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La paz y el nuevo orden mundial

Autor: Jesús González García
Curso:
10/10 (1 opiniýn) |435 alumnos|Fecha publicaciýn: 27/02/2008
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Capýtulo 6:

 Selección de los escritos de Shoghi Effendi sobre la paz

¡Muy amados amigos! La humanidad, ya sea considerada a la luz de la conducta individual del hombre o de las relaciones existentes entre comunidades organizadas y naciones, lamentablemente se ha desviado muchísimo y ha sufrido una declinación demasiado grande como para ser redimida mediante los esfuerzos aislados de sus mejores gobernantes y estadistas, por muy desinteresados que sean sus motivos, por muy coordinada que sea su acción, por muy fervorosos que sean en su celo y devoción a su causa. Ningún esquema que todavía puedan diseñar los cálculos de los mayores estadistas; ninguna doctrina que se propongan desarrollar los más distinguidos exponentes de la teoría económica; ningún principio que puedan esforzarse por inculcar los más fervientes moralistas suministrarán, en última instancia, los cimientos adecuados sobre los que ha de erigirse el futuro de un mundo aturdido.

Ninguna apelación a la tolerancia mutua que puedan hacer los que entienden las condiciones del mundo, no importa lo apremiante e insistente que sea, podrá calmar las pasiones o contribuir a restaurar el vigor. Ni tampoco ningún esquema general de mera cooperación internacional organizada, en cualquier sector de la actividad humana y por muy ingeniosa que sea su concepción o muy amplio su alcance, logrará erradicar la causa primera del mal que ha perturbado tan bruscamente el equilibrio de la sociedad actual. Ni siquiera, me atrevo a afirmar, la acción misma de inventar el mecanismo requerido para la unificación política y económica del mundo -principio sostenido cada vez más en los últimos tiempos- podrá por sí sola proveer el antídoto contra el veneno que progresivamente va minando el vigor de pueblos y naciones organizados.
¿Qué otra cosa podemos afirmar confiadamente que no sea la abierta aceptación del Programa Divino enunciado por Bahá'u'lláh con tanta simpleza y fuerza hace sesenta años, el cual encarna en sus principios esenciales el esquema ordenado por Dios para la unificación de la humanidad en esta era, al que se agrega una férrea convicción de la infalible eficacia de todas y cada una de sus disposiciones; aceptación y convicción, las cuales serán finalmente capaces de resistir las fuerzas de desintegración internas; fuerzas que, de no ser frenadas, seguirán necesariamente carcomiendo las partes vitales de una sociedad desesperada? Es hacia esta meta -la meta de un nuevo Orden Mundial, Divino en su origen, universal en sus alcances, equitativo en sus principios y desafiante en sus rasgos- por la que ha de bregar una humanidad hostigada.
Sería presuntuoso, aun por parte de los que se declaran adeptos de su Fe, sostener que se han captado todas las inferencias del prodigioso esquema de Bahá'u'lláh para la solidaridad humana mundial, o que se ha comprendido su significación. Sería prematuro, aun en una etapa tan avanzada de la evolución de la humanidad, pretender vislumbrarlo en todas sus posibilidades, estimar sus beneficios futuros e imaginar su gloria.

Todo lo que razonablemente podemos intentar es esforzarnos por lograr una vislumbre de los primeros rayos del Alba prometida que, en la plenitud del tiempo, habrá de ahuyentar las tinieblas que han rodeado a la humanidad. Todo lo que podemos hacer es señalar los que, en sus más amplios contornos, parecen ser los principios rectores que subyacen en el Orden Mundial de Bahá'u'lláh, desarrollados y enunciados por 'Abdu'l-Bahá, el Centro de su Convenio con toda la humanidad, y quien fuera designado Intérprete y Expositor de su Palabra.
Que el desasosiego y sufrimiento que afectan a toda la humanidad son, en gran medida, consecuencias directas de la Guerra Mundial y atribuibles a la falta de discernimiento y a la miopía de los responsables de los Tratados de Paz, es un hecho que sólo una mente predispuesta rehusaría admitir...

Sin embargo, sería inútil sostener que la guerra, con todas las pérdidas que involucró, con las pasiones que despertó y con las injusticias que dejó tras de sí, ha sido la única responsable de la confusión sin precedentes en que se hallan inmersos en la actualidad casi todos los sectores del mundo civilizado. ¿No es un hecho -y ésta es la idea central que deseo destacar- que la causa fundamental de esta inquietud mundial es atribuible no tanto a las consecuencias de lo que tarde o temprano habrá de ser considerado el disloque transitorio de un mundo en continuo cambio, sino antes bien al fracaso de aquellos en cuyas manos se ha depositado el destino inmediato de pueblos y naciones, al no adaptar su sistema de instituciones económicas y políticas a las imperiosas necesidades de una era en rápida evolución? Estas crisis intermitentes que convulsionan a la sociedad actual ¿acaso no se deben principalmente a la lamentable incapacidad de los líderes reconocidos del mundo para comprender correctamente los signos de la época, para librarse de una vez por todas de sus ideas preconcebidas y credos encadenadores, para remodelar la maquinaria de sus respectivos Gobiernos de acuerdo con las pautas implícitas en la suprema declaración de Bahá'u'lláh de la Unidad de la Humanidad, rasgo principal y distintivo de la Fe por Él proclamada?...

