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La pena de muerte

Autor: Dr. Allan Arburola Valverde
Curso:
10/10 (1 opiniýn) |2302 alumnos|Fecha publicaciýn: 21/07/2008
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Capýtulo 1:

 Antecedentes históricos generales

En  la época de Jesucristo, ya es Moisés quien sienta las primeras bases punitivas para el crimen, ya que hasta su venida, son muchas las formas en que el Derecho procuró satisfacer y restaurar la justicia herida por el crimen y el delito.

Hacia el año 30, ya se punía el mal, puesto que la Escritura Santa no constituía un Código Civil sistemáticamente ordenado, tampoco, el Código llamado Napoleón, no era un Código Penal; pero, proporcionaba gran número de preceptos, también diseminados en varios libros bíblicos, con los que era fácil formar un todo.

Entre crímenes y delitos bastante arcaicos, la diferencia no era siempre muy neta.

Una clasificación sumaria podía colocarlos a todos en cinco grandes categorías: los atentados contra la vida humana, donde se distingue perfectamente entre el homicidio voluntario y el homicidio por imprudencia; los golpes y heridas, cuya gravedad estaba cuidadosamente catalogada; los atentados a la familia y a la moral, considerados como particularmente graves en una sociedad donde la familia ocupaba el papel primordial, y cuya lista iba de los casamientos consanguíneos a las costumbres contra natura y a la bestialidad, de la violación de una novia a la maldición pública de un hijo contra el padre; los daños a la propiedad ajena, considerados también como crímenes cuando se trataba de robo a mano armada, o cometido de noche, o empleo de pesas falseadas. En todas esos casos, los preceptos bíblicos y las decisiones de los rabíes revelaban mucho cuidado, sentido jurídico y espíritu de equidad. Por ejemplo, matar a un ladrón que entró de noche en la casa no era homicidio, pero sí lo era matarlo si se le sorprendía en pleno día, pues en este caso se le podía detener.

Pero de todas las categorías de crímenes, los más graves ante la Ley, los más irremisibles, eran los que se cometían contra la religión.

Lo que es natural, si se tiene en cuenta el carácter sagrado de todas las instituciones judías. Para el "Pueblo de Dios" no hay peor falta que rebelarse contra Dios; en un sentido es cometer un crimen muy próximo al que nuestras reglamentaciones laicas califican de atentado a la seguridad del Estado.

La represión de esas horrorosas faltas existió desde siempre en Israel, pues se castigaban con el Código de la Alianza. Pero debe reconocerse que en el curso de los siglos, la lista se había alargado considerablemente, y que, en los últimos tiempos, los doctores de la Ley, como especialistas, multiplicaron los casos en que podían cometerse esos crímenes.

De modo que era crimen la idolatría, practicar la magia, la necromancia y hasta la adivinación y la blasfemia. Se entiende por blasfemia, el hecho de invocar en vano el nombre sagrado. Violar el Sabat era también un crimen que merecía la muerte; negarse a circuncidar a su hijo, o abstenerse de celebrar la Pascua eran delitos tan graves que el culpable tenía que ser proscrito.

En tiempos remotos, interdictos heredados de viejos "tabús" mandaban tratar como criminales a los que tenían relaciones con una mujer indispuesta. Pero en los tiempos recientes la tendencia de los sacerdotes y de los escribas era considerar como ateos y rebeldes a los que desobedecían las menores leyes eclesiásticas, sobre todo las que se referían al pago del impuesto del Templo y los diezmos. Está fuera de duda que en los momentos en que vivía Jesús, puesto que la influencia de los fariseos había aumentado mucho, el judío fiel - como se diría al  ciudadano judío - había de tener oportunidades de cometer crímenes y delitos en número considerable.

A este respecto, la represión era severa. Para todos los crímenes cometidos contra la religión, la única pena prevista era la muerte: por ese cargo indagaron a Nuestro Señor hasta lograr culparlo de una pretendida blasfemia por la cual lo condenaron. Lo mismo ocurría con otros muchos que la legislación moderna castiga menos pesadamente, por ejemplo, el adulterio.

De la misma manera, también estaba prevista la muerte para todo el que redujera a esclavitud a un judío libre, para todo el que falseara las pesas, para la hija de sacerdote que se prostituía, para la mujer que se casaba ocultando su inconducta. Pero, en el momento en que vivía Jesús, esa severidad de la Ley estaba moderada por la decisión que poco antes tomaron los romanos. "Cuarenta años antes de la destrucción del Templo - dice el tratado Sanedrín del Talmud -, las causas que comportaba la pena de muerte fueron retiradas al tribunal. Otros autores pensaban que las autoridades judías conservaban el derecho de instruir esas causas, pero que en todo caso el procurador se reservaba el derecho de autorizar o no la ejecución.

