia Irarrázaval mantuvo intacto hasta hoy su prestigio, siempre pertenecieron al grupo más alto de la sociedad, poseyeron encomiendas y mercedes de tierras, fundaron mayorazgo, recibieron o heredaron títulos de nobleza en Chile y en España, dando personajes ilustres en el siglo XIX, como fueron el Vicepresidente de la República Ramón Luís Irarrázaval Vera y un destacado político José Miguel Irarrázaval Larraín. Una familia con marcadas diferencias es la Montero: inaugurada por un pariente del primer obispo de Santiago, González Marmolejo, dio un Gobernador interino en el siglo XVII y un

Presidente de la República Juan Esteban Montero, en la década 1930/40. En este sentido es la

“única familia chilena que ha dado gobernantes en la vida hispánica y en la republicana. En los tiempos actuales algunos grupos en su descendencia, después de cuatrocientos años, han tenido variada trayectoria social, encontrándose algunos en muy distintos niveles sociales.

No pocas familias provenientes de las primeras asentadas en el país, como es el caso de la Fuenzalida, Valenzuela,Donoso, Cisternas, Riveros, Cuevas han generado historias plenas de alzas y bajas, algunas de mucho  progreso, como las dos últimas, en especial por alianzas matrimoniales y patrimoniales de importancia, como afirma el historiador Julio Retamal en una de sus obras de corte genealógico.

Otras, se han esforzado por vivir sin figuración, a lo largo de nuestra historia -lo que han logrado- siendo este el caso de la Escudero, Castro-Escalaferna, Santibáñez, Justiniano, Armijo y otras de la cuales casi no hay antecedentes. Se habla en este detalle sólo de familias llegadas en el período más duro y difícil del nacimiento de Chile. Y se concluye además en que no jugaron papeles preponderantes en la vida republicana hasta hoy, a pesar de haber cuidado el prestigio y honorabilidad de cuatrocientos años.

El siglo XVIII aprecia el arribo masivo de familias vascas y personeros de esa etnia, la que contribuye en mucho al nacimiento de una aristocracia urbana, comercial y letrada, que fue base y sustento de la Independencia y que además se afirmó durante los primeros cien añosrepublicanos, como clase dirigente en esta Nación.  La Historia de Chile reconoce a este grupo como el que dio la pauta, social, económica y política a la República. No obstante lo dicho, que es lo que nos interesa en este estudio, algunos vascos llegados en las huestes conquistadoras hicieron familia, después de algunos años de permanencia en América: en 1694 el guipuzcoano Felipe de Aguirre Olais y Arbide, estableció familia en La Serena, en el norte chileno; la segunda familia, también con este apellido, formada en el país, fue la del vizcaíno Manuel de Aguirre Aristondo, que casó en Santiago en 1789 y por segunda nupcias, en La Serena, en 1811; La tercera fue la constituida por el vizcaíno Martín de Ariza o Irízar, quien casó en 1548 con María de Valdivia, cuya descendencia adoptó el uso del apellido materno Valdivia, probablemente por la veneración y el respeto que inspiraba el apellido del Fundador de Chile en la colonia.

El caso de la cuarta familia es digno de conocerse con más detalle, pues sólo en tal época podían darse situaciones como ésta. Diego Ortiz de Gaete, compañero del fundador Pedro de Valdivia era descendiente en quinta generación del vizcaíno Ortiz quien a principios del siglo XV pasó a Extremadura. Este casó con doña Leonor de Gaete, originando los Ortiz de Gaete. La hermana del socio y compañero de Valdivia, Marina Ortiz de Gaete era esposa de Valdivia desde 1935 y sólo llegó a Chile después de muerto su marido por los araucanos. Es casi seguro que Diego Ortiz de Gaete tomó posesión de los bienes del Capitán General fallecido –cuyas propiedades eran muy grandes para ese tiempo-  tanto como lo eran las de su cuñado; Diego, es probable que optó por reunir todo en una sola mano, como al parecer ocurrió según datos

registrados y nada mejor que continuar siendo socio por el todo, con su hermana y toda la familia. Con el correr de los años el apellido Ortiz, vasco original dejó de ser usado para tomar el

materno Gaete. Tras cuatro siglos ,los Gaete fueron dueños de estancias en el centro y sur del país, algunas de las que nombramos por su tamaño: Bramadero, Quebrada Honda, Perquín, Ranguilí, Las Palmas, Las Minas, Totoral, Name y Carrizal, precursoras del latifundismo.  