Muy patéticos son, por cierto, los esfuerzos de esos líderes de las instituciones humanas quienes, con total desprecio por el espíritu de la época, bregan por adaptar los procesos nacionales, apropiados a los antiguos días de naciones aisladas, a una época que debe lograr la unidad del mundo, tal como la esbozara Bahá'u'lláh, o perecer. En una hora tan crítica para la historia de la civilización corresponde a los líderes de todas las naciones del mundo, grandes o pequeñas, de Oriente o de Occidente, vencedoras o vencidas, prestar atención al toque de clarín de Bahá'u'lláh, e imbuidos por completo de un sentimiento de solidaridad mundial, condición sine qua non de lealtad a su Causa, alzarse valientemente para lograr en su totalidad el único esquema reparador que Él, el Médico Divino, ha recetado para la humanidad doliente. Que descarten de una vez para siempre toda idea preconcebida, todo prejuicio nacional, y que presten atención al sublime consejo de 'Abdu'l-Bahá, autorizado Expositor de sus enseñanzas. "Podrá usted servir mejor a su país", fue la respuesta de 'Abdu'l-Bahá a un alto funcionario en ejercicio del Gobierno federal de los Estados Unidos, quien le había interrogado acerca de la mejor manera de estimular los intereses de su Gobierno y de su pueblo, "si, en condición de ciudadano del mundo, trata de colaborar en la definitiva aplicación del principio de federalismo que subyace en el Gobierno de su propio país a las relaciones existentes ahora entre los pueblos y naciones del mundo".

Es necesario desarrollar cierta forma de súper estado mundial, a favor del cual todas las naciones del mundo habrán de ceder voluntariamente todo derecho de hacer la guerra, ciertos derechos de gravar impuestos y todos los derechos de poseer armamentos, salvo con el propósito de mantener el orden interno dentro de sus respectivos dominios. Dicho Estado habrá de incluir en su órbita un Poder Ejecutivo Internacional con capacidad para hacer valer su autoridad suprema e indiscutible sobre todo miembro recalcitrante de la Mancomunidad; un Parlamento Mundial cuyos miembros serán elegidos por los habitantes de sus respectivos países y cuya elección será confirmada por sus respectivos Gobiernos; y un Tribunal Supremo cuyos dictámenes tendrán carácter obligatorio aun en los casos en que las partes interesadas no hayan acordado voluntariamente someter el litigio a su consideración.

"Una comunidad mundial en la que todas las barreras económicas habrán quedado totalmente derribadas y en la que se reconocerá definitivamente la interdependencia del capital y el trabajo; en la que el clamor del fanatismo y del conflicto religioso habrá sido acallado para siempre; en la que estará definitivamente extinguida la llama de la animosidad racial; en la que un código único de derecho internacional -producto de un juicioso análisis de los representantes federados del mundo- será sancionado por la intervención instantánea y coercitiva de las fuerzas combinadas de las unidades federadas; y, finalmente, una comunidad mundial en la que el furor de un nacionalismo caprichoso y militante será trocado por una perdurable conciencia de ciudadanía mundial; así es como se presenta, a grandes rasgos, el Orden anunciado por Bahá'u'lláh, un Orden que habrá de ser considerado el más hermoso fruto de una época que madura lentamente...
Que no quede ningún recelo en cuanto al propósito que anima a la Ley mundial de Bahá'u'lláh. Lejos de tender a la subversión de los fundamentos actuales de la sociedad, trata de ampliar su base, de amoldar sus instituciones en consonancia con las necesidades de un mundo en constante cambio. No está en conflicto con compromisos legítimos ni socava lealtades esenciales. Su propósito no es ni sofocar la llama de un sano e inteligente patriotismo en el corazón del hombre, ni abolir el sistema de autonomía nacional, tan esencial cuando se busca evitar los males de un excesivo centralismo. No ignora ni intenta suprimir la diversidad de orígenes étnicos, de climas, de historia, de idioma y de tradición, de pensamiento y de costumbres que distinguen a los pueblos y naciones del mundo. Insta a una lealtad más amplia, a un anhelo mayor que cualquiera de los que la raza humana haya sentido. Insiste en la subordinación de móviles e intereses nacionales a las imperativas exigencias de un mundo unificado. Repudia el centralismo excesivo por una parte y rechaza todo intento de uniformidad por otra. Su consigna es la unidad en diversidad, como el mismo 'Abdu'l-Bahá ha aclarado...

