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Capítulo 7:

 Los planteamientos teóricos sobre las personas jurídicas

a.- Sinibaldo dei Fieschi (Inocencio IV)

Uno de los pasos a seguir es rastrear la huella histórica del concepto de "persona jurídica" no sólo a nivel del derecho nacional  sino, como está dicho, a través del derecho comparado[1].

Dentro del derecho comparado encontramos el aporte de Sinibaldo dei Fieschi el cual es tan significativo en la elaboración de un concepto sobre a persona jurídica que se ha sostenido con razón que él fue el más eficaz representante en Italia de la doctrina romano-canónica, como Savigny fue el más autorizado vocero de la misma corriente de pensamiento en Alemania. Para Ruffini es una grave inexactitud histórica considerar a Savigny como el autor de la teoría de la  teoría de la ficción. Esta afirmación sólo puede sustentarse si se desconoce la obra de Sinibaldo dei Fieschi. El autor expresa que con Inocencio IV se configura la teoría de la ficción, que dominó tanto en el foro como en la doctrina por más de seis siglos, hasta que Savigny la refrescó y la recompuso y se hizo fuerte gracias a la gran autoridad de su nombre. Esta teoría, según Ruffini, “reconquistó tanto vigor que se impuso a través del presente siglo como la dominante en el derecho privado, a pesar de los fieros ataques y de los ingeniosísimos sistemas que le fueron contrapuestos”.

En realidad, y a pesar de lo expresado por Gierke, los antecedentes históricos con los que contaba Sinibaldo dei Fieschi para elaborar su teoría sobre la persona jurídica eran escasos. Pobre fue, en este aspecto, el aporte del derecho romano. El derecho canónico y el germánico contribuyeron con nuevos elementos, pero éstos se encontraban aún en trance de ser elaborados coherentemente. Los glosadores no manejaban el concepto de persona jurídica. Esta escuela, siguiendo los lineamientos del derecho romano, no logra diferenciar la organización de personas, el grupo humano, del aspecto formal consistente en la reducción de esta pluralidad de seres humanos a la unidad, mediante un proceso de abstracción mental. Para ellos la universitas no era sino un conjunto de personas. Sobre esta base surge la teoría de Sinibaldo dei Fieschi en la cual se considera que la persona jurídica es una ficción, preparando de este modo el camino para los posteriores desarrollos de Savigniy.

b.- Savigny

Savigny, continuador de la huella de Sinibaldo dei Fieschi, es generalmente considerado como “el primero que en la época moderna nos proporciona una explicación sobre el tema de la persona mediante una vigorosa teoría de vasta repercusión en la doctrina jurídica"[2].Es necesario destacar, como es sabido, la invalorable contribución ofrecida por este autor al desarrollo de la ciencia jurídica contemporánea así como cabe incidir en sus valiosos estudios referidos al derecho romano[3]. La teoría de la ficción tuvo en Alemania numerosos seguidores entre los que destacan Puchh,  Arndts  y  Unger,  entre otros.

Para Savigny, que ha ofrecido tan valiosos aportes en beneficio de una teoría moderna del Derecho, sólo el hombre concreto e individual - de carne y hueso como lo calificaría en su momento el apasionado y apasionante Unamuno - es "persona" para el Derecho. Es este ser humano, individual, singular, irrepetible, el único que merece este calificativo. Cualquier otro sujeto de derecho solamente puede adquirir la calidad de persona a través de una ficción, de una construcción conceptual sin asidero en la realidad de la vida, como es el caso del concebido y de la persona jurídica. En este sentido Savigny textualmente expresa al respecto que: ”La capacidad jurídica fue demostrada por nosotros como coincidente con el concepto de hombre singular. Nosotros la consideramos ahora como extendida a sujetos artificiales, creados por una simple ficción. Tal sujeto es llamado por nosotros persona jurídica, es decir persona que es solamente admitida para una finalidad jurídica. En ésta encontramos un nuevo sujeto de relaciones de derecho además del hombre singular[4]. Vale la pena recordar que la “finalidad jurídica”, para lo que en el planteamiento de Savigny sólo es admitida la persona jurídica en cuanto “ficción”, es el poder contar con un centro ideal y unitario de referencias jurídicas. Es decir, de una expresión lingüística que identifica esta fantasmal ficción o centro formal para el efecto exclusivo de atribuirle derechos y deberes.