Otra familia fundada en los dominios chilenos, ésta en 1557, lo fue por Francisco de Irarrázaval y Martínez de Aguirre, de Deva – Guipúzcoa, a quien correspondía por varonía el apellido de Andía; provenían los Andía de las tierras de Lascoaín circundadas por el río Oría y su brazo, el Erretenguibel, en la jurisdicción de la villa de Tolosa. Y he aquí otra gran historia de los ancestros vascos en Chile:

Francisco era bisnieto de uno de los de la familia Andía, Domenjón González deAndía, guipuzkoako erregia (el rey de Guipúzcoa), como lo designa una vieja copla popular del siglo de los Reyes Católicos, Corregidor de Gipuzkoa, quien mandó las tropas de su provincia a favor del soberano de Inglaterra contra la de Luis XI de Francia.

Francisco a los 21 años de edad llegó a Santiago como compañero de don García Hurtado de Mendoza, de la misma edad que él y noble como él: tenía derecho a usar y ser tratado de “don”, privilegio nobiliario que contadas personas  pudieron disfrutar en el siglo XVI. Y no era sólo por heredado, ya que “don Francisco” había sido paje del príncipe español, después Felipe II, cuando fue a Inglaterra a desposar a María Tudor. Los Irarrázaval de Chile fueron y son una misma y única familia. Desde 1557 hasta hoy, siempre mantuvieron sus solares y vinculaciones de todo orden en Santiago, capital de Chile, sirviendo altos cargos públicos, adquiriendo propiedades, encomiendas y bienes en distintas regiones del país. Esta familia tuvo en su poder el pueblo de indios de Rapel, de La Ligua, Illapel, Curimón y Llolleo, bienes que mantuvieron entre 1564 y 1791. Este último año se abolió en Chile la institución feudal de la encomienda, que consistía en hacerse cargo de tierras, con indios incluídos, para beneficio de los invasores encomenderos. Entonces, el patriarca Irarrázaval vigente, adquirió las tierras llamadas del Valle Hermoso, entregándolas a sus indios tributarios, para que las trabajaran en comunidad. Este gesto fue valorado hasta hoy, como precursor del sentido social que orientó la Reforma Agraria, a mediados y fines del siglo XX  en Chile. De todas maneras no eran pocas las tierras que acumularon los Irarrázaval, lo que comenzó en  1584, con la merced recibida por don Francisco, consistente en haciendas en Tunquén y en Llampaico, en la zona de Algarrobo, en la costa de

Santiago; su hijo adquirió en 1623 la hacienda de Almahue y su viuda la aumentó hasta llegar a 13.900 cuadras de cabida, la de mayor extensión en la historia de la región de Colchagua, al sur de Santiago, todo lo cual sigue en propiedad de los herederos de los fundadores; en todo caso, las tierras clásicas de esta familia, las constituyeron las de la gran hacienda Pullally, recibidas en merced por doña Isabel Osorio de Cáceres en 1599, abuela de don Francisco, quien la heredó por lo que pasó a su descendencia Irarrázaval. Este enorme latifundio es aún propiedad de los descendientes Irarrázaval, pese a que en la década de los setenta hubo intentos de Reforma Agraria muy fuertes. Otros integrantes de la familia poseían hasta hace algunos años, buena cantidad de tierras en Ranquilco y en Illapel. Pero lo relatado no es todo acerca de esta familia

vasca-chilena; No solamente prestaron servicios notables en Chile, sino que lo mismo hicieron en Europa. “No hubo chileno hasta hoy,  que cumpliera responsabilidades más altas en el

