VACUNAS
Las inmunizaciones o vacunas, constituyen una de las
herramientas más poderosas de que dispone la medicina moderna para
evitar (prevenir) la aparición de enfermedades. Lamentablemente, a
pesar de su gran utilidad, aún en países desarrollados que cuentan
con excelentes servicios de salud pública, cerca de la mitad de los
niños no están adecuadamente vacunados y si nos referimos a toda la
población (incluyendo a los adultos y ancianos), muchísimo menos de
la mitad de las personas, han recibido un esquema de inmunizaciones
satisfactorio.
La principal razón de esta deficiencia la encontramos en la
ignorancia, tanto de los profesionales de la salud como de la
población en general. Ligados a la ignorancia, invariablemente se
presentan una serie de malos entendidos y prejuicios que terminan
perjudicando a quienes los profesan y practican. Mencionaré a
continuación algunos conceptos y haré aclaratorias con intención de
despejar las dudas que se encuentran con mayor frecuencia.
Definición de vacuna: producto que aplicado a un individuo
(persona o animal), hace que el mismo desarrolle defensas que lo
protegerán contra la enfermedad para la que se desarrolló la
vacuna. Por ejemplo: cuando le aplicamos a una persona la vacuna
contra la Rubéola, el organismo de esta persona desarrollará
anticuerpos que en un futuro, lo defenderán contra la infección por
el virus de la Rubéola y evitarán que desarrolle la
enfermedad.
Vía de administración: no es la misma para todas las
vacunas, unas son inyectadas superficialmente (vía subcutánea o
intradérmica), otras profundamente (vía intramuscular), la de la
Tuberculosis se aplica mediante raspado de la piel y la de la Polio
puede ser tomada (vía oral) o inyectada, según el tipo de
preparación.
Dosis necesarias: prácticamente y salvo contadas
excepciones, la inmunización (protección) adecuada, no se logra con
una sola dosis. Por ejemplo: para quedar protegidos adecuadamente
contra el Tétanos, debemos recibir inicialmente un mínimo de tres
dosis de Toxoide Tetánico (uno o dos meses de intervalo entre cada
inyección) y luego una dosis de refuerzo cada cinco o diez años,
con la finalidad de mantener niveles de protección satisfactorios.
En general, lo anterior es válido para casi todas las
vacunas.
Es muy frecuente que tanto los padres del niño como algunos
médicos, busquen razones para no vacunar al niño en un determinado
momento. En general los argumentos que se utilizan, carecen de
validez científica y no es raro ver que niños a quienes con
el cuento del "por sí acaso" se le retrasa meses y
hasta años la debida aplicación de las correspondientes
inmunizaciones. Es triste ver como a un niño de tres o cuatro años,
no se le aplicó la vacuna contra el Sarampión porque cuando asistía
a la consulta "tenía catarro", y luego, le da la
enfermedad y hasta se complica con una neumonía u otra cosa.
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