Sus implicaciones del principio de la Unidad de la Humanidad son más profundas, sus aspiraciones son mayores que las que pudieron adelantar los Profetas del pasado. Su mensaje es aplicable no sólo al individuo, sino que atañe principalmente a la naturaleza de aquellas relaciones esenciales que han de ligar a todos los Estados y naciones como a miembros de una familia humana. No constituye simplemente el enunciado de un ideal, sino que está inseparablemente vinculado a una institución apropiada para encarnar su verdad, para demostrar su validez y para perpetuar su influencia. Implica un cambio orgánico en la estructura de la sociedad actual, un cambio que todavía el mundo no ha experimentado. Constituye un desafío, audaz y universal a la vez, a las gastadas consignas de los credos nacionales, credos que han tenido su día y que, en el transcurso normal de los sucesos, modelado y controlado por la providencia, deberán abrir paso a un nuevo evangelio, fundamentalmente diferente e infinitamente superior a lo que el mundo ha concebido hasta ahora. Requiere nada menos que la reconstrucción y la desmilitarización de todo el mundo civilizado, un mundo orgánicamente unificado en todos los aspectos esenciales de su vida, de su maquinaria política, de su anhelo espiritual, de su comercio y de sus finanzas, de su escritura y de su idioma, y aun así, infinito en la diversidad de las características nacionales de sus unidades federadas.
Representa la consumación de la evolución humana, evolución que ha tenido sus orígenes en el nacimiento de la vida familiar, su subsiguiente desarrollo en el logro de la solidaridad tribal, que llevó a su vez a la constitución de la ciudad-estado y que posteriormente se expandió en la institución de la nación independiente y soberana...

Pongamos un ejemplo. ¡Qué confiadas eran las afirmaciones emitidas antes de la unificación de los Estados del continente norteamericano cuando se referían a las barreras infranqueables que cerraban el paso hacia su federación final! ¿No se declaraba amplia y enfáticamente que los intereses en conflicto, la desconfianza mutua y las diferencias de Gobiernos y costumbres que dividían a los Estados eran tales que ninguna fuerza, ya fuere espiritual o temporal, podía jamás lograr su armonía y su control? Y, aun así, ¡cuán diferentes eran las condiciones reinantes hace ciento cincuenta años de las que caracterizan a la sociedad actual! En realidad, no sería exagerado decir que la ausencia de esas facilidades que el progreso científico moderno ha puesto al servicio de la humanidad de nuestro tiempo ha convertido al problema de la fusión de los Estados norteamericanos en una federación única, por similares que fueran algunas de sus tradiciones, en una tarea muchísimo más compleja que la que afronta una humanidad dividida en sus esfuerzos para lograr su unificación.

¿Quién sabe si, para que una concepción tan elevada tome cuerpo, no haya que infligir a la humanidad un sufrimiento más intenso que cualquiera de los que ya ha padecido? ¿Acaso algo menor que el fuego de una guerra civil con toda su violencia y sus vicisitudes -una guerra que casi desgarró a la gran república norteamericana- podría haber fusionado a los Estados, no en una unión de partes independientes, sino en una nación, a pesar de todas las diferencias étnicas que caracterizaban a los componentes? Parece muy poco probable que una revolución tan fundamental, que implica cambios de tan grande alcance en la estructura de la sociedad, pueda lograrse mediante el proceso ordinario de la diplomacia y de la educación. Sólo tenemos que volver nuestra mirada hacia la sangrienta historia de la humanidad para advertir que tan sólo una intensa agonía mental y física ha sido capaz de precipitar esos cambios trascendentales que constituyen los más grandes hitos en la historia de la civilización humana.

Aunque esos cambios del pasado fueron grandiosos y de mucho alcance, no parecen ser, al contemplarlos en la perspectiva apropiada, sino ajustes subsidiarios que anticipan esa transformación de incomparable majestuosidad y trascendencia que ha de sufrir la humanidad en esta época. Lamentablemente, se evidencia cada vez más que sólo las fuerzas de una catástrofe mundial pueden precipitar esa nueva fase del pensamiento humano. Los hechos futuros demostrarán cada día más la verdad de que tan sólo el fuego de una severa aflicción, de intensidad inigualada, puede fusionar y unir las entidades discordantes que constituyen los elementos de la civilización actual en los componentes de la comunidad mundial del futuro.
La profética voz de Bahá'u'lláh advirtiendo, en los pasajes finales de Las Palabras Ocultas, "a los pueblos del mundo" que "una calamidad imprevista los sigue y que un penoso castigo les espera", arroja una lóbrega luz sobre los destinos inmediatos de la humanidad afligida. Sólo una agobiante prueba, de la cual la humanidad surgirá purificada y preparada, logrará implantar ese sentido de responsabilidad que los líderes de una era naciente deberán asumir.

