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Neurociencia. La envidia

Autor: Felix Larocca
Curso:
10/10 (1 opinión) |54 alumnos|Fecha publicación: 08/08/2011
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Capítulo 3:

 Envidia. Efectos colaterales


Aquí nos ‘dirige la palabra’ Alfred Adler:

‘Ser humano significa sentirse inferior a uno mismo. El niño viene al mundo como desvalida criaturita rodeada de adultos poderosos. El niño es motivado por sus sentimientos de inferioridad a luchar por grandes logros. Pero, cuando alcanza un nivel de excelencia, comienza de nuevo y trata más denodadamente por el logro de algo mejor lo que representa la fuerza que impulsa la humanidad’. (Véase: Study of Body Inferiority and its Physical Compensation por A. Adler).

En fin... tendemos a valorar en los demás aquello que a nosotros nos falta, pero casi nunca nos ponemos a pensar en todo lo que tenemos. Ser realistas y confeccionar mentalmente un cuadro-diagnóstico certero de nuestra situación puede ayudarnos a no convertirnos en víctimas del catastrofismo o de la euforia. El bienestar emocional consiste en el equilibrio al que conduce conocer y asumir con serenidad y buen humor lo que somos y tenemos, y lo que aspiramos a ser y tener.

La envidia más perniciosa es la que sentimos del hermano, del amigo, del compañero de estudios o de trabajo, y del vecino de al lado, no la que nos genera el éxito, el modus vivendi y el reconocimiento social de la modelo o artista de cine, el arquitecto, la empresaria, el jugador de béisbol o el intelectual. Y ello porque sabemos que quien tenemos cerca no es forzosamente más inteligente ni mejor profesional que nosotros, simplemente ha aprovechado mejor sus oportunidades. No se trata de ser conformistas y abandonar cualquier planteamiento ambicioso, sino de ser consecuentes y elaborar una valoración global sobre lo que somos y lo que aspiramos a ser. Y todo ello no con base en comparaciones, sino partiendo de nuestras propias percepciones, sentimientos y perspectivas del futuro.

Lo peor de la envidia es que se acompaña de una frustrante impresión de que la vida pasa sin vivirla, inmersa en la monotonía o en un acontecer insatisfactorio carente de retos atractivos. Vemos a otras personas felices y ello acentúa la negativa percepción de nuestra vida y de nosotros mismos. Es frecuente que esta disposición de ánimo nos conduzca a evitar los contactos sociales, nos acerque al fracaso y produzca esa inseguridad tan característica que disfrazamos de apatía, conformismo y negatividad.

O, en el caso del narcisismo a ser destructivos y chismosos. Porque la envidia, la mentira, el chisme y la calumnia son tetralogía maligna y cancerosa donde arraiga. (Véanse mis artículos acerca de los chismes y los chismosos).

La inteligencia emocional se torna imprescindible para acertar en el diagnóstico de nuestra situación en la vida y para dar con el paquete de medidas que nos ayude a superar el veneno de la envidia y a articular las estrategias que nos acerquen a las metas previstas. Mirar al exterior y compararnos con quienes admiramos o envidiamos puede ser un buen estímulo ‘¿por qué yo no puedo hacerlo mejor?’ siempre que lo hagamos positivamente, no con un espíritu de simple competencia, extrayendo del éxito ajeno conclusiones adaptables a nuestra manera de ser, nuestras capacidades y nuestras circunstancias personales.

Psicoanalista famoso, Harry Stack Sullivan definió la envidia como ‘un sentimiento de aguda incomodidad, determinada por el descubrimiento de que otro posee algo que nosotros creemos que deberíamos tener’. El discurso del envidioso es repetitivo, invariable y compulsivo respecto de lo que envidia y de con quién compite.

Pendiente de lo que tienen los demás, evita reconocer lo que tiene uno y nada o poco hacen para sacarle provecho. Su vida no gira sobre su realidad, sino sobre lo que desea conseguir y, en definitiva, sobre lo que echa de menos. La insatisfacción, la frustración y la rabia, le dominan y hacen que su vida le resulte poco grata. (Véanse mis ponencias acerca de Dino y el Narcisismo Patológico en monografías.com).

Efectos colaterales de la envidia

La envidia severa puede crear ansiedad, trastornos del apetito y del sueño y diversas alteraciones funcionales y neuróticas. Incide también en la actitud hacia la vida, moldeando unas formas de estar en relación con los otros que van desde convertirse en eterna víctima hasta la adopción de una postura defensiva que se traduce en modos irónicos, altaneros, fríos y distantes e incluso de menosprecio hacia los demás... Los afectados colocan al objeto de sus envidias en una posición de superioridad, a una distancia inalcanzable y sufren impotencia, agobio y sentimientos de inferioridad, junto con emociones de rabia e ira, que le mantendrán dependiente de la persona con quien compiten. En ocasiones, la envidia no se manifiesta hacia personas de nuestro entorno ni siquiera hacia individuos concretos que conocemos por los medios de comunicación, sino hacia estereotipos creados por la publicidad, la moda, el cine, las series que vemos en la pantalla pequeña... La estima social que merecen estos héroes de la ficción provoca la envidia de quienes se sienten poco valorados, que pierden su capacidad de análisis y de darse cuenta de que no envidian las virtudes o capacidades de ese modelo de persona sino el reconocimiento social y los honores que reciben.

Conocernos bien, potenciar y trabajar nuestras cualidades y ser conscientes de nuestras limitaciones es el mejor inicio para progresar. Una actuación exclusivamente competitiva genera una dependencia unidireccional hacia la persona envidiada. El envidioso se guarda muy bien, Incluso en su fuero interno, de reconocer que padece envidia. Pocas cosas hieren y descalifican más que decirle a alguien: ‘Tú lo que tienes es envidia'especialmente si la envidia es dirigida hacia mí. Pero, ¿por qué niega siempre el envidioso su envidia? Porque denota un sentimiento de inferioridad que no admite, porque se siente incapaz de reconocer unas limitaciones que interpreta como signos de debilidad, porque no puede aceptar que su infelicidad no se debe a todo aquello de lo que carece sino a que no sabe valorar lo que tiene, y porque, pendiente de la vida de los demás no deja un intersticio para asumir la suya propia, con la que no quiere comprometerse por no asumir sus responsabilidades. Pero no criminalicemos al envidioso ‘oveja negra’. En el fondo, casi todos sentimos envidia de algo o alguien en algún momento de nuestra vida. Es esa especie de sufrimiento (normalmente, secreto) que nos produce el éxito ajeno. Debemos aceptar la envidia como un sentimiento humano más, que sólo nos ha de preocupar cuando deriva en amarguras y perjudica nuestro equilibrio emocional. En casos extremos de sufrimiento, de celos patológicos, conviene acudir a un terapeuta. (Véanse mis artículos al último respecto en monografías.com).

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