servicio de las corona española, que las cumplidas por Francisco de Andía Irarrázaval y Zárate, nacido en Santiago de Chile en 1576, hijo del soldado fundador: fue virrey de Navarra en 1636, de Galicia en 1639 y posteriormente de Sicilia. Fue gobernador de Murcia, Gibraltar, Canarias, Orán, Ceuta y Cataluña; había sido designado gobernador y Capitán General de Chile en 1626, declinando el cargo. Varios de los descendientes de estos prohombres fueron nombrados y desempeñaron cargos de gran valía para España, algunos de los cuales mencionaré: el sobrino biznieto del antes nombrado fue Capitán General de Panamá y de Galicia. José hermano de éste gobernó la ciudad de Valdivia en 1741. Sebastián, hijo del virrey, fue gobernador de Ciudad Rodrigo, Consejero de Guerra de Carlos II y su gentil hombre de cámara, honor éste que comparte con el fundador chileno y su hermano Domenjón, que lo había sido de Felipe II. Fernando de Irarrázaval y Zárate, tronco de la línea chilena, tuvo a su cargo cuatro corregimientos en el Perú y en Santiago, a principios del siglo XVII. También fue Alguacil Mayor de Panamá y de la Real Audiencia de Santiago. Su hijo Francisco fue asimismo corregidor de la capital de Chile en 1650. Cinco Irarrázaval fueron alcaldes de Santiago: el fundador (1581), su nieto Antonio Alfonso, su bisnieto Fernando Francisco, su chozno Miguel, hasta su quinto nieto, José Santiago (1774). Otros integrantes de la familia descendiente del fundador Francisco el vasco, sirvieron en cargos de alcalde, de regidor o de alférez real tanto en Chile, como en Argentina y en España. Asimismo, además del papel cumplido por Domenjón el gipuzkoako erregia, está el virrey de Navarra Irarrázaval Zárate ya mencionado, que antes fue Consejero de Guerra de la corona española en 1607, Comisario general del ejército de Granada y veedor del de Flandes; su hermano Carlos alférez general del Reino de Chile (fallecido en la guerra de Arauco en 1592); Antonio de Irarrázaval Bravo de Saravia comisario general de la caballería (1700), como lo fuera también 30 años después su hijo Miguel ; 32 años después el hijo de este último fue coronel de caballería en Santiago. Por última vez hasta hoy, la familia tuvo participación militar en 1823, con Miguel Antonio de Irarrázaval y Solar como coronel, comandando las tropas realistas contra el Libertador chileno Don Bernardo O’Higgins Riquelme.

Como repaso simple del devenir de esta antigua familia vasco-chilena, conviene recordar que en la República los Irarrázaval han desarrollado una labor de primera categoría sobre todo en el

quehacer público, siendo de destacar la figura de don Ramón Luis Irarrázaval Alcalde, que fuera diputado, senador, Ministro de la Corte Suprema de Justicia, Ministro del Interior, Ministro de Relaciones Exteriores, también de Hacienda, como de Justicia y de Instrucción Pública (hoy de Educación); ministro plenipotenciario ante la Santa Sede y ante el gobierno peruano, que llegó hasta a desempeñarse durante seis meses, como Vicepresidente de la República de Chile, en 1845.

Su padre, Miguel fue presidente de la Junta patriótica de Illapel en 1818 y su tío Francisco de Borja Irarrázaval fue Intendente de Santiago en 1833 y de la Provincia de Coquimbo en 1843.

El hermano de don Ramón Luis -José Miguel- tuvo muy similar participación en la vida cívica y política de la Patria y su hijo Carlos Irarrázaval Larraín fue senador. En total los Irarrázaval han

tenido once diputados: los cuatro mencionados senadores, Ramón Luis, José Miguel, Manuel

José y Carlos; más Santiago Galo Irarrázaval Palazuelos, José Miguel Irarrázaval

Larraín,ManuelFrancisco Irarrázaval Correa y sus hermanos Arturo y Sergio y Fernando Irarrázaval Mackenna. Este último merece ser destacado por su innegable sensibilidad social y espíritu de servicio comunitario al pueblo chileno, fundando y organizando una cantidad respetable de entes y organizaciones de bien público. En particular fue notable su gran apoyo a la Iglesia y a la Universidad Católica de Chile.   