Dirijo nuevamente vuestra atención a las ominosas palabras que ya he citado: "Y cuando llegue la hora señalada, aparecerá súbitamente aquello que hará temblar a los miembros del cuerpo de la humanidad".
¿Acaso el mismo 'Abdu'l-Bahá no afirmó en lenguaje inequívoco que "otra guerra, más cruenta que la anterior, indudablemente estallará"?

De la consumación de esta empresa colosal e inefablemente gloriosa -empresa que frustró los recursos de los estadistas romanos y que los desesperados esfuerzos de Napoleón no pudieron lograr- dependerá la realización final de ese milenio al que los poetas de todos los tiempos han cantado y con el cual los profetas han soñado tanto. De ella dependerá el cumplimiento de las profecías anunciadas por los antiguos Profetas en el sentido de que las espadas se convertirán en rejas de arado y el león y el cordero yacerán juntos. Sólo ella puede introducir el Reino del Padre Celestial presagiado por la Fe de Jesucristo. Sólo ella puede echar los cimientos del Nuevo Orden Mundial vislumbrado por Bahá'u'lláh. Orden Mundial que habrá de reflejar, aunque débilmente, el inefable esplendor del Reino de Abhá sobre la tierra.
Una palabra más como conclusión. La proclamación de la Unidad de la Humanidad -piedra fundamental del dominio de Bahá'u'lláh- no debe ser comparada bajo ninguna circunstancia con algunas expresiones de piadosa esperanza pronunciadas en el pasado. El suyo no es un nuevo llamamiento proferido por Él, solo y sin ayuda, frente a la oposición implacable y combinada de dos de los más poderosos potentados orientales de su época, siendo Él un exiliado y prisionero en sus manos. Significa a la vez una advertencia y una promesa de que en ello reside el único medio de salvación de un mundo en gran sufrimiento; una promesa de que su concreción está cercana.

Pronunciado en una época en que sus posibilidades todavía no habían sido seriamente contempladas en ningún lugar del mundo, mediante esa potencia celestial que le ha insuflado el Espíritu de Bahá'u'lláh, ha pasado a ser considerado finalmente, por un creciente número de hombres reflexivos, no sólo como una posibilidad cercana sino como resultado necesario de las fuerzas que hoy actúan en el mundo.

Este mundo, reducido y transformado en un único organismo altamente complejo por el maravilloso progreso alcanzado en el ámbito de las ciencias físicas, por la expansión mundial del comercio y la industria, y luchando bajo la presión de fuerzas económicas mundiales, entre los peligros de una civilización materialista, se encuentra sin duda en la urgente necesidad de un replanteo de la Verdad que subyace en todas las Revelaciones del pasado en un idioma acorde con sus requisitos esenciales. ¿Y qué otra voz que la de Bahá'u'lláh -el Portavoz de Dios en esta era- es capaz de efectuar una transformación tan radical de la sociedad como la que Él ya ha logrado en los corazones de esos hombres y mujeres, tan diversos y aparentemente irreconciliables, que constituyen el conjunto de sus seguidores declarados en todo el mundo?

Pocos pueden poner en duda que una concepción tan majestuosa brota con rapidez en la mente del hombre, que se alzan voces en su apoyo, y que sus rasgos más sobresalientes han de cristalizar pronto en la conciencia de quienes tienen autoridad. Que sus modestos comienzos ya han tomado cuerpo en la Administración mundial, en la que están reunidos los adherentes a la Fe de Bahá'u'lláh, es un hecho que sólo quienes tengan el corazón corrompido por el prejuicio dejarán de advertir.47

Ningún mecanismo que se aparte de las normas establecidas por la Revelación Bahá'í, que esté en desacuerdo con el sublime modelo ordenado en sus escritos, y que los esfuerzos colectivos de la humanidad podrían todavía idear, puede esperar alcanzar nada más allá de esa "Paz Menor" a la cual el Autor de nuestra Fe ha aludido en sus escritos. "Ya que habéis rechazado la Paz Más Grande", ha escrito amonestando a los reyes y gobernantes de la tierra, "aferraos a esta la Paz Menor, que quizá podáis en cierto grado mejorar vuestra propia condición y la de quienes dependen de vosotros". Explayándose sobre esta Paz Menor, Él se dirige así en esa misma Tabla a los gobernantes de la tierra: "Estad reconciliados entre vosotros, para que no necesitéis más armamentos, salvo en la medida de salvaguardar vuestros territorios y dominios... Estad unidos, ¡oh reyes de la tierra!, pues con ello la tempestad de la discordia será acallada entre vosotros, y vuestro pueblo encontrará descanso, si sois de aquellos que comprenden. Si alguno de entre vosotros tomase armas contra otro, levantaos todos contra él, pues esto no es sino justicia manifiesta".

