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Capýtulo 11:

 Ideológica sindical

Tal homogeneidad ideológica, no existe del lado de los trabajadores ni de sus representantes.

Estos ven los problemas relativos a las relaciones de trabajo desde un punto de vista inverso y con frecuencia pretenden plantearlos sobre criterios que no siempre están en armonía con el objetivo general de rentabilidad en el que se inspiran las empresas.

Desde la perspectiva sindical, todo el mundo coincide en atribuir la inferioridad de la condición obrera a la separación del capital y del trabajo en las empresas modernas, siendo esta separación la consecuencia de las condiciones técnicas y financieras en que operan las industrias en los países industrializados.

En el momento de la determinación de las condiciones de trabajo, el trabajador se haya siempre a pesar suyo, en una situación de inferioridad, la cual se debe tanto a su inexperiencia negociadora como a su falta de recursos económicos que le impiden esperar a que se le ofrezcan condiciones de trabajo más favorables.

Situados aquí, llega la unanimidad, a partir de este análisis básico, cada una de las tendencias del sindicalismo propone diferentes soluciones para sobrevivir o eliminar los relativos efectos de la separación del capital y trabajo y de la situación de inferioridad de este último en las negociaciones.

Haciendo una gran simplificación, se pueden distinguir tres tipos de sindicalismo, que son:

-        Sindicalismo de negocios

-        Sindicalismo reformista

-        Sindicalismo revolucionario

-        Sindicalismo de negocios

Es el que acepta fundamentalmente los mismos criterios básicos que el empleador tiene respecto a la vida de la empresa  y a sus relaciones industriales.

Este criterio básico en el sistema capitalista no es otro que el de la rentabilidad que los sindicatos de negocios consideran que debe de quedar preservada en todo caso.

El sindicato de negocios, no niega la evidente inferioridad de los trabajadores en el momento de los negocios, pero no lo atribuye tanto al sistema mismo como a las circunstancias que favorecen la ineptitud de los trabajadores para negociar correctamente.

Partiendo de esta idea, consideran que basta que desaparezcan esas circunstancias para que se restablezcan la situación en un sentido más favorable para los trabajadores.

En otros términos, la separación del capital y del trabajo no provocaría necesariamente la explotación obrera si en el momento de las negociaciones,  los trabajadores o sus representantes estuviesen en un mismo plano de igualdad.

Para el sindicato de negocios, la negociación colectiva es suficiente para que desaparezca la inferioridad de los trabajadores, negociando colectivamente, los trabajadores dejaran de hacerse la competencia, se proporcionarán mutuamente una fuerza de represalia eficaz y podrán, a su vez, pagar los servicios de unos trabajadores capaces de hablar con conocimiento de causa al empresario.

El Sindicato de negocios, se considera, simplemente, como un "vendedor de mano de obra", que mediante la negociación y la acción colectiva trata de obtener el precio más alto posible para su "producto". Partiendo de ello, la única reforma que se exigirá del sistema capitalista tradicional es que permita la libre negociación colectiva, cuyo objetivo sería precisamente restablecer el deseable equilibrio entre el capital y el trabajo.

En todo caso, y a pesar de mostrarse inflexible en las reivindicaciones que representa, no es menos cierto que un sindicato de este perfil no osaría nunca plantear reivindicaciones que pusieran en tela de juicio la eficacia o rentabilidad de las empresas.

-        Sindicalismo reformista

En líneas generales, este sindicalismo admite, que las relaciones industriales se someten a los mismos criterios de neutralidad que postulan los empresarios, referidos a la vida de la empresa. No obstante, al contrario que el sindicato de negocios, que únicamente pretende restablecer un equilibrio entre las fuerzas de negociación respecto del capital y el trabajo, el sindicato reformista es más exigente y cree que el interés o intereses de los obreros (sobre determinados puntos al menos), no son conciliables con el perfil de eficacia que quieren las empresas privadas, en consecuencia por encima de la simple negociación colectiva, es necesario tratar de promover los intereses del trabajo, obligando al capital a someterse a otras motivaciones que no sean únicamente la consecución de su interés privado.

Es preciso dar satisfacción a un cierto número de necesidades sociales que los empresarios, dejados en completa libertad, desatenderían con completa seguridad.

