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Obolo. Diezmo. Ofrenda ol limosna

Autor: Agustín Fabra
Curso:
10/10 (1 opiniýn) |118 alumnos|Fecha publicaciýn: 21/02/2011
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Capýtulo 3:

 Cristianos. El diezmo

La palabra diezmo proviene del latín decimus, o sea, décimo, y era un impuesto del diez por ciento sobre todas las ganancias, que debía pagarse al rey, gobernante o líder eclesiástico. También el diezmo se aplicaba al tributo del 10% que debía pagarse sobre el valor de las mercancías que se traficaban y que llegaban a los puertos, o sobre las que entraban y pasaban de un reino a otro.

El primer diezmo registrado en la Biblia fue el dado por el patriarca Abraham al sacerdote Melquisedec en acción de gratitud, antes incluso de que se instituyera el diezmo como tal para los sacerdotes levitas.

“Cada año apartarás el diezmo de todo producto de tu sementera, lo que haya producido el campo, año por año, y lo comerás en presencia de Yahvé, tu Dios, en el lugar que El haya elegido como morada de su nombre: el diezmo te tu trigo, de tu mosto y de tu aceite, así como los primogénitos de tu ganado mayor y de tu ganado menor; a fin de que aprendas a temer a Yahvé, tu Dios, toda tu vida”  (Deuteronomio 14:22-23).

Bíblicamente el diezmo era la manera de sustentar a la tribu israelita de Leví, los levitas, quienes estaban  a cargo del culto de Yahvé. Un 10% de la ganancia de lo producido por los cultivos y ganados de las tribus de Israel, es decir, sus utilidades después de haber sacado del total de lo obtenido los gastos imprescindibles, tales como vestido, techo y comida, es lo que ofrecían a los levitas quienes, con este porcentaje administraban el Tabernáculo de Yahvé y subsistían ellos mismos: “Los hijos de Leví que reciben el sacerdocio tienen orden según la Ley de percibir el diezmo del pueblo, es decir, de sus hermanos, aunque también proceden éstos de la estirpe de Abraham”  (Hebreos 7:5). Sin embargo a pesar de la tradición bíblica, la iglesia judía no diezma en la actualidad. 

Esos diezmos se entregaban a los levitas durante dos años seguidos, porque al tercer año se asignaba, además de a ellos, a personas necesitadas y de diferente condición: “Cuando el tercer año, el año del diezmo, hayas acabado de apartar el diezmo de toda tu cosecha y se la hayas dado al levita, al forastero, al huérfano y a la viuda para que coman de ello en tus ciudades y se sacien, dirás en presencia de Yahvé, tu Dios: He retirado de mi casa lo que era sagrado; se lo he dado al levita, al forastero, al huérfano y a la viuda, según todos los mandamientos que me has dado: no he traspasado ninguno de tus mandamientos ni los he olvidado” (Deuteronomio 26:12-13).

El nuevo sacerdocio después de Jesús tuvo representantes como el apóstol Pablo quien, es su primera epístola a los Corintios, menciona que entre los derechos de un apóstol está el ser sostenido económicamente por la Iglesia: “Del mismo modo, también el Señor ha ordenado que los que predican el Evangelio vivan del Evangelio” (1 Corintios 9:14). Sin embargo aquí surge la duda: ¿se refería Pablo a que quien predica el Evangelio debe vivir de acuerdo al Evangelio, o que debe ser sostenido en sus necesidades por la gente a las que les predica el Evangelio?

La Iglesia Evangélica en general aboga por la primera opción, la de que todos sus feligreses deben aportar obligatoriamente el diezmo de sus ganancias para el mantenimiento de la iglesia y el sustento de sus dirigentes y de las personas que trabajan a tiempo completo en ella. Y ponen a modo de justificación el texto bíblico de Pablo de Tarso donde dice: “En cuanto a la colecta a favor de los santos, haced también vosotros tal como mandé a las iglesias de Galacia. Los primeros días de la semana, cada uno de vosotros deposite lo que haya podido ahorrar, de modo que no se hagan colectas precisamente cuando llegue yo” (1 Corintios 16:1-2). Sin embargo aún no se ve en ello una aprobación tácita por parte de Pablo para que la gente entregue un diezmo de sus ganancias, sino de lo que hayan podido ahorrar.

Sin embargo debemos ser muy cautelosos con el diezmo ya que jamás deber ser éste obligatorio, sino voluntario, que es lo que agrada a Dios. En el Antiguo Testamento el diezmo era un asunto de la Ley y, por lo tanto, obligatorio. Pero el Nuevo Testamento enseña claramente que “ya no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia” (Romanos 6:14). Y añade: “Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley”(Gálatas 5:18).

A la vista de lo anterior podemos decir que lo que Dios quiere de nosotros es que nos dejemos guiar por el Espíritu Santo en nuestro dar; que seamos libres para dar donde Dios nos guíe, y que lo hagamos donde nuestro diezmo sea una ayuda eficaz para el necesitado.

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