Es siempre útil por ilustrativo recordar, cuando se hace referencia a la creación de Sinibaldo dei Fieschi y de Savigny, los alcances del término “ficción”. Según el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, es "acción y efecto de fingir".Al verbo “fingir” se le atribuye, en el mismo Diccionario, el significado de "dar a entender lo que no es cierto", "dar existencia ideal a lo que realmente no la tiene", "simular, aparentar". Todas estas significaciones pueden aplicarse, como se advertirá, a la teoría de Savigny sobre la naturaleza de la persona jurídica. En especial, sin embargo, aquella que se refiere a “dar existencia ideal a lo que realmente no la tiene”. Esta precisa significación nos mueve a preguntarnos, por consiguiente, por cuál sería la real existencia de la persona jurídica si ésta no tiene una existencia ideal.

Según lo expresado, las personas "jurídicas", dentro de la concepción muy precisa de Savigny, vendrían a ser fantasmas, entes ideales, como resultado de una operación de puro fingimiento. Es decir, la utilización de lo que, en nuestro concepto, es una innecesaria mentira para referirse a lo que no se halla, primariamente, en el mundo de las meras idealidades, sino en la realidad de la vida humana social. El derecho está enraizado en la vida, es primariamente vida de relación.

Dicho en otros términos, y empleando la significación que el mencionado Diccionario otorga al verbo fingir, la "persona jurídica" sería para el derecho, dentro de la tesis de Savigny, una elaboración conceptual, de estructura estrictamente formal, por la cual se otorga "existencia ideal a lo que realmente no la tiene". Es decir, las “personas jurídicas" no resultarían ser entes de este mundo, no se hallarían en la realidad de la vida comunitaria sino en el mundo ideal, compartiendo la naturaleza espectral de los números o de los conceptos eviscerados de su contenido objetal. Las personas jurídicas, en cuanto entes ideales, no tendrían, por consiguiente, nada que ver con las conductas humanas ni con los valores. Ellas son, así, producto de un fingimiento, es decir, una mera simulación. En otras palabras, una apariencia sin consistencia real.

La tesis de Savigny, como consecuencia de su propio planteamiento de reducir la categoría jurídica de persona a sólo el ser humano individual, deviene en un artificio formal que contradice lo que es el derecho, en el cual una comunidad de seres humanos - vivientes, palpitantes - regulan valiosamente sus propias conductas ya sea a través de normas consuetudinarias o legales.

José Luis de los Mozos, siguiendo la inspiración de Federico De Castro y Bravo, al hacer un balance de la concepción formalista sobre la persona jurídica, constata que “la doctrina ha evolucionado hacia una toma de conciencia más profunda del problema, poniendo en tela de juicio a la concepción formalista de la persona jurídica y así, efectivamente, se ha hecho la crítica de los excesos dogmáticos a que ha llegado aquella doctrina, tratando de buscar, por otra parte, una nueva base teórica en que apoyar el concepto de persona jurídica”.[5]

c.-  Gierke

A la teoría de la ficción se opone la teoría que se ha dado en llamar realista con múltiples derivaciones, entre las que podemos anotar la de la persona real-ideal de Dernburg, la teoría de la voluntad de Zittelmann, la llamada individualista propuesta por Ihering y otros autores, la teoría del derecho subjetivo de Michoud.