Entre el sindicato de negocios y el sindicato reformista, existe poca diferencia y en muchos caos, es más una diferencia de cantidad en el conjunto de peticiones que otra cosa.

-        Sindicalismo revolucionario

Al igual que las otras dos tendencias, está cree también que la condición obrera es consecuencia de la separación del capital privado y del trabajo, pero en contraposición a las dos tendencias antes apuntadas, el sindicato revolucionario plantea que la inferioridad de los trabajadores, deriva de esa separación, y no se debe únicamente a nuevas contingencias.

A pesar de todas las reformas que se le pueden imponer, para este modelo, el sistema capitalista desemboca en la explotación de todos los trabajadores y ello, en la misma medida seguirá,  y en tanto que el capital permanezca en manos privadas y busque, por encima de todo, el predominio de la consecución de su interés privado sobre todo lo demás.

La consecuencia de la rentabilidad para los empresarios debe ser el único criterio en el que los empleadores se funden para regular su situación y determinar las condiciones de trabajo.

La más elemental de esas reformas reivindicadas es que, en el ámbito de empresa, se dé entrada, definitivamente, a la negociación colectiva de las condiciones de trabajo y que para ello se opte por favorecer deliberadamente, la presencia sindical.

El sindicato reformista, puede llegar a reivindicar una economía social en el seno de la cual las empresas en general, mediante una planificación económica y social, se vean obligadas a respetar, por encima de su preocupación inmediata por la rentabilidad, ciertas exigencias impuestas por el bien común.

De todos modos, y esto es lo que distingue el sindicato reformista más avanzado del sindicato revolucionario, es que aquel no reivindica una reforma fundamental del sistema económico, ya que, a condición de que se acometan las oportunas reformas de estructura, acepta que las empresas continúen inspirándose ampliamente en el principio del beneficio.

El sindicato revolucionario, no vislumbra soluciones definitivas al problema de la condición obrera, sino dentro del marco de un nuevo sistema social en el que el trabajo y el capital constituyan una sola unidad y en él, por consiguiente, los intereses de ambos coincidan plenamente.

La lucha del sindicato revolucionario, no se desarrolla tanto en el ámbito de las empresas como en el ámbito de la sociedad global, la negociación colectiva, que el sindicato denuncia, e incluso, el sindicato reformista considera como la solución al problema de la desigualdad obrera, le parece al sindicato revolucionario una táctica poco eficaz, pues entiende que con ello se consolida la existencia del capital privado en vez de debilitarse.

El convenio colectivo es, en definitiva, para este perfil sindical un "pacto con el diablo".

A modo de reflexión diríamos que un sistema estable de relaciones industriales, cualquiera que sea el número de empresas o de industrias que abarque, supone un consenso mínimo entre las partes en lo que a su ideología se refiere, de los contrario, cada parte formularía tal cantidad de reservas mentales en el curso de la negociación que, necesariamente, darían lugar a tensiones de toda índole.

Los sistemas de relaciones industriales, tendrán mayor posibilidad de ser estables si la ideología de las dos partes en negociación tiendan a ser concordantes incluso en tales supuestos no falta nunca la lucha social.

Para demostrarlo hay que empezar admitiendo que el empleador está siempre interesado en defender unos derechos de la dirección lo más amplios posibles, cualquiera que sea la forma de autoridad que ejerza sobre su personal.

Lo más probable, es que trata de militarlo todo lo que pueda al ámbito de las relaciones colectivas con el fin de gozar de la más amplia libertad de maniobra posible sobre el mayor número de cuestiones.

A hora bien, las características económicas y técnicas del contexto general del sistema, no pueden dejar de provocar un día u otro, problemas que el empleador tratará naturalmente de manipular en función de los criterios en que se inspira, y ante estos problemas y normas patronales, basadas en el principio de rentabilidad y  eficacia definida para resolverlos, los trabajadores terminaran por renunciar de una u otra forma en un momento u otro de su existencia.

Toda empresa tendrá que enfrentarse a una coyuntura desfavorable, para adaptarse a ella, el empleador puede recurrir al despido del personal, esto obligará a los trabajadores a plantear el problema relativo a la seguridad en el empleo y si están representados por organizaciones terminaran acudiendo a las mesas de negociación reivindicaciones tales como las relativas a normas como antigüedad, destinadas a solucionar al menos parcialmente este problema en interés de los trabajadores.