Por otra parte, la Paz Más Grande, tal como la concibe Bahá'u'lláh -paz que deberá ocurrir inevitablemente como consecuencia práctica de la espiritualización del mundo y la fusión de todas sus razas, credos, clases y naciones- no puede residir en otras bases y no puede ser preservada a través de otra cosa que no sean los preceptos divinos que están inscritos en el Orden Mundial vinculado a su Santo Nombre...

La Revelación de Bahá'u'lláh, cuya misión suprema no es otra que el logro de esta unidad orgánica y espiritual del conjunto de naciones, debe ser considerada, si somos fieles a sus implicaciones, como la señal del advenimiento de la madurez de toda la raza humana. No debe tomársela como si fuera sólo otro renacimiento espiritual dentro de la siempre cambiante suerte de la humanidad, ni como una etapa más en una serie de Revelaciones progresivas; no como la culminación de una serie de repetidos ciclos proféticos, sino como la señal de la última y más elevada etapa en la estupenda evolución de la vida colectiva del hombre en este planeta. El surgimiento de una comunidad mundial, la conciencia de una ciudadanía mundial, el establecimiento de una civilización y una cultura mundiales -todo esto sincronizado con las etapas iniciales del desenvolvimiento de la Edad de Oro de la Era Bahá'í- deben ser considerados, por su propia naturaleza y en lo que a esta vida planetaria se refiere, como los límites finales en la organización de la sociedad humana, aunque el hombre como individuo continuará indefinidamente su progreso y desarrollo; y es más, deberá hacerlo como resultado de tal consumación...
La humanidad toda está gimiendo, ansiosa de ser conducida a la unidad y de terminar con su largo martirio. Y, sin embargo, se resiste tercamente a abrazar la luz y a reconocer la soberana autoridad del único Poder que puede arrancarla de sus complicaciones y conjurar la funesta calamidad que amenaza devorarla.

Ominosa es, por cierto, la voz de Bahá'u'lláh que resuena en estas proféticas palabras: "¡Oh vosotros pueblos del mundo! Sabed en verdad que una calamidad imprevista os persigue y un doloroso castigo os aguarda. No penséis que las acciones que habéis cometido han sido ocultadas a mi vista". Y nuevamente: "Tenemos un tiempo fijado para vosotros, oh pueblos. Si a la hora señalada no os volvéis hacia Dios, Él en verdad os asirá violentamente y hará que penosas aflicciones os acosen de todas direcciones. ¡Cuán severo es, en verdad, el castigo con que vuestro Señor os castigará entonces!
¿Debe la humanidad, atormentada como lo está ahora, ser castigada por penurias más severas aún hasta que su influencia purificadora pueda prepararla para entrar en el Reino celestial que ha de establecerse sobre la tierra? La inauguración de tan vasta, tan única, tan luminosa era en la historia humana, ¿debe ser anunciada por una catástrofe tan grande en los asuntos humanos que recuerde, o incluso sobrepase, al espantoso colapso de la civilización romana en las primeras centurias de la Era Cristiana? ¿Una serie de profundas convulsiones debe agitar y estremecer a la raza humana hasta que Bahá'u'lláh pueda ser entronizado en los corazones y las conciencias de las masas, hasta que su indiscutida ascendencia sea reconocida universalmente y el noble edificio de su Orden Mundial sea erigido y establecido?

Han quedado atrás los largos períodos de infancia y niñez por los que la raza humana ha pasado. La humanidad está ahora experimentando las conmociones invariablemente asociadas con la más turbulenta etapa de su evolución, la etapa de la adolescencia, cuando la impetuosidad de la juventud y su vehemencia alcanzan su punto culminante y deben ser gradualmente seguidas por la calma, la sabiduría y la madurez que caracterizan a la edad adulta. Entonces la raza humana alcanzará ese nivel de madurez que le permitirá adquirir todos los poderes y capacidades de los cuales ha de depender su desarrollo final.
La unificación de toda la humanidad es el distintivo de la etapa a la cual la sociedad se está ahora aproximando. La unidad de la familia, de la tribu, de la ciudad-estado y de la nación ha sido intentada sucesivamente y establecida por completo. La unidad mundial es la meta hacia la cual se está esforzando una humanidad hostigada. La formación de naciones ha llegado a su fin. La anarquía inherente a la soberanía del Estado está moviéndose hacia su clímax. Un mundo en camino hacia la madurez debe abandonar este fetiche, reconocer la unidad y la integridad de las relaciones humanas, y establecer de una vez por todas el mecanismo que mejor pueda encarnar este principio fundamental de su vida...