Entre los autores que propician la teoría realista el más conocido y citado es, sin duda, Gierke Contrariamente a lo sostenido por Savigny, Gierke observa que los grupos humanos jurídicamente actuantes no podían desvanecerse en una ficción, en lo que  hemos calificado como una innecesaria mentira. Según su pensamiento, había que concederle a la "persona jurídica" una existencia igual a la de los seres humanos individuales, una entidad real. En este sentido, postula otorgar a dichas "personas jurídicas", en cuanto colectividades, una vida autónoma, una propia voluntad de acción y un particular interés. Frente a este ente, Gierke sostiene que el ordenamiento jurídico no lo crea sino que se limita a su simple reconocimiento. De ahí que su teoría es también conocida, indistintamente, bajo las denominaciones de orgánica, antropomórfica o de la realidad.

El mérito de la posición de Gierke es el haber desvinculado el concepto de persona de cualquier referencia al hombre y de haber reconocido que, además de los sujetos individuales, que los entes colectivos no constituyen una ficción sino una realidad. El error de esta teoría se encuentra, sin embargo, en sostener que la realidad de la persona jurídica es una existente por sí misma, anterior al reconocimiento del ordenamiento jurídico.

Los postulados de Savigny y de Gierke se imponen, por largo tiempo, en el pensamiento jurídico. La mayoría de los juristas que asumen el tema adhieren a la teoría de la ficción, considerando que la persona jurídica no es más que un centro ideal, una mera abstracción desvinculada de la realidad y el mundo de los valores.

d).- FRANCESCO FERRARA

En la doctrina italiana destaca por su profundidad y pulcritud expositiva la teoría de Francesco Ferrara sobre la persona y, por consiguiente, sobre la denominada persona jurídica[6]. Como apunta Recaséns Siches, con el maestro de Nápoles y Pisa se produce un notorio salto de calidad, un decisivo progreso, en lo atinente a la persona jurídica[7]. La obra de Ferrara es un hito importante e insoslayable para quien se asome al conocimiento de lo que es la persona jurídica.

Ferrara reconoce que la concepción moderna sobre la persona jurídica se basa en la compenetración de tres elementos como son el derecho romano, el derecho germánico y el derecho canónico. Estos elementos se mezclan en la Edad Media y es a partir de aquellas diversas corrientes de pensamiento que surge una nueva concepción de la persona jurídica.

Como la inmensa mayoría de los juristas que tratan la materia referente a la naturaleza de las personas jurídicas en las primeras décadas de siglo XX, Ferrara adhiere a la teoría formalista. Dentro de esta concepción, siguiendo la huella de Savigny y de conformidad con la apreciación del autor, se distingue claramente la situación ontológica del ser humano del concepto jurídico de “persona”. Esta última es una cualidad abstracta, ideal, suministrada por el ordenamiento jurídico y no “resultante de la individualidad corporal y psíquica”. El hombre es persona para el derecho cuando es reconocido como ente jurídico, dotado de derechos y deberes, por el ordenamiento jurídico. Dentro de este planteamiento, como se advierte, no coinciden las nociones de “ser humano” y de persona, siendo este último un concepto de mayor amplitud en la medida que la calidad jurídica de persona puede atribuirse por el ordenamiento jurídico a cualquier ente que no sea el hombre.

Según sus propias palabras, “la personalidad es un producto del ordenamiento jurídico, y surge por el reconocimiento del derecho objetivo. No es por vía de la naturaleza sino del derecho que el hombre es persona. La calidad natural de hombre, como la de un ente racional y capaz de voluntad, es sólo la base ética, porque el derecho de un cierto estadio de cultura a todos los hombres les reconoce personalidad.

Pero la subjetividad no se halla incita en el hombre, no es una cualidad inherente al individuo, sino es una relación ideal que es inconcebible sin el ordenamiento jurídico”. Y agrega que “antes de una organización estatal el hombre no es persona” y también que “formado un ordenamiento jurídico, la historia demuestra que por largo tiempo ha existido una clase de hombres a los que se les negaba la calidad de sujetos de derecho como es el caso de los esclavos”. Pero aún esto es insuficiente para Ferrara pues “la personalidad podía también perderse como consecuencia de una condena penal (muerte civil) o por la asunción de un cierto estado religioso (vida monacal)” A mayor abundamiento, el autor señala que aún en los individuos capaces “la personalidad se mostraba como una cantidad variable, que podía ser concedida en larga medida en más o en menos”[8].