Para todo lo que se refería a crímenes, golpes y heridas, los muy viejos principios del tiempo en las tribus, seguían siempre teóricamente válidos. El más célebre es la ley del talión, que la Biblia formulaba en tres oportunidades: "ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, contusión por contusión, herida por herida" y, naturalmente, "vida por vida". El precepto parece horroroso: en realidad, quizás apuntara, en tiempos remotos, a limitar los excesos de la venganza privada, a impedir que se matara a un hombre por una herida o a un niño por una contusión.

Con los siglos se había atenuado la severidad, admitiendo que el talión sólo se aplicara en caso de muerte intencional o herida acarreando incapacidad permanente de trabajo. Es muy dudoso que en la época de Jesús estuviera muy en uso el talión: se atenían al "talión pecuniario". Lo que no quiere decir, lejos de eso, que eran capaces de admitir la gran lección evangélica que, condenando formalmente la vieja costumbre de "ojo por ojo, diente por diente", pedirá a los hombres que perdonen todo y "si alguno te abofetea en la mejilla derecha, dale también la otra".

A esa ley del talión se vinculaba el principio de la venganza. Venganza en la comunidad, venganza en la familia, para decir todo, venganza de Dios.

El crimen quebranta el orden querido por la divinidad: una pena proporcional restablece ese orden. La Biblia era, pues, formal: "El que derramare la sangre humana, por mano de hombre será derramada la suya". La venganza es un deber sagrado para toda la familia.

El más cercano pariente de un hombre muerto debe alzarse en goel, en "vengador de la sangre".

Aquí también parece que la Ley hizo lo mejor que pudo para limitar los efectos de ese desastroso principio: la venganza no debía ejercerse del mismo modo si se trataba de una muerte involuntaria o de un crimen; no había de alcanzar los miembros inocentes de la familia culpable. ¿Existía, como más tarde en el derecho germánico, un "precio de la sangre", es decir, una tarifa de indemnizaciones que el criminal o los suyos tenían que pagar para evitar el castigo? Esto es seguro en materia de golpes y heridas; también es seguro cuando se trataba de la muerte de un esclavo, en este caso la cantidad que debía pagarse era treinta denarios: las famosas treinta monedas que Judas recibió por entregar a Jesús.

Pero cuando la víctima era un hombre libre, era muy dudoso definir el precio. En todo caso, parece sumamente improbable que los romanos, amigos del orden, dejaran desarrollar, en un país ocupado por ellos, la "vendetta" en cadena.

En todo caso, lo importante aquí de resaltar es que el Derecho Penal existente en el pasado era severo y contenía evidentemente sanciones y penalidades pesadas.

Las multas por golpes y heridas, por negligencias culpables - por ejemplo, por haber abierto una zanja o cavado una cisterna sin avisar -, por difamación y calumnias, por corrupción de virgen, por robos, estaban cuidadosamente fijadas: por ejemplo, el que robaba un buey tenía que entregar cinco. Las penas físicas infligidas en virtud del talión no estaban precisadas en la Biblia, pero los rabíes indicaban cierto número.

La única mutilación prevista en el texto sagrado era la ablación de la mano de la mujer que, en el curso de una reyerta, prestó a su hombre una ayuda demasiado eficaz haciendo al adversario una cogedura de carácter bastante escabroso. La varea debía practicarse, quizás hasta como simple medida de policía, como se hacía en Egipto con los contribuyentes recalcitrantes, sin decisión judicial, lo que la distinguía de la terrible flagelación.

La prisión, que los antiguos hebreos sólo conocieron como preventiva, destinada a asegurarse de un acusado, o como medida política en tiempo de los Reyes, llegó a ser, en la época de Esdras y de Nehemías, una pena represiva, a la que alude constantemente el Nuevo Testamento, aplicada sobre todo a los deudores insolventes.

También parece que una forma que muy a menudo se repite en la Biblia: "será borrado de en medio de su pueblo", no significaba la muerte, sino la expulsión, lo que, ipso facto, incluye la excomunión religiosa.

Los suplicios propiamente dichos eran numerosos y variados. El tratado Sanedrín enumera cuatro: la lapidación, la muerte por el fuego, la decapitación y la estrangulación. Este orden de gravedad parecería sorprendente, sobre todo si se piensa que el suplicio del fuego transcurría así: el condenado estaba semienterrado en estiércol, con el busto rodeado de estopas; dos verdugos le abrían la boca a la fuerza, para meterle en ella una mecha encendida; así perecía el hombre que había tenido comercio con madre e hija, o la hija de un sacerdote que se había vendido.

