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Capýtulo 2:

 Efecto de la nutrición en la salud. Testimonio (1/2)

Mi historia

Hace más de veinte años que ejerzo como dietista. No obstante, mi interés en la nutrición empezó cuando tenía quince años. Estaba combatiendo el acné, tenía problemas de peso, ataques de pánico —y estoy seguro que unas cuantas cosas más—, y me di cuenta de que tenía que hacer algunos cambios si quería llegar a los dieciséis años. Entonces trabajaba en una tienda de productos naturales e irónicamente tenía muy poco interés en probar ninguno de sus productos (salvo el caramelo «natural», que tenía todo el azúcar, grasas y calorías de las otras barritas de caramelo). Desayunaba, comía y a veces hasta cenaba en el restaurante de comida rápida del otro lado de la calle, y además empecé a fumar. Un cliente que se hizo amigo mío me sugirió que intentara añadir algunas verduras, frutas y cereales integrales a mi dieta, que no lo hiciera de golpe, sino paulatinamente. Me di cuenta de que no tenía nada que perder, de modo que hice los cambios que me sugirió, y enseguida descubrí lo que era tener buena salud.

Con el paso de los años, a medida que me sentía mejor y estaba más intrigado por la nutrición, empecé a leer mucho sobre el tema. Cada vez más clientes me pedían consejo para superar sus problemas de salud que se habían estado tratando con la medicina convencional sin demasiado éxito. Estaba dando consejos a mis clientes, pero no tenía las credenciales que respaldaran lo que les estaba diciendo. Así que me propuse hacer un curso de nutrición y sacar un diploma.

Durante los dos últimos decenios he trabajado como dietista en centros de medicina convencional e integrativa y en la práctica privada. He ayudado a muchas personas a vencer múltiples adicciones; corregir enfermedades cardiacas, evitar y luchar contra el cáncer; mejorar el rendimiento mental, físico y sexual, incluso con la existencia de enfermedades degenerativas como la esclerosis múltiple, el Parkinson y el Alzheimer; he ayudado a mujeres a quedarse embarazadas, todo ello con la dieta.

Aunque siempre he disfrutado mucho conociendo a los pacientes y a sus familiares, siempre había deseado transmitir mi mensaje de salud positiva al mayor número posible de personas. En 1990, me propusieron presentar un programa de radio sobre nutrición que se llamaba Let’s Talk Health, Chicago [Hablemos de salud, Chicago], que se transmitía en cuatro estados y que duró algo más de diez años. Entonces en el año 2000, me ofrecieron ser el portavoz nacional de la American Dietetic Association, una organización que representa a más de 67.000 expertos en nutrición. Como yo tenía experiencia tanto en la nutrición convencional como en la medicina integrativa, y también en entrevistar a cientos de expertos y responder a miles de preguntas de los oyentes, consideraron que podía ayudar a los consumidores a resolver los mensajes confusos y a menudo contradictorios respecto a los alimentos y la nutrición.

He observado que para los hombres es especialmente difícil cambiar sus hábitos alimenticios, así que me entusiasmé cuando me propusieron pertenecer a la junta de asesoramiento científico de la revista Men’s Health. Muchas veces me piden que diga las cosas de formas muy sencillas para los hombres —«come esto, no eso»—. A los solteros se les da bastante bien con lo de «blanco o negro», y una vez casados, ese proceso de toma de decisiones suele pasar a sus esposas. Las mujeres no sólo entienden la importancia de cuidarse y de buscar atención médica regularmente, sino que también suelen ser las cuidadoras de los hombres. Mis clientes masculinos han descubierto que un enfoque más sencillo —como el de los 101 alimentos que se preocupa del paladar y de las raciones— es lo que mejor les ha funcionado a ellos y a sus familias. A través de mi trabajo con miles de personas he descubierto que restringir alimentos menos saludables no siempre daba buenos resultados cuando pretendía que mis pacientes hicieran cambios duraderos. Hasta mis pacientes más motivados podían abandonar sus comidas favoritas y seguir la dieta «perfecta»... sólo durante un tiempo. Podían probar planes dietéticos restrictivos si había una recompensa visible, pero al final todos venían con las mismas preguntas: «¿Puedo saltármela de vez en cuando? ¿Realmente me va a hacer daño?» Siempre había pensado que lo mejor era una actitud de todo o nada y que las medias tintas no beneficiarían a mis pacientes. Suponía que si les daba una mano, se llevarían el brazo. «Hacer trampa» sólo podía conducir al desastre, y al final regresarían a los malos hábitos. Pero los buenos recuerdos de los alimentos del pasado dejaban a mis pacientes anhelando los viejos tiempos. Sentían que les faltaba algo, y con frecuencia se quejaban de que no podían volver a disfrutar de sus comidas favoritas. Muchas veces me presionaban para que les demostrara que añadir algunos de sus alimentos favoritos y no saludables a sus dietas realmente los iba a desviar de sus esfuerzos, con la esperanza de que no pudiera hacerlo. De hecho, normalmente era así.

De este modo llegué a la revelación de que limitar las cantidades de alimentos poco menos que óptimos para la salud era otra posibilidad, pero que borrarlos permanentemente del libro de su vida no era una opción. No sólo tuve que hacer frente a las preferencias que mis pacientes habían desarrollado con el tiempo sino también al hecho de que muchos de ellos sufrían presiones externas por parte de sus familiares que no tenían la misma motivación para abandonar sus alimentos favoritos. Por lo que, con más frecuencia de lo que fuera de desear, estos «insurgentes dietéticos», como las barritas de caramelo y las patatas fritas, hacían acto de presencia, acechando desde los armarios de la cocina o tras la puerta de la nevera, o lo que es peor, alojándose temporalmente en las alegres bocas de los miembros de la familia. No es de extrañar que, aunque no quisieran confesarlo, me encontrara con que, a pesar de mis advertencias algunos pacientes habían vuelto a incluir muchos de estos alimentos en sus dietas.

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