La personalidad jurídica es para Ferrara una forma jurídica, no es un ente en sí  mismo. La describe como “un modo de regulación, un procedimiento de unificación, la forma legal que del derecho objetivo reciben ciertos fenómenos de asociación y de organización”. Por ello, la persona jurídica no es una cosa, sino un modo de ser de las cosas. Resulta vano, sostiene, tratar de encontrar detrás de la persona jurídica cualquier especial entidad orgánica o psicológica que la ley considere sujetos de derecho. La persona jurídica es la forma jurídica mediante la cual ciertos grupos de personas se hacen presentes en la vida del derecho. Es la configuración legal que estos grupos asumen para participar como tales en la vida social. Es así que la personalidad es una marca o huella jurídica que viene del exterior y se sobrepone a los fenómenos asociativos[9].

De este modo, por ejemplo, Incitatus, el caballo de Calígula, podría ser persona. Aún más. El propio Ferrara manifiesta que en Roma se concedió la calidad de persona a ciertos dioses como Apolo y Júpiter, mientras que en los derechos orientales se reconoció como personas a las plantas, a los animales, a las cosas inanimadas. Ferrara no encuentra ninguna dificultad, por consiguiente y desde un punto de vista técnico formal, para la personificación de entes no humanos[10]. No obstante esta conclusión lógica, Ferrara se pregunta si el otorgamiento de la calidad de persona a los entes no humanos es compatible con la finalidad del derecho, que es un producto de la vida social que atiende a la realización de los intereses humanos. Sobre la base de esta comprobación, Ferrara se explica el que en determinadas épocas históricas se hubiese concedido personalidad a entes no humanos. Es que con esta concesión se perseguía la realización de intereses sociales, ya sean religiosos, estéticos o filantrópicos. Y ello porque “el hombre es siempre el punto central del derecho, y el derecho sólo existe para ordenar las relaciones humanas”[11]. En síntesis y según la concepción de Ferrara, cuando el ordenamiento jurídico concede la calidad de persona a entes que no son seres humanos debe tenerse en cuenta que esta atribución de personalidad no es otra cosa que una forma de realización de intereses humanos. De lo contrario carecería de vigencia la aseveración formulada por Hermogeniano: “omne jus hominum causa costitutum est”.

Las personas jurídicas son para Ferrara, al igual que la concesión de personalidad a Apolo o a Júpiter, formas de realización de intereses humanos. Esta es la razón por la cual el ordenamiento jurídico crea a las personas jurídicas. Estas surgen “como pluralidad de hombres que se renuevan en el tiempo y que persiguen un fin común, o un fin supremo de defensa o solidaridad humana, o un objeto particular de los coasociados”[12]. Como estas colectividades permiten la realización de intereses humanos es que el ordenamiento jurídico le otorga la calidad abstracta e ideal de personas, considerándolas como sujetos de derecho. El interés de las colectividades no es, por lo demás, distinto del de sus integrantes. Se trata de un interés común, un punto de coincidencia de los miembros de las colectividades.

El substrato de las personas jurídicas son seres humanos. Pero, no se trata de hombres singulares sino asociados ordenados a un fin. La composición de la persona jurídica está formada por “la asociación de individuos para la obtención de un fin propio (corporaciones) o para la obtención de un fin ajeno (instituciones)[13]. Cabe señalar que Ferrara utiliza la expresión “corporaciones” para designar a las colectividades o asociaciones y el vocablo “instituciones” para referirse a las “fundaciones”.