Son recordados como magníficos Alcaldes, Fernando Irarrázaval Fernández y su hijo de igual nombre en la Municipalidad de la ciudad de La Ligua y los ya citados José Miguel Irarrázaval Alcalde y su hijo Manuel José en Santiago.

Aún cuando es asunto de segunda importancia, se menciona -sólo por lo histórico- que esta familia ha sido también de excepción en el ostentar títulos nobiliarios. El primer “noble” español fue Francisco de Irarrázaval y Zárate, creado vizconde de Santa Clara de Avedillo (1628), siendo éste el primer título de nobleza recibido por un chileno; en 1632 el vizconde recibe el título de marqués de Valparaíso.      

En una sucesión de títulos heredados, unida a matrimonios entre primos hermanos y parientes, todo devino hacia el último heredero de títulos, Juan José de Andía Irarrázaval y Urbina, que quedó como quinto marqués de Valparaíso, , cuarto de Villa Hermosa y cuarto vizconde de Santa Clara de Avedillo, agregados a ello los señoríos de las casas de Irarrázaval, de Andía y el mayorazgo de Aguilera, que había recaído en su abuelo Francisco de Irarrázaval y Aguilera, de la tercera generación chilena. Irarrázaval y Urbina murió en La Coruña-Galicia, en 1741, heredando su tía Catalina de Irarrázaval Irarrázaval marquesa de Busianos (1685), casada con Pedro Ignacio Valda, correo mayor perpetuo de Valencia. En los Valda-Irarrázaval terminaron los de esta familia de españoles con abuelos chilenos, prolongándose los tres marquesados y un vizcondado en una descendencia peninsular de diferentes apellidos, sin ningún contacto con los Irarrázaval de Chile.    

Desde 1670 en adelante fueron numerosos los casamientos en los que se unieron los apellidos Irarrázaval, Zapata, Bravo de Saravia, Iturrizarra, Zárate, Gandía (un nieto de San Francisco de Borja), Tagle, Trassierra, Solar, Larraín y otros, que mantuvieron en poder de la

familia los marquesados De la Pica, el mayorazgo de Saravia y las órdenes nobiliarias, militares y de caballería, siendo 8 los miembros del linaje que obtuvieron su incorporación en la Orden de Santiago, 2 en la de Alcántara y 2 en la de Calatrava. Otros tres linajudos herederos fueron aceptados en el siglo XX en la Asociación de Hidalgos a fuero de España, siendo uno de ellos además, caballero de la Orden de Malta.

En otra dimensión no fueron menos destacados los Irarrázaval chilenos. La religión y la religiosidad estuvo presente con mucha fuerza en ellos. Al parecer en América, la precursora lo fue una religiosa con votos perpetuos en la Orden de las Carmelitas Descalzas, Sor Angela de (Irarrázaval) y Zárate en el monasterio de La Encarnación de Lima –Perú.

En la tercera de las generaciones chilenas, seis de los nueve hermanos Irarrázaval Zapata

fueron religiosos, cinco agustinas y un mercedario. Otro de los 9 hermanos, tuvo solo un hijo, también religioso y el otro hermano varón que continuó la familia dejó a su vez a la Iglesia, 4

hijos de diez que tuvo. Entre estos sacerdotes Irarrázaval Bravo de Saravia, destacaron Juan, doctor en Teología, canónigo, chantre y deán de la catedral de Santiago; y José, jesuita, rector de los colegios de su Orden y Provincial de ella en Chile (1733-1739).

La siguiente generación, la quinta, produjo entre siete hermanos tres eclesiásticos, dos de ellos jesuitas y el otro canónigo magistral, chantre arcediano y deán de la catedral de Santiago. Es digno de ser mentado Estanislao Irarrázaval, quien era doctor de la Universidad de San Felipe, la primera fundada en Chile, de la que fue rector en 1761, así máxima figura religiosa de la familia.

