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La moral como anomalía

Autor: Herder Editorial
Curso:
10/10 (1 opinión) |29 alumnos|Fecha publicación: 03/10/2011
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Capítulo 4:

 Digresión sobre la indignación y la ira

2. Digresión sobre la indignación y la ira

Que la indignación es una pasión fronteriza y propensa al mestizaje no puede sorprender a nadie, y menos que a nadie al lector de Aristóteles. En las primeras páginas del libro II de la Retórica quizá lo mejor que se ha escrito nunca sobre las pasiones humanas 7 aparecen dos términos correspondientes en parte al contenido de ese sentimiento, aunque ninguno de los dos satisfará del todo (¿por qué tendría que hacerlo?) a quien crea que un clásico vale lo que valen sus anticipaciones de nuestro propio tiempo. Desde luego, con la palabra «indignación» se suele traducir lo que Aristóteles entendía por nemesân o némesis, y la traducción sería impecable si no fuera porque también vale en parte para el otro término: para la orgé que suele hacerse equivaler (y no sin razón, aunque ni mucho menos con toda la necesaria) a nuestra cólera o ira.

8Llamaba Aristóteles nemesân a la afección complementaria del éleos o compasión: mientras que la compasión es «cierto pesar por un mal destructivo o doloroso que se le ha infligido a quien no merece toparse con él»,9 nemesân se llama al «apesadumbrarse por los éxitos inmerecidos de otro».10 Pero pocas dudas pueden caber de que el término «indignación» se usa en castellano contemporáneo con un significado mucho más amplio que el que Aristóteles atribuyó a la némesis. Es tentador resolver que en nuestra «indignación» se confunden la némesis y la orgé aristotélicas, pero sería imprudente ceder a la tentación demasiado deprisa, porque numerosos ejemplos de orgé merecen ser traducidos por «ira» y no por «indignación». En realidad nuestro concepto habitual de la indignación se aplica a muchos casos que caen dentro de la orgé aristotélica, mientras que la palabra «ira» conviene a algunos otros y a episodios a los que el esquema de Aristóteles no atiende. De cualquier modo, distinguir la indignación de la ira es un buen procedimiento para esclarecer la primera.

Aristóteles describió la orgé como el «deseo apesadumbrado de vengarse del desprecio que se le infligió a uno o a los suyos cuando dicho desprecio no fue procedente».11 Lo primero que llama la atención del lector (sobre todo la de quien, a sabiendas o no, haya sacado su noción de la ira de un cuño estoico y cristiano) es que, según Aristóteles, la orgé tiene que describirse echando mano de razones o, mejor dicho, acreditando la falta de ellas en la acción que la motiva. Cualquier desprecio no es motivador de la orgé, sino tan solo los que no son procedentes o pertinentes, es decir, aquellos en los que no cabe encontrar razones que los justifiquen. No es, por tanto, la orgé el portillo por donde entra la locura, ni tampoco las «tinieblas de la razón, morbo del alma y el peor de todos los demonios», como quiso san Basilio, ni la «tempestad cruel del ánimo» tan temida por Lactancio.12 El loco no padece una genuina orgé porque no sabe distinguir el desprecio pertinente del que no lo es. Podría suceder que alguien tuviera afán de venganza contra otro que le hubiera despreciado con razón (o que lo hubiera hecho con uno de los suyos), y entonces parece, a tenor de la Retórica, que no se daría propiamente un caso de orgé, aunque quizá sí algo semejante. Para decir que alguien padece orgé o para llegar a padecerla en puridad, habría que decidir antes si quien llevó a cabo el acto de desprecio sufrido se apoyaba o no en buenas razones; solo en caso de que estas no comparezcan podrá darse la orgé. De lo anterior se siguen dos consecuencias: la primera afecta a la intervención de la razón o las razones en la atribución de la ira (ya sea a otros o a uno mismo) y la segunda al desencadenamiento y a la desaparición de dicha pasión. Si hay que tomarse en serio lo que dice Aristóteles, se dejará de llamar orgé a la pasión experimentada en cuanto se descubra que los motivos que impulsaron el desprecio fueron al fin y al cabo buenas razones y, si además uno es virtuoso, dejará de experimentar entonces la pasión correspondiente o pasará a sufrirla en menor grado.