Pero tales reivindicaciones implicaran, desde luego, una cierta limitación a la discrecionalidad patronal en cuanto a los despidos se refiere, a partir de este momento se dan ya todos los factores objetivos necesarios para que sobrevengan luchas con una base ideológica.

El empleador habituado a gozar de una libertad completa de maniobra, se inquietara ante tales reivindicaciones, pues siempre recelará que al ceder algo en este terreno, se introduce en un engranaje que probablemente le lleve mucho mas lejos, ahora bien, por principio es muy probable que esté resulto de antemano a no hacer ninguna concesión esencial en lo que se refiere a su libertad de empresa.

Si acepta la reivindicación, corre el riesgo de envalentonar al sindicato en este sentido, si la rechaza obligará forzosamente a los trabajadores a embaucarse, a su vez en una lucha fundamentalmente ideológica con el pretexto de reducir la discrecionalidad patronal.

Este ejemplo que hemos puesto, podría multiplicarse hasta el infinito, tomando el punto de partida de normas referidas por el empresario en función del lugar de trabajo, clase de actividad o cambios tecnológicos, en todo caso constataríamos, que frente a estas normas, y para proteger sus intereses, los trabajadores presentarían reivindicaciones tendentes a reducir la autoridad discrecional del empresario, partiendo de esto y de que el empresario es poco propenso a hacer concesiones que limiten su libertad de empresa, una lucha social resulta siempre posible.

En este sentido, HARBISON, ha señalado, que los empleadores quieren normalmente confinar las negociaciones colectivas a los estrictos problemas de los salarios, de las condiciones materiales de trabajo y al procedimiento para resolver los conflictos.

En la mayoría de los casos, pretenden reservarse el control de la elaboración y de la administración de la estructura de los salarios y se oponen en principio a la discusión colectiva de las normas de producción y de los métodos de trabajo.

Por su parte los dirigentes sindicales, tienden siempre a sospechar y ha oponerse a todo aquello a lo que no hayan sido llamados, lo que equivale a que una empresa preocupada de reservar sus derechos y sus prerrogativas, incita con ello a la representación sindical a considerar que su organización es ante todo una organización de la protesta.

Termina HARBISON, señalando, que una empresa que pretende rebajar el ámbito de la negociación colectiva, empuja al sindicato a un militarismo antipatronal, ello no quiere decir que todos los sistemas de relaciones industriales desembocan necesariamente en procesos de luchas internas.

En la mayoría de las veces se llega a un modus vivendi, a condición, sin embargo, de que las posiciones ideológicas de que parten los dos protagonistas, no será incompatible, y que se disponga se una solución de compromiso siempre difíciles de conjugar cuando están en litigio cuestiones de principios.

Las luchas ideológicas son siempre posibles a partir del momento en que la evolución del contexto económico o técnico, obliga al empleador a ejercer su autoridad para definir normas que perjudican los intereses de determinado trabajadores.

En apoyo de esta tesis, por ejemplo, la National Planning Associato, realizo una encuesta en EE.UU en la década de los 50, el objetivo de la encuesta efectuada entre las principales empresas sindicadas norteamericanas, era descubrir bajo que condiciones se realizaba en ella la paz social.

La encuesta llego a perfilar varias condiciones previas para que se diese la paz social, una de las cuales se adapta a lo que aquí venimos reflexionando y que no es otra que dice que "las negociaciones entre las partes debe de versar sobre los problemas concretos y no sobre la definición de principios abstractos".

A hora bien es previsible lo contrario, lo que suele ocurrir a partir del momento en que el empresario para preservar su voluntad de maniobra, empieza a hablar de sus derechos y para responder, el sindicato, empieza a invocar la arbitrariedad patronal para justificar sus reivindicaciones, por consiguiente, el contexto ideológico se ha de tomar siempre en última instancia.

Al explicar un sistema de relaciones industriales, pues el conjunto del contexto acabará por plantear problemas que provocaran la arbrietaridad patronal y que suscitará el correlativo deseo de los trabajadores de reducir dicha arbitrariedad y dejar menos libertad de maniobra a su empleador.

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