Entre los Irarrázaval Portales, sobrinos de los antes mencionados, la vocación religiosa marca un hito, ya que de los 5 hermanos llegados a mayor edad, las cuatro mujeres profesaron votos  que  las hacían religiosas: dos de ellas en el monasterio de las Monjas Rosas, una en Carmelitas Descalzas y la otra en Clarisas de la Victoria. Finalmente se registran en la de los Irarrázaval Solar -la séptima generación nacida en Chile- una religiosa carmelita descalza y un sacerdote diocesano, que fallece en 1844, primeros tiempos de la República.

Numerosos fueron los apoyos entregados por esta familia a la Iglesia Católica en Chile, en  lo que se destaca: la Casa de ejercicios espirituales en Valparaíso, costeada por el marqués De la Pica; la donación de sus bibliotecas de Santiago y Pullally que hizo el mayorazgo Manuel José a la Universidad Católica; de igual manera la donación por parte del quinto marqués, del edificio para esta biblioteca, que prestaría tan gran servicio al pueblo de Santiago, sobre todo a los más necesitados, que eran muchísimos. El mayorazgo donó también a la ciudad de Papudo, la casa y el templo parroquial y a la pequeña ciudad de La Ligua una escuela de primeras letras (Educación Básica).

Para finalizar esta semblanza de una de las tantas familias de origen vasco y más tarde de ancestros castellano-vascos es propio reconocer que “en Chile se unieron grandes grupos con mucho carácter y voluntad, determinados a hacer vida y mundo en un lugar que

entonces parecía no menos que un calvario, que exigía que todo lo necesario debía hacerse por propia mano, fuera cual fuere el esfuerzo y sacrificio que demandare”. Ese y no otro ha sido el mérito y el legado dejado por el individuo vasco en una misión que trascendió la simple tarea de conquistar gentes y territorios absolutamente desconocidos, donde además del esfuerzo físico, fueron necesarios una clase especial de convivencia y una visión futurista, con todas las deficiencias lógicas con que se laboraría, dadas las limitaciones de conocimientos, que hoy sí se poseen, de recursos que no estaban y no llegaban, de las enormes diferencias en las culturas, de quienes se encontraban y se enfrentaban.

En una palabra, para tener éxito en la cruzada, para alcanzar la cima  a la que se pretendía llegar, con  los esfuerzos que demandó este destierro en los siglos XVI al XIX y parte del XX, era indispensable el inmenso aporte entregado por muchos, siendo el del pueblo vasco, en sus

marinos, soldados, mujeres y hombres un elemento y factor determinante en ello

Las duras condiciones de vida y la penosa situación en que se encontraban en el

Chile colonial los pobladores hispanos, muy en particular las familias de origen vasco, lejos de desinteresarlos de la instrucción de sus hijos y los de sus connacionales, les hizo desear otra vida menos dura para ellos, soñando con verlos realizados como personas de bien y quizás verlos elevados a la categoría de “oidores, sacerdotes o funcionarios”. Era una utopía casi, pues nadie pretendería algún tipo de “enseñanza a la europea”, con la notable privación de recursos que marcaba a esta naciente e incipiente colonia española.

Al iniciarse la vida colonial, beneméritos maestros comenzaron a atender cuatro ocinco escuelas laicas de primeras letras. Por su parte la Iglesia Católica, como lo hiciera en toda la América que catequizaba, con todas las religiosas y religiosos puestos en la tarea educadora, además del cumplimiento de su misión evangelizadora y formativa, partieron construyendo yfundando aulas, para todos los niños en edad escolar que pudieran acoger, incorporando por igual a colonos y aborígenes, mestizos o negros. La iglesia proyectó su acción más arriba, con la fundación de establecimientos de enseñanza Media y Superior: en 1567 el clero secular inició la instalación de instituciones educacionales de nivel superior, creando el Seminario en Imperial, más una Escuela de Gramática en Santiago y en 1589 los dominicos, con el apoyo financiero de Felipe II, fundaron una escuela-Universidad, la que llegó a ser muy pronto “la primera universidad pontificia del reino”.