 La estrangulación infligida a un hijo que había golpeado a su padre, o a un "falso profeta", se hacía con el garrote.

Las penas más usuales, las más célebres, eran la flagelación y la lapidación. La primera constituía, en principio, ya sea un castigo considerado en sí como suficiente, ya sea una pena suplementaria agregada a la de muerte.

Parece cierto que los romanos introdujeron en Palestina la costumbre de flagelar a los condenados a muerte antes de ejecutarlos. Pero debía ocurrir a veces que el desdichado muriese por los golpes: por lo cual la Ley judía fijó un número máximo de azotes, cuarenta, y ordenó que se detuvieran al llegar a treinta y nueve, temiendo que el cuadragésimo fuese precisamente fatal, medida humana que la ley romana ignoraba.

Sin embargo, los azotes que usaban los verdugos judíos, formados de simples tiras de cuero, triples o cuádruples, eran mucho menos crueles que los de los romanos, que estaban guarnecidos de bolitas de plomo o tabas de carnero que, a cada golpe, se llevaban el pellejo.

Este último tipo de suplicio fue sin duda el que sufrió Jesús, atado a una columna baja, entregado al arbitrio de los lictores...

La lapidación era perfectamente un suplicio capital. Era el suplicio israelita típico, clásico, aquel de que sin cesar se trata en la Biblia, el que los acusadores de la mujer adúltera quieren infligirle, el suplicio infligido por la comunidad; los acusadores y los testigos de cargo tenían que tirar la primera piedra y luego tiraba todo el pueblo. (ver anexo N0.1)

El tratado Sanedrín da una precisión que hace un poco menos bárbara esta ejecución de muerte: el condenado debía ser conducido a un lugar escarpado "de la altura de dos hombres"; uno de los acusadores lo empujaba hacia atrás, evidentemente para matarlo en la caída o romperle los riñones: tras lo cual se le arrojaban piedras, la primera apuntando al corazón.

En cuanto a la crucifixión, que se caería en la tentación de creer que constituía un suplicio normal en Israel, pensando en la muerte de Jesús, era en realidad un suplicio importado por los griegos y los romanos. Originalmente los israelitas no crucificaban ni ahorcaban a los condenados: "suspendían en el madero" los cuerpos de los ejecutados. Originario probablemente de Fenicia, y sin duda reservado primero a los esclavos rebeldes, ese horroroso suplicio - crudellissimum teterrimumque, dice Cicerón - se difundió por todo el mundo antiguo.

En Roma, se atribuía su introducción a Tarquino el Soberbio.

En Judea, Alejandro Janio lo utilizó en grande contra los fariseos por él vencidos. Llevado al lugar de la ejecución fuera de las puertas de la ciudad, donde se hallaban permanentemente maderos levantados, se ataba al condenado por las manos o se las clavaban a un travesaño más pequeño que se izaba con cuerdas hasta que llegase ya sea al tope del palo vertical, ya sea en una muesca prevista para ese fin. Los hombres eran crucificados de cara al público; las mujeres con el vientre pegado al palo. Una especie de cuerno colocado entre las piernas impedía que el cuerpo se desplomara y la muerte llegara demasiado pronto. En realidad, ésta tardaba horas y horas en producirse, determinada por la asfixia creciente, la tetanización de los músculos, el hambre y sobre todo la sed, sin hablar de las heridas que le producían los pájaros lúgubres que en aquellos lugares volaban sin cesar. Si tardaba demasiado, como no debía violarse la regla del Deuteronomio que prohibía dejar los cuerpos colgados por la noche, quebraban las piernas al condenado o bien le hundían en los costados una espada o una lanza.

Había en la opinión judía una corriente hostil a estas penas de muerte. El Talmud alude a ello. La ley judía llegaba a prever atenciones como ordenar que cerca del lugar del suplicio se colocara un sistema de guardia a caballo, con relevos, para que si las autoridades judiciales querían detener la ejecución, pudiesen hacerlo hasta el último segundo.

También era obligatorio dar al condenado un "licor fuerte", como decía el libro de los Proverbios, verosímilmente un hipnótico, incienso o mirra disuelto en vino o en vinagre, como se le ofreció a Jesús; existían cofradías de mujeres piadosas que se encargaban de ese cuidado, o en su defecto lo hacían las autoridades de la ciudad. Nuestro Señor sufrió la pena más severa, reservada para escasísimos casos.

Pasó por la flagelación, cargó su propia cruz, fue lastimado con espinas y clavado con clavos, y finalmente muerto en la ignominiosa cruz con que se castigaba a los más abyectos de los criminales.

