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La narrativa. Teoría y práctica

Autor: Esteban Conde Choya
Curso:
10/10 (4 opiniones) |4640 alumnos|Fecha publicación: 24/02/2010
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Capítulo 5:

 Realismo y objetividad

FANTASÍA Y SUBJETIVIDAD. HUMOR Y LIRISMO.

           Escribir con realismo es ajustarse a las leyes de la naturaleza, atenerse a los hechos y objetos con existencia real y no a razones o causas que los provocaron. Ejemplos de escritura realista los ha habido siempre en nuestra literatura (El Poema del Cid, El Lazarillo de Tormes, La Celestina) Veamos un ejemplo de un autor contemporáneo en el que el narrador, omnisciente, cuenta en tercera persona exclusivamente lo que ve sin inventar nada y sin evadirse de la realidad; la realidad cotidiana se impone sobre cualquier otra cosa:

        La señora Olimpia, acuclillada ante el fuego, de espaldas a la mesa, se irguió lentamente y dio media vuelta, Sus mejillas, congestionadas, reflejaban el ardor del hogar, donde las brasas de roble iban apagándose poco a poco, transformándose en rescoldo. Tomó del fogón una fuente de patatas fritas y la puso en el centro de la mesa camilla donde ellos comían con apetito, sujetando el hueso con los dedos, unas chuletas de cordero. Sobre la cabeza de Fíbula se abría un ventano a través del cual se adentraban tenues cacareos de gallinas y el metálico quiquiriquí de un gallo.

                                                                     (El tesoro, de Miguel Delibes)

          En la narración realista lo propio es la objetividad. El narrador respeta en su ejercicio narrativo lo que ve, la realidad en sí misma, sin aportar nada de su visión personal. Es decir, se limita a presentar los objetos o los hechos tal y como son o se realizan. De ahí que, entre otros recursos, se valga habitualmente de los tiempos verbales en indicativo.

         En la punta de Izarra debió de haber en otro tiempo una batería; aún se notaba el suelo empedrado con losas del baluarte y el emplazamiento de los cañones. Cerca existía una cueva llena de maleza, donde solíamos meternos a huronear.

        Era un agujero, sin duda hecho en otro tiempo por los soldados de la batería para guarecerse de la lluvia y que a nosotros nos servía para jugar a los Robinsones

El viejo Yurrumendi, un extraño inventor de fantasías, le dijo a Zelayeta que aquella cueva era un antro donde se guarecía una gran serpiente con alas, la Egan Suguía. Esta serpiente tenía garras de tigre, alas de buitre y cara de vieja. Andaba de noche haciendo fechorías, sorbiendo la sangre de los niños, y su aliento era tan deletéreo que envenenaba."       

                                                    (Las inquietudes de Shanti Andía, de Pío Baroja)

        La fantasía presenta un procedimiento totalmente distinto del realismo (aunque muchas veces los elementos fantásticos acompañan a los realistas como en el caso anterior, cuando se describe a la Egan Suguía) porque el escritor intenta crear un mundo no sujeto a las leyes naturales, sino producto  exclusivo de su mente y, por lo tanto, diferente del mundo real que lo rodea. Siempre se han dado narraciones fantásticas paralelamente a las realistas en todas las literaturas; los Libros de caballerías, las Leyendas de Bécquer, Alfanhuí son, entre otros, buenos ejemplos de la nuestra.

        Tenía también los mejores libros que se habían escrito sobre lámparas. En uno de ellos se hablaba de la piedra de vetas. Era ésta una piedra que decían durísima, pero porosa como una esponja, y que tenía el tamaño de un huevo y la forma de una almendra. Tenía esta piedra la virtud de beber siete tinajas de aceite. La dejaban en una tinaja y a la mañana siguiente todo el aceite había desaparecido y la piedra tenía el mismo tamaño. Cuando se había bebido siete tinajas, ya no quería más. Entonces bastaba ponerle una torcida y encender, para que diese una llama blanca como la leche, que duraba eternamente."

                                                     (Alfanhuí, de R. Sánchez Ferlosio)

           Al lado de acciones verosímiles aparece de pronto la descripción de la piedra de vetas, cuyas virtudes sobrepasan las leyes naturales.

           Compañera de la fantasía suele ser la subjetividad, expresión que se da cuando el narrador participa afectivamente en lo que narra; para ello se vale del modo subjuntivoexclamaciones, abundancia de adjetivos, sustantivos abstractos, aumentativos,diminutivos y también  opiniones, deseos, dudas y otros estados de ánimo del personaje que está contando la acción.

           Dentro de la subjetividad narrativa, el humor ocupa un lugar muy destacado. En la literatura el humor suele usarse positiva y negativamente. El humor es positivo cuando contiene benevolencia, talento, sutileza, agudeza de ingenio, ironía, contraste, poetización, ambición estética, originalidad. En resumen, cuando emplea y busca la reflexión y la sonrisa, frente a lo obvio y simple y la carcajada fácil, que son propios del humor negativo. Entre otros, Wenceslao Fernández Flórez y Ramón Gómez de la Serna son dos extraordinarios cultivadores del buen humor.

