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La mujer en Fortunata y Jacinta

Autor: Loli Fernández
Curso:
|788 alumnos|Fecha publicación: 03/12/2004
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Capítulo 1:

 Introducción

1) La misión de la mujer en el siglo XIX[1] .

   Hasta hace poco las mujeres apenas figuraban en las historias de la sociedad y la literatura de España del siglo XIX: las pocas y consabidas excepciones -entre ellos, Isabel II, Emilia Pardo Bazán, Rosalía de Castro y Concepción Arenal- junto con lo reiterativo de los comentarios acerca de  ellas, sólo subrayan la falta de atención dedicada a la mitad femenina de la población. Ante ese silencio, lo normal era suponer que las mujeres eran prácticamente invisibles en la vida cultural y política de la nación en aquella época.

   A raíz de las investigaciones interdisciplinarias llevadas a cabo en España desde finales de los 70, se ha modificado la visión de que todas las mujeres del siglo XIX estaban encerradas en casa, de donde sólo salían para ir a misa.

   Las mujeres del siglo XIX fueron muy visibles en la sociedad de su época no sólo al igual que sus predecesoras, como parte de una muy variada mano de obra femenina y una elite social cuyas actividades se criticaban, sino también, a nivel figurado, como tema en la esfera pública de las publicaciones y los discursos.

   La definición de la mujer como esposa y madre imbuía una amplísima gama de medios impresos, entre ellos las revistas femeninas, los manuales de comportamiento, la novela, los programas escolares, la legislación, los textos médicos, los tratados sociológicos y los discursos académicos.

   Hasta el siglo XIX había imperado el concepto aristotélico de la mujer como ser física, moral y mentalmente inferior al hombre. Desde el siglo XIII hasta el siglo XVIII se pueden identificar brotes sucesivos de una polémica secular entre detractores y defensores del sexo femenino; pero incluso los defensores de la mujer aceptaban la premisa ascética de la mujer como copia defectuosa del varón. Se asociaban, según la teleología aristoteliana, con la imperfección, la izquierda, la oscuridad y el mal[2].

   El gran cambio operado por el pensamiento del siglo XIX consiste en la convicción, expresada por todos, de que no es la mujer sino el hombre el que es el pecador empedernido, el ser caído, la carne débil: "la mujer" se conceptuaba como un ser moralmente superior por su abnegación y su capacidad para amar, perdonar y consolar.

   Una de las características de los muchos textos decimonónicos sobre la mujer, es precisamente su planteamiento de la mujer en singular. Est` claro que la clasificación de la mujer que pretende englobar a todas las mujeres en su supuesto "estado natural ", abarca de hecho tan sólo a las mujeres de clase media[3]. La mujer no trabaja  fuera del hogar pero cuida de la casa y de sus hijos, a los que amamanta y educa cariñosamente. Se contraponía a las mujeres "desnaturalizadas", tanto a las de clase baja que descuidan la casa y los hijos por su trabajo extra-doméstico en las fábricas, las calles y los campos, como a las de clase alta, que confían sus hijos a niñeras y se dedican a disfrutar la vida social y el materialismo.

   En este siglo (s. XIX) se abandona la creencia antigua de que la mujer es la imitación defectuosa del hombre y se adopta la nueva de que la mujer es la contraria complementaria del varón. Las diferencias primarias sexuales, para los pensadores del siglo XIX, llegan a afectar cada fibra del cuerpo y conllevan profundas diferencias psíquicas y mentales: el hombre se asocia con la razón, la objetividad, la cabeza, la creatividad, la agresividad y la ambición; la mujer, con la sensibilidad, la subjetividad, el corazón, las emociones, el mimetismo y el amor altruista.

   Queda patente en los miles de escritos sobre el tema de la misión de la mujer que según sus autores, el verdadero trabajo cultural de la mujer burguesa se hallaba en el terreno afectivo y moral. Ella era una fuente inagotable de amor, dulzura, suavidad, consuelo, y bienestar. Nunca se le notaba el más leve indicio de irritabilidad, impaciencia, frialdad, hostilidad, odio o ira, porque esas cosas pertenecían al hombre y al duro y competitivo mundo público. El hogar funcionaba como una isla o refugio donde no se producía ningún tipo de conflicto, donde la mujer consolaba y curaba todas las penas y agravios. Por esto se le llama el ángel, porque es realmente como una santa; nunca se altera, nunca tiene necesidades propias: todo lo sacrifica en aras del bienestar de los demás. La mujer llega a ocupar un papel realmente nuevo en la mitología burguesa, como el hada buena, el alma de la familia.