No obstante, a pesar de que durante esa época, la Pena de Muerte estaba aceptada y tipificada, también se puede decir que los primeros cristianos fueron en general abolicionistas, ya que el mensaje de misericordia y perdón de Jesús lo vivieron como una superación radical de aquella actitud primitiva. De nuevo es el siglo IV el que marca un cambio de rumbo, y es así como con la integración del cristianismo en las estructuras políticas, se pasa del rechazo de la pena de muerte a su tolerancia, y de ésta a su aceptación. De esta manera, la pena de muerte fue admitida en su totalidad por las sociedades antiguas como la máxima expresión de la ley.

Dentro de un marco histórico, su legitimidad nunca fue discutida y el debate sobre el tema se inició en el siglo XVIII, gracias a Cesare Beccaria, quien logró que la pena capital fuera abolida en Toscana, en 1786, y a los filósofos de la revolución francesa.

La abolición legal de la pena de muerte es un fenómeno moderno que sólo se había logrado en unos pocos países hasta la Segunda Guerra Mundial.

En España fue abolida desde la instauración de la II República hasta el final de la Guerra Civil, momento en el que el régimen franquista la instauró de nuevo. Después de la Segunda Guerra Mundial el movimiento internacional a favor de la supresión de la pena capital fue considerado como una de las pruebas de consolidación democrática de un país, por lo que se fueron aprobando nuevas legislaciones

En la actualidad, el único país occidental que mantiene la pena de muerte es Estados Unidos, con el agravante de que en su legislación contempla incluso el que pueda ser aplicada tanto a incapacitados mentales como a jóvenes, si bien estos deben alcanzar la mayoría de edad en la cárcel

Según las estadísticas publicadas anualmente por las Naciones Unidas, en 1955 había 44 Estados que habían abolido por completo la pena de muerte, a los que se debían añadir otros 16 en los que la ejecución capital  se reservaba, como en España, para algunos crímenes especiales. Existían 21 países en los cuales la pena capital era legal, La pena de muerte se aplicaba en 106 países y en 1990 se registraban 2029 ejecuciones, en tanto que más de 2500 reos esperaban la aplicación de la pena  capital en una treintena de Estados.

Ahora bien, si es posible hacer una reflexión y una fundamentación filosófica, se puede asegurar que a lo largo de la historia del pensamiento tradicional, han sido propuestos distintos argumentos para sostener la legitimidad de la pena de muerte, de tal manera que éstos, se pueden reducir a tres principales.

1.  El principio de totalidad, el cual es una argumento que puede expresarse como sigue: "Cualquier parte se ordena al todo como lo imperfecto a lo perfecto, y por ello cada parte existe naturalmente para el todo. Por tanto, si fuera necesario para la salud de todo el cuerpo humano la amputación de algún miembro, por ejemplo, si está podrido y puede infectar a los otros, tal amputación será laudable y saludable. Pues bien, cada persona singular se compara a toda la comunidad como la parte al todo; y por tanto, si un hombre es peligroso para la sociedad y la corrompe por algún pecado, en orden a la conservación del bien común se le quita la vida laudable y saludablemente; pues, como afirma San Pablo en 1 Cor 5,6: un poco de levadura corrompe toda la masa"

Hay que notar, sin embargo, con el Padre Zalba que el principio de totalidad aquí esgrimido no tiene perfecta aplicación unívoca y directa en nuestro caso.

El criminal es un miembro del todo social; pero no le está subordinado en cuanto a su propio ser y a su existencia, como le están subordinados al todo físico sus componentes. El ciudadano se subordina al Estado sólo en cuanto a ciertos servicios para el bien común; por eso la autoridad pública no puede obligarle más que en lo necesario para el bien común.

Esto significa que si bien el principio de totalidad justifica la pena de muerte cuando parezca necesario para el bien común y para la seguridad de los ciudadanos inocentes, no lo es por sí solo, sino porque es completado por otros principios. El recurso al solo principio de totalidad podría prestarse a abusos y conlleva el riesgo de presentar una concepción de la sociedad calcada sobre el modelo colectivista del marxismo, en el cual el individuo sólo tiene valor como "parte" del todo.

2. El principio de perfección de la sociedad. En este segundo principio, el Padre Zalba invoca otra consideración filosófica (a su criterio más clara): toda sociedad perfecta tiene en sí misma los medios necesarios para promover el bien común entre sus miembros. El Estado tiene el derecho de imponer la colaboración necesaria para el bien y el orden social. En tal sentido si fuese necesaria para la convivencia pacífica y segura de los buenos la eliminación de algunos malhechores notorios, sería legítima la pena de muerte en cuanto sanción ejemplar, defensa o previsión contra nuevos crímenes y correctivo aleccionador para otros eventuales malhechores. Se podría discutir -dice Zalba- si puede llegarse a tal necesidad. Pero en el caso hipotético que así fuera, no puede debatirse la legitimidad del recurso.