Pero, el que el ordenamiento jurídico otorgue la calidad de persona jurídica a las colectividades, no significa que la capacidad jurídica se atribuya a una pluralidad de seres humanos, sino que la personalidad jurídica se concede a su “unidad ideal”. Las personas jurídicas, no obstante significar la realización de intereses humanos y estar constituidas por seres humanos, no constituyen una realidad corporal, orgánica, sino un ente ideal, una abstracción. La persona jurídica no es para Ferrara“un hombre grande”.

Para explicar su pensamiento, el autor expresa que si bien es cierto que el ser humano es la resultante de una suma de células, no por ello podemos sostener que nos hallamos frente a “una gran célula”.

La persona jurídica es así, para Ferrara, una “unidad intelectual sintética” y, al no poseer una existencia separada e independiente de la pluralidad, ella consiste en la propia pluralidad abstractamente considerada, es decir, como masa unitaria. La persona jurídica resulta existente e inmanente en la pluralidad. Y esto es tan cierto que para Ferrara ella dura mientras dura la pluralidad. El autor sostiene que “la unidad sintética en cada instante es idéntica a la pluralidad cambiante de la masa, de la cual no es sino su representación ideal”[14]. De esta comprobación se sigue que la voluntad de la asociación como ente ideal es la voluntad de los concretos actuales miembros, es decir una voluntad colectiva. Esta voluntad, por consiguiente, no es la suma de las voluntades singulares de los asociados sino el “producto” de aquellas voluntades singulares “en cuanto que por influencias y reacciones psíquicas recíprocas las voluntades singulares se modifican, pero voluntad que no es la emanación de un ente místico colectivo, que puede considerarse como voluntad de este organismo social”[15]. Se trata, por consiguiente, de una voluntad común de los asociados y no una voluntad del ente ideal “asociación”.

En lo que se refiere a las “instituciones”, que para Ferrara son las fundaciones, ellas tienen un substrato que está formado por la organización de individuos para la consecución de un fin ajeno, que le es impuesto desde el exterior por el fundador.

Con gran lucidez, Ferrara considera que lo que hace que las instituciones, es decir, las fundaciones, alcancen la categoría de personas jurídicas no es el fin por ella perseguido, ni el fundador, ni el patrimonio, ni los destinatarios sino el consejo de administración. Ello porque según el autor no se puede elevar a la categoría de sujeto de derecho a la finalidad, en cuanto ella es una mera abstracción, ni al grupo de destinatarios que pueden ser indeterminados, ni al patrimonio que puede faltar. Sólo puede ser substrato de la persona jurídica el consejo de administración, que es la organización de donde emana e irradia la actividad de la institución. Se trata de una “administración” entendida no con significación económica ni como función, sino como “organismo administrativo”, como unidad ideal. Es el “grupo ideal” de los administradores, los que individualmente pueden ir cambiando a través del tiempo.

Por lo expuesto, podemos comprobar que en la concepción de Ferrara cabe distinguir los conceptos de “persona” y de “persona jurídica”. La persona es el sujeto de derecho, un concepto genérico, que comprende a todos los sujetos de derecho.

Persona, por excelencia, es el ser humano. Al lado de los seres humanos existen otras personas, como son las denominadas “personas jurídicas”. Ambas son sujetos de derecho y, como personas, constituyen una categoría jurídica ideal, abstracta, una pura forma jurídica, un ordenamiento legal unitario. Para explicar su posición, Ferrara utiliza un ejemplo ilustrativo, un parangón, como es el de considerar que la noción de “`persona”, por su generalidad, sería semejante a la de “animal” para la zoología. En cambio, el concepto de “persona jurídica” es una categoría especial de la genérica noción de “persona”, por lo que el autor la compara a una especie del género animal.