   A la mujer se la ve siempre en relación a las necesidades del hombre, pero estas necesidades masculinas ahora por primera vez son morales y no simplemente materiales, reproductivas y sexuales. La esposa-compañera es la que le proporciona apoyo y consuelo al varón.

   Además de su serenidad y bondad constitutivas, otras razones para comparar a la mujer con un ángel se hallan en su supuesta pureza y falta de corporeidad, cualidades que contradicen el discurso escolástico que identifica a la mujer con la carne pecaminosa.

   A la mujer se la comparaba muchas veces con esencias inmateriales -típicamente, un rayo de luz, el perfume de una flor o un arco iris.

   El punto supremo de la nueva ortodoxia es la "pureza" de la mujer. En la cosmovisión burguesa, esta era naturalmente casta porque así se lo dictaba su falta de deseo erótico. Deseaba al hombre sólo con fines maternales; amaba al niño en él y a los niños que éste le iba a proporcionar.

   Los textos sobre la domesticidad describen a la mujer como un ser que por instinto moral y por gusto evita el ocio. Para desempeñar bien su misión, la mujer ideal se levantaba temprano, presentaba siempre un aspecto limpio, agradable y risueño, y supervisaba atentamente todas las tareas de las criadas.

   Al ser mujer de clase media, gozaba por definición de la ayuda de, al menos, una criada, que hacía el trabajo doméstico más duro.

b) La invención de la mujer.

Se podría decir que se figuran [...] los tres vínculos con la mujer, para el hombre inevitables: la paridora, la compañera y la corrompedora. O las tres formas en que se muda la imagen de la madre en el curso de la vida: la madre misma, la amada, que él elige a imagen y semejanza de aquella, y, por último, la Madre Tierra, que vuelve a recogerlo en su seno. El hombre viejo en vano se afana por el amor de la mujer, como lo recibiera primero de la madre; sólo la tercera de las mujeres del destino, la callada diosa de la muerte, lo acogerá en sus brazos.

(Sigmund Freud, "El motivo de la elección del cofre", p. 317).

     Benito Pérez Galdós ha dado con sus novelas una vívida y detallada descripción de la dinámica social burguesa del Madrid finisecular. Como es escritor realista, la obra galdosiana permite el estudio meticuloso y microscópico, el análisis  detallado y gratificante de los modos y maneras de vivir de cierto sector social con el cual nos sentimos todavía, al menos parcialmente, vinculados. Ofrece una visión histórico-social que se convierte en inagotable fuente de información.

   De todas sus novelas es quizá Fortunata y Jacinta la que mejor refleja, abre y anula toda posible escisión entre lo real y lo literario, entre la cuestión social y la cuestión artística, entre el comentario histórico y la narración ficticia. La obra cumbre de Galdós se expone a la vez como macro y micro texto, como cuerpo-laboratorio, locus experimental en el que lo real y lo cotidiano impulsan la invención y se funden en ella y viceversa, y siempre teniendo en cuenta que el escrivivir particular de la novela toma en este caso un giro especial: Fortunata y Jacinta es un texto que nace y se materializa en una representación masculina de lo femenino. Es un texto que se forma y conforma como cuerpo de mujer, que crece y se hace como mujer; un texto, por tanto, que se instala en el orden de lo poético y que se muestra como proceso y acto creativo al fundir y confundir la "intervención artística" con la "mujer", o mejor dicho, con una concepción de la mujer construida desde lo masculino.

   Es un texto en proceso que se forma, se inventa como mujer y que establece con su autor aquellos tres vínculos que Freud considera inevitables en las relaciones entre uno y otro sexo.

   En Fortunata y Jacinta, la primera relación y vínculo tiene que ver con el nombre y, por lo tanto, con la problemática de la autoridad, paternidad y apropiación. La novela se abre y presenta con un título que expone directamente dos nombres propios de mujer.

   El subtítulo, "Dos historias de casadas", no sólo limita este espacio propiamente femenino, sino que lo aleja del orden poético para instalarlo en el orden social.

   La paternidad y la maternidad marcan de forma crucial las relaciones entre hombre y mujer.

   Fortunata y Jacinta nos habla de todo ello.

   La novela nos cuenta la historia de dos mujeres casadas, o mejor dicho, de dos "mal casadas". El primer matrimonio, el de Jacinta y Juanito Santacruz, nace de un medio comerciante y burgués, de clase media-alta. El segundo, el de Fortunata y Maximiliano Rubín, se sitúa en la clase de pequeños comerciantes, aunque también burguesa. El elemento extraño en este doble par es representado por Fortunata, joven nacida del "pueblo", y de orígenes sociales bajos.

   Uno de los ejes alrededor del cual gira la novela es el del hijo: el hijo frustrado de la estéril Jacinta y el hijo real de la adúltera Fortunata.