3.   El tercer y último principio, tiene que ver con la pérdida del derecho a la vida. Según esta teoría, la pena de muerte sólo es la ejecución forzosa de la exclusión de la comunidad de derecho, de la cual el mismo delincuente se ha excluido a sí mismo previamente al cometer un determinado delito. Con su delito el delincuente ha cometido una especie de "suicidio social". Por tanto, no se le quita la vida porque él se la quitó antes a otros (ley del talión) sino que se le quita la vida porque él mismo se ha excluido de la comunidad. El delincuente ha negado la comunidad en aquél que él ha asesinado y, al mismo tiempo, ha perdido el derecho de pertenecer a ella. El Estado se limita, con la ejecución de la pena de muerte, a hacer realidad lo que el delincuente ha hecho consigo mismo. La pena de muerte constituye objetivamente una "retribución", y subjetivamente (cuando es aceptada voluntariamente por el reo) se convierte en una "expiación".

En otras palabras, no deben confundirse dos planteamientos esencialmente diversos: el de la licitud moral de la pena de muerte y la cuestión práctica de su aplicación. Como se ha visto, tanto la razón natural cuanto la doctrina revelada y magisterial admiten la licitud fundamental de dicha pena. Otra cosa es, en cambio, la opinión prudencial que puede dictaminar en alguna circunstancia histórica que debería renunciarse a su aplicación en un Estado y en un tiempo determinados. Lo que decida en cada tiempo y lugar la aplicación o la supresión de la pena de muerte ha de ser exclusivamente las exigencias del bien común.

Por otra parte, es muy delicado intentar determinar si tales condiciones se dan objetivamente o no. Sin embargo, no debería banalizarse el hecho de que el Santo Padre, en un documento Magisterial cual es una Encíclica, abogue por la indulgencia en este tema.

La pena de muerte es un tema delicado y complicado, puesto  que se maneja entre el plano teórico y el práctico, pero siempre sujeto a los abusos y a los defectos de los actos humanos.

Ahora bien, si se hace una remembranza al Antiguo Testamento, éste  contiene numerosas disposiciones penales que conminan la pena de muerte contra delitos de particular gravedad, por ejemplo, el asesinato, la blasfemia, la idolatría, el adulterio: Lev 20,9-18; Ex 31,14s; Núm 15,32-36.

Por otra parte, el Nuevo Testamento, si bien restringe considerablemente la dureza de las penas del Antiguo, reconoce también que la autoridad lleva la espada para castigar al que obra el mal (cf. Rom 13,4).

La Iglesia nunca ha reclamado para sí el derecho a imponer tal pena (ius gladii) sino que ha recomendado siempre la indulgencia con los malhechores y ha prohibido a los sacerdotes que contribuyan a una sentencia de muerte. Sin embargo, todos los grandes maestros han admitido la licitud teórica de la pena de muerte, como San Agustín y Santo Tomás. La Iglesia ha defendido expresamente el derecho de la autoridad legítima a imponer tal castigo. Así, por ejemplo, en la Profesión de Fe impuesta a Durando de Huesca y compañeros valdenses, el 18 de diciembre de 1208 dice: "De la potestad secular afirmamos que sin pecado mortal puede ejercer juicio de sangre, con tal que para inferir la vindicta no proceda con odio sino por juicio, no incautamente sino con consejo".

El Catecismo de la Iglesia Católica dice: "...La enseñanza tradicional de la Iglesia ha reconocido el justo fundamento del derecho y deber de la legítima autoridad pública para aplicar penas proporcionadas a la gravedad del delito, sin excluir, en casos de extrema gravedad, el recurso a la pena de muerte".

El Papa Juan Pablo II ha vuelto sobre ella en la Encíclica Evangelium vitae recordando los siguientes puntos: permanece válido el principio indicado por el Catecismo de la Iglesia Católica; pero, como el primer efecto de la pena de muerte es "el de compensar el desorden introducido por la falta" en la sociedad, "preservar el orden público y la seguridad de las personas", "es evidente que, precisamente para conseguir todas estas finalidades, la medida y la calidad de la pena deben ser valoradas y decididas atentamente, sin que se deba llegar a la medida extrema de la eliminación del reo, salvo en casos de absoluta necesidad, es decir, cuando la defensa de la sociedad no sea posible de otro modo".

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