e).- LA PERSONA EN LA TEORIA KELSENIANA

Hans Kelsen, a través de su difundida Teoría Pura del Derecho opone, con rigor científico y con un indiscutible poder de fascinación, a los planteamientos antes referidos de Savigny y Gierke , una extraordinaria y coherente construcción del derecho, la misma que dominó el pensamiento jurídico occidental durante varias décadas. Dicha construcción teórica, por su calidad científica y por la explicación global de lo jurídico que proporciona, constituyó una formulación en la cual el formalismo jurídico encontró su más acabada y exquisita elaboración conceptual. Su planteamiento, aceptado por la gran mayoría de los juristas en décadas pasadas, respalda, a elevado nivel, el postulado imperante del positivismo jurídico que, en el siglo pasado y en gran parte del presente, dominó el pensamiento jurídico. La tesis kelseniana, por su valor intrínseco tuvo, en su momento, universal resonancia.

Kelsen,  depura la teoría formalista sobre la persona llevándola, con maestría y lúcida coherencia, a sus últimas consecuencias. Es el gran artífice de un constructivismo conceptual, desarraigado de la realidad de la vida, donde la persona es exiliada de la naturaleza, extraída de su hábitat social, para reducirla a tan sólo un “centro ideal de imputación de normas”, un modo especial de designar unitariamente una pluralidad de normas que atribuyen derechos y deberes o, como diríamos actualmente, de "situaciones jurídicas subjetivas". El ser humano resulta, así, reducido a un producto ideal del ordenamiento jurídico positivo.

La persona, tanto física como jurídica, son para Kelsen tan sólo un ente espectral, "una expresión unitaria personificadora para un haz de deberes y facultades jurídicas, es decir, para un complexo de normas”.[16]

Dentro del esquema kelseniano, en el ámbito de su teoría "pura", tanto la persona física o natural como la persona jurídica o colectiva participan de la misma estructura formal en cuanto ambas personas resultan ser tan sólo, como está dicho, "la unidad de un conjunto de normas". Ambos conceptos, el de persona física y el de persona jurídica, son para Kelsen tan sólo construcciones auxiliares de la ciencia jurídica, la personificación de un conjunto de normas jurídicas, de obligaciones y autorizaciones. Si alguna diferencia existe entre ambas ella radica, según Kelsen, en la división de funciones. Estas funciones se ponen de manifiesto en lo que Kelsen designa como orden jurídico total y orden jurídico parcial.

En síntesis, dentro del planteamiento kelseniano se percibe con nitidez que es función del orden jurídico total imputar situaciones jurídicas subjetivas (derechos y deberes), de modo inmediato, a la persona jurídica, mientras que es atribución del orden jurídico parcial el determinar quiénes serán las personas que realmente actuarán, en el plano de la realidad, los derechos y deberes de que goza la persona jurídica.

f).- LA PERSONA JURIDICA SEGUN LA TEORÍA EGOLÓGICA

Carlos Cossio, pensador fecundo y creativo, aporta una renovada visión sobre el derecho inspirado, básicamente, en la filosofía de la existencia y el pensamiento de Husserl[17] . Su teoría egológica sobre el derecho postula a la conducta humana intersubjetiva como el objeto propio de la disciplina jurídica, considerando que tanto los valores como las normas jurídicas se integran en ella. Los primeros, en cuanto al ser vivenciados por el ser humano le otorgan sentido a la vida humana. Las segundas, es decir las normas jurídicas, en cuanto le son inmanentes, en tanto que ellas son producto del pensamiento del hombre. La tesis cossiana es original y sugestiva, pese a la crítica que puedan merecer algunos aspectos de su teoría[18].

Cossio pone de manifiesto tanto las notorias insuficiencias del planteamiento que intenta, vanamente, explicar la naturaleza de la “persona jurídica” acudiendo al fácil recurso de considerarla como una mera ficción, como aquel otro que le otorga existencia y voluntad autónomas. Es decir, refuta las tesis que, en su momento, expusieran Savigny y Gierke, que hemos reseñado en precedencia, y que concitaran, por más de una centuria, la preferente atención de los juristas que recogieron sus planteamientos para el efecto de explicar la naturaleza de la persona jurídica.