       Las mariposas nacen de las calcomanías que pegan los niños en los cristales del invierno o en sus libros de estudio. ¡Qué enteras, qué coloridas, y cómo en relieve salen! Así, en esa crisálida de calcomanía, esperan la primavera, y entonces se destacan en el aire y se van.

En la noche acústica, se oye a lo lejos a los trenes que pasan diciendo: Quetecojo, que tecojo quetecojo, persiguiendo las distancias.

El cerebro es un paquete de ideas arrugadas que llevamos en la cabeza.

El rayo es una especie de sacacorchos encolerizado.

Los niños, al tocar las armónicas, chupan un caramelo de acordeón.

                                              (Greguerías, de Ramón Gómez de la Serna)

          En otras ocasiones, el humor es empleado para caricaturizar a un personaje o parodiar una acción determinada y se sitúa al borde del humor negativo, como ocurre, por ejemplo, en el retrato que hace Quevedo del Dómine Cabra en su famosa novela El Buscón. Aunque en su intención estuvo siempre buscar la risa del lector por medio del ingenio y la agudeza.

        Él era un clérigo cerbatana, largo sólo en el talle, una cabeza pequeña, pelo bermejo, los ojos avecindados en el cogote, que parecía que miraba por cuévanos, tan hundidos y oscuros, que era buen sitio el suyo para tiendas de mercaderes; las barbas descoloridas de miedo de la boca vecina, que, de pura hambre, parecía que amenazaba a comérsela; los dientes, le faltaban no sé cuántos, y pienso que por holgazanes y vagabundos se los habían desterrado..."

          Cuando el humor se emplea sin inquietudes artísticas, bien para pintar la anormalidad física o mental de un personaje, bien para incurrir en el chiste chabacano y sucio, entonces es claramente negativo y más bien propio de la subliteratura.

¿Qué le dijo el papel al bocadillo, qué le dijo? A la salida te espero.

¿Qué le dijo el sifón al camarero, qué le dijo? No me aprietes, que me meo.

     En narrativa, para obtener belleza y emoción (rasgos que pertenecen a la subjetividad) se suele recurrir a las llamadas figuras retóricas o recursos expresivos y que de modo sintético recordamos aquí. Entre otros, los más empleados en la prosa son: la personificación, o atribución de acciones y cualidades animadas a los seres animados; la metáfora, o identificación de términos reales con otros que son imaginarios, pensados exclusivamente por el autor; el símil, o comparación entre dos términos, uno real y otro imaginario, mediante los nexos y expresiones como, parece, más que, menos que, se semeja, etc.; la hipérbole, o exageración; epítetos, o adjetivos embellecedores; repeticiones, aumentativos, diminutivos

       A principios de mayo el grillo sierra en lo verde el tallo de las mañanas; la lombriz enloquece buscando sus penúltimos agujeros de las noches; la cigüeña pasea los mediodías por las orillas fangosas del río haciendo melindres como una señorita. En los chopos altos se enredan vellones de nubes, y en el chaparral del monte bajo el agua estancada se encoge miedosa cuando las urracas van a beberla. La vida vuelve.

       La cuadrilla de la siega pasa las puertas a hora temprana, anda por la carretera de los grandes camiones y los automóviles de lujo en fila, en silencio, en oración de esperanza. Al llegar al puente del río la abandonan por el camino de los pueblos del campo lontano. Se agrupan. Alguien canta. Alguien pasa la bota a compañero.

       La vida vuelve.                             

                                               (Seguir de pobres, Ignacio Aldecoa)

        El narrador habla en el texto de la vuelta de un nuevo día, valiéndose de bellas personificaciones ( la lombriz enloquece, la cigüeña hace melindres, el agua se encoge miedosa) y metáforas (el tallo de las mañanas, vellones de nubes); luego centra su atención en la cuadrilla de la siega que camina en silencio hacia los campos donde está su fatigoso trabajo. Belleza y emoción unidas  en un lenguaje sobrio pero bien escogido.

        En ocasiones la prosa se poetiza tanto con estos recursos que recibe el nombre de prosa poética o poema en prosa. En nuestra narrativa son abundantes los escritores que cultivan este tipo de prosa enriquecida con elementos líricos. Buenos ejemplos los constituyen Gabriel Miró, ValleInclán, Bécquer, Juan Ramón Jiménez, Cernuda

        "Sobre los ladrillos cubiertos de verdín, entre las barandas y paredones encalados, allá en un rincón, estaba el jazminero, con sus ramas oscuras cubiertas de menudas corolas blancas, junto a la enredadera, que a esa hora abría sus campanillas azules.

       El sol poniente encendía apenas con toques de oro y carmín los bordes de unas frágiles nubes blancas que descansaban sobre el horizonte de los tejados. Caprichoso, con formas irregulares, se perfilaba el panorama de arcos, galerías y terrazas: blanco laberinto manchado aquí o allá de colores puros, y donde a veces una cuerda de ropa tendida flotaba henchida por el aire con una insinuación marina."

                                                                          (Ocnos, de Luis Cernuda)

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