Algunas órdenes religiosas establecieron “embriones de noviciados”, en los cuales fueron docentes, sacerdotes ilustres. Y como siempre sucedía, los jesuitas, sólo seis semanas después de su llegada a Chile, abrían una escuela, ésta en Santiago, con una verdadera revolución en la metodología para la enseñanza y el aprendizaje.

En todos estos quehaceres y menesteres educativos y culturales, muchos actores importantes -como lo podemos comprobar en lo reseñado dentro de la vida de los Irarrázaval- fueron naturales de Euskal Herria (o País Vasco) o descendientes, compartiendo una de las más nobles y exitosas tareas de aquella época.                                           

Con la resumida revisión del devenir de una de las familias de ancestro vasco, que hasta hoy está viva y presente en el tejido chileno, más lo que veremos en los capítulos siguientes, se tendrá una visión de lo que aportaron, cuál fue la presencia  y qué lo entregado por los vascos a ésta, que hicieron “su Nación en América”.

Para ser fiel al grato recuerdo de Pío Baroja, el vasco de ancestro donostiarra, quiero aceptar su afirmación de que el primer poeta que cantó a Chile, fue el vasco don Alonso de Ercilla y Zúñiga. Lo dice en su libro descriptivo “El País Vasco” editado en Junio de 1953, con el número de registro 5091-51, cuya última edición fue de cuenta de la Casa Agustín Núñez, calle París 208, Barcelona. Al pie de la letra se lee en la página 208: “Bermeo tuvo un pasado importante dentro del Señorío. Es un pueblo muy marino y pescador . . . Tiene una Escuela

Náutica. . . y como recuerdos históricos, la torre del poeta Ercilla, nacido allí . . .” Baquio, cerca

de Bermeo, tiene en el país fama por su txacolí. . . ”  La historia recuerda que muy cerca de

Bermeo está la legendaria Guernica, ciudad sagrada de los vascos; que su padre fue don Fortún Ercilla y Arteaga, su madre doña Leonor de Zúñiga, descendientes todos del fundador de la familia don Martín Ruiz de Ercilla”.

Es simpático recordar que dentro del folklore chileno y sobre todo en los campos del centro del país, uno de los vinos más gustados es el chacolí, que ha sido a no dudar uno de los legados más querido por los chilenos, entre los dejados por los vascos aquí.

Quizás muchas tertulias familiares y sociales en esta tierra han servido para combinar un brindis de un riquísimo brebaje, con los versos de “La Araucana” de Ercilla, un poema épico que canta al valor ibérico y al de otro país que con guerra nunca fue conquistado y sí lo fue con la cultura y el saber, con el desarrollo y el respeto, con la admiración y la acogida mutuas, que se brindaron.

El poeta Ercilla vivió en Chile sólo 17 meses muy intensamente, recorriendo gran parte de la geografía conocida entonces, llegando hasta el gran archipiélago de Chiloé. Con todo lo vivido en su trajín guerrero, hizo un poema épico sin par, publicado 10 años después (Madrid, 1569).                 

Dos estrofas, que dicen, qué y a quienes admira Ercilla, cierran este capítulo, sin mayores comentarios. La sexta y la 1.202, de un poema que consta de tres partes, de 37 cantos y de más de 2.500 estrofas de 8 versos cada una:

                   Chile, fértil provincia y señalada                  ¿Por qué con tanta saña procuramos

                   en la región antártica famosa,                     ir nuestra sangre y fuerzas apocando

                    de remotas naciones respetada                  y envueltos en civiles armas damos

                    por fuerte principal y poderosa:                   fuerza y derecho al enemigo bando?

                    La gente que produce es tan granada,        ¿Por qué con tal furor despedazamos

                    tan soberbia, gallarda y belicosa,                esta unión invencible, condenando

                    que no ha sido por rey jamás regida            nuestra causa aprobada y armas justas

                    ni a extranjero dominio sometida.                justificando en todo las injustas.

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