Coincidiendo con Savigny, pero a partir de una analítica existencial, Carlos Cossio sostiene que la única "persona" para el derecho -en cualquier sentido que se use el término- es el ser humano individualmente considerado. Al afirmar que no es posible extrañarlo del derecho, como pretendía Kelsen, lo muestra en su plenaria realidad. Es decir, que la persona, en cuanto tal, no puede ser separada de su libertad ontológica, de sus conductas, pero tampoco éstas pueden ser atribuidas a otro ente que no sea la persona. De ahí que Cossio apunte que los comportamientos humanos "no son independientes o separables del hombre que los hace" en cuanto se trata de dos términos de una misma realidad.[19]

La persona jurídica o colectiva, según Cossio, se resuelve, por ello, siempre en conductas de seres humanos individuales mediante el facultamiento mediato del orden jurídico parcial. O, lo que es lo mismo, podemos afirmar que la persona jurídica no posee otra existencia que aquella propia de los seres humanos individuales que la integran.

g) .- LA CONCEPCIÓN TRIDIMENSIONAL DE LA PERSONA JURÍDICA

La visión tridimensional del derecho y, por consiguiente, de la institucionalidad jurídica, aparece en el mundo jurídico, sustentado en la filosofía de la existencia, a partir de la segunda mitad del presente siglo XX.

Como lo advierte Miguel Reale, el tridimensionalismo en su versión contemporánea surge a "partir de la segunda postguerra, como una aspiración generalizada hacia la comprensión global y unitaria de los problemas jurídicos, abandonadas las predilecciones reduccionistas que llevan a pseudototalizaciones”.

Cabe señalar que los primeros importantes esfuerzos realizados en esta dirección se sitúan en el año de 1940 y se deben a Wilhelm Sauer. Si bien la conclusión a que arriba Sauer, como lo señala el propio Reale, no es coincidente con el tridimensionalismo dinámico a que él llega en su momento, y al que denomina como “específico” para contraponerlo al tridimensionalismo abstracto de Sauer y al de otros autores[20].

Coincidentemente, a esta misma conclusión en cuanto a un tridimensionalismo específico, llega también  en el Perú  de modo independiente y al mismo tiempo que Reale, en la segunda mitad de la década de los años cuarenta, con la diferencia que en vez de designarlo como “específico” lo caracteriza como “dinámico”  el maestro Carlos Fernández Sessarego.

En síntesis, para la escuela tridimensional el derecho aparece como la interacción dinámica de tres objetos heterogéneos como son la vida humana -conductas intersubjetivas-, los valores y las normas jurídicas. Ello es posible en tanto la persona es el único ser que vivencia valores y crea reglas reguladoras, consuetudinarias o legales, de conductas humanas en interferencia.

La aplicación de la concepción tridimensional del derecho permite distinguir en cualquier institución jurídica y, por consiguiente, en lo que concierne a la persona jurídica, la presencia simultánea y en recíproca exigencia de tres objetos que adquieren unidad conceptual mediante una dinámica interacción. Nos referimos, como se ha señalado en precedencia, a las conductas humanas intersubjetivas, en las que se despliega la dimensión coexistencial del ser humano y que constituyen el dato sociológico-existencial, las normas jurídicas, que se erigen en el dato formal regulador de la institución, y los valores, que conforman el aspecto estimativo o axiológico de la misma y que le otorgan un sentido.

Desde el punto de vista estrictamente formal la persona jurídica se constituye, en cuanto sujeto de derecho, en un centro unitario ideal de referencia de situaciones jurídicas subjetivas. En esta perspectiva ella se reduce a un simple dato formal al cual se llega después de un proceso de abstracción mediante el cual se logra reducir a la unidad ideal -sin un correlato en la experiencia jurídica- a una pluralidad de personas, subsistentes en la experiencia jurídica, que se proponen alcanzar determinados fines valiosos.