Lo anterior puede parecer una concepción exageradamente racionalizante de la orgé, y sin duda lo es. Pero Aristóteles añade otros matices, algunos de ellos en sentido opuesto. Por lo menos en un lugar de la Ética Nicomáquea, la orgé es considerada sin más como maldad (mokhthería),13 aunque este pronunciamiento se debe a una vacilación terminológica: lo que sí constituye, sin lugar a dudas, vicio es la orgilótes o iracundia, es decir, el hábito de excederse en la ira.14 En efecto, el encolerizarse no es de por sí objeto de elogio ni de censura (como no lo es el tener miedo o el experimentar sin más haplôs cualquier otra pasión). Lo será tan solo el encolerizarse de cierta manera (pôs)15 y, al igual que es un necio (elíthios) quien no muestra ira ninguna en las circunstancias en que esta resulta obligada,16 el irascible, por su parte, se encolerizará a propósito de más cosas y personas de las debidas y en más ocasiones, con más intensidad y por más tiempo.17 La virtud opuesta es la praótes o apacibilidad, aunque Aristóteles titubea en el nombre: el exceso, el defecto y el término medio de la ira son, dice, «casi anónimos».

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7. Si hemos de hacer caso a Jon Elster –y nunca viene mal esgrimir argumentos de autoridad en favor de afirmaciones intempestivas, el examen aristotélico de las pasiones es superior a todo lo que la psicología contemporánea ha intentado hasta ahora. Elster apoya su tesis en que la psicología no ha experimentado hasta ahora ninguna revolución; estaría como Kant creía que estaba la lógica en su época. Al igual que Kant en su época, es bastante probable que Elster lleve razón en la suya.Véase Alchemies of the Mind. Rationality and the Emotions, Cambridge, Cambridge University Press, 1999, pp. 48-61.
8. En adelante tomaré «cólera» e «ira» como sinónimos, según es habitual, y entenderé, así pues, por «encolerizarse» entrar en estado de ira. Es muy iluminador sobre la orgé el artículo de John M. Cooper, «An Aristotelian Theory of Emotions», en Reason and Emotion. Essays on Ancient Moral Psychology and Ethical Theory, Princeton (Nueva Jersey), Princeton University Press, 1999, pp. 406-423. Resulta frecuente en castellano reservar la palabra «cólera» para una ira especialmente intensa e irracional, de la que puede ser paradigma la ménis de Aquiles. Sobre la cólera del hijo de Peleo y su significado debe verse el inteligente texto de Javier Gomá Lanzón, «Aquiles en el gineceo», Claves de razón práctica, 151 (2005), pp. 16-23.
9. Retórica, 1385 b 13-14.
10. Retórica, 1386 b 11-13
11. Retórica, 1378 a 31-33.
12. Ejemplos que tomo de la Anatomía de la melancolía de Robert Burton, material del mayor valor para el conocimiento de lo que se ha pensado sobre la naturaleza humana y sus pasiones, Subsección IX («Anger a Cause ») de la parte tercera, dedicada a «cómo las pasiones y perturbaciones de la mente causan la melancolía», en la sección segunda de la primera partición, p. 270 de la edición de H. Jackson, Nueva York, New York Review Books, 2001.
13. Ética Nicomáquea (en adelante, EN), 1130 a 31.
14. EN, 1108 a 7 y también 1125 b 29.
15. EN, 1105 b 33 - 1106 a 1.
16. EN, 1126 a 5.
17. Cfr. EN, 1125 b 30 sobre los requisitos para alabar a alguien por su relación con la ira.

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