La Unidad de la raza humana, vista por Bahá'u'lláh, implica el establecimiento de una mancomunidad mundial en la que todas las razas, credos y clases estén estrecha y permanentemente unidas, en que la autonomía de sus Estados miembros, la libertad personal y la iniciativa de los individuos que la componen estén definitiva y completamente resguardadas. Esta mancomunidad debe, tal como podemos visualizarla, consistir en una legislatura mundial, cuyos miembros, en calidad de albaceas de toda la humanidad, controlarán definitiva y enteramente los recursos de todas las naciones que la compongan y formularán aquellas leyes que sean requeridas para reglamentar la vida, satisfacer las necesidades y ajustar las relaciones de todas las razas y pueblos. Un ejecutivo mundial, respaldado por una fuerza internacional, llevará a cabo las decisiones a que se haya llegado y aplicará las leyes aprobadas por esta legislación mundial y resguardará la unidad orgánica de toda la mancomunidad. Un tribunal mundial adjudicará y dictaminará su veredicto obligatorio y final en todas y cualesquiera disputas que surjan entre los varios elementos constituyentes de este sistema universal. Un mecanismo de intercomunicación mundial será ideado, el cual abarcará a todo el planeta, liberado de las trabas y restricciones nacionales, funcionando con maravillosa rapidez y perfecta regularidad. Una metrópolis mundial actuará como el centro nervioso de una civilización mundial, el foco hacia el que las fuerzas unificadoras de la vida han de convergir y de donde se irradiarán sus influencias de energía. Un idioma mundial será inventado o elegido de entre los idiomas existentes y enseñado en las escuelas de todas las naciones federadas como un auxiliar del idioma materno. Una escritura mundial, una literatura mundial, un sistema monetario, de pesas y medidas uniforme y universal, simplificará y facilitará el intercambio y entendimiento entre las naciones y razas de la humanidad. En semejante sociedad mundial la ciencia y la religión, las dos fuerzas más potentes de la vida humana, se reconciliarán, cooperarán y se desarrollarán armoniosamente. La prensa, bajo tal sistema, a la vez que dará plena libertad a la expresión de los diversos puntos de vista y convicciones de la humanidad, cesará de ser perversamente manipulada por intereses creados, sean éstos privados o públicos, y será liberada de la influencia de Gobiernos y pueblos contendientes. Los recursos económicos del mundo serán organizados, sus fuentes de materias primas serán explotadas y totalmente utilizadas, sus mercados serán coordinados y desarrollados, y la distribución de sus productos será equitativamente regulada.

Las rivalidades, odios e intrigas nacionales cesarán, y la animosidad y perjuicio raciales serán reemplazados por amistad, entendimiento y cooperación racial. Las causas de lucha religiosa serán definitivamente eliminadas, las barreras y restricciones económicas serán completamente abolidas y la excesiva distinción entre clases será suprimida. Pobreza extrema por una parte y exagerada acumulación de bienes por otra desaparecerán. La enorme energía disipada y derrochada en la guerra, ya sea económica o política, será consagrada a aquellos fines que extiendan el alcance de las invenciones humanas y del desarrollo tecnológico al aumento de la productividad de la humanidad, al exterminio de las enfermedades, a la extensión de la investigación científica, a la elevación del nivel de salud física, a la agudización y refinamiento del cerebro humano, a la explotación de los inusitados e insospechados recursos del planeta, a la prolongación de la vida humana y al fomento de cualquier otro agente que pueda estimular la vida intelectual, moral y espiritual de toda la raza humana.

Un sistema federado mundial, gobernando toda la tierra y ejerciendo irrefutable autoridad sobre sus vastos e inimaginables recursos, que armonice y encarne los ideales del Este y Oeste, liberado de la maldición de la guerra y sus miserias y dedicado a la explotación de todos los recursos disponibles de energía sobre la superficie del planeta; un sistema en el cual la Fuerza es transformada en siervo de la Justicia, cuya vida es sostenida por el reconocimiento universal de un solo Dios y por su lealtad a una Revelación común, tal es la meta hacia la cual la humanidad, impelida por las fuerzas unificadoras de la vida, está avanzando.48

La aflicción que sacudirá al mundo y que Bahá'u'lláh ha profetizado en forma tan vívida como se ha citado en páginas anteriores, puede encontrar que esta nación (Estados Unidos) sea arrastrada a su vórtice, hasta un grado sin precedentes. De esto probablemente surgirá, a diferencia de sus reacciones al último conflicto mundial pasado, conscientemente decidida a aprovechar su oportunidad para hacer que todo el peso de su influencia recaiga sobre los gigantescos problemas que tales acontecimientos suscitarán subsiguientemente, y para ahuyentar de modo permanente, en unión con sus naciones hermanas tanto del Oriente como del Occidente, a la mayor maldición que de tiempo inmemorial ha afligido y degradado a la raza humana.