   La necesidad de Jacinta de experimentar la maternidad ha sido un deseo de encontrar su sitio social, el puesto de madre que puede conferirle una identidad clara dentro de la estructura psico-social del momento histórico en que Jacinta queda situada. El matrimonio, a finales del siglo XIX, era todavía concebido en términos de contrato social y económico. O, al menos, así se nos presenta en la novela el matrimonio entre Jacinta y Juanito, en el que los dos jóvenes no tienen arte ni parte en los planes que, para casarlos, tiene la madre de Juanito. El cálculo basado en la descendencia y procreación de la joven pareja es aceptado por los jóvenes esposos como algo "natural", lógico y socialmente esperado. Sin embargo, el ansiado hijo no viene. Jacinta siente esta ausencia como falta suya.

   La ausencia que Jacinta siente ha sido interpretada en relación con la narrativa freudiano-lacaniana respecto a la ausencia fálica. Desde la narración de Galdós, Jacinta refleja la asociación entre el hijo y el pene descrita por Sigmund Freud en varios de sus trabajos. Desprovista de uno y de otro, la joven casada es desposeída, por tanto, de identidad social.

   Jacinta, sin hijo y sin "pene", queda representada como una mujer sin atributos masculinos y, por tanto, como un ser que produce más horror (o desprecio) que compasión.

   Jacinta emprende una búsqueda desesperada e histérica del hijo que no tiene y que ella cree que debe tener.

   El hijo de Jacinta llegará sólo al final de la novela y sólo como regalo de Fortunata, regalo que le va a permitir ocupar por fin con pleno derecho el puesto social para el que se la había requerido. Si hay algún personaje que triunfa en la novela de Galdós, ése es aparentemente Jacinta, pero se puede cuestionar su triunfo. Jacinta seguirá, al final de la novela, prisionera de un discurso masculino y patriarcal; no sólo no ha podido encontrar una identidad fuera de la maternidad, sino que ha sido esa misma función maternal la que la ha impulsado a la búsqueda.

   Si bien al final de la novela no se libera de los deberes que le son adjudicados desde lo masculino como esposa y madre, es, por otra parte, a diferencia de como es presentada en los primeros capítulos de la novela, muy consciente de los lazos, o ataduras, que la unen al hombre.

   Si la búsqueda del hijo que lanza a Jacinta puede ser considerada en su resultado como de construcción, la decisión de Fortunata de concebir un hijo de Juanito va a llevarla, por el contrario, a su destrucción.

   Por otro lado, la asociación entre comida, sexualidad y descendencia nos lleva a la maternidad de Fortunata y al descentramiento social que su embarazo manifiesta. Casada con Maximiliano Rubín, el hijo, sin embargo, es de Juanito.

   Con Maximiliano como principal exponente, la usura y la avaricia marcan las relaciones de Fortunata con su marido legal y su familia política.

   La usura, la avaricia y afán de posesión son los que mantienen a Fortunata prisionera. La ley, orden y administración masculinos caen con toda su fuerza sobre la mujer, en esta novela.

   Fortunata, en las Micaelas, es donde va a establecer relación con dos mujeres que representan el ello y el superego de la joven. Las dos son personajes fuertemente masculinizados, mujeres del tipo fálico descrito por Freud.

   Guillermina Pacheco, la santa, representación del superego y de la conciencia social-patriarcal de Fortunata, pertenece a la Administración. Mauricia la Dura, la diabólica, representa el ello salvaje en sus demandas y, a diferencia de Guillermina, no es clasificable ni tiene sitio ni puesto social. Mauricia y Guillermina representan además, cada una a su manera, un cierto sentimiento maternal o relacionado con la maternidad.

   Fortunata, dividida entre Mauricia y Guillermina, entre el ello y el superego, no puede llegar a ningún compromiso entre las dos. Desorientada y escindida, confunde a una y a otra en un episodio de semidelirio que remite de nuevo a su fragmentación original. Muerta Mauricia, Fortunata no tiene más alternativa ante sí que el camino ofrecido por Guillermina.

   Al final de la novela, Juan Evaristo Segismundo Santacruz queda y Fortunata muere. El hijo de nuevo destruye a la madre. ¿O tal vez no?.

[1]Catherine Jagoe, La mujer en los discursos de género, Barcelona, Icaria editorial, 1998, pp.21-42.

 [2]Sally-Ann Kitts, The debate on the nature, role and influence of woman in eighteenth-century Spain, Lewinston, Queenston, Lampeter, Edwin Mellen Press, 1995.

 [3]Este no es el caso de Fortunata y Jacinta, ya que en esta novela se ve la diferencia entre dos clases sociales.

 

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