El proceso de abstracción mental en referencia se consuma, como arte de magia, en el instante en el cual, de acuerdo a lo que dispongan los respectivos ordenamientos jurídicos positivos, se produce, según sea el caso, la inscripción de una determinada persona jurídica en un registro público o cuando se obtiene su reconocimiento gubernativo, o cuando se cumplen ambos requisitos. Es en este preciso momento en que, por consenso que se sustenta y concreta en una prescripción normativa, admitimos que ha surgido un nuevo centro unitario ideal de referencia de derechos y deberes.

La persona jurídica no se reduce automáticamente ni se confunde, única y exclusivamente, con su dimensión formal como consecuencia de su inscripción registral o de su reconocimiento administrativo según lo dispongan los respectivos ordenamientos jurídicos. Ello, de ocurrir, supondría el absurdo de prescindir de los seres humanos que real y efectivamente actúan en la experiencia jurídica y que concretan en actos jurídicos los fines valiosos que se propusieron al instituirla. La “magia” o el invento de la persona jurídica, funciona sólo para la reducción a la unidad formal de una pluralidad de seres humanos actuantes pero no para que desaparezcan del mundo ni de la persona jurídica tanto el conglomerado de miembros que la constituyen como los fines valiosos que proyectaron y tras la concreción de los cuales están dirigidas sus acciones.


[1]Para una amplia ilustración sobre las teorías en torno a la naturaleza de la persona jurídica puede verse Ferrara, Teoria delle persona giuridiche, segunda edición, Napoli-Torino, 1923, pág. 131 y sgts. Existe traducción al castellano en edición de la editorial española Reus, Madrid, 1929. También pueden consultarse sus obras Le persone giuridiche, Torino, 1956, pág. 18 y sgts. (la primera edición es de 1923) y Scritti Giuridici, Giuffrè, Milano, 1954.Igualmente Mossa, Trattato del nuovo diritto commerciale, Padova, 1957.

[2]Fernández Sessarego, Carlos, “La persona en la doctrina jurídica contemporánea”, Universidad de Lima, Lima,1984, pág. 61.

[3]Savigny , M.F.C. de, trata el tema de la persona jurídica en su obra “Sistema de derecho romano actual”, Tomo II,segunda edición, Centro Editorial de Góngora, Madrid, s/f. Existe una versión en italiano, bajo el título de “Sistema del diritto romano, publicada por UTET, Torino, 1888.

[4]Savigny M.F.C. de, Sistema del diritto romano, pág. 240

[5]De los Mozos, José Luis, Concepto de persona jurídica en la doctrina española, en “Quaderni firentini”, 1982-1983,  pág. 845.

[6]Ob. cit

[7]Recaséns Siches, Luis, Filosofía del Derecho, Edit. Porrúa, México, 1959.

[8]Ob. Cit ferrara

[9]Ob. cit

[10]Ob. cit

[11]Ferrara, Francesco, “Teoría de las personas jurídicas”, pág. 333

[12]Ferrara, Francesco, “Teoría de las personas jurídicas”, pág. 336

[13]Ob.cit.

[14]Ob.cit.

[15]Ob. cit

[16]Kelsen, Hans, La teoría pura del derecho, pág. 83.

[17]  Fernandez Sesarego“Heidegger y la Teoría Egológica del Derecho”, publicado en la “Revista de Derecho y Ciencias Políticas”, editada por la Facultad de de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Lima, Vol. 39, Nº 1, 2 y 3, Lima, enero-diciembre de 1975.

[18]Cossio, Carlos, “La teoría egológica del derecho y el concepto jurídico de libertad”, Losada, Buenos Aires,

primera edición, 1944.

[19]Cossio, Carlos, “La teoría egológica del derecho y el concepto jurídico de libertad”, pág 484.

[20]Reale, Miguel, “Toería tridimensional del derecho”, pág. 86 y sgts. En estas páginas Reale analiza la posición de Sauer y anota las diferencias con su pensamiento.

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