Entonces, y sólo entonces, la nación americana, moldeada y purificada en el crisol de una guerra común, endurecida por sus rigores y disciplinada por sus escarmientos, se encontrará en posición para elevar su voz en los consejos de las naciones, para colocar ella misma la fundación de la paz universal y duradera, proclamar la solidaridad, unidad y madurez de la humanidad y asistir al establecimiento en la tierra del reino de la rectitud prometida. Entonces, y sólo entonces, la nación americana, mientras que la comunidad de creyentes americanos dentro de su corazón esté consumando su misión divinamente asignada, podrá realizar el destino inefablemente glorioso decretado para ella por el Todopoderoso e inmortalmente grabado en los escritos de 'Abdu'l-Bahá. Entonces, y solo entonces, la nación americana logrará "aquello que adornará las páginas de la historia", "se convertirá en la envidia del mundo y será bendita tanto en el Oriente como en el Occidente".49

El mundo se mueve, realmente, hacia su destino. La interdependencia de los pueblos y naciones de la tierra es ya un hecho consumado, a pesar de lo que digan o hagan los jefes de las fuerzas que dividen al mundo. Su unidad en la esfera económica es ahora entendida y reconocida. El bienestar de una parte significa el bienestar del todo y la miseria de una parte trae la miseria al todo. La Revelación de Bahá'u'lláh, en sus propias palabras, ha "dado un nuevo impulso y fijado una nueva dirección" a este vasto proceso que opera ahora en el mundo. Las llamas encendidas por esta gran prueba aflictiva son consecuencia de que los hombres no la hayan reconocido. Por otra parte, están apresurando su plena realización. Una adversidad prolongada, mundial, desconsoladora, unida al caos y la destrucción universal, debe necesariamente convulsionar a las naciones, remover la conciencia del mundo, desilusionar a las masas, producir un cambio radical en la concepción misma de la sociedad y refundir, por último, los desarticulados y sangrantes miembros de la humanidad en un solo cuerpo, único, orgánicamente unido e indivisible.

Al carácter general, las implicaciones y rasgos distintivos de esa mancomunidad mundial, destinada a surgir, tarde o temprano, de la carnicería, angustia y devastación de esta gran convulsión mundial, ya me he referido en mis comunicaciones previas. Baste decir que esta consumación será por su misma naturaleza un proceso gradual y debe, como Bahá'u'lláh mismo lo ha previsto, conducir primero al establecimiento de la Paz Menor que han de instaurar por sí mismas las naciones de la tierra, las cuales se hallan aún inconscientes de su Revelación y, sin saberlo, están poniendo en vigor los principios generales que Él ha enunciado. Este trascendental e histórico paso, que implica la reconstrucción de la humanidad como resultado del reconocimiento universal de su unicidad e integridad, traerá consigo la espiritualización de las masas como consecuencia de la confesión del carácter y el reconocimiento de las pretensiones de la Fe de Bahá'u'lláh: condición esencial para esa fusión final de todas las razas, credos, clases y naciones, que debe señalar la aparición de su Nuevo Orden Mundial.

Entonces será proclamada y celebrada la llegada a la madurez de toda la raza humana por todos los pueblos y naciones de la tierra. Entonces será enarbolado el estandarte de la Paz Más Grande. Entonces será reconocida, aclamada y establecida firmemente la soberanía mundial de Bahá'u'lláh, el Establecedor del Reino del Padre, anunciado por el Hijo y predicho por los Profetas de Dios antes y después de Él. Entonces nacerá, florecerá y se perpetuará una civilización mundial; civilización con una plenitud de vida tal como el mundo jamás ha visto ni puede todavía concebir. Entonces se cumplirá plenamente el Convenio Sempiterno. Entonces se verificará la promesa encerrada en todos los libros de Dios, y acontecerán todas las profecías pronunciadas por los Profetas de antaño, y se realizarán los sueños de los videntes y poetas. Entonces el planeta, vivificado por la Fe universal de sus habitantes en un solo Dios y su lealtad a una Revelación común, reflejará, dentro de las limitaciones que le han sido impuestas, la resplandeciente gloria de la soberanía de Bahá'u'lláh, brillando en la plenitud de su esplendor en el Paraíso de Abhá, y será hecho el escabel de su Trono en las alturas, y aclamado como el cielo terrenal, capaz de cumplir el inefable destino que, desde tiempo inmemorial, le ha sido fijado por el amor y sabiduría de su Creador.50

Él (Bahá'u'lláh) sostiene sin reservas el principio de seguridad colectiva; recomienda la reducción de los armamentos nacionales y proclama la necesaria e inevitable convocatoria de una reunión mundial, en la que los reyes y gobernantes del mundo deliberarán para el establecimiento de la paz entre las naciones.51

Durante esta Edad Formativa de la Fe, y en el curso de la época actual y las sucesivas, se habrá completado la etapa final y culminante de la erección de la estructura del Orden Administrativo de la Fe de Bahá'u'lláh (la elección de la Casa Universal de Justicia); el Kitáb-i-Aqdas, el Libro Madre de su Revelación, habrá sido codificado y sus leyes promulgadas; se habrá establecido la Paz Menor, se habrá logrado la unidad de la humanidad y alcanzado su madurez, el Plan concebido por 'Abdu'l-Bahá se habrá ejecutado, la emancipación de la Fe de las garras de la ortodoxia religiosa y su carácter religioso independiente habrá sido universalmente reconocido...

... No podemos evitar percibir el funcionamiento de dos procesos simultáneos que datan de los años finales de la Edad Media de nuestra Fe, cada uno de ellos nítidamente definido, cada uno claramente separado, sin embargo estrechamente relacionados y destinados a culminar, en la plenitud del tiempo, en una misma consumación gloriosa.
Uno de estos procesos está asociado con la misión de la Comunidad Bahá'í americana, el otro con el destino de la nación americana. El uno sirve directamente a los intereses del Orden Administrativo de la Fe de Bahá'u'lláh...
El otro proceso data del estallido de la Primera Guerra Mundial que arrojó a las grandes repúblicas del Occidente al vórtice de la primera etapa de una convulsión mundial. Recibió su impulso inicial a través de la formulación de los Catorce Puntos del Presidente Wilson, asociando estrechamente por primera vez a aquella república con las fortunas del Viejo Mundo. Sufrió su primer contratiempo con la disociación de esa república de la recién nacida Liga de las Naciones que ese presidente se había esforzado en crear. Adquirió más ímpetu con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, infligiendo un sufrimiento sin precedentes sobre aquella república y comprometiéndola aún más en los asuntos de todos los continentes del globo. Se reforzó aún más con la declaración incorporada en la Carta Atlántica, tal como fue expresado por uno de sus principales progenitores, Franklin D. Roosevelt. Asumió un perfil definido con el nacimiento de las Naciones Unidas en la Conferencia de San Francisco. Adquirió mayor significado con la elección de la Ciudad del Convenio misma como la sede de la organización recién nacida, con la declaración reciente del presidente americano relativa a los compromisos de su país en Grecia y Turquía, así como con la sumisión a la Asamblea General de las Naciones Unidas del espinoso y desafiante problema de Tierra Santa (el centro espiritual y administrativo de la Fe Mundial de Bahá'u'lláh). Por muy largo y tortuoso que sea el camino, debe conducir, a través de una serie de victorias y reveses, a la unificación política de los hemisferios oriental y occidental, al nacimiento de un Gobierno mundial y al establecimiento de la Paz Menor en la Edad de Oro de la Dispensación de Bahá'u'lláh, tal como fue predicho por Bahá'u'lláh y anunciado por el Profeta Isaías. Debe, por último, culminar en el despliegue de la bandera de la Paz Más Grande, en la Edad de Oro de la Dispensación de Bahá'u'lláh.52

La construcción de este Edificio (el Archivo Internacional Bahá'í) marcará a su vez el comienzo de la construcción, en el curso de sucesivas épocas de la Edad Formativa de la Fe, de otras estructuras que servirán de sedes administrativas de instituciones divinamente designadas como la Guardianía, las Manos de la Causa y la Casa Universal de Justicia. Siguiendo un estilo armónico de arquitectura y en la forma de un arco alargado, estos Edificios rodearán los lugares de reposo de la Hoja Más Sagrada, que ocupa el máximo rango entre los miembros de su sexo en la Dispensación Bahá'í, de su Hermano, ofrecido por Bahá'u'lláh como rescate para avisar y unificar el mundo, y de su Madre, proclamada por Él como "su consorte escogida en todos los mundos de Dios". La terminación final de esta enorme tarea marcará la culminación del desarrollo de un Orden Administrativo divinamente designado, cuyos comienzos se remontan hasta los años finales de la Edad Heroica de la Fe.
Este vasto e irresistible proceso, sin parangón en la historia espiritual de la humanidad y que sincronizará con dos desarrollos no menos significativos -el establecimiento de la Paz Menor y la evolución de las instituciones bahá'ís nacionales y locales: uno externo y el otro interno al mundo bahá'í-, alcanzará su consumación final, en la Edad de Oro de la Fe, al izarse el estandarte de la Paz Más Grande y al surgir, en la plenitud de su poder y gloria, el Centro focal de los organismos que constituyen el Orden Mundial de Bahá'u'lláh. El establecimiento final de esta sede de la Mancomunidad Mundial Bahá'í señalará al mismo tiempo la proclamación de la soberanía del Fundador de nuestra Fe y el advenimiento del Reino del Padre repetidamente elogiado y prometido por Jesucristo.

Este Orden Mundial, a su vez, en el curso de Dispensaciones sucesivas del Ciclo Bahá'í, dará su fruto más selecto con el nacimiento y florecimiento de una civilización, divinamente inspirada, singular en sus aspectos, de alcance mundial y de carácter fundamentalmente espiritual -una civilización destinada, a medida que se vaya desenvolviendo, a derivar su impulso inicial del espíritu que anima a las mismísimas instituciones que, en su estado embrionario, están removiéndose ahora en la matriz de la Edad Formativa actual de la Fe.53

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